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Sobre la llamada «prioridad nacional»

Fuentes: Rebelión

Los pactos autonómicos entre el Partido Popular y Vox han colocado las dos palabras de “prioridad nacional” en el centro del debate, por lo tanto, en el corazón de la política en España. Porque, ¿qué es la política sino discurso racional? Y, en consecuencia, debate, aparición ante los demás mediante la palabra. Así comprendió la política, entre otros, Aristóteles. Para el filósofo griego (1), la célebre definición del ser humano como “animal político” se fundaba en que está dotado de logos, de palabras significativas.

Es cierto que vivimos en una época en la que las palabras aparentan ser pasajeras e irrelevantes, como si efectivamente se las llevara el viento. Y en ese transcurso que se quiere fugaz de la política, la expresión “prioridad nacional” presente en esos acuerdos de gobierno ha supuesto una marejadilla más en la marea global de esta política paradójica.

Sin embargo, lo que se dice, especialmente si en torno a ello pivota la acción de gobernar, no es baladí. De hecho, es ya una acción. Por lo tanto, toca la tarea de comprender qué se quiere decir, incluso si se afirma como sin intención de decirlo, o más bien de que sea escuchado.

Fue Isaiah Berlin quien, en torno al problema de la inevitabilidad de la historia (2), afirmó que la cuestión central de toda filosofía es la distinción entre las palabras que se refieren a palabras y las que se dicen de las cosas, de lo que existe. Es curioso porque una de las partes firmantes de los pactos autonómicos mencionados afirma que este principio es una especie de canto al sol, es un discurrir sobre palabras sin una aplicación política real de importancia. En fin, una figura retórica. Mientras que, para la otra parte firmante, se trata de una afirmación o principio acerca de la realidad, del conjunto de políticas efectivas a realizar. Es un divorcio entre decir de lo dicho y decir del hacer, y como es intencionado recoge algo esencial a la expresión utilizada: cada partido pretende justificarlo de un modo distinto.

Sin embargo, un análisis más extenso y profundo de la afirmación de la “prioridad nacional” lleva a concluir no sólo que se refiere a algo real, sino que amplía el marco político llevándonos hacia un pasado oscuro. De hecho, el pensamiento está obligado a interrogar al discurso para comprenderlo.

Fue Hannah Arendt en su libro sobre los orígenes del totalitarismo (3), del nazismo y del estalinismo, quien reflexionó, entre otras cuestiones, acerca de la relación entre nación y Estado. Lo hizo en el sentido de encontrar en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial una rendición del Estado a la nación, y considerar este hecho como uno de los antecedentes que conducen al totalitarismo. Es decir, hace ya aproximadamente un siglo, la nación fue entendida por una serie de movimientos ideológicos autoritarios como el lugar de la identidad y la exclusión, fijando los principios definitorios en torno a sus propios presupuestos ideológicos. Se afirmaban, pues, a sí mismos como los portadores de una verdad nacional excluyente. Inmediatamente el Estado fue objetivo de su acción política ya que éste era el lugar de los derechos, de la ciudadanía como igualdad ante la ley. La conquista de ese Estado por su pretendida nación identitaria significó la caída de la sociedad política de derechos amplios y universales, la discriminación de grupos de la población por motivos ideológicos, raciales, etc. No es todavía totalitarismo, pero puede conducir a él. No son en sí estos pactos totalitarios en ningún sentido, pero sí abren una lógica política que recuerda a los desarrollos del pasado que conocemos. Así lo enseña la evidencia histórica.

En definitiva, el principio de “prioridad nacional” no habla sobre otras palabras, sino sobre la realidad política, y su alcance es mucho más amplio de lo que se está reconociendo. Supone una modificación relevante en la concepción y la efectividad de los derechos, afectando al concepto de ciudadanía y la igualdad ante la ley. En este sentido, implica la posibilidad de perder al Estado como garante de la ciudadanía.

Por todo lo anterior, estamos ante un anuncio del retorno a algunos elementos oscuros de la política de hace un siglo, formas políticas que creíamos completamente superadas. Comprender el alcance profundo del principio de “prioridad nacional”, cómo afecta a la concepción fundamental del corpus de derechos y el poder del Estado, es el inicio necesario para construir un discurso político que se oponga a su misma afirmación. Porque la palabra no es sólo la naturaleza de la política, sino que es ya el comienzo y el núcleo de la democracia.

Referencias

(1) Aristóteles. Política. Madrid: Gredos; 1988. Traducción y notas de Manuela García Valdés. 1253a.

(2) Berlin I. La inevitabilidad en la historia. Barcelona: Página Indómita; 2025. Traducción de Roberto Ramos Fontecoba. p. 15.

(3) Arendt H. Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Alianza Editorial; 2022. Traducción de Guillermo Solana. cap. 9.

Ignacio Escañuela Romana. Filósofo y economista.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.