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Tengo abejas en la cabeza

Fuentes: El Periódico de Catalunya

Estoy muy motivado con mi nuevo proyecto. Desde hace años leo con preocupación muchas referencias a la desaparición de las abejas en todo el planeta y sus consecuencias. Ya no es solo la extinción de otra de las muchas especies animales o vegetales que habían sido parte de la naturaleza. Hablamos de una extinción emblemática […]

Estoy muy motivado con mi nuevo proyecto. Desde hace años leo con preocupación muchas referencias a la desaparición de las abejas en todo el planeta y sus consecuencias. Ya no es solo la extinción de otra de las muchas especies animales o vegetales que habían sido parte de la naturaleza. Hablamos de una extinción emblemática que podría representar graves problemas para la supervivencia, paradójicamente, de la especie más depredadora de todas las especies animales, el ser humano. Las abejas son responsables de la polinización del 70% de los cultivos agrícolas que nos dan de comer.

La principal causa del declive de las abejas tiene que ver con el uso de pesticidas en la agricultura industrial, desde el conocido glifosato que hizo famosa a Monsanto hasta los neonicotinoides de Bayer, empresas ahora fusionadas. Por eso, viviendo en la ciudad y con una terraza en casa, siempre tuvimos claro que no debíamos utilizar este tipo de productos para nuestras plantas, pero -y este es el proyecto- ¿qué tal si contribuimos a la repoblación de abejas instalando una colmena en la terraza? En casa nos hemos informado y realmente vale la pena intentarlo: no es una idea alocada; y de un tiempo a esta parte, disponer de colmenas en las ciudades es una práctica en aumento.

La primera duda es sobre la calidad del hábitat que les ofreceremos a las abejas. Ciertamente convivirán con humos de los tubos de escape, pero estarán fuera del peligro que representan los insecticidas que, comentábamos, se aplican en el campo. Respecto al alimento de las abejas, la ciudad, dicen los expertos del Institut de Ciència i Tecnologia Ambientals de la UAB que esta les ofrece más que suficiente, pues está calculado que dispone de muchos más recursos vegetales que polinizadores que los utilizan, es decir, nuestra colmena aprovechará la energía almacenada en el polen y néctar de esas plantas entregándonosla en forma de miel.

Según los estudiosos, esta miel no es de menor calidad que la miel rural. De hecho, tuve la ocasión de probar la miel que se produce desde hace más de 20 años en los tejados del edificio de la Opera Garnier de París y, organolépticamente, estaba deliciosa. Respecto al riesgo de sus aguijones para el barrio, la presencia de una o 10 colmenas no es significativa y, en cualquier caso, esta especie prepotente a la que pertenecemos debe reaprender a convivir con estos seres vivos del planeta.

Así que ya tengo diseñado el proyecto. He localizado donde realizar un curso de ‘apicultura urbana’. También he encontrado una oferta amplia para poder comprar una colmena y los cuatro o cinco instrumentos básicos para su manejo. Una asociación de apicultura urbana me ha puesto en contacto con un apicultor profesional que me facilitará un enjambre.

Pero ahora sé que no podré llevar a cabo el proyecto. No vivo ni en Tokio, ni en Nueva York, ni en París, ni en Londres, ni en San Francisco, ni en Brooklyn. Si quieren practicar la apicultura, es decir, el arte del cuidado de las abejas, para no llevarse una decepción como me ha ocurrido a mí, consulten previamente las normativas de su ayuntamiento. Y después súmense a quienes promueven que la apicultura urbana deje de ser una actividad prohibida para ser una actividad posible y regulada.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.