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Transición y Teoría del Caos

Fuentes: Gara

A la chapucera Transición española se le podría aplicar la Teoría del Caos que E. Lorentz, matemático estadounidense metido a meteorólogo, concibiera para predecir el clima. Caos está entendido no como ausencia de orden, sino como un orden de características impredecibles pero descriptibles en forma concreta. La idea de la que parte de Teoría del […]

A la chapucera Transición española se le podría aplicar la Teoría del Caos que E. Lorentz, matemático estadounidense metido a meteorólogo, concibiera para predecir el clima. Caos está entendido no como ausencia de orden, sino como un orden de características impredecibles pero descriptibles en forma concreta. La idea de la que parte de Teoría del Caos es simple: en determinados sistemas, pequeños cambios en las condiciones iniciales conducen a enormes discrepancias en los resultados. Este principio suele llamarse «efecto mariposa»: ¿puede el aleteo de una mariposa en China provocar un tornado en Oklahoma? Para Lorentz, son aquellas situaciones en las que una pequeña causa puede multiplicarse de tal modo que acabe produciendo un resultado catastrófico. El caos es distinto del azar. El caos es impredecible, pero determinable. Dicho de otro modo, el caos no es aleatorio, tiene un orden subyacente. Lo que ocurre es que el caos es sensible, ya lo hemos dicho, a las condiciones iniciales.

Esta teoría está pensada para sistemas naturales como predecir el tiempo atmosférico, las placas tectónicas, el sistema solar, etc. Pero su entropía -o neguentropía- podría traducirse en términos políticos. Un aforismo popular nos ayudará a entender: de aquellos barros (transicionales e intransitivos, adjetivos y epitélicos y con las cazcarrias arremangadas para andar de puntillas), estos lodos.

Siguiendo nuestro símil «caótico», no sería muy descabellado decir que las condiciones iniciales de la Transición han provocado los resultados actuales, es decir, 30 años de farsas electorales que no han solucionado los problemas políticos, económicos y sociales. Al contrario, se han agravado: hoy hay más presos y presas políticas y más paro que nunca. El engendro de la Audiencia Nazional ahí sigue y ese bodrio llamado Ley de Partidos también, de la que, esta última, politiquillos sin un adarme como José Antonio Pastor (PSE-PSOE), cínicos, arribistas y amorales, se enorgullecen. Caras de cemento…

Si las condiciones iniciales hubieran sido otras no estaríamos, probablemente, donde ahora estamos. De entrada, ya hay una contradicción gorda en pasar de un Estado fascista a otro cantinflescamente democrático sin que mediara, al menos, qué menos, una ruptura democrática. Se hizo lo que propuso Fraga: una solución (¿) basada, a la vez, en una continuidad que soslayara los riesgos y costes políticos de la ruptura y en un plan de apremiantes reformas usando el arsenal conceptual demoliberal (elecciones, partidos políticos, parlamento, etcétera). Una mezcla de orleanismo y gaullismo a la española. Puro Lampedusa y gatopardismo. Cambiemos algo para que todo siga igual, more or less. Y todo bajo el mayor secretismo y de espaldas a eso que llaman, y no sé lo que es, opinión pública. Es antinatural que la no democracia instaure la democracia. El rey sigue en bolas.

En un episodio de «Los Simpson», Homer viaja al paleozoico y mata un insecto molesto. Cuando regresa a su tiempo, a la taberna de Moe, ya nada es igual. Eso sería el «efecto mariposa». Nosotros no podemos volver a los tiempos de la Transición para desfacer entuertos y estropicios. Pero sí podemos decir que les den…