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El Acuerdo de Damasco y las "FDS"

¿Triunfará el Estado de la ciudadanía sobre el Estado de las facciones y el caos?

Fuentes: https://nlka.net/eng/

Traducido por Órsola Casagrande

El gobierno interino en Damasco y las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) están avanzando en la implementación de los términos del acuerdo del 29 de enero, que establece un alto el fuego entre ambas partes, la normalización de las condiciones y la integración militar y administrativa tanto de las FDS como de la Administración Autónoma dentro de las estructuras e instituciones del Estado sirio. A pesar de diversas observaciones aquí y allá, de la aparición de obstáculos y de un estado de lentitud —quizás incluso un estancamiento intencional destinado a ejercer presión y restricciones— el acuerdo, en su sentido general, está avanzando bien. Muchos puntos y cláusulas ya se han realizado y aplicado en la práctica sobre el terreno, a pesar de la continuación de una especie de cerco sobre Kobani, que parece ser una medida premeditada de las autoridades para lograr ciertos beneficios o quizá para eludir algunas responsabilidades y obligaciones estipuladas en el acuerdo concluido entre las dos partes.

El acuerdo llegó después de enfrentamientos amplios y de una situación de “choque de voluntades” entre el gobierno interino y las FDS. A través de esto, las autoridades intentaron movilizar a la opinión pública contra las FDS y su base social —el componente kurdo— utilizando grupos locales, sectores y milicias como “guantes suaves” para cometer actos sucios que el Estado posteriormente negaría. De hecho, después de que se revelara el horror y la magnitud de lo ocurrido, el Estado se presentaría como la “entidad” capaz de controlar a estos grupos y contenerlos para que no cometieran más crímenes, violencia y asesinatos masivos, presentándose, así como garante de la protección del componente kurdo fuera de las tres zonas kurdas densamente pobladas donde las FDS y las fuerzas de “Asayish” mantienen una fuerte presencia.

A pesar de que las FDS aceptaron retirarse de Deir Hafer y Maskana (zonas al oeste del Éufrates) tras una serie de desarrollos regionales e internos que fortalecieron la posición de las autoridades de Damasco, el gobierno decidió continuar la ofensiva. Esto ocurrió a la luz del éxito de las fuerzas gubernamentales al irrumpir en los barrios civiles de Sheikh Maqsoud y Ashrafieh en Alepo, celebrando la “victoria” lograda sobre unas pocas decenas de miembros de Asayish ligeramente armados que se negaron a abandonar los dos barrios, prefiriendo luchar en defensa de los residentes sometidos a bombardeos indiscriminados y al uso de armas pesadas, lo que provocó una destrucción generalizada y el desplazamiento de decenas de miles de ciudadanos kurdos. Quedó claro que las autoridades de Damasco apostaban por la fuerza, retirándose del acuerdo del 10 de marzo y, antes de eso, del acuerdo del 1 de abril en Alepo, prefiriendo el fuego al diálogo tras la reunión mantenida con la parte israelí en la capital francesa, París, el 5 de enero.

La puñalada por la espalda a las fuerzas de las FDS que se retiraban de las zonas al oeste del Éufrates, la activación de células durmientes en Raqqa y en el campo de Deir ez-Zor, la incitación a deserciones dentro del componente árabe de las FDS allí y el llamamiento a las tribus árabes a rebelarse provocaron masacres y asesinatos masivos contra combatientes de las FDS que se retiraban, así como contra civiles kurdos que huyeron de Tabqa y Raqqa hacia Kobani, Hasakah y Qamishli. Decenas de familias kurdas fueron ejecutadas en las carreteras y en las entradas de pueblos y ciudades. Todo esto ocurrió bajo la cobertura y complicidad de las autoridades, después de una campaña previa realizada por los medios oficiales y los medios árabes aliados, que difundieron una enorme cantidad de mentiras y fabricaciones contra las FDS y los kurdos. Como de costumbre, se emplearon trucos y maniobras para ocultar los crímenes de las autoridades, con una exclusión deliberada y un apagón de la narrativa kurda —incluso cuestionando la credibilidad de fotos y videos que mostraban ejecuciones de kurdos basadas en su identidad étnica— mientras que la producción mediática fabricada se centraba en otros detalles como “túneles” y “prisioneros civiles inocentes” en cárceles de las FDS.

Las fuerzas del gobierno de Damasco avanzaron hacia las afueras de Hasakah y Qamishli después de que combatientes árabes de Raqqa y Deir ez-Zor abandonaran las filas de las FDS para regresar a sus hogares al ver la retirada hacia las fronteras administrativas de la provincia de Hasakah, junto con otras deserciones coordinadas mediante inteligencia en una etapa posterior. Las fuerzas gubernamentales se posicionaron en Shaddadi, Tel Brak, Tel Hamis y Tel Kocher —pueblos con mayoría árabe en la provincia de Hasakah—. Además, lanzaron ataques contra el campo de la región de Kobani, ocupando un total de 70 aldeas. La ofensiva estuvo acompañada de saqueos, pillajes, asesinatos, desplazamientos y otras vergonzosas violaciones y actos de indignidad que se han vuelto sinónimos de las facciones del gobierno de Damasco y forman parte de su historial durante sus pocos meses gobernando y administrando Siria. La incitación oficial y dirigida desde Damasco y sus medios, así como desde canales y plataformas árabes (exclusivamente del Golfo) contra los kurdos, alcanzó su punto máximo. El siguiente objetivo era la provincia de Hasakah, donde el mayor peligro radicaba en el estallido de enfrentamientos sangrientos y masacres entre árabes y kurdos.

Las FDS habían preferido retirarse de Raqqa y Deir ez-Zor en lugar de quedarse y atrincherarse en una lucha allí, para evitar profundizar los enfrentamientos árabe-kurdos que las autoridades deseaban, enfrentamientos que podrían haberse extendido a otras zonas y abarcar todas las regiones mixtas árabe-kurdas tanto en Siria como en Irak, desde Afrin hasta Shengal y Khanaqin. En consecuencia, las FDS se replegaron hacia la provincia de Hasakah, donde se encuentra la presencia kurda y su base social, y donde las tribus árabes comparten una larga historia de vecindad, matrimonios mixtos y relaciones sociales destacadas con los kurdos, lo que proporciona una base de calma, sensatez y consenso que dificulta los esfuerzos de las autoridades por utilizar a estas tribus contra los kurdos. En cuanto a Raqqa y Deir ez-Zor, en realidad eran una pesada “camisa de hierro” de la que las FDS y la Administración Autónoma se desprendieron. Nunca tuvieron la intención de conservarlas y siempre buscaron fórmulas para entregarlas a sus habitantes mediante consejos militares y estructuras administrativas y retirarse hacia Hasakah. Esto estaba destinado a realizarse dentro de un entendimiento con las autoridades de Damasco que garantizara a la población de Raqqa y Deir ez-Zor un cierto grado de descentralización que respetara sus sacrificios en la liberación de sus zonas de ISIS y reconociera sus esfuerzos en la construcción de estructuras administrativas y el mantenimiento de la paz civil y de las instituciones del Estado (presas, fábricas, campos de petróleo y gas). Sin embargo, la apuesta de las autoridades de Damasco por la acción militar tras la toma de Sheikh Maqsoud y Ashrafieh, y su adhesión a un enfoque faccional basado en clasificaciones étnicas y sectarias —creyendo que esto destruiría el sentimiento nacional colectivo basado en la ciudadanía y empujaría a los componentes étnicos y sectarios sirios al atrincheramiento y al aislamiento— fue lo que contribuyó al fracaso del diálogo y al surgimiento de una clara situación de guerra civil basada en un “Estado” que incita a una parte de su población contra otra.

Existía una certeza clara dentro de las autoridades de Damasco de que la comunidad internacional no intervendría en su guerra contra las FDS y los kurdos, y de que prevalecería el silencio tras las concesiones hechas en la reunión de París a la parte israelí bajo patrocinio estadounidense y turco. Las autoridades de Damasco se sintieron seguras de la aprobación de Washington y recibieron una promesa de Israel de no intervenir militarmente en ninguna operación dirigida contra las FDS y los kurdos, de forma similar a lo ocurrido en Suwayda. En el punto álgido de la ofensiva de las fuerzas gubernamentales sirias en Raqqa y Deir ez-Zor, Tom Brak, embajador estadounidense en Turquía y enviado especial para Siria, apareció para exigir que las FDS se retiraran de las zonas árabes. Posteriormente anunció en un largo comunicado en su cuenta de la plataforma “X” que su país se retiraría de Siria, evacuaría sus bases y pondría fin a su cooperación “funcional” con las FDS. Antes de eso, el presidente interino Ahmed al-Shara había emitido el decreto nº 13 sobre los kurdos sirios, considerando resuelta la cuestión kurda en Siria y afirmando que ya no había necesidad de las FDS ni de la Administración Autónoma. En ese momento las cosas comenzaron a “encajar” y apareció un patrón claro de comportamiento planificado: las autoridades sabotearon la reunión entre el liderazgo de las FDS (el general Mazloum Abdi) y el ejército sirio (el ministro de Defensa Murhaf Abu Qasra) celebrada en Damasco el 4 de enero, que discutía un mecanismo de integración en divisiones y brigadas. Luego enviaron al ministro de Exteriores Asaad al-Shaibani a París el 5 de enero e hicieron concesiones a Israel. A partir de ahí se retractaron de los entendimientos con las FDS y cancelaron de facto los acuerdos del 10 de marzo y del 1 de abril. En consecuencia, activaron la opción militar, atacando los barrios de Sheikh Maqsoud y Ashrafieh y preparándose para la batalla del “este del Éufrates”. Todo esto avanzó por dos líneas paralelas: primero, política —obtener la luz verde de Estados Unidos e Israel, junto con promesas de supervisión y apoyo militar turco y cobertura mediática del Golfo— y segundo, militar —retirar las regiones árabes (Raqqa y Deir ez-Zor) del control de las FDS, desmantelar allí la Administración Autónoma y entregar los asuntos de los ciudadanos (¡árabes suníes!) a Damasco y a funcionarios designados desde allí, que naturalmente forman parte del círculo cercano de Hay’at Tahrir al-Sham—. Es decir, según la visión de las autoridades, Raqqa y Deir ez-Zor no tendrían personalidad jurídica ni algún tipo de descentralización o administración local ampliada como la provincia de Hasakah después del acuerdo del 29 de enero; por el contrario, ambas provincias serían administradas con una centralización extrema directamente desde Damasco.

Ante el ataque de las autoridades de Damasco contra Hasakah y Kobani, las FDS, la Administración Autónoma y los kurdos no encontraron otra opción que declarar la “movilización general” y prepararse para luchar hasta el final. Esta declaración galvanizó el sentimiento kurdo en otras partes de Kurdistán y en todo el mundo. El líder kurdo Abdullah Öcalan intervino y se comunicó con el Estado turco, dejando claro que el proceso de paz y solución entre el PKK y Turquía terminaría si Ankara persistía en alentar al gobierno de Shara a continuar el ataque contra los kurdos en Siria. También el bloque del Partido de la Igualdad y la Democracia de los Pueblos en el parlamento turco presionó al gobierno para lograr una desescalada en Siria. Paralelamente se produjo una intensa actividad diplomática del Gobierno Regional del Kurdistán. Miles de jóvenes kurdos se dirigieron a Hasakah para unirse a la resistencia de las FDS, mientras cientos de manifestaciones kurdas estallaban en todo el mundo denunciando las masacres. La presión internacional aumentó, y el senador estadounidense Lindsey Graham anunció la preparación de una ley para “proteger a los kurdos en Siria”.

La cohesión kurda regional, las protestas globales y la presión política y mediática obligaron finalmente a las autoridades de Damasco a detener su avance militar hacia Hasakah y Qamishli. Primero ofrecieron un alto el fuego de cuatro días y luego ampliaron el plazo a dos semanas. Posteriormente se emitió el decreto nº 13 y finalmente surgió el acuerdo del 29 de enero, cuyos puntos incluían la integración de las FDS, el nombramiento de un gobernador kurdo para Hasakah, la regularización de las condiciones en Kobani, Sheikh Maqsoud y Ashrafieh, y el regreso de los kurdos desplazados a Afrin, Ras al-Ayn y Raqqa.

En cuanto a Deir ez-Zor y Raqqa —las zonas que las autoridades de Damasco “liberaron” recientemente de las FDS— actualmente viven una situación de inestabilidad y caos debido al descontento popular. Quienes han llegado para administrar estas provincias conocen poco la naturaleza de su población y su principal preocupación es controlar los pozos de petróleo y las fuentes de ingresos. Las condiciones de vida se han deteriorado y los servicios han disminuido, mientras que el ISIS ha comenzado a reorganizarse aprovechando la liberación de cientos de sus miembros con experiencia de combate. El grupo publicó una declaración llamando a los sirios a rebelarse contra el gobierno de Ahmed al-Shara. La implementación del acuerdo del 29 de enero entre el gobierno de Damasco y las FDS avanza lentamente, pero de manera constante. Entre los aspectos positivos está que rompió el hielo entre ambas partes tras los recientes enfrentamientos. La actividad política y diplomática del general Mazloum Abdi contribuyó al éxito del acuerdo, al igual que las reuniones con funcionarios estadounidenses e internacionales. Sin embargo, el mayor obstáculo sigue siendo la existencia de grupos que rechazan la reconciliación nacional en curso y amenazan con recurrir a las armas. Estas son las mismas facciones que las autoridades utilizaron anteriormente en sus campañas militares. Algunas familias asentadas en Afrin todavía se niegan a devolver las casas y tierras que tomaron a ciudadanos kurdos tras la ocupación turca de 2018. La campaña de incitación mediática contra los kurdos ha reforzado sentimientos de hostilidad entre sectores de la sociedad siria, algunos de los cuales incluso amenazan con unirse a ISIS si no se les permite dominar a los kurdos y controlar sus zonas.

Las autoridades deben encontrar ahora una solución para estos sectores: desarmarlos y someterlos a la ley. También es importante lanzar programas de rehabilitación para integrarlos en una sociedad siria que se espera evolucione hacia un modelo basado en los valores de ciudadanía plena e igualdad, donde todas las formas de incitación sectaria y étnica sean penalizadas.

El Dr. Tariq Hemo es investigador en el Kurdish Centre for Studies. Posee un doctorado en Ciencias Políticas y se especializa en la investigación de la Hermandad Musulmana de Egipto y el islam político. Ha coescrito un libro junto al Dr. Salah Nayouf (Libertad y Democracia en el Discurso del Islam Político Tras las Transformaciones Recientes en el Mundo Árabe). Actualmente es profesor en el Departamento de Ciencias Políticas de la Academia Árabe en Dinamarca.

Este articulo ha sido publicado en colaboración con el Kurdish Centre for Studies (https://nlka.net/eng/)