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Un dia normal en Palestina

Fuentes: Rebelión

Este verano he pasado tres semanas en la ciudad palestina de Nablus, en Cisjordania, trabajando como voluntaria en un campamento de verano para niños de un campo de refugiados. La experiencia me sirvió para conocer más de cerca la realidad de los habitantes más maltratados de estas tierras en conflicto. Pero hoy no escribo para […]

Este verano he pasado tres semanas en la ciudad palestina de Nablus, en Cisjordania, trabajando como voluntaria en un campamento de verano para niños de un campo de refugiados. La experiencia me sirvió para conocer más de cerca la realidad de los habitantes más maltratados de estas tierras en conflicto.

Pero hoy no escribo para relatar esta experiencia. La noche del sábado al domingo las fuerzas del Ejército israelí destruyeron el edificio de uno de los voluntarios locales que tra- bajaba con nosotros. Todas las familias residentes, y gran parte de los vecinos, despertaron aterrados a las 2.15 de la madrugada por el sonido de los altavoces de los soldados vociferando el nombre de dos personas que buscaban. El siguiente sonido, que les hizo salir despavoridos, fue el de un bulldozer destruyendo una de las paredes del edifio. En vez de irrumpir hogar por hogar, tal y como es habitual, esta vez procedieron a la destrucción del edificio, sin dejar a sus habitantes recoger ninguna de sus pertenencias. Pero lo peor, lo más cruel, fue que tras comprobar que las personas buscadas no se encontraban allí, no contentos con el terror provocado, hicieron venir una excavadora y la destrucción prosiguió durante doce horas hasta completarse.

Durante esta operación los soldados tomaron como base la escuela adyacente donde todos nosotros, los voluntarios internacionales, solíamos alojarnos. Y desde ella dispararon a los niños que les tiraban piedras para protestar contra semejante injusticia; dieron muerte a uno ­15 años­ y detuvieroon a unos 18 ­todos menores­.

Me parece de una deleznable obviedad tener que señalar, hoy desde aquí, que las 125 personas que vieron sus veinte viviendas y ocho de sus coches hechos trizas, eran gente normal y completamente inocente. Gente inocente que no pudo contener las lágrimas frente a la caprichosa y cruel destrucción, en pocas horas, de sus hogares construidos con el esfuerzo de años.

Y las posibilidades de una denuncia eficaz y una indemnización son nulas, ya que ésta es sólo una de las 13.000 casas destruidas en un lugar donde la gente «normal» parece no tener derechos. Tristemente, se trata de un día normal en Palestina.