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Pasados unos días desde la declaración de alto el fuego permanente de ETA

Y ahora ¡qué!

Fuentes: Gara

La euforia inicial remite y da paso a la noción de que la tras- cendencia de la noticia, por su inmenso peso específico, va mucho más allá que la mera inactividad operativa de la organización armada. Así es, son pocos los recalcitrantes que siguen sin asumir que el análisis de la actual escena política se […]

La euforia inicial remite y da paso a la noción de que la tras- cendencia de la noticia, por su inmenso peso específico, va mucho más allá que la mera inactividad operativa de la organización armada.

Así es, son pocos los recalcitrantes que siguen sin asumir que el análisis de la actual escena política se corresponde con la lógica correlativa que permite la convergencia de la excepcional capacidad de vertebrar iniciativas políticas de la izquierda abertzale en pos del reconocimiento nacional de Euskal Herria y el derecho de sus habitantes a decidir su futuro.

Diagnóstico

Toda resolución de conflicto exige un consenso en torno al diagnóstico. Mientras la gran mayoría de la sociedad vasca entiende de modo nítido el perfil del diagnóstico, muchos actores siguen con discursos reduccionistas que siguen cimentando el caduco y «rentable» escenario actual. Insisten en su lectura en torno al entramado jurídico e institucional vigente y continúan dando excesivo protagonismo a formaciones de nula entidad democrática y relativa marginalidad política como el PP, que sólo aportan un negacionismo extemporáneo. Pero lo cierto es que la disociación en el diagnóstico entre este mundo y los criterios de la mayoría de la sociedad vasca es cada vez más evidente.

Junto a ello, tampoco aporta nada el discurso «oficial» exógeno, muy común en Madrid, París y sucursales, de que «el Estado de Derecho» rige las iniciativas y delimita los procedimientos políticos. El diagnóstico del conflicto, como político que es, exige que las lógicas políticas superen toda lógica normativa que constriña las pautas de resolución. Más aún, en tanto que la lógica que alimenta el conflicto está recogida jurídicamente en el mismo código que se supone «ha de regular» toda iniciativa. De ahí que la paulatina superación del marco jurídico vigente sea esencial para el asentamiento y desarrollo del proceso de paz haciendo de éste algo definitivo e irreversible.

En el mismo sentido, la impuesta constricción autonómica, «estatuto o nada», que desde 1978 se ha asentado como marco estructural, está en la antípoda de lo que las dinámicas sociales exigen en decenas de ámbitos como marco de resolución. Coherentemente, los datos del «nada sospechoso» euskobarómetro que año tras año confirman la tendencia ascendente del independentismo como opción con más de un 30%, o el dato de que más de un 65% se declara sólo vasco o más vasco que español, demuestran que las lógicas partidario-electorales no convergen con las categorías socio-políticas definitorias que reflejan a la sociedad vasca.

En resumen, la sociedad vasca articulada de modo transversal es la que ha de exigir a los actores el respeto a un diagnóstico que asume de modo mayoritario, y que es el eje sobre el que se ha de desarrollar el proceso de paz. De ahí que exista una impaciente espera en torno a una posible trascendental declaración estilo «Downing Street» que permitiera vislumbrar una correlación manifiesta respecto del diagnóstico y por ende un definitivo asenta- miento del proceso de paz.

Referentes

Durante las últimas semanas, la Unión Europea, la «comunidad internacional» y las autoridades serbias han de lidiar con una situación que no pueden evitar: Kosovo avanza a la independencia. Las dinámicas sociales independentistas superan toda constricción que se base en legalidades exógenas e impuestas. Democráticamente, el clamor popular, canalizado por un liderazgo renovado, desborda el «sentido común», el «ordenamiento vigente» y los argumentos clásicos por el estilo que se reclaman desde el establishmen.

En nuestro caso existen paralelismos. Además de esa foto demoscópica, las últimas elecciones, por ejemplo, demostraron que el unionismo es políticamente minoritario. Que el manido «50% de no nacionalistas y nacionalistas» que ha vertebrado las interpretaciones en la última década es una falacia interesada. Si entendemos que por encima de los indicadores electorales, existen criterios y categorías de convergencia comunes entre los ciudadanos de la más que plural y heterogénea sociedad vasca, podemos afirmar que el proceso de paz es el instrumento más efectivo para la vertebración de una dinámica de construcción nacional basada en consensos mayoritarios, plurales, transversales y por lo tanto hegemónicos.

De ahí que las fuerzas políticas, sociales y sindicales, habrán de facilitar iniciativas que canalicen la participación de la inmensa mayoría que reclama el recono- cimiento nacional y el derecho a decidir como base del proceso de paz.

Bilateralidad

Una de las premisas que ha de llevarse a efecto de modo urgente es la del asentamiento de iniciativas bilaterales. La bilateralidad ha de ser proporcionada y equilibrada entre las partes. La bilateralidad efectiva en esta fase ha de despejar la vía para la reimplantación de dinámicas públicas en torno a reivindicaciones hoy subversivas y permitir que los criterios democráticos esenciales se garanticen. Esto supone el reconocimiento de todas las víctimas del conflicto, la desmilitarización y desaparición de prácticas represivas, la apertura informativa y la recuperación del respeto deontológico informativo. Ni que decir que la bilateralidad manifiesta exige el respeto estricto de los derechos de los detenidos y presos así como la desactivación de las estructuras represivas especiales.

Obstáculos

El proceso de paz tiene enemigos poderosos: El búnker unionista que se manifiesta en el PP y en amplios sectores del PSOE, y que trata de caracterizar el proceso como un mero procedimiento de pacificación disociado de toda lógica de resolución del conflicto; los sectores fácticos que viven y se enriquecen a costa del sufrimiento que el conflicto acarrea; y los partidos que asentados sobre el actual marco generador del conflicto han garantizado su pervivencia y protagonismo gracias al beneficio económico exacerbado y la represión del independentismo.

Todos ellos pueden entrar en dinámicas de crisis y disgregación, a medida de que el proceso de paz se desarrolle. En el unionismo español nacionalista y el constitucionalismo patriótico- lealista comienza una lucha fratricida entre «duros y blandos» que merma su capacidad de presión sobre los sectores favorables a un proceso de paz. Por otra parte, los sectores económico mediáticos deberán reconsiderar su posición respecto al proceso en la medida en que éste plantee nuevas dinámicas de generación de recursos.

Pero son los partidos que han hecho «el agosto» en el actual marco, y en concreto el PNV, los que más obstáculos pondrán. El ejemplo de CiU en el Principat o el SDLP en el Norte de Irlanda no son nada comparado con lo que se le avecina al PNV. Las proyecciones no son halagüeñas, no sólo porque el avance de proceso pueda retrotraer otra escisión entre «Aberri y Comunión»; tampoco sólo por los previsibles derrumbes electorales que se le avecinan; sino porque la llegada de un nuevo escenario con una izquierda abertzale emergente, capaz de amortizar tantos años de lucha, amenaza con finiquitar su «modelo de país» triprovincial basado en la hegemonía de «su centrali- dad», y deshacer el eje de poder sobre el que ha vertebrado su tan beneficiosa «administración».

El reto

Dicen que el proceso será largo, duro y costoso, pero de lo que no hay duda, es de que no hay margen para el escaqueo. El gran reto que se avecina reside en que la movilización social debe de ser de una magnitud tal que sea suficiente para blindar el proceso, hacerlo hegemónico y amedrentar a los que tratan de obstaculizar este proceso colectivo, plural y democrático, en defensa de sus intereses sectarios, antidemocráticos y partidarios. Ya no hay excusas. Se acabó el «si no estuviera ETA…» y el «no importa, ya están los milis». Ni para el delegacionismo, ni para la inactividad, porque al margen de lo que digan o traten de hacer en las Metrópolis que pretenden gobernarnos, el futuro de Euskal Herria, de la Navarra plena depende exclusivamente de todas las vascas y vascos, de todas las navarras, y el ciclo que comienza debe ser, por imperativo histórico, el definitivo para lograr la recuperación de nuestro Estado independiente en Europa.