Recomiendo:
0

Yo voté por un criminal de guerra

Fuentes: El Corresponsal de Medio Oriente y Africa

El ministro de Defensa era el hombre que podría haber parado el fuego de artillería antes de que se cobrara esa horrible cantidad de víctimas en Beit Hanun. El ministro de Defensa era el hombre que podía haber dicho no a los generales que lo aprobaron. Pero nosotros pusimos al ministro de Defensa en su sillón.

Dicen que la confesión de los pecados es buena para el alma herida. Así es que aquí va la mía: Yo voté por una criminal de guerra.

En su momento no lo supe. Mis intenciones eran buenas. Quise una buena vida para los israelíes que tenían lo peor. Y quise una buena vida para los palestinos que tenían lo peor de lo peor.

Sopesé las opciones, examiné las alternativas. Y me encontré con Amir Peretz cuando todavía era el alcalde de ese pueblo del que nadie había oído hablar, Sderot. Él era socialmente consciente, perspicaz, enérgico, valeroso, sensible a sus electores, coherente con sus ideales.

Él logró hacer buenas cosas. Quiso la paz con sus vecinos de Beit Hanun, en Gaza. Él tuvo buenas ideas sobre cómo llegar allí. La gente pensó que él podía lograr lo imposible, convirtiéndose en el primer gobernante israelí nacido en Marruecos.

El 28 de marzo de este año, yo caminé hasta el centro de votación después de haber evaluado las opciones que Peretz ofrecía. Vi a los nuevos dirigentes que él había atraído al Partido Laborista, Ami Ayalon, Avishai Braverman, personas capaces, creativas, perspicaces para ayudar a sanar este país, ansiosos por hacer lo mejor para una nación rota.

Yo consideré todo con cuidado. Como la tripulación del avión autopropulsado que ordenó disparar al sitio de lanzamiento de los cohetes Qassam, una pequeña plantación de naranjos abandonados en el norte de Gaza. A una distancia segura de las casas vecinas de Beit Hanun. O lo que ellos creyeron.

Los tripulantes verificaron antes de actuar. Sus intenciones eran buenas. Ellos no tenían ninguna razón para dudar de qué tan confiable era la información que habían recibido. Ellos no tenían ninguna razón para pensar que estaban a punto de matar a 19 personas en cuestión de segundos, varios de ellos niños que dormían plácidamente en sus camas.

Yo lo hice posible. Yo y todos los otros que tomaron la papeleta de voto con la palabra Emet (Verdad) escrita en ella y la depositaron en la urna. Yo y todos los otros que creyeron en Amir Peretz. Nosotros le dimos la bomba de 155 milímetros. Nosotros matamos a esos niños.

Durante el medio año siguiente, yo miraría cómo mi simple acto de votar se alejaba de un camino de esperanzas para convertirse en un acto estúpido e inmoral.

El ministro de Defensa era el hombre que podría haber parado el fuego de artillería antes de que se cobrara esa horrible cantidad de víctimas. El ministro de Defensa era el hombre que podía haber dicho no a los generales que lo aprobaron, el jefe del frente Gaza, Yoav Galant, y el comandante de su división, Chico Tamir. Y nosotros pusimos al ministro de Defensa en su sillón.

Podríamos consolarnos con una verdad que funciona como una mentira: que nosotros no quisimos que fuera ministro de Defensa, que lo elegimos para que se convirtiera en ministro de Finanzas o de Asuntos Sociales.

Los artilleros tampoco pensaron que sus bombas matarían a civiles.

Nosotros podemos, si lo preferimos, depositar todo en Peretz, el hombre que, en un momento crítico, abandonó la oportunidad de ser un apreciado ministro de Asuntos Sociales para ser un ineficaz, e incluso peligroso, ministro de Defensa.

Él podría haberse dedicado a atender las necesidades de miles de hambrientos, desempleados, impedidos, ancianos, analfabetos. Él podría haber rescatado a miles de israelíes de la pobreza y la desesperación.

En cambio, a estas alturas, la única persona a la que Amir Peretz está beneficiando es Ismail Haniyeh.

Uno podría preguntarse si acaso el lanzamiento de cohetes Qassams a civiles israelíes no es también un crimen de guerra. Claro que lo es. ¿Pero eso nos absuelve de culpa? De ninguna manera.

Unos meses antes de esa elección de marzo, en el gran monumento conmemorativo de los 10 años del asesinato de Yitzhak Rabin, en Tel Aviv, yo escuché al por entonces nuevo líder del Partido Laborista, Amir Peretz, hablar con pasión y evidente convicción de sus metas: «Yo tengo un sueño, Yitzhak, que un día una zona industrial emergerá entre Sderot y Beit Hanun. Y se construirán lugares de entretenimiento y patios de juego para nuestros niños y los niños palestinos, y ellos jugarán juntos, y construirán un futuro común juntos.»

Hay quienes en la derecha están disfrutando ahora. Sigan disfrutando. Disfruten todo lo que quieran. Éste no es un problema de partidos. Es mucho más que eso. Involucra a personalidades del establishmen militar y de defensa que nos fallaron, que se fallaron a sí mismos. Y compromete a su jefe, que no puede imponerles su autoridad ni reemplazarlos.

Tanto en Gaza como en el Líbano, Israel estaba obligada a hacer concesiones no por el fuego terrorista, sino por ella misma. En Gaza como en el Líbano, los generales presionaron, y Peretz cedió.

Durante años, el ejército hizo su trabajo para proteger al pueblo israelí. Ahora depende del pueblo israelí salvar al ejército de sus fechorías.

Mejor tarde que nunca. Preguntémosle, si no, al Partido Republicano. Ha tomado la decisión de salvarse -y salvar a los Estados Unidos y quizá también al mundo- de Donald Rumsfeld.

Ahora es el momento del Partido Laborista, y de la izquierda en su conjunto, para salvarse de Amir Peretz.

La fuente: Haaretz (Tel Aviv, Israel). La traducción del inglés pertenece a Sam More para elcorresponsal.com

http://www.elcorresponsal.com/modules.php?name=News&file=article&sid=4830
——————————