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40 años de guerras y de crisis en Irak

Fuentes: El Salto [Foto: Marines estadounidenses en la ciudad de Zaidon, en marzo de 2007. Foto: U.S. Marine Corps/Samuel D. Corum]

Condenado a cuatro décadas de conflicto, sanciones y violencia, Iraq paga el precio de su lugar estratégico en las relaciones entre Estados Unidos e Irán. Numerosas generaciones que solo han conocido la guerra y la crisis económica ahora han de hacer frente a las políticas de austeridad.

Este mes de enero se cumplen 30 años de la intervención militar de Estados Unidos y sus aliados en la Guerra del Golfo (1990-1991). Una guerra que se produjo diez años después de la Guerra entre Irán y Irak, denominada en un principio por Occidente como la Guerra del Golfo y conocida en Irán como la Guerra Impuesta (1980-1988). Precisamente, el pasado septiembre se cumplió el 40 aniversario. Se hace justo hacer un breve repaso de estos hechos, debido a que Irak lleva más de 40 años intercalando guerras y crisis con consecuencias devastadoras para la población.

Estados Unidos y sus aliados europeos no podrían ser más cómplices de este horror. La política occidental ha contado con el encubrimiento de los medios, a pesar de que Occidente ha favorecido a menudo a gobiernos crueles y corruptos y ha implementado métodos inhumanos que han destrozado el país. El por qué de esta crueldad es el de siempre: asegurar los intereses económicos y políticos que siempre se ha buscado garantizar en Oriente Próximo.

En cierta manera, lo que pasó hace 40 años explica el desastre de ahora. La llegada al poder de Sadam Husein en 1979 coincidió con el proceso traumático de la revolución iraní en el que se puso fin a la despiadada dictadura del Shah, apoyada por los Estados Unidos.

El Shah llegó al poder gracias a un golpe de Estado dirigido por la CIA en 1953 que tuvo como fin acabar con la amenaza democrática y nacionalista de Mohammad Mosaddeq. 26 años después, la rabia y la represión unido a un aumento del fundamentalismo islámico, generaron que la revolución islámica triunfase, instaurándose un régimen teocrático y también brutal que lleva desde ese entonces desafiando la política imperialista de los americanos.

Poco después, Sadam decidió invadir Irán y así empieza la Guerra Impuesta extendiéndose durante ocho años y provocando la muerte de al menos un millón de personas. Una guerra comparada a menudo con la Primera Guerra Mundial, aunque puede que el símil sea exagerado.

Esto no impidió que EEUU y los países occidentales apoyaran a Sadam, utilizando de igual forma a la CIA para ayudar a las operaciones militares iraquíes. A nadie en Occidente le parecía importar que el dictador iraquí adquiriera como costumbre emplear armas de destrucción masiva y gaseara a poblaciones enteras. Los medios y las élites políticas asumieron esta responsabilidad y complicidad en los crímenes con un silencio más que significativo. No obstante, la degradación moral vino como siempre por parte de la industria militar cuando Occidente sacó rédito económico de ello. Hasta tal punto llegó el disparate occidental, que la propia administración Reagan llegó a vender armas a la teocracia iraní para financiar los crímenes de Estados Unidos contra Nicaragua, aunque esto ya es otra historia…

En los relatos de la prensa generalista se suelen omitir estos hechos provocando que a menudo la historia quede completamente distorsionada. Suena a topicazo, pero la historia la van a escribir siempre los vencedores, por lo menos en lo que a la narrativa se refiere. Este ejemplo se pudo ver muy bien el año pasado, cuando el periodista de The Washington Post Glen Carey hizo un breve repaso de la historia estadounidense en Irak, en un artículo titulado “Comprender la relación enredada entre Estados Unidos e Irak” un título que ya presagiaba un blanqueo a los crímenes occidentales.

El artículo, aparte de obviar el papel execrable que jugó la administración Clinton, al que nos referiremos más después, justifica el apoyo occidental de Estados Unidos a Sadam Husein en la guerra contra Irán porque existía la “preocupa[ción] de que Irán tuviera éxito en su objetivo de exportar el fundamentalismo islámico detrás de su revolución de 1979”. Una preocupación bastante débil si recordamos que Estados Unidos apoyó a los muyahidines en Afganistán desde un primer momento para amplificar el desastre y el horror de la Unión Soviética o porque Occidente ha seguido teniendo una relación inquebrantable con los países más extremos y más fundamentalistas de la región, véase el ejemplo de Arabia Saudí o Pakistán. En la historia quedará siempre que 15 de los 19 secuestradores que participaron en los atentados terroristas del 11 de septiembre eran saudíes.

Las omisiones y la falta de la verdad son instrumentos necesarios para convertir de la noche a la mañana a gobiernos títeres en dictadores despiadados (que es lo que siempre ha sido Sadam Husein) y para convencer al público general de que siempre las agresiones occidentales que se han realizado contra terceros países se han realizado con fines nobles. Hay que tener en cuenta que la Guerra del Golfo tuvo lugar a la vez que se vivía una euforia colectiva por el triunfo del capitalismo, eso que llamaron los intelectuales el final de la historia.

En realidad, no era más que el excepcionalismo estadounidense renovado. Esa prepotencia de querer resarcirse de eso que se llamó cínicamente el síndrome de Vietnam. Una cultura decadente y unos gobiernos con tan pocos escrúpulos explican esa necesidad de humillar a un pueblo aparte del evidente interés del petróleo.

Uno de los resultados (frecuentemente olvidados) que trajo la Guerra del Golfo fue que las opciones para que Sadam siguiera en el poder no eran muchas. Es aquí cuando los Estados Unidos incitaron a la oposición iraquí a rebelarse contra Sadam, para poco después abandonarla a expensas de la crueldad y la represión del régimen. Independientemente de esta traición, sobre todo al pueblo kurdo, las siguientes decisiones que se tomaron desde Occidente no hicieron más que deteriorar una situación que ya hacía mucho tiempo que era trágica.

Esta política está muy bien representada con uno de los crímenes más miserables de los últimos tiempos: las sanciones de Naciones Unidas contra Irak que mataron durante los años 90 a más de medio millón de niños. El ya mítico corresponsal de guerra, Robert Fisk, nos recordó que Anchor Leslie Stahl, en el programa 60 Minutes de la CBS, preguntó a la ex embajadora de Estados Unidos en las Naciones Unidas, Madeleine Albright lo siguiente: “Hemos sabido que medio millón de niños han muerto. Es decir, han muerto más niños que los que murieron en Hiroshima. ¿Vale la pena pagar este precio?” ante lo que Albright respondió “creo que es una decisión muy dura, pero el precio… pensamos que el precio vale la pena”.

Durante los años 90 los iraquíes vivieron bajo el horror. Uno de los pocos periodistas que se atrevieron a denunciarlo fue el propio Fisk, que recogió uno de los testimonios más desgarradores de los últimos tiempos. Hechos que la prensa mayoritaria denunció tarde y mal, salvo notables excepciones. No era solo la brutalidad de los bombardeos de la Guerra de Golfo, sino también cómo los bombardeos con uranio empobrecido se estaban cebando con la población.

La situación era aún más calamitosa porque las sanciones de la ONU, defendidas enérgicamente por Reino Unidos y Estados Unidos, impedían que muchas de las víctimas, especialmente niños, pudieran acceder a medicación para curar los horrendos cánceres que estaban sufriendo por los bombardeos occidentales de la Guerra del Golfo. Fisk volvió a mostrar en su libro La Gran Guerra por la civilización las vergüenzas de Occidente cuando retrató como el mismo gobierno británico que vendió en el año 1988 “más de 200.000 dólares de tiodiglicol, uno de los componentes del gas mostaza” al igual que 26.000 dólares de cloruro de tionilo (el otro componente del gas mostaza) y justificara su venta por sus “usos civiles” y por su utilización “en la fabricación de tinta para bolígrafos y de tintes textiles”; defendiera ocho más tarde que “prohibiría la venta de la vacuna contra la difteria a los niños iraquíes sobre la base de que podía utilizarse para la fabricación de armas de destrucción masiva”.

Este es el legado de horror que la administración Bill Clinton dejó como herencia a Bush hijo. Es muy representativo cómo en el discurso oficial, Clinton se ha salvado en multitud de ocasiones de ser juzgado por estos crímenes. Sin embargo, todavía hay mucho más. Antes de que Tony Blair y George Bush invadieran el país, Blair colaboró con Clinton en una guerra que fue ocultada al público general, ejecutándose un apagón informativo en Occidente, aunque esta vez los medios árabes sí que informaron de ello. Teniendo en cuesta esto, no sorprende que en el año 2003 grandes personalidades del Partido Demócrata apoyaran tanto la invasión de Afganistán como la invasión de Irak, algo que el actual presidente de Estados Unidos sabe muy bien y que ha sido recordado por Mark Weisbrot en The Guardian el pasado febrero: “El propio Biden tuvo una enorme influencia como presidente y argumentó finalmente a favor de la resolución de 2002 que otorgaba al presidente Bush la autoridad para invadir Irak”.

La guerra de Irak, al igual que sucedió con Afganistán, estaba concebida para ser una victoria apabullante y un paseo triunfal de los Estados Unidos. Sin embargo, ocurrió justamente lo contrario y el paseo triunfal se convirtió en un quebradero de cabeza para los EEUU y una auténtica pesadilla para las distintitas comunidades, dado que la invasión estadounidense azuzó el conflicto sectario y acabó degenerando también en una guerra civil en el año 2006 que explica, en buena medida que, en el 2014, el monstruo del Estado Islámico fuera capaz de lograr espectaculares victorias contra el gobierno corrupto y desacreditado de Nuri al-Maliki.

Como suele ser habitual, las cifras son insuficientes para hacerse de una idea del desastre. Desde el 2003 hasta el 2011, la guerra dejó aproximadamente otro medio millón de muertes, un tercio de ellas atribuibles a las consecuencias indirectas de la guerra. Una cifra mayor según el periodista de The Washington Post, Philip Bump, que las estimó en 600.000 durante estos 8 años de guerra.

Hay que recordar también que después del 11 de septiembre, la negligente política occidental no solo tendría nefastas consecuencias para la estabilización de Oriente Próximo, sino para la propia seguridad de los países occidentales. La guerra contra el terrorismo iniciada por Bush hijo, el odio hacia Occidente, la desaparición del Estado iraquí, la guerra de Siria y el continuo apoyo al fundamentalismo islámico ayudaron a crear el monstruo del Estado Islámico que todos conocimos.

La prepotencia de Estados Unidos de que podía acabar con la amenaza terrorista a base de librar una campaña de asesinatos extrajudiciales (The Drone Campaign) y la creencia de que podría hacerlo sin replantear su relación con los países que han financiado de forma indirecta el terrorismo, no quita que el propio Obama no conociera la magnitud de la amenaza que sus políticas estaban creando en la región. Para el recuerdo quedará el comentario de Obama refiriéndose indirectamente al ISIS como un equipo de canteranos que por mucho que se pusieran la camiseta de los Lakers, nunca serían los Lakers.

No obstante, las consecuencias las volvió a sufrir Irak cuando en el año 2014 el Estado Islámico aprovechó la impopularidad del gobierno iraquí para hacerse con ciudades importantes en el país. Esto condujo de nuevo a los Estados Unidos a intervenir de lleno en el conflicto enviando de nuevo tropas a Irak, dado que, tanto allí como en Siria, la región se convirtió en el centro de una guerra en la que finalmente las potencias extranjeras unieron fuerzas para derrotar al ISIS, a pesar de las diferentes estrategias de cada una, representadas muy bien en la guerra de Siria.

Los resultados son conocidos: se derrotó al Estado Islámico, aunque el yihadismo dista de haber desaparecido y los sitios que controlaban el ISIS fueron devastados. Este es el caso de Mosul, en el que The Associted Press cifró entre 9.000 y 11.000 los civiles muertos, unos datos que podrían estar muy por debajo del impacto real que tuvo en la población civil. A este respecto, Patrick Cockburn señaló que Hoshyar Zebari, exministro de Relaciones Exteriores y Finanzas iraquí, le dijo en una entrevista que “la inteligencia kurda cree que más de 40.000 civiles han muerto resultado de las armas de fuego utilizadas contra ellos”.

El pánico que el pueblo iraquí vivió durante estos tres años debió ser inimaginable, tanto por parte de los chiitas, que eran objeto de las amenazas del ISIS, como por los kurdos o por lo sunitas. Estos últimos se sentían aterrorizados tanto por el miedo a ser agredidos por el gobierno como por el ISIS.

Cumplido ya el 2021, y tres años después de la victoria contra el Estado Islámico, la población sigue viviendo en un estado perpetuo de crisis que encaja perfectamente con lo que el país ha vivido durante los últimos 40 años. Las intervenciones extranjeras unidas a la sucesión de gobiernos crueles y corruptos explican el pesimismo y el enfado de la población general. También explican por qué en octubre del 2019 irrumpieron protestas multitudinarias en contra del gobierno que provocó la muerte de 500 personas y que condujo a Adel Abdul Mahdi a dimitir de su cargo abriendo la puerta a la llegada de Mustafa al-Kadhimi.

Este enfado también se entiende por la intromisión constante que han jugado las potencias extranjeras en Irak. No obstante, hay que subrayar que no solo ha sido Estados Unidos, sino que también el papel que ha jugado Irán es claramente condenable. Es por esta razón que no sorprende nada que haya surgido en los últimos tiempos un sentimiento cada más fuerte en contra de Irán. En este sentido, Irak ha sido víctima en muchas ocasiones de las políticas combinadas entre Estados Unidos e Irán a modo de proteger ciertos intereses comunes, aunque ambos países se hayan negado a reconocerlo. A este respecto, Cockburn recuerda el dicho que circula en Irak sobre las relaciones entre EEUU-Irán: “se dan un puñetazo encima de la mesa, pero luego se dan la mano por debajo”.

En este contexto se produjo el año pasado el asesinato del general iraní, Qasem Soleimani, un crimen internacional cometido esta vez por Donald Trump que estuvo a punto de desatar una guerra y que Irán respondió atacando a las bases militares estadounidenses, produciendo daños cerebrales a los militares americanos que estaban allí. La necesidad de evitar una guerra contra Irán condujo a que Trump faltara a la verdad y minimizara los daños en ese momento: “el pueblo estadounidense debería estar extremadamente agradecido y feliz de que ningún estadounidense haya sido dañado en el ataque de anoche por parte del régimen iraní. No sufrimos bajas, todos nuestros soldados están a salvo y solo se sufrieron daños mínimos en nuestras bases militares”.

La derrota de Donald Trump es seguramente una buena noticia para mejorar las relaciones con Irán y evitar un conflicto mayor. No hay dudas de que la beligerancia del Partido Republicano hacia Irán tiene una resonancia directa en Irak. Sin embargo, es poco probable que la interferencia en los asuntos de Irak se interrumpa por ninguno de los dos países. Irak sigue teniendo una importancia central en la región y todo parece indicar que, al igual que en Afganistán, las tropas estadounidenses van a seguir una temporada. El hecho de que al-Kadhimi sea más cercano a Estados Unidos que su predecesor no es buen síntoma, dado los recelos que pueden generar en la República Islámica de Irán.

Estos recelos pueden comprometer la confianza en el nuevo gobierno debido a que el Coronavirus ha exacerbado la gravedad de la crisis económica, al igual que los efectos demoledores que tiene para el país el declive del petróleo. Sobre este punto, el plan del nuevo gobierno de al-Kadhimi de confrontar la crisis con “medidas de austeridad”, devaluando el “20% la moneda” y “subiendo impuestos sobre los salarios” no es quizá la mejor idea, debido a que el presupuesto presentado “ha sido ampliamente rechazado por los iraquíes”

Se sabe de sobra la impopularidad y el efecto que tienen las medidas neoliberales en gobiernos inestables y se sabe de sobra que Irae no pude permitirse más períodos de crisis política. El hecho de que este gobierno sea mucho más afín a Occidente y que su respaldo ayude a implementar medidas neoliberales pueden empeorar aún más la situación.

Por esta razón, hay que recordar que los pasos que de el gobierno de Irak y la nueva administración Biden tendrán un efecto directo en lo que pase en el país en los próximos años. El peligro de que se viva otra crisis es muy real, sobre todo si tenemos en cuenta la fuerte división que hay en Irak y el posible auge del sentimiento de unión entre los chiitas en respuesta a las políticas impopulares de un gobierno en manos de Occidente. Ya sabemos que la desesperación de muchas familias no es el mejor aliado para formar gobiernos estables.

La magnitud de esta crisis puede ser un arma que el régimen iraní utilice en el caso de que la hostilidad contra la república islámica continúe durante el gobierno de Biden. Por estas razones, la responsabilidad recae de nuevo en Occidente: se deben priorizar políticas que ayuden a mejorar las condiciones de los iraquíes. El triste historial de 40 años de políticas ineficaces, criminales y negligentes de nuestras élites deberían producir cierta reflexión.

Fuente: https://www.elsaltodiario.com/iraq/40-anos-de-guerras-y-de-crisis-en-iraq

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