Activista antes que profesora, Rabab Abdulhadi defiende la resistencia contra la colonización y el genocidio por todos los medios. Su vida ha estado marcada por la lucha por el pueblo palestino y por la justicia social en todo el mundo.
Nacida en 1955 en Nablús, siete años después de la Nakba, la vida de Rabab Abdulhadi está definida por la lucha. Profesora de Estudios Étnicos Críticos, Estudios Anticoloniales, de Resistencia y de Revolución en la Universidad Estatal de San Francisco, Abdulhadi es un enlace viviente entre la generación de los movimientos anticoloniales de los años 60 y las nuevas generaciones de activistas propalestina. Sus puntos de vista claros y su rechazo a emplear el lenguaje de los opresores le han costado ataques por parte del sionismo estadounidense, que en varias ocasiones ha tratado de sabotear sus intervenciones y la ha acusado de pertenecer a organizaciones terroristas. Igualmente, sus críticas al “feminismo colonial” y su propuesta de un feminismo transnacional la sitúan como un referente en la denuncia de cierto discurso de género empleado como instrumento de control, racismo e imperialismo. El último fin de semana de noviembre, Abdulhadi estuvo en Madrid para participar y presidir el Tribunal de los Pueblos sobre la Complicidad con el Genocidio Palestino en el Estado Español.
¿Cómo era la vida cotidiana en Cisjordania cuando eras niña?
Crecí
bajo el dominio jordano y, posteriormente, bajo la ocupación israelí.
La situación no era buena bajo el dominio jordano. Mi familia estaba en
contra de la monarquía de Hussein y de su relación con Estados Unidos y
otras potencias colonialistas. Mi padre se unió al Movimiento Nacional
Árabe. Muchos de mis tíos, tías y primos militaron más adelante, después
de los hechos de 1967, en las facciones izquierdistas palestinas. Yo en
el 67 era muy joven, pero me incorporé a la lucha. Participé en
manifestaciones desde los 12 años. Cuando llegó la ocupación israelí,
comenzaron a establecer constantes toques de queda. Mis padres tenían
mucho miedo de lo que nos fuera a pasar a nosotros, de que comenzase
entonces otra Nakba. Después de unos seis meses de toque de queda,
fuimos conscientes de que no podíamos ir a ninguna parte. La vida bajo
el control de Jordania era muy difícil: cuando pasaban patrullas, había
que bajar el volumen de la radio para que no se escuchara La voz de los árabes desde
Egipto, porque había una gran división entre Gamal Abdel Nasser, el
líder egipcio, y el rey Hussein. Pero con Israel comenzó a ser mucho,
mucho peor. Ya no era solo la radio. Mucha gente desapareció, mucha fue a
la cárcel y siempre existía la constante amenaza de que nos detuvieran,
deportaran y nos arrojaran al otro lado de la frontera. Corríamos el
riesgo de perder nuestra residencia en Palestina.
En ese momento el sistema de opresión israelí comienza a desarrollarse también en las zonas ocupadas en 1967.
La
mayoría de mis primos estaban fuera de Palestina porque estaban
estudiando. Uno de ellos fue capturado por Israel y sentenciado a siete
años de prisión. Ningún miembro de su familia podía ir a visitarlo en la
cárcel. Con mi madre y con mi tía fui a todas las prisiones israelíes
en Cisjordania y las áreas de Palestina colonizadas por Israel en 1948.
Hemos conocido todas las etapas del desarrollo del sistema
penitenciario. Para los palestinos, el encarcelamiento ha sido una parte
de nuestra vida desde el comienzo del sionismo. Con todo y con eso,
creo que una de las peores partes es que no puedes respirar. No puedes
respirar, no importa en qué etapa de la vida estés. Vivo desde hace años
en el exilio, ahora, cada vez que vuelvo, solo puedo respirar cuando
cruzo el Puente Allenby, cuando paso a Jordania; no es que Jordania sea
un gran lugar, pero no es una ocupación.
¿Qué implica la ocupación?
Cada
movimiento está controlado por la ocupación, por el dominio del
colonialismo israelí. Hacen lo que les place. Pueden poner un puesto de
control, pueden dejarte pasar, pueden no hacerlo. Todo es imprevisible.
La imprevisibilidad no es porque sea un caos, lo es porque controlan tu
vida. Para los pueblos colonizados no hay ningún orden. Está diseñado
intencionalmente de esa manera. Nunca lo sabemos: ¿Vamos a llegar a
donde queremos? ¿Va a estar ahí el checkpoint? ¿Vas a poder obtener un permiso para ir a estudiar? Si tienes que coger un vuelo, ¿vas a llegar al aeropuerto?

¿Cómo se vivía cotidianamente ese sistema?
Durante
la Segunda Intifada, cuando había toques de queda terribles, mi padre
quiso volver a casa desde Londres, donde estaba [enfermo] en el
hospital. Para él era muy importante que lo enterraran en el cementerio
donde están enterrados todos los miembros de nuestra familia. No era
algo negociable. Hicimos el papeleo, había una ambulancia para llevarlo
del aeropuerto al puente y otra ambulancia para recogerlo en el puente y
llevarlo a Nablús. Estuvimos unas diez horas en el Puente Allenby, solo
para poder cruzarlo. Cada vez que iba al responsable jordano que
controlaba el paso para preguntarle cuándo le íbamos a poder recoger, me
decía: “No puedo decirte nada porque no depende de nosotros, sino de
los israelíes”. También me dijo: “Ayer tuve que devolver un ataúd porque
el cadáver empezó a oler mal”. Cuando pudimos subirnos a la ambulancia,
había cuatro checkpoints en el camino. Nos hacían sacar el
equipaje, lo abríamos y por fin nos dejaban ir. Y tuvimos suerte. Mi
hermana no, porque ni siquiera tuvo autorización para asistir con su
familia al funeral de mi padre. Durante la intifada de las piedras la
gente no pudo enterrar a sus muertos por los toques de queda y los
enterraron en el jardín de su casa. Una mujer arrojó el cadáver de su
marido desde un tercer piso porque sus hijos habían empezado a
enloquecer por el olor. Algo como ser enterrado es un enorme lujo bajo
el dominio colonial. Así que mi madre se puso firme y dijo: “No, lo
vamos a enterrar mañana”. Estábamos rezando para que no hubiera un toque
de queda. Pero tuvimos el funeral. Son historias normales, cotidianas.
Esto es lo habitual cuando creces dentro de un sistema de ocupación.
¿Por eso te convertiste en activista política?
Quizá,
pero creo que la gente vive cosas aún peores en Palestina. Yo diría que
lo mío es quizá menos intenso en comparación con otras historias. Toda
mi familia estaba politizada, toda mi familia era anticolonial,
antiimperialista, antisionista, me refiero a un boicot total, no había
interacción, nada, con los israelíes. Pero creo que la mayoría de la
población está politizada. No puedes dejar de estar politizada; es de lo
que hablamos todo el tiempo. Algo tan simple como si las carreteras
están o no están abiertas, que no sería político en ningún otro lugar,
allí lo es. Solo estar ahí, ser humillada todos los días, te hace querer
acabar con eso. No quieres vivir una vida sin libertad. Todos los que
te rodean tienen esa sensación. Eso también es lo que crea las
condiciones para un sentimiento colectivo de injusticia y un deseo
colectivo de justicia.
Hablamos de finales de los años 60, cuando estallan los movimientos de liberación en todo el mundo.
Mi
escuela primaria recibió su nombre de Djamila Bouhired, la heroína
argelina. Solíamos levantarnos todas las mañanas y cantar el himno
nacional argelino porque Argelia estaba bajo la ocupación francesa en
ese momento. Nos encantaba Gamal Abdel Nasser. Esos eran nuestros
sentimientos: Palestina no era solo Palestina, estaba relacionada con la
liberación de los árabes, con la de Vietnam, amábamos a Mohammed Ali,
amábamos a Angela Davis. Así es como crecimos. Recogimos el testigo: en
la primera oportunidad que tuve de involucrarme, me involucré. Uno de
mis amigos del instituto encontró un panfleto escrito en la
clandestinidad por el Partido Comunista Jordano. En 1948, cuando se
fundó Israel, el partido se dividió y pasó a ser jordano e israelí, dejó
de existir el Partido Comunista Palestino. Hicimos huelgas, el día de
la declaración de Balfour, el día de la partición, el día de la Nakba.
Hacíamos huelgas y me negaba a ir a clase. Mi madre siempre participó en
las sentadas. Recuerdo que, justo después de la ocupación, fue con un
grupo de mujeres a una mezquita para organizar una sentada por los
presos. Todas las mujeres de Nablús siempre se reunían, escribían
peticiones, recaudaban dinero para las familias de los presos, las
familias de los mártires. Siempre hay algo colectivo. Porque o haces
eso, o cierras los ojos y finges que no pasa nada a tu alrededor.
Has sido muy crítica con los acuerdos de Oslo de 1993.
Oslo
fue un intento terrible de pacificar a la población palestina, pero la
gente siguió levantándose porque no se puede vivir cuando están matando a
presos en prisión, cuando están torturándolos. La “luna de miel”
después de Oslo duró aproximadamente un año, pero luego los palestinos
descubrieron que estas personas que afirman representar a los palestinos
estaban haciendo cosas similares. Eso no es lo que querían los
palestinos, por lo que han luchado y se han sacrificado. Somos un pueblo
que quiere ser libre. Si no hay libertad y no hay justicia, no hay paz.
¿Qué te han enseñado Assata Shakur y Angela Davis sobre el uso de la violencia como forma de resistencia?
Es
un principio que cualquier pueblo que esté bajo el colonialismo tiene
derecho a defenderse, a utilizar todos los medios de resistencia. Eso ha
sido así históricamente. Ese es el derecho del pueblo palestino. En
Estados Unidos, la mayoría de la población ha interpretado de diferentes
maneras los medios para perseguir la libertad, también durante la
guerra de Vietnam. ¿Cómo perseguimos la libertad? La respuesta suele ser
que con los derechos civiles, pero en realidad no se trata solo de
derechos civiles. Aunque se recuerda a Martin Luther King por el
movimiento de derechos civiles, él también se refirió a Estados Unidos
como el mayor provocador de la violencia. EEUU es un Estado colonial que
se funda en el genocidio de los pueblos indígenas, en la esclavitud, no
importa cuánto trates de limpiar ese hecho. Entonces, la pregunta es
qué medios adoptas para obtener la libertad. No se trata de que
“quieras” la libertad, sino de cómo consigues la libertad. El artículo
que escribí sobre Assata Shakur básicamente fue una discusión, una
conversación, que surgió cuando estaba leyéndola en Palestina, porque
ella decía cosas que resonaban completamente allí.
¿Qué conclusiones sacaste?
Shakur
afirma que no somos criminales, no somos terroristas. Somos las
personas que queremos liberarnos. La idea es que las personas que están
colonizadas, marginadas, aplastadas, tienen derecho a defenderse usando
la violencia como medio. Sabiendo que sus opresores tienen a su alcance
todo tipo de violencia y que aquella se considera legítima, justificada y
normalizada, mientras que a las personas que son sometidas, colonizadas
y marginadas se les pone todo tipo de nombres, desde criminales hasta
terroristas. Entonces, se legitima que puedan ser asesinados y que se
cometa un genocidio contra ellos. Ha sucedido en todas partes: puedes
leer el análisis de Frantz Fanon sobre lo que ocurrió en Argelia, o la
descripción del apartheid de los negros en Sudáfrica, o lo que pasó en
Cuba. Los Estados Unidos mataron a tres millones de vietnamitas con
napalm y bombas de racimo. Eso es lo que vemos hoy, todos los días, en
Gaza. Lo justifican diciendo que los blancos son superiores a otras
personas, los negros, los indígenas, porque estos están, como dijo
Fanon, en la zona del “no ser”: su vida no vale lo mismo y, por lo
tanto, merecen ser eliminados.

En el caso de Shakur, Davis o los Panteras Negras, se trató siempre de hacer y decir al mismo tiempo.
Las
Panteras Negras hicieron un análisis increíble, empezaron dando
desayunos a los niños, promoviendo herramientas para cuidar y unir a la
comunidad. Y eso fue, de hecho, lo que más miedo les dio a los EEUU, al
FBI; que se organizaran, que cuidaran de la comunidad, que construyeran
colectividades, en lugar de permitir que su comunidad quedara alienada y
solo sujeta a su propia autodestrucción. Cuidaron de su comunidad y, al
mismo tiempo, definieron quién es su enemigo y quiénes son sus amigos.
Se negaron a que su pueblo fuera perseguido. Eso es lo que está detrás
del uso de la violencia. Resistir es una reacción a la acción.
En qué sentido.
Tú
no inicias la resistencia, tú resistes porque te invaden, te atacan
constantemente, porque te están asesinando. No estás atacando a nadie,
estás siendo atacado: tienes que defenderte. No hay otra: o morir o
arrodillarse y que te pongan la bota en el cuello. A nadie le gusta que
sus hijos mueran, pero no hay otra manera, de lo contrario serás
colonizado por completo. Esto es lo que he aprendido de esta gente y
también lo que me gustaría enseñar a mis estudiantes y a mis jóvenes
camaradas.
Vivías en EE UU el 11 de septiembre
de 2001. ¿Cómo cambió o se amplificó el discurso sobre el terrorismo y
la violencia después de aquellos ataques?
Creo que la
islamofobia, el racismo antiárabe, la xenofobia contra gente de color,
contra personas del tercer mundo, se han intensificado, se han hecho
mucho más públicos y mucho más generalizados. Porque el control de la
sociedad hunde sus raíces en la xenofobia de los supremacistas blancos.
Aquello fue la licencia para atacar, para golpear, para arrestar en masa
a personas y meterlas en prisión. Yo estaba en Nueva York en ese
momento, así que experimenté todo eso. Era el tiempo de la Segunda
Intifada, esto también unió a Israel y a EEUU. Aquello dio mucho más
apoyo y justificación a Israel para desarrollar las industrias de la
seguridad y las armas en el ciberespacio, en Silicon Valley, en una
especie de sistema militar conjunto. También hay otro aspecto
importante: cuando la Unión Soviética y el Pacto de Varsovia se
desmoronaron, muchas personas en EEUU empezaron a hablar del dividendo
de la paz. ¿Por qué tenemos que tener un arsenal de armas nucleares? En
ese momento, y ahora, las industrias armamentísticas ganan mucho, mucho
más dinero que las personas que producen alimentos, así que se asustaron
mucho. Se dio todo un intento de hacer popular la necesidad de armas,
en un momento en que mucha gente veía mejor una vida sin armas porque
todavía perduraba el efecto Vietnam.
¿Cómo funcionó ese discurso?
Encontraron
una razón para afirmar que realmente necesitaban armas para la
venganza. Eso también dio poder a la industria armamentística y a toda
la industria de la vigilancia. Por supuesto, Israel se llevó una gran
parte del negocio. Además, han conseguido extenderse ideológicamente
entre la población suscitando sentimientos acerca de lo que la gente
llama nacionalismo y yo llamo xenofobia. Esas ideas se unen y cada una
de ellas aporta partes de islamofobia, racismo antiárabe y racismo
antipalestino. Ya no se trata solo del terrorismo, ahora hablan del
racismo, dicen que nuestros hombres están sedientos de sangre. Se trata
de hablar de los talibán, de Al Qaeda, y meter en el mismo saco a
nuestros hombres. Dicen que son sanguinarios, excesivamente homófobos,
excesivamente sexistas, y que nuestras mujeres tienen que salvarse con
la inestimable ayuda de los blancos. Toda mujer que lleva un hiyab se
convierte en una mujer que no puede ser feminista y que nunca ha sido
liberada. Todos los hombres son repugnantes. Resulta asfixiante, incluso
para un académico, discutir en esos términos: incluso si no te hacen
daño, siempre se malinterpreta, se cita fuera de contexto. Fue muy, muy
difícil, vivir en ese ambiente, especialmente para la gente que vive en
ciudades pequeñas, rurales. Es algo que ha ocurrido a todos los niveles,
porque el estado mental para que ocurra ya existe y es un terreno
fértil.
Has introducido la idea de lo que llamas feminismo colonial y cómo se utiliza para implantar ese sistema de creencias.
Sí,
creo que lo hemos visto en el caso de Gaza. Es muy ilustrativo: Israel y
el movimiento sionista han fracasado a la hora de justificar sus
acciones. No lograron difundir la mentira de que los palestinos mataban
bebés. No funcionó, incluso Biden dijo que no era cierto. Fallaron
diciendo que los palestinos estaban quemando cuerpos en el 7 de octubre;
resulta que lo hizo su propio ejército. Todo lo que intentaron hacer
con respecto al 7 de octubre no funcionó. Así que lo mejor que se les ha
ocurrido es recurrir al argumento del género: Hamás cometió violaciones
masivas y cosas por el estilo. Cuando analizamos todas las pruebas que
Israel afirma tener, resulta que nada de eso existe. Han dicho, por
ejemplo, que cuando liberaran a las rehenes, iban a estar todas
embarazadas, que habían sido violadas por Hamás, todas estas mentiras.
Son realmente insultantes. Nadie nos escucha. ¿Puede hablar el
subalterno? ¡No! Formo parte de un grupo que es una red de solidaridad
femenina por Palestina, estamos investigando mucho: no vamos a tolerar
la violación, ya sea contra mujeres israelíes o no, pero tenemos que
hablar también de las violaciones que se cometen contra mujeres y
hombres palestinos en prisión.

¿De qué otras maneras actúa esa utilización del género?
Ellas
dicen eso de que “las mujeres palestinas y las mujeres negras son
mejores que sus hombres”. Es muy insultante, pero también es una
justificación para la violencia, una justificación para el
encarcelamiento, se vuelve a la idea de que las personas que no
pertenecen a la supremacía blanca son inferiores. Ahora ha salido que
Ehud Barak [ex primer ministro de Israel] estuvo implicado en la red de
Epstein. En este caso, la idea general es que los israelíes no pueden
estar en una red de explotación sexual de niños porque son educados,
visten de traje y corbata. En cambio, hay toda una construcción por la
que los marginados son salvajes, incivilizados, no pertenecen a la
modernidad, no saben cómo son nuestras reglas. Necesitamos
modernizarlos, domarlos y contenerlos. En el caso de las feministas que
siguen esas reglas, nos convierten a las demás en traidoras al
feminismo. Y también nos convertimos en mujeres que necesitamos ser
salvadas: mujeres negras, morenas, árabes y musulmanas, necesitamos que
nos salven porque en realidad no tenemos ninguna conciencia sobre el
feminismo. Y tienen que venir
para enseñarnos en qué consiste el feminismo. Y a decirnos que
necesitamos rebelarnos contra nuestros hermanos, nuestros padres, los
hombres de nuestra comunidad, independientemente de si somos
heterosexuales, lesbianas o queer. Siempre afirman que su mundo
es mejor, pero eso se debe a ese sentimiento de superioridad que tienen
contra nosotras. Pero lo cierto es que su mundo proporciona menos
libertad, proporciona menos justicia, proporciona un estilo de vida peor
que el de la liberación, el anticolonialismo y la libertad y justicia
para todos.
Pasemos ahora a la fase actual del
genocidio en Gaza y, por supuesto, al acoso y los asesinatos en
Cisjordania. ¿Cómo ha estado tu familia en Palestina?
No
tengo familia en Gaza, pero tengo muchos amigos. Cuando les escribo
“espero que tu familia esté bien”, recibo mensajes que dicen: “Lo siento
mucho. Cincuenta miembros de mi familia han sido asesinados”. Mi
hermana vive en Londres y tengo un hermano en Dubái. Los tres que
estamos fuera de Palestina nos asustamos cada vez que recibimos una
llamada porque no sabemos si nuestra familia de Cisjordania va a ser
atacada. Por ejemplo, no pueden ir a visitarse desde Nablús a Ramallah.
No pueden, porque ahora los colonos están por todas partes. Ni siquiera
pueden llegar a los checkpoints. No pueden ir a dar sus
condolencias, no pueden ir a bodas; cada uno se queda en su propia
ciudad. Israel también está atacando las ciudades por la noche. A la
abuela de mis sobrinas la dispararon y la mataron: estaba sentada
bordando en su terraza, y los soldados se detuvieron, la dispararon y se
fueron diciendo que los palestinos la habían matado. Hay muchas
historias así. Mi hermano creía que estaba a salvo en Ramallah, porque
ahí gobierna la Autoridad Palestina, pero Israel realiza bombardeos
aéreos, el ejército dispara todo el tiempo. Si mi hermano va a Jerusalén
no sabe lo que le va a pasar. Es muy, muy peligroso. Y eso sin contar
las historias de las personas que han sido expulsadas de los campos de
refugiados de Tulkaren y Jenin.
¿Cómo son las condiciones de vida de tu familia?
Te
pongo un ejemplo. Nosotros tenemos unas tierras cerca de Jenin. Cada
año fastidio a mis hermanos diciéndoles que tienen que enviarme mi parte
de aceite de oliva. Este año, mi hermano nos dijo a mi hermana y a mí:
“Lo siento mucho, este año no hay aceite de Jenin”. Porque los colonos
están acabando con los árboles, los están quemando. Cada vez que veo los
olivos a través de la pantalla siento una pérdida. No es más importante
que las vidas de las personas, pero es como si gran parte de mi mundo,
lo que me hace ser quien soy, se estuviera destruyendo poco a poco. Son
las personas, los árboles, las aceitunas, la tierra, es todo. Cada vez
que vamos a Palestina hay nuevos asentamientos. Las cosas cambian todo
el tiempo porque la colonización sigue creciendo. Y renuevas tu
capacidad de luchar, pero también hay una sensación de rabia por el
hecho de que el mundo permita que esto continúe. Todas estas cosas
hermosas se destruyen día tras día, en gran medida porque Israel
pretende borrar todos los aspectos de la vida palestina. Para que se
cumpla su pretensión de que es una tierra sin pueblo. Esta destrucción
es muy dolorosa a muchos niveles. Como dijo Fanon, también tiene que ver
con la psique colectiva. No es solo individual.
La Nakba del 48, la ocupación de
1967, la matanza de Sabra y Shatila, los antecedentes son terribles
pero, ¿imaginaste alguna vez que Israel iba a cometer un genocidio como
el que hemos visto estos últimos años?
Honestamente, no. Sabra y
Shatila para mí personalmente fue un antes y un después. Decidí que me
tenía que olvidar de la educación, lo único que quedaba desde ese
momento era luchar, luchar y organizarse. Entrevisté a una familia a la
que le mataron a un bebé de 15 meses. En ese momento pensé cómo podían
hacer eso. Pero nunca habría pensado que podría llegar a este nivel.
Sobre todo porque ha habido muchos genocidios en el mundo, pero la gente
no era consciente de que estaban teniendo lugar. Ahora todos los días
vemos imágenes, vemos bebés con todos sus miembros amputados. El
invierno pasado, a los bebés se les congelaron las venas por el frío,
murieron en las incubadoras porque no había agua y electricidad. ¿Cómo
es posible? ¿Cómo permite el mundo que esto suceda delante de sus
propios ojos? Es inaceptable y realmente lo único que me sorprende es
que los palestinos no vayan por ahí haciendo estallar el mundo entero.
Han planteado una respuesta muy mesurada, muy racional y solo se
defienden a sí mismos.
¿Cree que Israel ha empezado a perder legitimidad en los países occidentales?
Israel está colapsando. Creo que Ilan Pappé
y otros estudiosos y colegas antisionistas tienen razón cuando dicen
que se desmorona desde dentro. Siempre he dicho que el sionismo es un
fenómeno pasajero y la gente se enfada mucho conmigo. Es un fenómeno
pasajero, pero no va a desaparecer por sí solo. Tenemos que acelerar el
proceso. Creo que, a nivel internacional, los sionistas han explotado el
Holocausto y lo han convertido en un arma, aprovechándolo, de una
manera cínica y perversa, para promover la causa violenta sionista. Y
eso está saliendo cada vez más a la luz. Después del Holocausto,
deberías parar cualquier otro genocidio. Cuando dices “nunca más” debe
ser nunca más para nadie. El Holocausto es una tragedia humana para
cualquiera. Lo que está ocurriendo tiene que ver con la justicia y la
injusticia. Esa es la moral del Holocausto que debemos reivindicar. No
la moral que piensa que el Holocausto es excepcional solo para el pueblo
judío. Pienso también en todo lo relacionado con el uso del concepto de
antisemitismo. Ya no funciona. Muchos de los supervivientes del
Holocausto le han dicho a Israel: “Por favor, no me represente. No en mi
nombre”. De hecho, en Israel muchos de los supervivientes del
Holocausto ni siquiera reciben apoyo. La realidad es que los abandonan,
los ignoran y, de vez en cuando, encuentran a alguien que los pone en
una vitrina, pero no los cuidan, porque el sionismo no tiene que ver con
el cuidado. Ni siquiera cuidan a sus propios soldados, que necesitan
atención psicológica. No es un Estado agradable y afectuoso. No lo es.
Es una sociedad muy cruel y repugnante, igual que el nazismo. Eso fue
por lo que el nazismo perdió y esto es por lo que ellos van a perder.

¿Por qué Israel sigue teniendo apoyos?
Los
gobiernos que los apoyan comparten intereses con ellos. EEUU se
beneficia del envío de armas militares a Israel. Las armas producen más
dinero que la comida.
¿Ha contribuido el proyecto colonial de supremacía de Israel al crecimiento de la extrema derecha en el mundo?
Es
una contradicción pensar que Israel no es fascista. Israel y el
sionismo son fascismo. Las organizaciones sionistas de Israel han donado
mucho para el ascenso de la AfD, para el ascenso de todos los movimientos fascistas
de Europa. Los han financiado incluso cuando se trataba de grupos
pequeños. No se trata de que a esos partidos les gusten o no los judíos,
no se trata de antisemitismo. Israel es un Estado muy fuerte y poderoso
que practica el supremacismo judío, y es un excelente modelo para los
movimientos de extrema derecha que también defienden su propia
supremacía y su propio poder y sus propias formas de reprimir y eliminar
a las comunidades marginadas que no quieren cerca, eliminar a los
migrantes en Europa, librarse de las personas que vienen de los lugares
que ellos colonizaron. Israel ha compartido mesa con Bolsonaro, Trump,
Duterte, Modi. Mira sus programas. Bolsonaro, Milei, los sionistas
cristianos, usan argumentos muy similares y se entienden entre sí. Se
basan en el racismo, en el supremacismo. Con tanto conflicto, con tanta
sangre, no te puedes esconder, puedes tratar de disimular, pero ha
quedado claro qué es Israel, quiénes son sus aliados. Israel es un
producto, pero también es productor de ese supremacismo. En EEUU, por
ejemplo, todos y cada uno de los policías, el ICE
y las milicias de derecha apoyan decididamente el sionismo, y el
sionismo les apoya en gran medida. Los grupos sionistas nunca denuncian
la violencia racista o el asesinato de personas negras. Los movimientos
por el medio ambiente, por la vivienda, para albergar a los que no
tienen casa, por el derecho a la alimentación, movimientos sindicales…
no les importan en absoluto. Ellos están con los fascistas, con los
asesinos, Israel siempre ha tenido matrícula de honor como máquina de
matar. El sionismo está cada vez más concentrado en los millonarios, en
el 1%, las grandes empresas, los militares. Ese es su sitio.
¿Y el nuestro?
No
queremos formar parte de eso. No queremos formar parte de la industria
militar. Que se lo queden ellos. No es lo que queremos. Estamos felices
de estar unidos, formar alianzas y formar parte de una gran familia que
lucha con todas las personas que quieren justicia, todo tipo de
justicia. Porque la justicia es indivisible. La justicia para Palestina
significa justicia para todos los demás. No es que no haya una más
importante que otra. No hay unas olimpiadas de la opresión. Todas las
luchas por la justicia están conectadas entre sí. Es una perspectiva, un
marco de pensamiento: luchamos por la justicia. Y no podemos priorizar.
No se trata de eso.
¿Imaginas una Palestina libre?
Creo
en el optimismo revolucionario, de lo contrario no estaría aquí
hablando contigo. Y el optimismo revolucionario, por supuesto, implica
dolor. No es que tenga que haber dolor, pero es un hecho que lo hay, lo
debemos aceptar. La gente está de luto. Tenemos que apoyarnos unos a
otros y estar ahí para la comunidad. Hablo del optimismo revolucionario
en el sentido de que las personas pueden unirse y luchar entre sí por
algo mejor. Nunca he visto más apoyo a Palestina del que veo en estos
momentos, y he estado trabajando en la solidaridad con Palestina durante
más de 40 años. Me ha sorprendido porque no solo viene de los aliados
tradicionales, sino que viene de todas partes. Yo solía pensar que había
que explicarle a la gente la situación, pero en realidad la gente lo
siente como seres humanos. En términos de equilibrio de fuerzas en el
mundo, a nivel popular o incluso a nivel medio, hay un apoyo total a los
palestinos. Palestina significa justicia. Nosotras, las personas
palestinas, no nos lo tomamos a la ligera. No creo que ninguna causa
haya recibido tanto apoyo como Palestina. Creo que debemos sentirnos
honrados por eso, por el apoyo que tenemos, por el amor que se nos
muestra, por el reconocimiento. No lo estamos haciendo solo por la
justicia para Palestina. Tampoco es por reciprocidad, no es algo
transaccional: “Lo hago por ti, tú lo haces por mí”. Es una perspectiva.
Estamos en el mismo mundo. Creo que todos nosotros, activistas,
organizadores, académicos, necesitamos romper este ciclo en el que nos
encontramos: no hemos podido influir en los responsables de la toma de
decisiones ni deshacernos de ellos. Tiene que haber algo para que
podamos cambiar las cosas. Detengamos a Israel, no tenemos que convencer
a Israel: ya no se trata de convencerlo, sino de pararlo.
¿Cómo hacerlo?
Deteniendo el apoyo de una forma u otra. ¿Cómo podemos hacer que el apoyo a la muerte, al asesinato, cueste más que el apoyo a la humanidad? Ahí es donde entra el boicot, la desinversión. ¿Cómo podemos hacer que las personas que se postulan para gobernar pierdan cuando apoyan la muerte? Por supuesto, tendremos que hacer muchos sacrificios, pero también debemos recordar que los vietnamitas necesitaron tres millones de personas. Que los argelinos necesitaron 132 años. Pero estamos impacientes y tenemos derecho a estar impacientes. El mundo tiene derecho a estar impaciente. En el optimismo revolucionario hay solidaridad, hay amor por la comunidad, hay comprensión de que no queremos convertirnos en un Israel. Queremos una sociedad diferente, tenemos derecho a exigirlo y tenemos derecho a esperarlo. Es difícil. Lloraremos y estaremos deprimidos y desmoralizados a veces. Pero el hecho de que tantas personas estén luchando por el cambio me da esperanza. Sé que ganaremos, pero tenemos que ganar más pronto que tarde y sacrificando menos víctimas en el proceso.
Fuente: https://www.elsaltodiario.com/pensamiento/rabab-abdulhadi-sionismo-fenomeno-pasajero-desaparecer


