En esas cuarenta y ocho horas que precedieron a este escrito, parece como que todo se había ido enlazando y encaminando hasta dar en este título y en estas palabras.
Era un miércoles, por la noche, y había llegado a casa con ganas de desconectar un poco y ver la tele, la normal, la de la TDT, que es la única que tengo, la que no es inteligente; venía de haber presentado, en la librería Diógenes de Alcalá de Henares, junto con Carolina Fernández, encargada de su edición, la primera novela de Federica Montseny, La victoria, uno de los hitos y un monumento de la literatura feminista española moderna; y, justo, esa misma mañana, poco antes de comer, había concluido y enviado a Alberto García-Teresa, para la revista Viento Sur, la reseña del magnífico libro El saqueo de las élites, del filósofo afroamericano norteamericano Olufemi O Taiwo, sobre el secuestro por parte de las élites sociales, académicas, políticas y económicas, de nuestras palabras y de nuestras ideas, de las palabras y de las ideas que han fundamentado, especialmente, las luchas identitarias, raciales y de género, durante más de un siglo (y, con ellas, toda la materialidad social e histórica que ellas conllevan).
Satisfecho, con esa cosquilleante sensación de la agenda cumplida y la tarea rematada, enchufo la tele y, en ese momento, están dando en unos de los canales la película Doce años de esclavitud, rodada a partir de la novela de Solomon Northup… Todo venía rodado, sin sospecharlo aún, pero estaba claro que así era, todo parecía desembocar en este título y estas palabras. En los intermedios publicitarios o, tal vez, en los momentos de involuntario zapping, compruebo que no aparecen más que cuerpos de mujer torturados, vejados, expuestos, usados; que están por doquier, que son cuerpos –en realidad, solo uno, el mismo cuerpo repetido hasta la saciedad, ya sea en los anuncios, en las series o en los programas de (supuesta) investigación– torturados, vejados, apaleados, abusados, unos tras otros, en un carrusel insoportable de imágenes oscuras, hirientes, violentas… Y apago el televisor, de un manotazo en el mando a distancia, no lo soporto más, es un hastío distinto del que me hace huir, otras veces, de salto en salto, con ese mismo aparatito en las manos, en una especie de fuga sin destino ni conclusión posible, de canal en canal. Es un hartazgo estragante y definitivo.
Mas, sin saber por qué, como obnubilado, aprieto, de nuevo, el botón de los canales en el mando y doy, casualmente, con el final de una escena espeluznante, se trata de una de esas series de saldo, nocturnas, en la que un joven homosexual es apaleado; ahíto, pero sin voluntad de reacción ya, como no sea algún gesto mecánico, por repetido, enciendo involuntariamente el móvil y me pongo a mirar con desgana YouTube y, al cabo de un rato, me encuentro con la noticia de la arbitraria detención de Serigne Mbaye, el antiguo diputado de Podemos, en la puerta de su casa, y, sin apenas tiempo para asimilarlo, estoy ante un short en el que Torrente, o su doble, un tal Segura, ya no los distingo, que está explicando algo así como que las personas ‘trans’ nunca habían tenido problemas en España, hasta que la ley que establece y protege sus derechos provocó su persecución. Y, sin saber por qué, llevado por esa deriva mental que me estaba conduciendo a estas palabras, me vienen a la mente algunos de los mantras que repiten no pocos colegas escritores, hombres blancos heterosexuales, que se quejan de que haya que ser mujer o maricón para que te den un premio o de que, si eres lo uno o lo otro, llegas más fácilmente al meollo editorial o tienes garantizada la promoción y la difusión de tus obras, o que solo se publican ya antologías dedicadas a ellas –o racializadas, añaden (¿?)–, o de que pronto, no solo Cervantes, sino hasta el mismo Jesucristo será maricón (por cierto, ¿quién sabe?), etcétera, etcétera. Colegas que no tienen en cuenta que, durante decenios, desde que existen los premios literarios, estos han sido acaparados por hombres blancos heterosexuales; que, durante milenios, la visibilidad, y, desde el Renacimiento, el acceso a la publicación y al meollo editorial, igual que las antologías, han sido un coto privado a disposición de los escritores hombres blancos heterosexuales, que ha habido mujeres escritoras que han tenido que firmar sus obras con nombres masculinos e, incluso, con el de sus esposos, ocultando su propia autoría. Y, que se sepa, nadie se quejó por ello.
De modo que, si, de unos años a esta parte, dominan, ellas, las antologías (algo que seguramente no es verdad, sino tan solo una percepción de escritor hombre blanco heterosexual agraviado, un dato que habría que demostrar con números reales y contrastados) o si reciben algunos de los premios que se les han hurtado durante décadas, podemos considerar que se trata de una justa compensación, que nunca remediará, sin embargo, tanto ninguneo, desprecio y humillación vivida y padecida por ellas.
A estas alturas de la deriva mental, con las emociones a flor de piel, ya no puedo más y, a pesar de que un hombre blanco heterosexual, como yo, tendría que lavarse la boca con jabón y sosa, antes de hablar de las personas negras, de las mujeres y de las personas homosexuales y transgénero, me levanto, me dirijo al ordenador y, cuando está todo listo en la pantalla para escribir, tecleo con rabia el título que encabeza estas palabras, y es como una nausea, que sale de dentro… negros, mujeres y maricones… Y, mientras lo hago, recuerdo, una vez más, la canción de Bob Marley, Redepmtion song; y, una vez más, también, me pregunto, cuál será nuestra canción, la de los hombres blancos heterosexuales, la que nos redima y nos permita mirar a los ojos, sin avergonzarnos, a las personas negras, a las mujeres y las personas homosexuales y transgénero…
Alguno de nosotros la compondrá, alguna vez; o, acaso, existe ya… Me digo. Querría conocerla…
Y, al concluir este desahogo, dudo, una vez más, de si tiene, o no, realmente sentido y considero que debería pedirles perdón, también, una vez más, por atreverme a hablar de ellas, pues lo último que desearía ser es uno de esos ‘aliados’ que no se dan cuenta de que para hablar en sus nombres habría, antes, que haber sido mujer o negro o maricón mil años, al menos; y haber acumulado tanto dolor, tanta humillación, tanto desprecio y maltrato.
Y, como esto es imposible, no sé bien qué debemos hacer los hombres blancos heterosexuales, que no sea prestar atención, acompañar, rebelarnos contra los restos de los privilegios heredados y, sobre todo, tratar de comprender, tratar de comprender el origen y la justa causa de toda esa rabia y, quizás, hasta cierto ansia de revancha, sí, por qué no, de muchas personas negras, de muchas mujeres, de muchas personas homosexuales, y su instintiva desconfianza y aversión hacia nosotros. Hemos infligido tanto dolor y ha sido tanta nuestra inconsciencia e indiferencia, que este mundo hecho a nuestra medida no ha sido más que un infierno en la tierra para ellas.
Ahora, solo espero haberme hecho entender y no haber ofendido, ni en el menor de los detalles, a ninguna de esas personas: creo que no lo he hecho, pero, como hombre blanco heterosexual, cuya visión de las cosas, incluso del lenguaje y de la propia percepción, ha sido moldeada por milenios de feroz patriarcado, a pesar del esfuerzo de reflexión, objetivación, deconstrucción y distanciamiento realizado, durante años, no me fío ni de mí mismo.
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