«Relaciono todo el tiempo mi vida en estos momentos con los años posteriores a la Nakba», afirma Fatima Ibrahim Khalfallah, de 85 años. «Esta Nakba es más atroz, más mortífera, más destructiva… Hay la misma hambre, la misma sed y el mismo miedo, pero multiplicados por mil».
Ismail Atiya Nasir al-Din camina con cautela entre las ruinas de su casa de tres pisos en el barrio de Amal, al oeste de Khan Younis, y sus manos arrugadas y delicadas se aferran al bastón de madera en el que se apoya. Se abre paso lentamente hasta un bloque de hormigón al lado de lo poco que queda de su casa, que derribaron los misiles israelíes el invierno de 2025. Una vez sentado, casi sin aliento, alza los ojos al cielo y entonces susurra unos versos de El Corán hasta que se recupera lo suficiente para poder hablar.
Tiene 91 años, es abuelo de unos 150 nietos nacidos de sus 12 hijos e hijas, y, aun así, resume su vida en los años de su infancia antes de 1948, cuando las milicias sionistas les expulsaron, a él y a su familia, de su tierra natal. Hoy comparte con uno de sus hijos y cuatro nietos la única habitación que queda en pie bajo los escombros. Es conocido por su memoria, su elocuencia y por su costumbre de recurrir a un verso o a un versículo de El Corán cuando se queda sin las palabras comunes. Nasir al-Din recurre a ellos a menudo hoy, día en que se conmemora el 78 aniversario de la Nakba en una nueva situación de desplazamiento.
«Yo creía que el dolor del desplazamiento y el exilio había acabado con aquellos días y que nunca iba a volver», afirma con la voz quebrada. «Pero el plan de la ocupación desde antes de que se estableciera lo que ellos llaman Israel ha sido matarnos, desplazarnos y apropiarse de nuestra patria. Los mismos objetivos y las mismas tragedias separados por 78 años».
Para la generación que sobrevivió a 1948 y nunca abandonó Gaza esta guerra tiene un peso que las personas palestinas más jóvenes no pueden compartir totalmente. Durante el establecimiento de Israel entre 1947 y 1949 las milicias sionistas y el recién creado ejército israelí expulsaron de su patria a entre 750.000 y un millón de personas palestinas. Muchas de estas personas huyeron a Gaza, cuya población casi se triplicó a medida que llegaban personas refugiadas de Jaffa, Beersheba y otros lugares. Nasir al-Din era una de estas personas y desde entonces ha vivido en Gaza, en medio de la ocupación, de guerras reiteradas y un bloqueo del que ahora se cumplen 18 años. Unas imágenes de satélite de UNOSAT mostraron en octubre de 2025 que aproximadamente el 81% de todas las estructuras de la Franja estaban dañadas y más de 123.000 totalmente destruidas. Prácticamente toda su población ha sido desplazada, la mayoría de ella varias veces. Nasir al-Din ve repetirse la catástrofe fundacional.
Nasir al-Din nació en la zona de Mahjar Barqal del distrito de Jaffa, en la Palestina histórica, y en 1940 su familia se trasladó al pueblo de Beshit en el distrito de Ramala. Ahí pasó su infancia y lo recuerda como un lugar de abundancia. «¡Ya Allah, qué maravillosos fueron aquellos días antes de la Nakba!», afirma. «En casa nuestra mi madre nos preparaba el baño, nos alimentaba con verdura y antes de dormir nos contaba cuentos mientras nos daba uvas, dátiles e higos secos. Nuestra casa rebosaba de vida y esperanza».
Afirma que se ha pasado la vida tratando recrear ese mismo ambiente acogedor para la familia que se estaba formando en Gaza, pero la ocupación se lo impidió
El primer ataque contra Beshit se produjo la medianoche del 30 de marzo de 1948. Sus habitantes respondieron al ataque con rifles viejos y expulsaron a la milicia, pero murieron seis palestinos. La noche del 11 de mayo se produjo un segundo ataque furibundo. Esta vez los combatientes se quedaron sin munición, la milicia entró en el pueblo y la población huyó. «Fuimos al pueblo vecino de Yibna durante tres días y después volvimos a Beshit a recoger algo de comida, ropa, los burros y el carro», afirma. «Después fuimos de un sitio para otro hasta que llegamos a la Franja de Gaza el 2 de noviembre de 1948». Enumera los pueblos por los que pasaron: Yasour, al-Jaldiyya, Jisr, Samuel, Barqousiya, Dukrin, Zeita al-Khalil, Iraq al-Manshiyya, al-Faluja, al-Majdal, al-Khassas, Hirbiya. Fue un viaje de meses. Algunos días no tenían comida. Pasaron meses durmiendo a la intemperie. Su madre metió la ropa de la familia en un horno para matar los insectos, porque no había agua para lavarla. «Comimos hierba de la propia tierra«, afirma.

La mirada se le queda perdida y sus palabras empiezan a establecer paralelismos. «La gente ha sufrido hambruna. Los niños mueren de hambre y de frío. Hay roedores que pululan por todas partes. Los padres no tienen la posibilidad de decir adiós a sus seres queridos». Menciona de pasada que perdió a un hijo y a un nieto en un ataque aéreo, y luego no quiere decir nada más.
«Múltiples Nakbas»
Cuando hace dieciocho meses Nasir al-Din se encontró de nuevo en una tienda de campaña, desplazado de Khan Younis a Rafah y a al-Mawasi antes de volver a su casa en ruinas, desapareció completamente la distancia entre 1948 y ahora. Ocho meses después del alto el fuego de octubre de 2025 la situación humanitaria en Gaza sigue siendo espantosa. La OCHA (Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, por sus siglas en inglés) informa de graves restricciones a la entrada de ayuda y de materiales de reconstrucción, y el bloqueo continúa. La comida, los medicamentos y el cemento siguen sujetos al control israelí en los pasos fronterizos.
«Sufrí una conmoción que no ha abandonado ni mi mente ni mi corazón», afirma. «Empecé a recordar aquella tienda en la que vivimos en los años 1950 y 1951. Es la misma tienda. Es el mismo enemigo el que nos ha expulsado, pero el daño material y psicológico es mucho mayor».
El ministro de Agricultura israelí Avi Dichter afirmó en noviembre de 2023 que la guerra iba a terminar en una «Gaza Nakba 2023». Para Nasir al-Din no era necesaria una declaración oficial para nombrar lo que estaba viviendo. «Llamamos Nakba a lo que nos ocurrió en 1948», afirma, «pero no hay palabras para expresar lo que hemos vivido en esta guerra. Quizá se trata de Nakbas, en plural. Es algo peor y más terrible que todo lo que ocurrió en el año de la Nakba».
Acabó los estudios en Jan Yunis en 1955 y se convirtió en profesor; fue uno de las docenas de alumnos que compartían un único libro de texto y caminaban quince kilómetros para pedírselo prestado a un compañero. «Todos nos aferrábamos a la vida y a la educación», afirma. «Carecíamos de todas las necesidades básicas y, sin embargo, estudiamos Ahora ocurre lo mismo. Los niños acuden a la escuela bajo los bombardeos. El alumnado de secundaria se examina en las tiendas o en aulas destruidas, aprueba y va a la universidad».
«En toda mi vida me he olvidado mi pueblo, Beshit», señala. «Mis hijos y mis nietos conocen hasta el último detalle de él. Huimos entonces y huimos ahora, no para abandonar nuestra patria, sino para escapar de la muerte. No nos iremos, ocurra lo que ocurra».
«Más atroz. Más mortífera»
Unas pocas calles más lejos, en el barrio de Katiba, en el centro de Khan Younis, Fatima Ibrahim Khalfallah, de 85 años, está sentada sobre una piedra pequeña junto a un fuego apagado, fuera de un refugio improvisado de chapa ondulada y lona que cubre los escombros de su casa destruida. Hace días que no ha encendido el fuego. No hay madera, ni verdura ni carne. Come lo que le dan en el comedor social, cuando hay comida. Da vueltas a la ceniza con un palito.
Khalfallah tenía ocho años cuando las milicias sionistas judías armadas echaron a su familia de Beersheba in 1948. «Llegaron y nos obligaron a marcharnos», nos cuenta con la cadencia sencilla y pausada de su dialecto beduino. «Nos dijeron: acudid al rey Faruk. Tuvimos que abandonar nuestras casas por miedo a morir», recuerda. Se refería al rey egipcio que en aquel momento tomó postura en defensa de la población palestina frente a las milicias sionistas. Khalfallah recuerda que su familia y ella vivían de una manera sencilla: una tienda de piel de cabra, dos ovejas, un camello, un burro, trigo, cebada y cebollas de sus propios campos. Tuvieron que abandonarlo todo.

Creció en Gaza como refugiada, al principio vivieron en tiendas destartaladas antes de establecerse finalmente en Khan Younis y construir una vivienda de 1790 metros cuadrados y cinco habitaciones. Nunca fue a la escuela y mide el tiempo no por años, sino por acontecimientos: tenía ocho años cuando se produjo la Nakba, su hijo mayor nació el año antes de que Israel ocupara Gaza. Ahora dos de sus hijos solteros viven con ella en el refugio improvisado: Amal, de 47 años, y Jamal, que padece una grave enfermedad neurológica. Sus otros cuatro hijos están repartidos por distintos lugares.
Gira la cabeza para llorar antes de poder hablar: «¿Es posible que mi vida empezara en una tienda y acabe en una tienda? Ningún otro pueblo de la tierra ha sufrido nuestra Nakba. ¿Tenemos que pagar dos veces por ser palestinos, desde 1948 hasta ahora?».
El paralelismo que ella establece es exacto, no retórico. «Todo el tiempo relaciono mi vida de ahora con aquellos años después de la Nakba: el dormir a la intemperie, comer cuando había comida, pasar hambre casi todo el tiempo, hasta que finalmente hubo una tienda. Ha sucedido lo mismo durante esta guerra».
Hace tiempo que abandonó su sueño de volver a Beersheba. Su sueño ahora es más humilde y más desesperado: quedarse en la tienda que ha levantado en las ruinas de su casa y no verse obligada a desplazarse otra vez. Desde octubre de 2023 se ha tenido que desplazar cuatro veces.
Hace una pausa y añade: «Esta Nakba es más atroz, más mortífera, más destructiva… La misma forma de desplazamiento, la misma hambre, la misma sed y el mismo miedo, pero multiplicados por mil».
Mohamed Solaimane es un periodista que vive en Gaza y publica en medios internacionales como Drop Site News, The Nation, El País y otros. Tiene un doctorado, que terminó desde su tienda en al-Mawasi.
Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.


