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El expreso palestino Nasser Abu Srour relata cómo sobrevivió a tres décadas de carcel en Israel

«¿Por qué no te mueres de una vez?»

Fuentes: La Marea [Foto: varios presos palestinos liberados por Israel en un intercambio el 25 de enero de 2025. AFP - ZAIN]

El autor es uno de los palestinos que más años ha pasado preso en cárceles israelíes. En este texto narra cómo sobrevivió a las torturas.

1.

El 7 de octubre de 2023 me enteré de la noticia nada más despertarme. La tele de nuestra celda mostraba imágenes de los ataques de Hamás y los combates en torno a Gaza. Las vimos durante una hora, hasta que desconectaron la señal del cable y la pantalla se quedó en azul. Esas fueron las primeras y últimas imágenes que vi de la guerra.

Lo siguiente que recuerdo es que los guardias irrumpieron en nuestro módulo empuñando armas de fuego, algo que nunca hasta entonces habían hecho: las armas no entraban en los módulos de la cárcel. Nos ataron de pies y manos con agresividad y nos hicieron salir al patio. Cuando regresamos a las celdas, estaban tan vacías que nuestras voces resonaban. Todas nuestras pertenencias habían desaparecido: ropa, sábanas y mantas, utensilios de cocina y productos de limpieza, espejos y maquinillas de afeitar. Nuestros cepillos de dientes se habían sustituido por otros más pequeños, de unos cinco centímetros de largo. Habían retirado las persianas que cubrían las ventanas enrejadas, dejándonos expuestos al aire frío y, con el tiempo, a la lluvia. Nos dejaron dos camisetas, una sola manta y un juego de cubiertos de plástico a cada uno. Confiscaron hasta las sillas de ruedas; a partir de ese día, tuvimos que llevar en brazos a los presos discapacitados.

«Estamos en estado de guerra». Así nos lo anunciaron las autoridades penitenciarias israelíes el 7 de octubre. En algún momento de esa primera semana, el oficial de nuestro módulo fue de celda en celda y leyó en voz alta las normas que regían en período de guerra.

Había nuevas prohibiciones: los presos no podían hablar en voz alta dentro de sus celdas, ni hablar con los reclusos de las celdas vecinas, ni rezar en voz alta o en grupo, ni acercarse a menos de metro y medio de la puerta de su celda. Nuestros privilegios internos se vieron drásticamente recortados: el tiempo de patio se redujo de seis horas a diez minutos al día; el agua caliente se limitó a cuarenta y cinco minutos al día para toda la población reclusa; las visitas familiares se suspendieron de manera indefinida; se nos negó el acceso a la clínica médica y la biblioteca. Quizá lo más significativo de todo fue que el suministro eléctrico se redujo a seis horas diarias con un horario rotativo. Algunos días había electricidad desde el mediodía hasta las seis de la tarde; otros días, desde las seis de la tarde hasta la medianoche, y finalmente se fijó en un intervalo que iba desde las dos de la tarde hasta las ocho de la noche.

Durante treinta y un años, yo había soportado una rutina agotadora, aunque inmutable, en diversas cárceles israelíes. Cada día parecía una réplica del anterior, daba igual donde estuviera. Ahora todo había cambiado por completo. Ya no era posible predecir lo que podría suceder. Cada hora traía consigo mil posibilidades, a cuál peor.

El nuevo régimen tal vez viniera impuesto por Itamar Ben Gvir, el ministro de Seguridad Nacional, pero las autoridades penitenciarias también actuaron por iniciativa propia. El cambio que se produjo en estas fue más brutal, y seguramente tuvo más consecuencias. 

Antes de la guerra, guardias y reclusos habían coexistido, si no de forma amistosa, sí por lo menos pacífica. Ese equilibrio era el resultado de décadas de organización. Ante las repetidas protestas y huelgas de hambre, el Servicio Penitenciario Israelí había hecho ciertas concesiones -visitas de familiares, deporte por las mañanas, educación a distancia, un comedor–, aunque solo fuera para facilitarles el trabajo a los funcionarios de cárceles. El acuerdo existente podría describirse como otra versión de la «paz a cambio de paz». Yo mismo tenía buena relación con algunos de los guardias.

Toda esta historia cayó en el olvido de la noche a la mañana. Cualquier atisbo de familiaridad entre nosotros desapareció de un plumazo. Nuestros carceleros dejaron de hablarnos, salvo para mascullar órdenes. La expresión humana desapareció de sus rostros, que se volvieron fríos y pétreos. Era como si llevaran puestas máscaras. Cuando le pregunté a un guardia, un hombre druso, por qué sus colegas se comportaban de un modo tan extraño, replicó: «¡Haz lo que se te ordena! ¡A partir de ahora, no vamos a pedir perdón! ¡No habrá más compasión!».

Antes, los guardias se limitaban a vigilar a los presos y transmitir información al oficial encargado del módulo, pero ahora habían decidido tomar la justicia por su propia mano. Una tarde, para castigarnos por rezar en voz alta, un guardia simplemente cortó la electricidad de nuestra celda. En cuanto al oficial del módulo, se nos prohibió mirarlo, por lo que teníamos que mantener la cabeza gacha durante las conversaciones. El director de la cárcel se había convertido en un dios que estaba a la vez en todas partes y en ninguna.

Si la indiferencia era angustiosa, la violencia era aterradora. Tres meses después del inicio de la guerra, la insignia de «guardia» fue descosida de la parte delantera de los uniformes y sustituida por la de «guerrero», inscrita en grandes letras. Esta nueva identidad tuvo un efecto inmediato: los guerreros se comportaban como si les hubiesen enviado al frente de guerra en alguna misión letal.

Agredían a los reclusos a la más mínima infracción, ya fuera real o imaginaria. Nos golpeaban por todas partes –en la cabeza, las piernas, el pecho, la cara– y con toda clase de armas: bastones, porras, gas lacrimógeno, descargas eléctricas, balas de goma y munición real. A veces irrumpían en las celdas, propinaban palizas a los presos, los encadenaban y luego los arrastraban al patio de la cárcel para volver a golpearlos. A menudo iban acompañados de un perro enorme que atacaba a los presos encadenados y les provocaba heridas sangrantes (como me ocurrió en múltiples ocasiones).

Nasser Abu Srour tras su puesta en libertad. IMAGEN CEDIDA.

En cierta ocasión, un guardia abrió la rejilla de mi celda y exigió que le entregara la radio que tenía escondida. Le dije la verdad, que no tenía ninguna radio. Cuando él repitió la orden, yo repetí mi respuesta, quizá levantando un poco la voz. El guardia ordenó que me acercara de nuevo a la rejilla… y me roció la cara con gas pimienta. No había ningún motivo racional que justificara ese castigo. Ni siquiera los más brillantes entre nosotros eran capaces de interpretar estas nuevas prácticas. Cualquier intento de obtener una explicación solo servía para desencadenar más violencia.

Al quebrantar nuestro cuerpo, las autoridades penitenciarias también quebrantaron nuestro espíritu. A través del nuevo régimen de violencia continua y castigos arbitrarios, nos infundieron un miedo abrumador y paralizante. Totalmente centrados en nuestra propia supervivencia, nos aislamos unos de otros, convirtiéndonos así en un maltrecho grupo de individuos que solo estaban vivos desde el punto de vista biológico. También nos aislaron por completo del mundo exterior, pues no teníamos acceso a la televisión ni a periódicos. Era como si viviéramos en una isla remota. El tiempo no avanzaba, sino que se acumulaba, se amontonaba hasta transformarse en una mole que nos aplastaba el cuerpo bajo su peso.

Aunque seguíamos las noticias de manera fragmentaria gracias a unas pocas radios ocultas, no alcanzábamos a comprender la magnitud y el horror del genocidio. Solo empezamos a entenderlo una mañana, seis meses después del inicio de la guerra, cuando los oficiales de cada módulo colgaron una gran pancarta, de unos cinco metros de largo, con una imagen de la Franja de Gaza arrasada y reducida a cenizas. Las palabras «La Nueva Gaza» aparecían impresas sobre la imagen.

2.

La cárcel de Ofer se alza donde antes existió un campamento militar, a unos treinta minutos en coche de Ramala. Al comienzo de la guerra, sus quince módulos albergaban a unos setecientos presos. Sabe Dios cuántos serán ahora. Las detenciones masivas empezaron casi de inmediato y no han cesado. Al principio éramos siete reclusos en una misma celda; al final llegamos a ser catorce. Nos turnábamos para dormir en el suelo.

Uno de los nuevos detenidos era mi primo, Mohammad Raafat Abu Srour. Mientras participaba en una manifestación ciudadana contra la guerra en las calles de Belén, un soldado de las FDI (Fuerzas de Defensa Israelíes) le disparó en la rodilla. Esa noche, sus amigos lo llevaron al hospital, donde fue operado. Volvió a casa tres días después, tras recibir el alta, pero la policía lo detuvo esa misma noche y lo envió a Ofer, donde acabó en mi módulo. Aunque no podía apoyarse en ambos pies, no le proporcionaron muletas. Durante semanas, fue saltando a la pata coja, envuelto en vendajes. Yo lo veía cruzar el pasillo de esa manera y me sentía invadir por la impotencia.

Mohammad no recibió apenas atención médica, ni siquiera para cambiarle los vendajes. Lo oíamos gritar pidiendo ayuda. «¡Por favor, hagan algo!», suplicaba. «Me duele muchísimo, es insoportable». En cierta ocasión, un paramédico entró en su celda y le dijo: «Cállate. Puedes morirte. ¿Por qué no te mueres de una vez?». Otros presos heridos y enfermos sufrían un trato similar. Las autoridades penitenciarias cancelaron todas las operaciones que se habían programado antes de la guerra, incluso para quienes necesitaban una intervención quirúrgica urgente. También negaban la medicación a cualquier recluso que contrajera una nueva enfermedad (aunque, por suerte, yo seguí recibiendo mis pastillas para el colesterol).

Un preso se puso tan enfermo que era incapaz no ya de caminar, sino que ni siquiera podía levantarse de la cama. Cuando los guardias le exigieron que saliera al patio, sus compañeros de celda lo sacaron envuelto en una manta y lo dejaron acostado en el suelo. Un guardia excepcionalmente cruel le exigió que caminara, pese a las súplicas de los demás presos. El hombre se puso en pie como pudo, se tambaleó durante un minuto o dos y luego se desplomó. Al cabo de una semana, había muerto.

Ni siquiera los presos sanos pudieron evitar caer enfermos a causa de la alimentación. Antes de la guerra, teníamos algo parecido a una dieta equilibrada. Nos servían tres comidas al día, con proteína (ya fuera carne o pescado), carbohidratos (arroz o pan) y fruta. No era suficiente, pero compensábamos la escasez cocinando nosotros mismos en hornillos. Cada mes nuestras familias podían enviarnos hasta 1,200 shekels, que gastábamos en una cantina que vendía alimentos básicos, chocolate y refrescos.

Ahora la cantina estaba cerrada, y la comida que nos daban se redujo a una cantidad mínima que a duras penas nos impedía morir de hambre. El menú diario era paupérrimo e invariable: pequeñas cantidades de mermelada y pan para desayunar; arroz y labneh para almorzar y cenar. Ni carne, ni pescado, ni fruta. Para beber, nos daban té sin azúcar, un anatema para los árabes.

Cada celda debía designar a un preso para dividir la ración de mermelada en 14 partes, una tarea extremadamente estresante. Trece pares de ojos se fijaban en el encargado para asegurarse de que no cometiera ninguna injusticia. Por lo menos el arroz se servía individualmente, en cantidades minúsculas, suficientes quizá para llenar un vasito de papel de los de té. A menudo estaba lleno de porquería. Vi a presos quitar excrementos de pájaro antes de comerse el resto.

El hambre se convirtió en parte intrínseca de mi ser. No había un solo instante en el que no sintiera el estómago vacío. Mi peso se redujo a cincuenta y dos kilos; un puñetazo habría bastado para romperme los huesos.

Temía tanto por mi cordura como por mi integridad física. Antes de la guerra, tenía una vida cultural plena. A cada preso se le permitía recibir dos libros al mes del exterior, y así habíamos formando una pequeña biblioteca. Yo siempre estaba leyendo: ficción, historia, filosofía, tanto en árabe como en inglés. Obtuve una licenciatura en estudios literarios y un máster en ciencias políticas. Llegué incluso a escribir un libro en la cárcel grabando mi propia voz con un móvil de contrabando. Cuando se publicó en 2022, las autoridades penitenciarias se enfadaron, pero no me castigaron.

De la noche a la mañana, todo eso nos fue arrebatado. No había libros que leer, ni pluma y papel con los que escribir. Sin nada más que hacer, empecé a caminar de aquí para allá en el exiguo espacio entre las camas de nuestra celda. Hacía este recorrido durante ocho horas al día, que a veces se convertían en diez o incluso doce. Me repetía una frase de esa peli de Hollywood tan famosa, adaptándola a mis circunstancias: «¡Camina, Nasser, camina!». Al final, mis compañeros de celda comprendieron las ventajas de esta práctica y la hicieron suya. Nos turnábamos para caminar.

Nuestro módulo compartía unas cuantas radios, un preciado artículo de contrabando. Los días en que nuestra celda disponía de un aparato, me aseguraba de sintonizar la emisión de las 15:30 horas de Radio Monte Carlo Doualiya, una emisora en lengua árabe que transmite desde Francia y que a esa hora solía poner a la angelical cantante libanesa Abeer Nehme. Si la escuchaba aunque solo fuera durante tres o cuatro minutos, podía acariciar al ser humano que permanecía sepultado en mi interior. Eran los únicos instantes del día en los que me sentía como una persona.

Dos años después del inicio de la guerra, y treinta y tres desde que me habían sentenciado a cadena perpetua, fui liberado de forma repentina en el intercambio de prisioneros acordado en octubre de 2025. Debería haberme sentido eufórico, pero era incapaz de sentir nada. Durante los primeros días tras mi liberación, empecé a comprender lo que había sucedido en Gaza. Vi las imágenes, incluidas las de los niños muertos. Oí voces de personas atrapadas bajo los escombros de las casas destruidas, de personas que no tenían donde cobijarse en medio de un frío glacial. La magnitud de la destrucción y la matanza parecía inconcebible, y sin embargo era real. Sentado en una lujosa habitación de hotel en El Cairo, rodeado de nuevos artilugios que no sabía manejar, era incapaz de explicarme el estado del mundo que me rodeaba y todo lo que había sucedido durante la guerra. Aquello superaba las escenas brutales que había presenciado en las cárceles y privaba mi recién recuperada libertad de todo sentido.

¿Cómo puede nadie ser libre si está condenado a vivir en el exilio, más allá de las fronteras de su patria? ¿Qué significado puede tener la liberación en medio de un genocidio? Después de lo que Israel hizo en Gaza, ¿qué es más cruel: la muerte o la supervivencia? Estas preguntas se sumaban a muchas otras. Tenía que recuperar mi dominio del lenguaje si quería albergar alguna esperanza de hallar respuestas.

3.

Tras mi detención en 1993, mis condiciones de vida no cambiaron de manera significativa. En el campamento de refugiados donde me crie la pobreza, el hacinamiento y la violencia estaban al orden del día.

Al nacer en 1969, recibí de mi padre un legado tanto material como espiritual. El primero era una diminuta vivienda en un rincón abarrotado de Cisjordania, el campamento de Aida, levantado en 1950 entre Jerusalén y Belén. El segundo era el relato de la Nakba, cuando su familia fue expulsada de su pueblo de Bayt Nattif y caminó descalza hasta el campamento donde viviría a partir de entonces. El peso de ese doble legado conformó mi conciencia y templó mi carácter, impulsándome a participar de forma activa en la actividad política. Como muchos jóvenes del campamento, durante la adolescencia me uní al Movimiento de Liberación Nacional Palestino (Fatah). Para entonces ya me había acostumbrado a ver a los soldados de ocupación israelíes patrullando nuestras calles y practicando su deporte preferido: detener y matar a palestinos y destruir nuestros hogares.

Los campamentos de refugiados estaban mucho más expuestos a la violencia de la ocupación que otras zonas de Cisjordania y Gaza. Las políticas coloniales de Israel nos habían dejado huérfanos por partida doble: de nuestra patria y de los palestinos que se habían quedado tras la «línea verde», en los pueblos y ciudades israelíes. Nos unimos a la primera intifada o «revuelta de las piedras», que estalló en 1987. Para los jóvenes de los campamentos de refugiados, que no conocíamos más que la derrota política, fue un momento electrizante que marcó nuestra irrupción en la escena política. Arrojábamos piedras a los soldados y participábamos en marchas no violentas. Israel reaccionó cerrando universidades, llevando a cabo detenciones masivas, demoliendo más viviendas… y matando a más palestinos. Muchos de mis amigos murieron como mártires durante la intifada. En 1993 fui detenido y declarado culpable del asesinato de un agente del Shin Bet (servicio de inteligencia y seguridad interior de Israel). Los agentes me arrancaron una confesión por la fuerza.

Mi periodo de detención empezó en la cárcel de Khalil, conocida como «el matadero» debido a los métodos de tortura allí practicados por los agentes de inteligencia, que tuve ocasión de comprobar de primera mano. Durante los casi dos meses que pasé en la unidad de interrogatorios, sufrí diversas palizas brutales, me colgaron de la pared, me encadenaron durante horas sentado en un estrecho taburete, me expusieron a un frío extremo hasta que perdí el conocimiento y amenazaron con violarme. A partir de entonces me trasladaron de cárcel en cárcel y me mantuvieron a menudo en régimen de aislamiento.

Si las cárceles eran relativamente habitables en el momento de mi detención, se debía a una larga historia de activismo de los presos palestinos que se remonta a 1967. La cárcel era un entorno sumamente politizado, quizás más incluso que los territorios ocupados. Cuando llegué, había detenidos de más de diez partidos políticos –nacionalistas, comunistas e islamistas– que, en su inmensa mayoría, militaban en Fatah. Esta diversidad de afiliaciones convivía en los mismos módulos, pero repartida en celdas separadas. A pesar de sus desacuerdos ideológicos, los reclusos unían fuerzas para enfrentarse a las autoridades penitenciarias.

Al igual que muchos otros reclusos, contemplaba mi detención como una etapa más de la lucha. Participé en cinco grandes huelgas de hambre que empezaron en 1995, cuando más de mil reclusos ayunamos durante dieciocho días para protestar contra los Acuerdos de Oslo, que no incluían medidas significativas respecto a los palestinos detenidos en cárceles israelíes. La huelga más larga de todas tuvo lugar en 2017 y duró cuarenta y un días. Yo fui uno de los encargados de organizarla en la cárcel de Hadarim. Pedimos a la Cruz Roja que revocara su decisión de reducir la financiación de las visitas familiares de dos a una sola por mes, pero fue en vano.

Puede que nuestras reivindicaciones políticas cayeran en saco roto, pero conseguimos que hubiese un ambiente de dignidad y cohesión. La solidaridad era nuestra mayor baza, y por eso las autoridades la convirtieron en su objetivo una vez que empezó la guerra. Cualquier amago de acción colectiva se enfrentaba a un abrumador despliegue de violencia. Si golpeaban a un preso y sus compañeros de celda intentaban intervenir, recibían el mismo maltrato (mis compañeros se apiñaban en torno a mi cuerpo escuálido cuando los guardias nos golpeaban, hasta que la represalia se hacía insoportable). Dado que el más mínimo sonido o gesto podía interpretarse como una protesta, pronto optamos por permanecer en silencio mientras se cometían atrocidades al alcance de nuestros oídos o delante de nuestros ojos. La supervivencia se convirtió en nuestro único lema. Cada prisionero debía protegerse constantemente, por todos los medios a su alcance. Obligados a salvarnos como individuos, perdimos nuestros lazos colectivos.

Peor aún, nos volvimos unos contra otros. Cierta noche, a eso de las tres de la madrugada, me despertó el ruido de mi compañero de celda arrastrando los pies. Sacó los dos trozos de pan que yo había escondido debajo de mi cama y se los comió. No pude hacer nada. Era un tipo alto y fornido, podría haberme reducido fácilmente.

4.

Estaba leyendo Ensayo sobre la ceguera cuando llegó el 7 de octubre. La novela de José Saramago se desarrolla en un manicomio hacinado e inmundo, con el telón de fondo de una epidemia que provoca la ceguera generalizada de la población por causas desconocidas. El autor describe cómo la jerarquía social y la sed de poder se imponen de una manera perversa cuando la gente se ve obligada a convivir en un espacio reducido y en total aislamiento. Yo lo experimenté en carne propia durante los meses que siguieron. Vi cómo algunas personas cambiaban por efecto de la opresión y el miedo extremos, hasta el punto de que su comportamiento las volvía irreconocibles.

El régimen penitenciario que trajo consigo la guerra convirtió todas nuestras acciones y reacciones en algo mecánico. Cuando los guardias entraban en el módulo, permanecíamos inmóviles y en silencio, en una acción colectiva pero no coordinada. En cuanto oíamos que se abría la puerta de la celda, buscábamos un rincón donde escondernos. Los que tenían la suerte de dormir en una cama se cubrían con las mantas; los que dormían en el suelo se levantaban de un brinco y buscaban cobijo; algunos intentaban incluso escabullirse debajo de las camas. Comíamos a toda prisa por si había una redada repentina y nuestra comida acababa en la basura. Dormíamos llevando puesta toda la ropa que teníamos por miedo a que nos la confiscaran en una inspección por sorpresa.

Las peleas se volvieron habituales. Estallaban por minucias: una ración de mermelada mal repartida, una ducha que duraba más de cuatro minutos (lo que impedía que otros presos pudieran ducharse cuando les tocara), una oración en voz alta que pudiera desatar la ira del guardia de turno. Al principio, yo intentaba apaciguar los ánimos porque desembocaban inevitablemente en un castigo colectivo. Como era uno de los presos más longevos y respetados, mis compañeros de celda solían escucharme. Hasta que un día intenté separar físicamente a dos hombres que se estaban pegando con un frenesí salvaje. Recibí un puñetazo accidental en la cara que me dejó inconsciente. Cuando volví en mí, tenía las zapatillas rotas. Un desastre. Las zapatillas eran muy valiosas en la cárcel: sin un buen calzado, no se puede caminar por los aseos inmundos. Tuve que esperar meses para conseguir un par de repuesto, de un preso que estaba a punto de salir en libertad.

El patio era escenario habitual de conflictos. Había una línea amarilla trazada en paralelo a sus cuatro paredes que recortaba un tercio de la superficie total. Si alguien cruzaba esa línea, nos castigaban a todos: o bien nos enviaban de vuelta a nuestras celdas, o bien nos obligaban a tumbarnos boca abajo con la nariz pegada al suelo. Si volvías la cara aunque fuera ligeramente, para apoyar la mejilla y aliviar así la presión, te esperaba una paliza.

Así que había que moverse por el patio con cuidado. Pero había un preso –al que llamábamos «el Broncas»– que se negaba a hacerlo. Tres veces cruzó deliberadamente la línea amarilla. La primera vez, por suerte, ningún guardia lo vio; de vuelta en el módulo, le advertimos que no lo repitiera. La segunda vez, sin embargo, uno de los guardias lo vio y nos obligó a tumbarnos en el suelo durante dos horas. Esa vez sus compañeros de celda le lanzaron una severa advertencia: «¡No lo hagas! ¡Nos castigarán a todos!». La tercera vez lo pillaron de nuevo, pero antes de que el guardia pudiera intervenir, un grupo de presos cogió al Broncas y empezó a darle una paliza. A causa de ese error, nos rociaron a todos con gas lacrimógeno y nos enviaron de vuelta a nuestras celdas. Esa noche sus compañeros de celda lo golpearon sin piedad.

No se podía hacer lo mismo con las decenas de presos con enfermedades mentales que eran sencillamente incapaces de comprender las nuevas reglas. Las incontables palizas y castigos los afectaban tanto que algunos se pasaban el día llorando y chillando, lo que no hacía sino acarrear más problemas a sus compañeros de celda.

Los guardias eran lo único que veíamos y oíamos; su presencia amenazante era la única señal de que existíamos en el tiempo y el espacio. Si se marchaban por unos instantes, nos sentíamos perdidos. Era como si desapareciéramos cuando no estábamos bajo su mirada, como si nos evaporáramos cuando no nos golpeaban.

Las autoridades penitenciarias nos despojaron de humanidad y nos trataron como animales. Más concretamente, como animales que formaran parte de un experimento científico. Éramos meras criaturas biológicas a las que ya no estaba permitido participar en ninguna forma de cultura humana, porque hacerlo quizá habría fortalecido nuestra determinación. Nos mantenían hambrientos, interrumpían nuestro sueño con inspecciones aleatorias, exponían nuestros cuerpos al frío. Controlaban nuestras emociones asegurándose de que no tuviéramos ningún motivo para la alegría. Gestionaban nuestra recuperación física impidiendo que nuestras heridas se cerraran o dejaran de sangrar. Separaban la noche del día desbaratando nuestros ritmos circadianos. Determinaban quién vivía y quién moría, y sofocaban todo deseo de vivir.

Sus ambiciones eran absolutistas. Su objetivo era vigilarnos y castigarnos en todo momento, en cualquier lugar. Incluso los supuestos foros de justicia se convirtieron en cámaras de tortura. Antes de los juicios –que se trasladaron de los juzgados a una sala contigua a la cárcel–, los guerreros dividían a los detenidos en grupos de veinte, les encadenaban manos y pies, les cubrían la cabeza con bolsas negras o les vendaban los ojos y los ataban entre sí con una manguera de incendios. A continuación, hacían desfilar a los hombres por el edificio de la cárcel, entre insultos y humillaciones, palizas y golpes, a veces obligándolos a imitar la voz de animales, como el ladrido de los perros o el rebuzno de los burros. Al final de la comparecencia, los metían en salas de espera diseñadas para cuatro personas y los dejaban allí, encadenados y esposados, hasta que juzgaban al último reo del grupo.

Una vez al mes me llevaban a ver a mi abogada, Nadia, que trabajaba en una apelación de mi cadena perpetua. Desde mi celda hasta la sala donde tenía lugar la reunión había un trayecto de unos ciento cincuenta metros. Me esposaban las muñecas y los tobillos con tanta fuerza que, para cuando llegaba allí, sangraba inevitablemente (aún conservo las cicatrices). A lo largo del trayecto, me pegaban sin cesar. En cierta ocasión, se les olvidó dejar de hacerlo cuando entramos en la sala, y Nadia se llevó un disgusto tremendo. «¿Por qué le estáis pegando?», chilló. «Olvídalo», le susurré en cuanto me senté. «No digas ni una palabra. Ahora estás aquí, así que no me harán nada, pero en cuanto te vayas se cebarán conmigo».

5.

En abril de 2024 me trasladaron a la cárcel de Ganot, un centro penitenciario de mayor capacidad situado en el desierto del Negev, donde se había desatado un brote de sarna. Había al menos un enfermo en cada celda. Cinco de mis catorce compañeros de celda estaban infectados.

Vi cómo la enfermedad devoraba la carne y dejaba los huesos a la vista. Si no contraje la sarna fue seguramente porque, por respeto a mi edad, me dejaron ocupar la litera de arriba y no me incluyeron en la rotación de camas. Las autoridades penitenciarias hicieron caso omiso del brote durante más de un año, permitiendo que se propagara y mutara, hasta que unos pocos de sus guerreros cayeron también víctimas de la sarna. 

Este tipo de negligencia ha causado la muerte de cerca de un centenar de presos palestinos en Israel desde el 7 de octubre (esta cifra no incluye a los habitantes de Gaza que fueron capturados durante la guerra y asesinados en centros de detención temporal, como el campamento de Sde Teiman). Decenas de presos, tanto hombres como mujeres, fueron violados o sufrieron agresiones sexuales, aunque la gran mayoría de esos delitos no se ha denunciado porque las víctimas temían verse mancilladas por la deshonra.

Estas condiciones siguen vigentes en las cárceles israelíes. Soy uno de los primeros presos que puede escribir sobre ello. El motivo de mi liberación sigue siendo un misterio para mí. A finales de 2025, cuando los abogados empezaron a decirnos que «algo se estaba moviendo» –es decir, que la liberación podía estar cerca–, mi primera reacción fue negar esa posibilidad como mecanismo de autoprotección. Me repetía a mí mismo y a todo el que quisiera escucharme que nunca me liberarían. No lo habían hecho en 2005, cuando unos quinientos presos abandonaron la cárcel como parte de un acuerdo entre Ariel Sharon y Mahmud Abás, ni en 2011, cuando Hamás liberó al doble de esa cifra de prisioneros a cambio de Gilad Shalit. A sus ojos, mi supuesto delito era demasiado grave: Israel no puede tolerar la muerte de un agente del Shin Bet. «Sé fuerte», me dije a mí mismo. «Acepta que no vas a ir a ninguna parte». Cuanto mayor es la expectativa, mayor es la decepción.

No estaba en absoluto preparado cuando un guardia se presentó en mi celda con la noticia. «Abu Srour, vas a ser puesto en libertad», dijo. «Prepárate. Tienes dos minutos para recoger tus cosas». Mi reacción fue torpe y mecánica. Cuando lo recuerdo, envidio a los presos que han recibido con euforia la noticia de su liberación.

Mientras recogía en silencio mis escasas pertenencias, mis compañeros de celda saltaban de alegría, alababan a Alá y me besaban en las mejillas. Luego empezaron las súplicas: Nasser, ¿puedo quedarme con tus zapatillas? Nasser, por favor, necesito una toalla. Casi llegaron a las manos por mis camisetas. Siempre pasaba lo mismo cuando liberaban a un preso: otra muestra más de cómo el instinto de supervivencia nos había transformado.

Seguía sin poder quitarme de la cabeza la sensación de que todo aquello era una broma cruel. Mis sospechas se vieron reforzadas por las últimas palizas que nos propinaron mientras nos llevaban al autobús de la cárcel, que nos trasladó a la cárcel de Ktzi’ot y desde allí al paso fronterizo de Rafah. Me senté junto a la ventanilla y aparté la cortina, lo que hizo que los neumáticos chirriaran a causa del brusco frenazo. Un soldado amenazó con pegarme un tiro si volvía a intentarlo. Solo nos permitieron mirar hacia fuera una vez que llegamos a Egipto.

«¡Dios mío, hay cielo!» –esa fue la primera frase que brotó de mis labios cuando llegamos al otro lado. La tierra, los árboles, los pájaros, los coches, las casas… todo era inmenso y me llenaba de asombro, como si nunca antes lo hubiese visto. Al mirarme en el gran espejo retrovisor que el conductor usaba para controlar a los pasajeros, vi mi propio rostro por primera vez en dieciocho meses.

Tuve que echar mano de los cinco sentidos para asimilar la profusión de detalles a mi alrededor. Durante mis tres décadas en cárcel, había renunciado a los sentidos, que eran como cadenas que me impedían dar significados nuevos y diferentes a mi existencia entre esas cuatro paredes. La imaginación se convirtió en el sexto y más importante de los sentidos: el que hizo soportable el dolor del encarcelamiento y posibilitó el acto de escribir. Los detalles sensoriales que me devolvieron al mundo exterior interrumpieron mi recuperación del lenguaje de un modo distinto: volvía a sentirme incapaz de asignar un significado a mi existencia, al tiempo y el espacio.

En una siniestra réplica de nuestra vida en cárcel, nos trasladaron de un hotel a otro por razones arbitrarias. Nos echaron del primero, un cinco estrellas en El Cairo, cuando un periódico británico publicó un artículo advirtiendo sobre los peligros de alojar a delincuentes palestinos junto a turistas extranjeros. Solo aguantamos dos semanas en el segundo, un complejo turístico levantado en el desierto, antes de que nos sacaran con el pretexto de que pronto se celebraría un torneo deportivo internacional en las cercanías. En ambas ocasiones sentí ganas de vomitar, algo que siempre me ocurría cuando me trasladaban de una cárcel a otra. Quizá así era como mi cuerpo protestaba contra su falta de autonomía.

He decidido escribir porque nada existe más allá de los límites del lenguaje, ni siquiera el genocidio. Debo escribir sobre la matanza de Gaza; sobre sus hombres, mujeres y niños famélicos; sobre su mar ahogado y su capacidad para resurgir; sobre la indiferencia del mundo ante lo que ha sucedido allí y lo que sigue sucediendo; sobre cómo las grandes potencias apenas reconocen este crimen. Debo escribir sobre los presos palestinos, porque se sigue librando una guerra contra ellos; las autoridades penitenciarias israelíes aún no han declarado un alto el fuego.

Debo escribir para confesar mi deseo de dejar de pedir perdón a Gaza y a los presos palestinos por cada bocanada de aire que inhalo, por cada rayo de luz que me acaricia el rostro y por todo el espacio que se ha abierto ante mí. Eso es lo que he estado haciendo estos últimos siete meses: no dejar de pedir perdón a Gaza y a los presos palestinos por seguir vivo.

Traducido del inglés para La Marea por Rita da Costa. Traducido del árabe por Luke Leafgren.

Nasser Abu Srour estuvo detenido en distintas cárceles israelíes entre 1993 y 2026. Su libro, La historia de un muro, originalmente escrito en árabe desde la cárcel, se publicó en español en 2024 (Galaxia Gutenberg) con traducción de Eduardo Iriarte. 

Luke Leafgren es vicedecano del Harvard College y tradujo al inglés el libro de Nasser Abu Srour. Empezó a traducir literatura árabe en 2010 y su décima traducción verá la luz en 2026.

Fuente: https://www.lamarea.com/2026/06/08/nasser-abu-srour/