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El genocidio palestino, cuando la razón se duerme

Fuentes: Rebelión

El célebre grabado  de Francisco de Goya, El sueño de la razón produce monstruos, encierra una advertencia que atraviesa los siglos: cuando la razón abdica, emergen la intolerancia, el fanatismo y la violencia. Los monstruos que aparecen en la obra no pertenecen al mundo de los muertos, sino al de los vivos; representan el resultado de las actitudes irracionales que, una y otra vez, han provocado los mayores sufrimientos de la historia humana.

Más de dos siglos después de su creación, la imagen conserva una inquietante actualidad. La relatora especial de las Naciones Unidas para los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese, retoma una idea similar en su libro Cuando el mundo duerme, donde sostiene que la indiferencia internacional frente al sufrimiento humano crea las condiciones para la repetición de crímenes como el genocidio de Gaza.

La historia de la humanidad parece oscilar entre esas dos advertencias: el sueño de la razón y un mundo que duerme mientras contempla la masacre de un pueblo. Tanto la obra de Goya como el libro de Albanese constituyen una llamada a no abandonar la racionalidad, el derecho, la conciencia moral y al pensamiento crítico. De lo contrario, los monstruos del odio, deshumanización y de la intolerancia terminan imponiéndose sobre la condición humana.

Una mirada a la escena internacional hace especialmente vigente la reflexión del filósofo Walter Benjamin: «Lo catastrófico no consiste en que ocurra un hecho inesperado, sino en que las cosas continúen su curso sin que nadie parezca capaz de corregir el rumbo». La sensación de deterioro permanente parece haberse instalado como una constante de nuestro tiempo, hasta el punto de que lo excepcional corre el riesgo de convertirse en normalidad y la catástrofe en un horizonte cotidiano.

No es casual que las agujas del Doomsday Clock se sitúen hoy a tan solo 89 segundos de la medianoche, el instante simbólico que representa la autodestrucción de la humanidad. Desde la creación de este reloj en 1947 por el Bulletin of the Atomic Scientists, nunca antes la humanidad había estado tan cerca de ese umbral.

Su cálculo se fundamenta en riesgos como la amenaza nuclear, el cambio climático, los conflictos armados y el deterioro del orden internacional.

La realidad parece confirmar esos temores. Guerras abiertas, el Genocidio en Gaza, la invasión rusa de Ucrania, Y la agresión de EEUU e Israel contra Iran, la guerra de Israel contra el Líbano y  la aceleración del cambio climático configuran un escenario profundamente inquietante. A ello habría que añadir un riesgo quizá menos visible cuando fue concebido el reloj simbólico: la creciente degradación ética y política de parte de las élites gobernantes.

Es cierto que las guerras han acompañado a la humanidad desde sus orígenes. Sin embargo, muchos conflictos contemporáneos parecen haber abandonado incluso la retórica —aunque fuera meramente formal— de la defensa de valores universales como la democracia, la libertad o los derechos humanos. Hoy escuchamos a Donald Trump expresar con una franqueza poco habitual. Sus declaraciones sobre el petróleo de Venezuela y su interés por los recursos energéticos de Irán reflejan una lógica según la cual el control de las materias primas constituye un objetivo prioritario de la política internacional. La lucha por los recursos naturales vuelve así a ocupar un lugar central, recordándonos las viejas dinámicas del colonialismo y de la hegemonía imperial, donde la fuerza y el interés prevalecen sobre los principios del derecho internacional.

Esta lógica dista mucho de ser nueva, el escritor indio Amitav Ghosh explica en La maldición de la nuez moscada cómo el control de una simple especia desencadenó uno de los primeros genocidios coloniales de la modernidad. Cuando los neerlandeses descubrieron el extraordinario valor económico de la nuez moscada en las islas Banda, en Indonesia, exterminaron o expulsaron a buena parte de su población para monopolizar su comercio.

El genocidio de Gaza no es ajeno a este deterioro y colapso moral. Mientras una parte de la sociedad continúa sosteniendo una posición ética y jurídica de condena al genocidio, tanto al del pasado como al que se desarrolla actualmente en Gaza, emerge otro sector que no solo lo justifica, sino que llega a presentarlo como un resultado natural e incluso aceptable dentro del orden político que pretende construir.

En este contexto cobra especial relevancia el concepto de necropolítica, desarrollado por el filósofo camerunés Achille Mbembe. Según esta perspectiva, el poder se arroga la facultad de decidir quién puede vivir y quién debe morir, después de haber deshumanizado previamente a determinados grupos hasta convertirlos en vidas consideradas prescindibles o sacrificables.

Desde esa lógica, prácticas como el bloqueo de la ayuda humanitaria, la utilización del hambre como instrumento de guerra, los ataques contra hospitales, escuelas e infraestructuras civiles, o la destrucción sistemática del entorno en el que habita una población dejan de presentarse como tragedias humanas para justificarse como supuestas necesidades estratégicas o de seguridad.

La escritora chilena de origen palestino Lina Meruane ha definido lo que sucede en Gaza como un Omnicidio: un crimen cuyo objetivo no es únicamente el exterminio de un grupo humano, como ocurre en el genocidio, sino también la destrucción del espacio habitable y de las condiciones materiales que hacen posible la vida. La devastación del territorio, la eliminación de infraestructuras esenciales y la imposibilidad de garantizar la supervivencia de la población favorecen, en última instancia, su desplazamiento forzado y hacen posible el objetivo final de la limpieza étnica.

Por primera vez en la historia, además, asistimos a un genocidio televisado. Se desarrolla en directo ante millones de personas. Las imágenes de hospitales destruidos, escuelas bombardeadas, desplazamientos masivos y una crisis humanitaria de enormes dimensiones llegan diariamente a las pantallas de todo el mundo. Esta exposición permanente no solo documenta el sufrimiento de la población civil, sino que también interpela a la comunidad internacional y pone de manifiesto su responsabilidad frente a unos hechos que se producen a la vista de todos.

El último informe de la relatora especial de las Naciones Unidas sostiene que la dimensión internacional del genocidio en Gaza trasciende con creces a los actores directamente implicados. Según el informe, decenas de Estados habrían contribuido, de manera militar, económica, diplomática o política, al sostenimiento de las operaciones israelíes, lo que abre un debate sobre las responsabilidades compartidas y la complicidad internacional en la comisión de graves violaciones del derecho internacional.

A diferencia de otros genocidios históricos, ejecutados fundamentalmente por un único Estado o un número reducido de actores, el de Gaza se caracterizaría por la implicación activa o el respaldo continuado de un amplio conjunto de Estados que, pese al conocimiento público de los hechos, han mantenido distintas formas de apoyo. En este sentido, puede sostenerse que nos encontramos ante el primer genocidio colectivo: porque su continuidad habría sido posible gracias a una red internacional de apoyos, asistencias y omisiones que desborda la responsabilidad de un único perpetrador y proyecta la cuestión hacia una responsabilidad compartida de alcance global.

La gran enseñanza de Goya sigue plenamente vigente. Cuando la razón se adormece, cuando el derecho pierde fuerza frente a la lógica del poder y cuando la indiferencia sustituye a la conciencia moral, los monstruos reaparecen. La historia demuestra que nunca llegan de improviso: siempre encuentran el camino abierto por el silencio, la deshumanización y la renuncia colectiva a la razón.

Mohamed Safa, Oftalmologo y escritor palestino, Autor del ultimo libro «Gaza: un Genocidio televisado».

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.