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La geometría solar: el fin de la geopolítica del subsuelo

Fuentes: Rebelión

Durante más de un siglo, la geopolítica se escribió en coordenadas subterráneas. El carbón, el petróleo y el gas natural dictaron la economía mundial. Definieron alianzas, provocaron conflictos y fijaron la jerarquía entre naciones. En ese diseño, la energía era sinónimo de geología: quien controlaba el yacimiento, controlaba el poder.

La transición actual no es un simple cambio tecnológico. Es el colapso de una lógica y el amanecer de otra: la geometría solar.

La premisa es profunda. El modelo fósil depende de depósitos concentrados y escasos. La energía solar, en cambio, se distribuye por la inclinación del eje terrestre, la latitud y la atmósfera. La energía ya no se extrae del subsuelo; se capta en la superficie. Este giro altera el mapa del poder global. La franja de alta intensidad solar —el Caribe, el norte de Sudamérica, el norte de África, Medio Oriente y el sur de Asia— emerge como el nuevo cinturón estratégico del siglo XXI.

Sin embargo, la luz no disuelve la vieja sed de poder, la desplaza. Tres vectores transforman este paradigma:

– Soberanía democratizada vs. dependencia tecnológica

Flujos de luz accesibles reemplazan a los combustibles escasos. Pero la libertad del suelo introduce la servidumbre del silicio. Países ricos en sol seguirán siendo subordinados si no dominan las patentes del mañana.

– Poder descentralizado

Paneles residenciales, baterías y microrredes convierten a los ciudadanos en productores. El monopolio de las grandes corporaciones estatales y privadas se diluye, atomizando la gobernanza energética.

– El nuevo extractivismo de superficie

La geometría solar no elimina la minería, la traslada. La competencia ya no es por perforar pozos, sino por acaparar litio, cobre y tierras raras. El subsuelo sigue pesando, pero ahora sirve para fabricar la tecnología que captura el cielo.

El orden fósil exigía estructuras centralizadas, jerárquicas y extractivas. La geometría solar propone un modelo distribuido y participativo, pero enfrenta la amenaza de un «colonialismo verde» donde el Sur global pone el territorio y el Norte la tecnología.

No sufrimos una determinación técnica, habitamos una oportunidad histórica. Por primera vez, la ciencia permite organizar las sociedades según la luz que reciben, no según el crudo que esconden.

La transición energética supera a la ingeniería y a la economía, es una reconfiguración de la soberanía. Del subsuelo a la luz. De la escasez a la abundancia capturada. El siglo XXI exige alinearse con la energía que ya nos llega, pero sin repetir las viejas cadenas de la dependencia.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.