Animalismo y ecologismo son movimientos próximos, pero no equivalentes. Ambos cuestionan la idea de que la naturaleza existe únicamente para satisfacer las necesidades humanas, sin embargo, difieren en aquello que consideran moral y políticamente prioritario. El ecologismo suele concentrarse en los ecosistemas, la biodiversidad, los ciclos naturales y las condiciones materiales de la vida colectiva. El animalismo, en cambio, centra su atención en los animales como individuos capaces de experimentar dolor, placer, miedo, bienestar y sufrimiento.
La diferencia puede expresarse así: el ecologismo pregunta qué sucede con el equilibrio de un ecosistema o con la supervivencia de una especie, mientras que el animalismo pregunta qué sucede con cada animal afectado por nuestras acciones. Esta distinción no impide la convergencia, pero sí explica sus conflictos. La ética animal tiende a reconocer el estatuto moral de los individuos, mientras que la ética ecocéntrica suele otorgar prioridad a especies, poblaciones, hábitats y ecosistemas.
La cuestión decisiva es entonces la siguiente: si el ecologismo ha encontrado un importante punto de articulación con el marxismo mediante la crítica de la explotación, la mercancía y la fractura metabólica entre sociedad y naturaleza, ¿qué ocurre con el animalismo? La respuesta más rigurosa es que el animalismo también puede entroncar con el marxismo, aunque no sin transformar profundamente sus categorías. Ese vínculo no se encuentra principalmente en el marxismo de los partidos tradicionales ni en una simple apelación moral a la compasión, sino en una crítica materialista de la mercantilización, la alienación y la explotación de los animales no humanos.
Diferencias fundamentales en el objeto de preocupación
El ecologismo se ocupa prioritariamente de entidades colectivas:
– ecosistemas;
– especies;
– poblaciones;
– paisajes;
– ciclos biogeoquímicos;
– biodiversidad;
– condiciones de regeneración de la naturaleza.
El animalismo se ocupa prioritariamente de individuos concretos:
– su capacidad de sentir;
– su bienestar;
– su sufrimiento;
– su libertad de movimiento;
– su integridad corporal;
– su derecho a no ser utilizados como recursos.
Por ello, una medida puede ser positiva desde el punto de vista ecológico y negativa desde el punto de vista animalista. La ganadería intensiva, por ejemplo, puede presentar ciertos indicadores de eficiencia ambiental por unidad de producto, pero esa eficiencia puede conseguirse mediante una concentración extrema de animales, confinamiento y reducción de sus vidas a funciones productivas. Del mismo modo, la eliminación de una especie considerada invasora puede defenderse en nombre de la conservación de la biodiversidad, aunque implique matar a numerosos individuos sintientes.
El ecologismo suele valorar la continuidad de una especie incluso cuando la muerte de individuos concretos forma parte de las dinámicas que pretende regular. Para el ecologista, la desaparición de una especie puede constituir una pérdida irreversible aunque algunos individuos de esa especie no sufran directamente.
El animalismo, en cambio, sostiene que una especie no siente dolor; quienes sienten son los individuos. Desde esa perspectiva, la conservación de una especie no puede justificar automáticamente el sacrificio de todos los animales que pertenecen a otra especie. Esta es una de las tensiones clásicas entre ética animal y ética ambiental: la primera puede oponerse a la muerte de individuos, mientras la segunda puede considerarla admisible si protege la integridad de una comunidad biótica.
Antropocentrismo y antiespecismo
No todo ecologismo es antiantrópocentrico. Existe un ecologismo conservacionista que protege la naturaleza porque resulta necesaria para la salud, la economía o la supervivencia humanas. También existe un ecologismo ecocéntrico que atribuye valor intrínseco a los ecosistemas y no únicamente valor instrumental.
El animalismo, por su parte, no es necesariamente antiespecista. Una persona puede proteger perros y gatos, colaborar con refugios y defender el bienestar de los animales domésticos, pero continuar consumiendo vacas, cerdos, peces o pollos. En ese caso existe una sensibilidad animalista selectiva, pero no una crítica general de la consideración de los animales como recursos.
Por eso conviene distinguir:
| Corriente | Centro de atención | Pregunta principal | Conflicto típico |
| Ecologismo antropocéntrico | Naturaleza útil para la sociedad | ¿Cómo conservar las condiciones ambientales de la vida humana? | Puede aceptar el uso de animales si no amenaza la biodiversidad |
| Ecologismo ecocéntrico | Ecosistemas, especies y procesos ecológicos | ¿Cómo preservar la integridad de la comunidad biótica? | Puede subordinar individuos a objetivos ecosistémicos |
| Animalismo bienestarista | Bienestar de determinados animales | ¿Cómo reducir el dolor y el maltrato? | Puede aceptar la utilización de animales bajo mejores condiciones |
| Derechos animales | Individuos animales | ¿Cómo impedir que sean tratados como propiedad o recursos? | Puede entrar en conflicto con prácticas culturales, productivas o conservacionistas |
| Antiespecismo | Todos los animales sintientes | ¿Por qué la pertenencia a una especie debe determinar el valor moral? | Debe resolver conflictos entre individuos, especies y ecosistemas |
En consecuencia, animalismo es un término amplio y ambiguo. Puede designar desde la protección compasiva de animales domésticos hasta la abolición de toda forma de explotación animal. El concepto más preciso, cuando se pretende formular una crítica general, es normalmente el de antiespecismo o liberación animal.
El punto de partida marxista
Marx no desarrolló una teoría sistemática de los derechos animales. Tampoco elaboró una ética animal comparable a las de Peter Singer, Tom Regan o Gary Francione. Además, algunas expresiones de Marx y Engels muestran distancia respecto de los movimientos de defensa animal de su tiempo. Por ello, no sería correcto presentar a Marx como un animalista
Pero de esta constatación no se sigue que el marxismo sea irrelevante para la cuestión animal. El marxismo no tiene que ofrecer una doctrina acabada para proporcionar categorías capaces de analizar la explotación animal contemporánea. La entrada marxista al animalismo no se produce mediante una cita aislada de Marx, sino mediante un análisis de las relaciones sociales que convierten a los animales en mercancías, instrumentos de trabajo y objetos de producción.
El núcleo de esa aproximación puede resumirse en cinco categorías:
1. naturaleza;
2. trabajo;
3. mercancía;
4. alienación;
5. explotación.
Para Marx, la producción humana no ocurre fuera de la naturaleza. El trabajo es una mediación mediante la cual la sociedad transforma la naturaleza para satisfacer sus necesidades. La producción depende tanto del trabajo como de la materia natural y de las fuerzas naturales.
Esta concepción permite interpretar la relación entre seres humanos y animales como parte del metabolismo sociedad-naturaleza. Los animales no son una realidad exterior completamente separada de la humanidad: forman parte de las condiciones materiales de la vida social. Son utilizados como alimento, fuerza de trabajo, materia prima, objeto de experimentación, mercancía y medio de acumulación.
El problema no consiste simplemente en que los seres humanos intervengan sobre la naturaleza. Toda sociedad humana debe hacerlo para reproducirse. El problema consiste en cómo se organiza esa intervención y para quién. Bajo el capitalismo, la relación con la naturaleza queda subordinada a la valorización del capital. La pregunta dominante deja de ser “¿qué necesitamos para vivir?” y pasa a ser “¿cómo convertir esta vida, este territorio o este animal en una fuente de beneficio?”.
La producción capitalista transforma realidades cualitativamente distintas en magnitudes comparables de valor. En el caso de los animales, la mercantilización puede adoptar formas diversas:
– el animal como mercancía que se compra y se vende;
– el animal como fuerza de trabajo;
– el animal como capital productivo;
– el animal como materia prima;
– el animal como producto alimentario;
– el animal como objeto de entretenimiento;
– el animal como recurso experimental;
– el animal como mercancía afectiva, en el caso de ciertos animales de compañía.
Una vaca puede ser considerada simultáneamente un ser sintiente, un organismo vivo, una propiedad, un activo productivo y una futura pieza de carne. La lógica capitalista tiende a hacer prevalecer esta última dimensión, porque es la que puede expresarse como valor económico.
Desde esta perspectiva, la cuestión animal no es exterior a la crítica marxista de la mercancía. Es una de sus prolongaciones posibles. La explotación animal no constituye un fenómeno accidental del capitalismo, sino una forma específica de incorporación de la naturaleza a la producción de valor.
¿Qué sucede con el animalismo?
El animalismo se encuentra ante una disyuntiva. Puede limitarse a una ética de las decisiones individuales o convertirse en una crítica social de las relaciones que producen la explotación animal.
El animalismo como ética individual
Una parte importante del movimiento animalista se estructura en torno a decisiones de consumo:
Estas prácticas poseen importancia moral y política. Pueden reducir daños, visibilizar contradicciones y crear formas de identificación colectiva. Sin embargo, resultan insuficientes si se presentan como el mecanismo principal de transformación social.
Desde una perspectiva marxista, el consumo no es un ámbito plenamente autónomo. Está condicionado por los ingresos, la publicidad, la disponibilidad de alimentos, la organización del trabajo, el tiempo disponible para cocinar, la distribución territorial y la estructura general de la producción. El mercado no funciona como una democracia en la que cada consumidor dispone del mismo poder de decisión.
Por eso, la idea de que la simple acumulación de elecciones individuales acabará con la explotación animal puede convertirse en una forma de individualización del conflicto. El problema social aparece entonces como un problema de conciencia o de pureza personal: quienes consumen productos animales serían moralmente culpables, mientras que quienes modifican su dieta se considerarían políticamente emancipados.
La crítica marxista no tiene por qué negar el veganismo, pero sí debe rechazar la idea de que el veganismo sea, por sí solo, un modo de producción alternativo, el veganismo puede incorporarse al mercado y convertirse en una nueva esfera de acumulación, sin modificar las relaciones sociales que producen la explotación.
Otra vía consiste en reclamar leyes de bienestar animal: jaulas más amplias, transporte menos cruel, sacrificio menos doloroso, prohibición de determinados espectáculos o reconocimiento jurídico de los animales como seres sintientes.
Estas reformas pueden ser valiosas. Reducir el sufrimiento es preferible a no reducirlo. Sin embargo, una legislación bienestarista puede acabar legitimando la explotación que pretende humanizar. El animal deja de ser visto como una mercancía cruelmente tratada y pasa a ser presentado como una mercancía “bien tratada”.
Aquí aparece una contradicción central: el capitalismo puede aceptar ciertas mejoras en el trato a los animales siempre que no pongan en peligro la acumulación. Puede incorporar etiquetas de bienestar, carne “de mayor calidad”, productos veganos y estándares de sacrificio, al mismo tiempo que mantiene la estructura que convierte a los animales en unidades productivas.
El derecho, por tanto, puede ser un terreno de lucha, pero no una instancia neutral situada por encima de las clases sociales. Puede limitar abusos, aunque difícilmente abolirá por sí solo la propiedad productiva de los animales mientras la propiedad privada y la producción mercantil sigan organizando la sociedad.
La alternativa más potente es la desarrollada por Marco Maurizique plantea e interpretar la liberación animal como parte de una transformación general de las relaciones sociales, de forma que la liberación humana y animal sean procesos interconectados, no fines separados o contrapuestos. En este caso, el objetivo no es solamente mejorar el trato individual de los animales, sino abolir las condiciones que los convierten en mercancías y medios de producción y la pregunta que debemos hacernos no es “¿qué debemos hacer moralmente con los animales?”sino “¿qué relaciones sociales producen y reproducen la explotación animal, y cómo pueden ser transformadas?”
La cuestión animal se relaciona entonces con:
– la concentración industrial de la ganadería;
– la explotación de las personas trabajadoras;
– la precarización del trabajo en mataderos;
– la destrucción de territorios;
– la apropiación de tierras para piensos;
– la contaminación de aguas y suelos;
– la expansión de monocultivos;
– la subordinación de la alimentación al beneficio;
– la separación entre productores y consumidores;
– la alienación respecto de los animales y de la naturaleza.
La industria ganadera no explota únicamente a los animales. También explota a quienes trabajan en mataderos, granjas, transporte, procesamiento y distribución. El sistema produce una doble alienación: los trabajadores pierden el control sobre su actividad y los animales son reducidos a objetos productivos. La violencia no es solamente interpersonal; está inscrita en la organización económica.
La relación entre explotación humana y explotación animal no debe formularse de manera simplista. Los animales no son trabajadores asalariados ni sujetos políticos en el mismo sentido que los seres humanos. Tampoco deben ser identificados sin más con una clase social. Existe una diferencia fundamental entre explotación laboral, opresión política y utilización de animales como recursos.
Sin embargo, ambas formas de explotación comparten una estructura: la subordinación de una vida concreta a un proceso de valorización que le es externo. El animal no trabaja para realizar una actividad elegida por él; es integrado en una organización productiva que determina su reproducción, alimentación, movilidad y muerte. El trabajador humano, por su parte, vende su fuerza de trabajo bajo condiciones que tampoco controla plenamente.
La comparación, por tanto, debe ser estructural y no identitaria. No se trata de decir que los animales son proletarios, sino de observar cómo el capital organiza distintas formas de subordinación de la vida.
En la ganadería industrial, el animal aparece como:
– objeto de selección genética;
– unidad de conversión de alimento en carne, leche o huevos;
– soporte biológico de una mercancía;
– cuerpo sometido a ritmos productivos;
– residuo cuando deja de ser rentable.
El capitalismo no necesita considerar que los animales son inferiores para explotarlos. La explotación económica puede producir posteriormente una ideología que los representa como inferiores, intercambiables o carentes de individualidad. En esta línea, la teoría materialista invierte la explicación habitual: no necesariamente explotamos a los animales porque previamente los consideremos inferiores; también podemos llegar a considerarlos inferiores porque las relaciones sociales ya los han convertido en objetos de explotación.
El entronque entre animalismo y marxismo no es automático. El marxismo histórico ha presentado varias limitaciones:
Productivismo: Algunas tradiciones marxistas identificaron emancipación con desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas. Esto condujo a subestimar los límites ecológicos y a considerar la naturaleza como una reserva disponible para la planificación industrial.
Una perspectiva animalista obliga a preguntar si toda ampliación de la producción es emancipadora. Producir más carne, más leche o más bienes de consumo no significa necesariamente satisfacer necesidades humanas reales. Puede significar intensificar la explotación de animales y trabajadores.
Antropocentrismo: El marxismo clásico suele situar al ser humano como sujeto privilegiado de la historia. Esto tiene una base política comprensible: solamente los seres humanos pueden organizar conscientemente una transformación social. Pero de esa centralidad política no se sigue que los animales carezcan de valor moral.
Una posición marxista renovada debería distinguir entre:
– centralidad política de los seres humanos;
– superioridad moral absoluta de los seres humanos;
– responsabilidad humana hacia los seres capaces de sufrir;
– dependencia común de todas las formas de vida respecto de condiciones ecológicas compartidas.
La humanidad es el único sujeto capaz de transformar conscientemente las relaciones sociales, pero precisamente por eso tiene una responsabilidad especial hacia los animales y los ecosistemas.
Si toda forma de dominación se reduce a la contradicción entre capital y trabajo, la especificidad de la opresión animal desaparece. La explotación animal no puede comprenderse únicamente como un reflejo de la explotación humana. Tiene una dimensión propia: los animales son seres sintientes que no pueden representarse políticamente mediante los mecanismos habituales de la lucha de clases.
La cuestión animal obliga a ampliar la noción de sujeto de justicia. Los animales no pueden ser agentes políticos en el mismo sentido que las personas, pero sí pueden ser sujetos afectados por nuestras decisiones. La política deberá incorporar formas de representación, tutela y defensa de intereses que no dependan de la capacidad de participar directamente en la deliberación, para ello otros autores y corrientes que han trabajado en la intersección entre ecosocialismo, marxismo y liberación animal (Juanjo Álvarez y colectivos como Animal Liberation Currents) plantean una síntesis ecosocialista y antiespecista, que no obligue a elegir entre ecologismo y animalismo, sino en construir una perspectiva capaz de articular tres niveles:
1. el bienestar de los individuos sintientes
2. la continuidad de las especies y poblaciones;
3. la integridad de los ecosistemas y ciclos naturales.
Una política emancipadora debería evitar tanto el individualismo animalista como el holismo ecológico indiferente al sufrimiento. No basta con salvar especies si se acepta la tortura sistemática de millones de individuos; pero tampoco basta con liberar determinados animales si las condiciones ecológicas que sostienen la vida continúan destruyéndose.
Esta síntesis defendida por Animal Liberation Currents, podría denominarse ecosocialismo antiespecista. Y debería tener por principios:
– abolición progresiva de la consideración de los animales como mercancías;
– reducción drástica de la ganadería industrial;
– transición hacia sistemas alimentarios vegetales y sostenibles;
– protección de trabajadores y comunidades dependientes de las industrias ganaderas;
– planificación democrática de la producción alimentaria;
– sustitución de la lógica del beneficio por la lógica de las necesidades;
– protección simultánea de individuos, especies y ecosistemas;
– reducción del consumo material general;
– reconocimiento de la dependencia humana respecto de la biosfera;
– investigación de alternativas no letales en la gestión ambiental;
– representación política de los intereses de los animales;
– rechazo de la mercantilización de la vida.
La cuestión no es simplemente si debemos “ser buenos” con los animales. La cuestión es qué tipo de sociedad necesita producir sistemáticamente sufrimiento para reproducirse. Si la economía depende de transformar seres sintientes en mercancías, el problema no se resuelve exclusivamente mediante consumidores virtuosos o propietarios compasivos.
Podemos por tanto plantear queel animalismo no queda fuera del marxismo, pero tampoco puede ser absorbido sin más por él. Su aportación consiste en introducir una dimensión que algunas versiones del marxismo han relegado: la consideración moral y política de los individuos animales como seres capaces de sufrir y de desarrollar formas propias de vida.
Su entronque con la teoría marxista se encuentra en la crítica de la mercantilización, la propiedad, la alienación y la producción capitalista. El marxismo permite explicar por qué la explotación animal adquiere una escala industrial y por qué las decisiones individuales o las reformas jurídicas encuentran límites estructurales. El animalismo, a su vez, obliga al marxismo a superar su antropocentrismo, su productivismo y su reducción de toda injusticia a la relación entre capital y trabajo.
La tesis central podría formularse así:
El ecologismo marxista critica la apropiación capitalista de los ecosistemas; el animalismo marxista debe criticar la apropiación capitalista de los animales como cuerpos sintientes.
La convergencia entre ambos no exige borrar sus diferencias. Exige construir una política de transformación social capaz de reconocer que la explotación del trabajo, la destrucción ecológica y la explotación animal forman parte de una misma civilización mercantil, aunque no sean fenómenos idénticos. La emancipación humana quedaría incompleta si se limitara a liberar a los seres humanos para mantener intacta la dominación sobre el resto de los animales y sobre la naturaleza.
Referencias:
Marco Maurizi Beyond Nature. Animal Liberation, Marxism, and Critical Theory, Brill, 2021
Stephen F. Eisenman Socialism and Animal Liberation – a Necessary Synthesis November 6, 2016 https://animalliberationcurrents.com/author/stephenfeisenman/
J Luis Carpintero Avellaneda. Profesional sanitario jubilado y exprofesor de la UMA.
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