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La batalla de Girón

A medio siglo de la victoria

Fuentes: Rebelión

En la historia militar del mundo se recogen numerosos acontecimientos bélicos de renombre. Episodios sangrientos famosos, no por la sangre derramada y las vidas tronchadas y los recursos consumidos, sino por lo que significaron: por las artes de la guerra desplegadas, por su impacto en el curso de los acontecimientos, por los mitos que engendró. […]

En la historia militar del mundo se recogen numerosos acontecimientos bélicos de renombre. Episodios sangrientos famosos, no por la sangre derramada y las vidas tronchadas y los recursos consumidos, sino por lo que significaron: por las artes de la guerra desplegadas, por su impacto en el curso de los acontecimientos, por los mitos que engendró.

Ha poco teníamos en las pantallas un engendro jolivudesco sobre la batalla de las Termópilas, con el título de Los trescientos: Indigerible para los paladares exigentes. Un bodrio de antología. Puro pretexto para los malabarismos de trucaje, los celebrados efectos especiales y la expansión de la truculencia en boga mundial. A los espectadores – que no han conocido de cerca el horror de las guerras – siempre han llamado la atención estos hechos de armas difíciles de llevar a la pantalla por sus elevados costos. Imposible olvidar el espectacular y costosísimo filme de Serguéi Bondarchuk, La guerra y la paz, con la memorable escena de la Batalla de Borodino, conformada por 120.000 soldados, los Récord Guinness la consideran la batalla más grande jamás filmada. De semejante impacto fue para mí otro filme soviético de 1969, Osvobozhdenie, recreando la batalla de Kursk donde los nuevos tanques soviéticos T 34 se enfrentaban al tú por tú con los panzers germanos que aterraron a Bélgica y Francia al estallar la Segunda Guerra Mundial. Panorama inolvidable de violencia – calzada por un fondo musical impresionante – desde las alturas, en donde la vista de la sangre y el olor de la pólvora, de la carne chamuscada y los gritos de los heridos, no dañan la sensibilidad. La guerra es algo feo y los grandes generales la aborrecieron, tanto, como la amaron quienes se beneficiaban de ellas.

Nuestros pueblos de América no se han estado involucrados en bestialidades violentas como las ocurridas en Europa y Asia, pero también se han visto forzados a tomar las armas, principalmente para obtener la independencia y los cambios que no tuvieron otra opción. América también tiene sus hitos bélicos de significación. Hay hechos memorables que hoy en día tratan de rebajar algunos «revisionistas» del pasado. La legendaria batalla de Ayacucho, que puso el colofón a la dominación colonial española, batalla librada en la pampa de Quinua, ha sido minimizada con detallitos por aquí y por acá, con tal de rebajar su contundencia. Qué difícil para las grandes potencias – desbordadas de soberbia – admitir una derrota. La batalla de Girón, escenificada al sur de la Isla de Cuba a mediados de abril de 1961 no escapa a ciertas elucubraciones maliciosas. A pesar de los peros que se le ponen ha significado mucho, no solo en el plano político militar, como en el aspecto moral. Por eso, no solo por su 50 aniversario, la evocamos aquí.

Es bien conocido el apotegma de Karl von Clausewitz: «La guerra es la continuación de la política por otros medios». Muy cierto. Por medios letales, por la superioridad de las armas, mediante la ocupación y el régimen de vencedores. En la historia de Cuba, la guerra ha tenido peculiaridades dignas de comentar. Y momentos de significación. Pero, ¿qué es lo que impulsa a una política a convertirse en acción violenta? Apliquemos al caso de Cuba que hoy conmemora medio siglo. I: precedentes históricos mínimos

Hay una explicación histórica muy extensa que nace desde la injerencia estadounidense en la guerra cubana de liberación, la ocupación de la isla y la imposición de un apéndice constitucional que les autorizaba a intervenir en el momento que lo estimaran conveniente a sus intereses: la Enmienda Platt, vigente hasta su abolición parcial en 1934. Cuba fue desde 1902 un semi protectorado, un país dependiente de Estados Unidos y de sus intereses corporativos y geoestratégicos. En esta página podemos cerrar esta etapa previa de sometimientos con cinco palabras: Cuba se salió del huacal. Desde enero de 1959 el proceso revolucionario puesto en marcha empezó a dibujar una raya: se acabó la injerencia; se empezó a ejercitar la autodeterminación y la soberanía del modo más estricto; empezó a explorarse una vía alternativa a la de un país subdesarrollado, monoproductor y monoexportador de azúcar, dependiente de un solo mercado, atrasado tecnológica y culturalmente. Se le puso un límite a la geofagia latifundista y se aplicaron las disposiciones de la Constitución de 1940 que proscribían el latifundio: Reforma agraria. Punto de partida evidente e importante que marcó un parteaguas en las relaciones bilaterales entre Washington y La Habana. Ya no se pudo dictar o influir en las decisiones cubanas desde un acorazado, ni desde la sede estadounidense en La Habana, ni valieron presiones o amenazas desde la orilla del Potomac. Un lenguaje nuevo, recio, altisonante, retador, redignificado, configuró el duelo diplomático. La revolución en ciernes se proponía un modelo de desarrollo y de ejercicio político interno y externo con el cual discrepaba Estados Unidos.

Desde enero de 1959 con el desdén a las solicitudes de extradición a criminales de guerra como Rolando Masferrer Julio Laurent, y otros encausados por torturas y asesinatos y saqueo al erario público por la justicia cubana el gobierno de Estados Unidos mostró su inconformidad con el flamante gobierno revolucionario presidido por Manuel Urrutia. Menos gusto produjo la solicitud de salida, de los miembros de las misión militar que asesoraba al ejército de la dictadura. La hospitalidad que brindaron a los prófugos de la justicia fue interpretada como actos de agravio a la soberanía cubana e interpretación unilateral del acuerdo de extradición. La tensión diplomática que produjo fue agravada por las incursiones consentidas para sacar por vía aérea y marítima otros criminales que se habían ocultado. Pruebas no faltaron: el 2 de febrero de 1959 fue capturado el piloto Allen Robert Nye quien confesó que llegó con la misión de ejecutar a Fidel Castro. En marzo fue capturado otro aeronauta procedente de Estados Unidos, Austin F. Young, a quien se consignó como agente de la CIA, que intentó cambiar pesos cubanos extraídos por los prófugos batistianos y rescatar a varios ocultos en territorio isleño. La actividad de las diferentes agencias estadounidenses se multiplicó al calor de desarrollo del programa revolucionario. Naturalmente, extendieron la red operacional hacia la creciente resistencia y oposición criolla. La fomentaron con todos los medios a su alcance. Numerosos documentos desclasificados han ido demostrando los pasos que dieron en esa dirección. Pasos que iban más allá de las actividades que habían desarrollado en el país desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Dato muy significativo fueron las obstrucciones desplegadas para adquirir aviones, incluso ya contratados y pagados por el gobierno derrocado. Se estaba articulando una política especial contra el proceso revolucionario cubano. Una política que involucraba lineamientos oficiales amparados en una presunta secrecía.

El conflicto latente, desde antes del triunfo de la insurrección contra la dictadura batistiana, se agudizó al extremo de implementar pasos para «corregir» el rumbo del proceso de cambios en Cuba. La preocupación y el disgusto de los poderes fácticos con sede en Washington, ante el desmontaje del aparato de poder que facilitaba su hegemonía local fue dando paso a la elaboración e implementación de una política especial de contención y aplastamiento del movimiento político social desencadenado en la isla. Las medidas de beneficio social tomadas por el equipo dirigente, habían ensanchado la base revolucionaria a tal extremo que su despliegue constituía ya un revulsivo ejemplo que afectaba a todo el continente. Los partidos democráticos liberales vieron la radicalización de sus bases y se dividieron. Las dictaduras sobrevivientes pusieron sus barbas en remojo y duplicaron los medios represivos. El problema de las hegemonías tradicionales, la doméstica, oligárquica y la externa, imperialista, fue puesto en tela de juicio, de modo que se sintieron amenazadas simultáneamente. Convergieron en frenar a toda costa el contagio revolucionario aplastando el epicentro de la alternativa.

Se puso en juego, el enfriamiento de las relaciones económicas, diplomáticas, culturales.a) en el primer rubro se evidenció en la negativa de cooperación para la estabilización monetaria; no conceder préstamos ni públicos ni privados; desaliento a las inversiones; entorpecimiento de las transacciones mercantiles tradicionales; disminución de las cuantías de las cuotas azucareras establecidas. b) las relaciones diplomáticas se tensaron con el intercambio de notas reclamatorias en un lenguaje cada vez menos discreto, incluyendo amenazas veladas. c) el intercambio de carácter cultural decreció súbitamente y los viajes turísticos sufrieron los rigores del diferendo.

Diplomáticos y agentes secretos comenzaron a trabajar en el diseño de un plan de oposición interna, que ya existía por la propia naturaleza de los intereses afectados, pero que podía ser alentado y multiplicado mediante el apoyo de Estados Unidos. Estímulo que trajera a la postre el empoderamiento de un gobierno acoplado a los intereses económicos, políticos y geopolíticos de Washington. Entretanto se daban pasos apresurados en una labor diplomática que juntara a todos los gobiernos del área – por identificación, temor, chantaje – a secundar el aislamiento de Cuba y su posterior capitulación.

La estrategia política sometida aceleradamente a la metamorfosis señalada por Clausewitz tenía previsto, desde el segundo semestre de 1959, cuatro desarrollos tácticos, para los cuales se poseían recursos, experiencias, mecanismos y complicidades. Especialistas en el tema, en uso de las fuentes desclasificadas, han podido establecer cómo, lo que en principio fue una inconformidad política, se transformó en un núcleo operativo de guerra encubierta. El presidente Eisenhower aprobó y encomendó a la CIA a principios de 1960 el plan de agresión presentado por la Agencia:

1.-Impulsar la unificación de los opositores dentro y fuera de Cuba para darle un cariz cubano a la empresa guerrera que se estaba articulando; 2.- Sufragar y dotar de medios eficientes para llevar a cabo la guerra propagandística que mermara el consenso popular: apelando a medios impresos y radiales; 3.- Apoyar la constitución de grupos subversivos al interior de la isla y la creación y abastecimiento de guerrillas para derrocar a Fidel castro con los medios que tumbó a la dictadura; 4.- Organizar, entrenar e infiltrar una fuerza paramilitar al mando de oficiales del antiguo ejército de la dictadura, bajo la jefatura de oficiales e instructores de Estados Unidos para realizar un operativo militar en Cuba.

Todos los ingredientes para hacer efectivo el planteamiento de que la «guerra es la continuación de la política por otros medios». Lo cual no la excusa ni la hace justa. Solo la explica.

II: hacia la Operación Pluto

Los lineamientos destinados a frenar y revertir el curso de la Revolución cubana aprobados secretamente por el presidente de Estados Unidos, D. Eisenhower, fueron encomendados a un grupo en el cual no figuraba un solo cubano. Fue constituida una Fuerza de Tarea, denominada WH/4 (Sección 4 de la División WH de la CIA). Esta tuvo la más completa exclusividad para organizar, dirigir y poner en ejecución – hasta ahí nada más – las operaciones armadas y propagandísticas contra la revolución cubana. Empezaron con 40 oficiales -8 en el Centro de Dirección, 20 en la Estación CIA de La Habana y 2 en la de Santiago de Cuba. En solo un año los encargados de llevar a cabo los operativos ascendieron a 588. Bajo el mando de quien había conducido semejante operativo contra el presidente Jacobo Arbenz en 1954. Un oficial de éxito y experiencia, Jacobo (Jack) Esterline, y éste bajo la supervisión del segundo al mando de la CIA: el Director de Planes, Richard M. Bissell.

Dinero no faltó. Con el documento aprobatorio de marzo 17 de 1960 se abrió una espita de recursos públicos que no se ha cerrado aun. El presupuesto inicial fue de 4 400 000 dólares, de los dólares de aquella época. Para actividades políticas, $950 000; para la propaganda, $1 700 000; la organización primaria de los grupos paramilitares, $1 500 000; y para las operaciones de inteligencia, $250 000. Los recursos de los contribuyentes estadounidenses llegaron a la cifra de 46 millones, cuando se llevó a cabo la batalla de Girón en abril de 1961. Añádase, de acuerdo a testimonios de varios reclutados, el aporte dinerario de consorcios que habían tenido negocios en Cuba.

La primera misión emprendida por la Fuerza de Tarea WH/4 CIA fue la de buscar la gente cubana que llevaría a cabo el plan diseñado y adoptado por los altos mandos estadounidenses. Algo se había adelantado. Desplegaron más recursos para traer a los núcleos de concentración a los antiguos oficiales de Batista sin delitos, (se coló un grupito de soldados y policías con crímenes sobre sus espaldas) que andaban desperdigados por República Dominicana, Panamá, México, Venezuela y Estados Unidos. Intentaron con éxito sacar a varios de ellos que aun estaban en Cuba. Desde luego, eso no bastaba ni debía ser predominante, porque creyeron que debía guardarse cierta distancia con los comprometidos con la dictadura. De modo que reclutaron a un buen número de jóvenes de la burguesía y de la clase media afectados por las reformas económico-sociales y a gentes asustadas y transidas de fobia anticomunista. Y para la fachada política opositora urdieron la creación del Frente Democrático Revolucionario (FRD), compuesto por veteranos políticos distantes de la dictadura derrocada: Antonio (Tony) Varona, Justo Carrillo, Aureliano Sánchez Arango y caras más novedosas como las Ignacio Rasco y Manuel Artime. El presidente Eisenhower, insistió en aplicar la política de la «negación plausible», debía ocultarse lo obvio. Hacer creer que eso era cosa exclusiva del exilio cubano. Trasladaron a la Ciudad de México, como sede, a la «jefatura» del FRD. El 22 de junio, proclamaron y radicaron en esa urbe la constitución de dicha organización.

Tarea de importancia fue la de ubicar el centro de entrenamiento principal. Unos grupos comenzaron en Useppa Island en el estado de Florida. Pero eso era contrario a los deseos manifiestos del presidente de esconder la mano estadounidense. En República Dominicana no podía ser ya, porque Trujillo estaba muy quemado y ya la CIA estaba estimulando su derrocamiento por un medio magnicida. No podía ser muy lejos de Cuba. Las regiones centroamericanas parecían idóneas por los regímenes adictos con los cuales contaban. Guatemala y Nicaragua fueron los asientos apropiados. Era territorio de aliados incondicionales: el general Miguel Ydígoras Fuentes en Guatemala y el clan de los Somoza en Nicaragua, se sumaron integraron a la alianza de guerra encubierta contra Cuba. El principal campamento de entrenamiento fue ubicado en la finca La Helvetia, propiedad del hacendad Roberto Alejos Arzú, localizada en el municipio El Palmar, Departamento de Quetzaltenango. En Retalhuleu, ingenieros estadounidenses con capital de la United Fruit y la CIA, construyeron una pista aérea, a un costo de un millón de dólares. Pronto la Base Trax, la principal y otros campamentos complementarios se inundaron de barracas, hombres y armas. El gobierno cubano obtuvo noticia por los más variados y disímiles conductos de lo que se estaba fraguando en La Florida, Guatemala y Nicaragua. Entre ellas, las argucias de desinformación.

Cuando se habla del renglón de la propaganda confiado aun orgulloso experto David Atlee Phillips, con un amplio curriculum en tareas clandestinas en Europa y en Cuba, suele destacarse a Radio Swan. Potente emisora establecida, en la islita de ese nombre en las cercanías de Honduras, el 17 de mayo de 1960. Famosa por la cantidad de fantasiosas noticias que asustaron, estimularon y apoyaron a la contra: supuestas leyes, defecciones, combates, sabotajes. No era cosa de mentes calenturientas, sino desinformación, confusión bien calculada. Pero la CIA trabajó mucho más allá de esas locas trasmisiones y de los millones de volantes que arrojaron sus aviones sobre la isla. Su antigua y bien aceitada red de medios produjo una cantidad impresionante de informaciones, artículos, editoriales, reportajes que se ramificaron a todo el mundo, en las más diversas latitudes y lenguas.

La evidente disposición agresiva de Estados Unidos fue un catalizador del descontento anidado en varios sectores criollos desde que se fueron implementando medidas de justicia, beneficio social, de empoderamiento y apoyo popular. No sólo surgieron organizaciones en el exterior bajo el signo de la contrarrevolución – en La Florida hubo como cien – también en la isla fueron muy variadas y no todas pequeñas como en Miami. La tarea de las estaciones de la CIA era la de unir ese abanico. En Cuba la embajada disponía de 300 funcionarios. Gente experimentada. Se esforzaron por crear dos bases importantes para llevar a cabo la subversión. Esta debía sincronizar las actividades urbanas y el refuerzo de grupos de alzados que ya existían en diversos lugares de Cuba, pero especialmente en la zona montañosa central, el Escambray. Hacia allí se dirigieron los envíos de armas y equipos, la infiltración de los primeros teams preparados en la Florida, Panamá y Guatemala. Algunas de estas operaciones tuvieron éxito, mucho menos de lo esperado. Puntualicemos: el plan inicial consistía en fomentar a gran escala la guerra de guerrillas. Pero de 68 envíos de materiales bélicos y de comunicación, 61 cayeron en manos revolucionarias, Quienes ya habían reducido los focos de alzados en el Escambray y otras regiones. Los tropiezos aconsejaron variar el plan original.

Dificultades económicas cayeron sobre Cuba: suspensión de la cuota azucarera importada por Estados Unidos, obtención y refinamiento del petróleo, desabasto de productos de primera necesidad Fueron paliadas relativamente mediante los convenios celebrados con la Unión Soviética a comienzos de 1960. Compra de azúcar y abastecimiento de petróleo y medios defensivos. Washington ordenó a las refinerías no procesar el «petróleo ruso». A partir de la nacionalización de dichas empresas y las reacciones estadounidenses se emprendió una relación de contragolpes económicos y políticos que culminó en la ruptura de relaciones a principios de 1961.

Mientras la jefatura de la CIA desarrollaba las tareas encargadas una serie de acontecimientos se agolpaban influyendo en el curso de los escenarios concebidos. El gobierno cubano consciente de la gravedad de la situación y con las experiencias precedentes como aviso se enfrascaba en la defensa necesaria. Estos preparativos acelerados desde mediados de 1959, reforzaron los mecanismos de seguridad, mediante la depuración y fortalecimiento de las nuevas fuerzas armadas. La fundación y expansión de las milicias populares. La creación de los Comités de Defensa de la Revolución a todo lo largo del país. El empleo a fondo de agentes de inteligencia y contrainteligencia. Desde luego eso no era posible si no se dotaba de las armas suficientes y eficientes. Estados unidos interponía todas sus influencias diplomáticas para impedirlo. No obstante, se consiguieron buenos cargamentos de fabricación belga. En el último envío se preparó un sabotaje – que han intentado desvirtuar con la excusa de mala manipulación de la carga, como si eso ocurriera frecuentemente – que ocasionó dos explosiones, numerosas muertes de cubanos. El vapor francés La Coubre, estalló en el puerto de La Habana el 4 de marzo de 1960. La Unión Soviética fue urgida a suministrar todo el material necesario para enfrentar la guerra en puertas. Guerra urdida finalmente bajo el nombre de Operación Pluto.

III: el campo de las decisiones El grandioso plan de la CIA estuvo a un tilín de frustrarse antes de ponerse en práctica. El 13 de Noviembre de 1960, en dos bases militares y la ciudad de Puerto Barrios se produjo un levantamiento militar contra Ydígoras Fuentes. Se calcula entre 45 y 120 oficiales, que tenía bajo su mando unos 3,000 efectivos, estaban implicados. Organizados en la titulada «Logia del Niño Jesús». Se pronunciaron contra la corrupción y desorganización del régimen pero también por la complacencia con las actividades emprendidas contra Cuba por Estados Unidos. Este sentir nacionalista fue expresado como una vergüenza a la soberanía guatemalteca. El gobierno de Ydígoras se comportaba como una marioneta. En los cuarteles de la CIA cundió el temor que la operación armada fracasase. Dieron órdenes a los campamentos de cooperar en el aplastamiento de la rebelión. Podría extenderse y adiós al plan Pluto. Pilotos cubanos y estadounidenses participaron en el ametrallamiento aéreo y bombardeo de los cuarteles y del aeropuerto de Puerto Barrios. Después de algunos combates en los departamentos de Zacapa e Izabal, el movimiento fue aplastado. No obstante, Eisenhower ordenó que unidades aéreas y navales estadounidenses patrullaran intensamente el Caribe para «prevenir» una «invasión cubana» contra Guatemala y Nicaragua. Irónicamente, quienes estaban metidos de lleno preparando una agresión armada contra Cuba, presentaban a ésta como inductora del movimiento de oficiales nacionalistas. Paradójicamente, los acontecimientos ocurridos en Guatemala, que no trascendieron a los medios, sirvió para que algunos de estos oficiales pronunciados como Luis Augusto Turcios Lima, Marco Antonio Yon Sosa, radicalizaran sus posiciones y fundaran el Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre, con reivindicaciones más avanzadas y a favor del campesinado.

A estas alturas – fines de 1960 – se iban acentuando sendos preparativos ante la inminencia de confrontaciones cada vez más graves. Una vez que estuvieron listos los primeros grupos entrenados, se procedió a infiltrarlos en Cuba. Por medio de estas infiltraciones fueron introducidos numerosos alijos en las playas de la isla. Los grupos dispuestos a la actividad contrarrevolucionaria violenta fueron abastecidos generosamente. Dinamita, rollos de mechas, detonantes, latas de fósforo vivo, granadas incendiarias, granadas de fragmentación, petacas incendiarias como cajetillas de cigarro, pistolas calibre 45, carabinas M-1, ametralladoras M-3, bazookas, ametralladoras calibre 30, relojes bomba, equipos de radio. Materiales que fueron extensamente utilizados en una campaña de acciones terroristas que dejaron significativos saldos sangrientos.

Desde luego, estos éxitos envalentonaron dentro y fuera de la Isla. Pero también tuvieron su efecto contraproducente. La actividad para aplastar la ola de atentados se hizo más recia. No sólo porque los órganos de la seguridad del Estado, el famoso G-2, penetró y desarticuló organizaciones, apresó agentes – declaró persona non grata, a funcionarios de la embajada estadounidense sorprendidos in fraganti en labores subversivas – y confiscó recursos bélicos y propagandísticos. En ello intervino de modo eficaz el sistema de vigilancia y control popular organizado por los Comités de Defensa de la Revolución. Igual debilitamiento de las actividades de apoyo con las cuales contó el plan final de invasión, el plan Pluto, tuvo lugar en los reductos de alzados. Particularmente, con el localizado en la región montañosa del Escambray que tenía este plan en miras.

Los enfrentamientos ocuparon todos los renglones entre Cuba y Estados Unidos. Se agudizó la batalla diplomática en todos los foros: la OEA y la ONU. El aislamiento progresaba lentamente y Washington tuvo que utilizar todos los resortes: presiones, promesas, cambios de régimen. Con la ruptura de las relaciones bilaterales y el cambio de presidentes en enero de 1961 se sospechó la acción inminente. Tardaría, un poco. El presidente entrante aprobó lo antecedido bajo ciertas condiciones. No habría intervención directa. Fue prudente. Demasiado riesgo. Podría ser sumamente contraproducente. La propaganda contra Cuba no había amenguado su prestigio internacional.

El duelo de inteligencia estratégica entró en su fase final. ¿Por dónde desembarcaría la brigada de la CIA? La sorpresa adelanta una victoria, la previsión también. La invasión por Casilda en las cercanías de Trinidad, en el centro sur de Cuba fue desechada cuando John F. Kennedy ya había entrado en posesión de la presidencia. Los altos mandos de la CIA le aseguraban el más completo éxito. Se decidió hacerlo en Bahía de Cochinos. No fue una mala elección si tenemos en cuenta lo fortificado que se hallaba el punto anterior y lo poco propicio de la zona pantanosa adjunta a la Ciénaga de Zapata. No obstante, era el lugar idóneo por su difícil acceso para afincar una cabeza de playa que permitiera asentar un gobierno ficticio – el Consejo Revolucionario Cubano que ya tenía a resguardo y había sustituido al Frente corroído por disputas internas – que solicitara de inmediato la intervención. Para facilitar la operación se pusieron en juego otros amagos de desembarco en el oriente. Los barcos con la brigada CIA, partieron bajo el amparo del gobierno de Nicaragua. INCENDIARIAS COMO CAJETILLAS DE CIGARROS, PISTOLAS DE DIVERSO CALIBRE,INCENDIARIAS, MMUn contingente integrado por unos 1200 efectivos.

La fase más violenta empezó el 15 de abril. Ocho aviones con falsas insignias cubanas bombardearon los aeropuertos de Ciudad Libertad, San Antonio de los Baños y el Antonio Maceo de Santiago de Cuba. Cinco aviones fueron destruidos: un Sea Fury, dos B-26 y dos aviones de transporte. Se pusieron a salvo un T-33 y varios cazas Sea Fury. Varios cadáveres dejó la acción. La señal quedó clara: empezaba la operación. Esta fue la ocasión aprovechada para proclamar al día siguiente la orientación socialista optada por la Revolución Cubana. De modo, que no había duda de la causa por la que se salía a luchar. El respaldo popular mayoritario estuvo fuera de duda. Se procedió a neutralizar drásticamente el potencial apoyo de los grupos contrarios, un millar de detectados fueron arrestados, pero la acción fue mucho más allá y se detuvieron unos 20,000 desafectos, lo cual fue muy efectivo. Otros se dieron a la fuga descabezando las estructuras. El 17 de abril se produjo la invasión por Bahía de Cochinos, Playa Girón y Playa Larga. Fuerzas paracaidistas aterrizaron más adentro para controlar los tres caminos de acceso al lugar del desembarco. La comandancia cubana reaccionó con rapidez y fuerza. Estaban conscientes que no podían permitir el asentamiento. Los pocos aviones que eludieron el bombardeo del día 15, atacaron y derribaron a los B-26 que apoyaban a la brigada CIA y de paso seriamente averiados los buques Houston y Río Escondido con toda la carga. La infantería tuvo que lidiar con los pantanos que bordeaban los accesos. Contraofensiva que alcanzó su mayor despliegue e intensidad el día 18, protegidos por el fuego artillero de los recién estrenados cañones soviéticos., los cuales eliminaron las privilegiadas posiciones de la brigada que causara fuertes bajas milicianas. Tuvieron que retroceder hacia Playa Larga primero y hacia Playa Girón después ante el impetuoso avance cubano.

Al amanecer del día 19 la brigada 2506 quedó acorralada en Playa Girón, sin apoyo aéreo, casi sin parque. Unos empiezan a rendirse, otros se internan en la Ciénaga por el momento. El hálito de la derrota los envuelve. Las milicias revolucionarias no se les habían unido como les habían pronosticado, por el contrario les habían combatido con ardor. Habían sufrido 114 bajas mortales. En 66 horas han sido neutralizados. Esta etapa de la guerra encubierta tocaba a su fin. En la Organización de las Naciones Unidas se libraban las últimas escaramuzas en el terreno diplomático. Estados Unidos no logró ocultar su responsabilidad. A los ojos del mundo había sido derrotado.

La máxima del estratega chino Sun Tzu, «La guerra es el mayor conflicto de Estado, la base de la vida y la muerte, el Tao de la supervivencia y la extinción», fue la pauta decisiva para la joven revolución caribeña. Se jugó la muerte de un proyecto, de un destino alternativo. Y a muerte fue el enfrentamiento entre las fuerzas lanzadas por la potencia – con el uso de cubanos enemigos del proceso – y los cubanos que apostaron por defenderlo a sangre y fuego. Con un saldo siniestro de las partes en pugna se preservó la soberanía recuperada, la autodeterminación rescatada.

IV: consecuencias temporales

Cuando se examina la acción librada en aquellos días aciagos. Días de tensión, confrontación, euforia y depresión. Tiende uno más a valorar la significación de la victoria contra una fuerza militar muy bien entrenada y armada que no pudo cumplir con los objetivos que le habían encomendado los máximos jefes de la Operación. Como es sabido el número de bajas sufrido por los invasores fue de más de un centenar. Ya esos no pudieron compartir el impacto moral de los capturados, que fueron 1189. Mientras los partidarios del proceso revolucionario festejaban la victoria, a pesar del mayor número de bajas, dadas las condiciones y urgencias para desplegar la ofensiva, los derrotados sobrevivientes estaban moralmente aniquilados como pudo observarse en las pantallas de la televisión cubana, frente a la cual fueron interrogados. Muy pocos conservaron cierto nivel de entereza y coherencia. Les había pronosticado que si los capturaban serían fusilados en el acto, pero allí estaban testimoniando su fracaso.

Esos fueron los instantes en que Fidel Castro proclamó a voz en cuello que en Girón había tenido lugar la primera derrota del imperialismo en la historia americana. Una nueva leyenda emergía en los anales de las luchas antimperialistas del continente. Y le asistí toda la razón. No era solamente la derrota de la Brigada 2506, la evidencia del fiasco del proyecto de una cabeza de playa para que un gobierno ficticio reclamara la intervención estadounidense. Era la derrota de la más importante batalla en la guerra secreta que Estados Unidos había emprendido para revertir el proceso revolucionario. La antítesis de los ocurrido en Guatemala en 1954. Eso tuvo una repercusión fenomenal en toda la América Latina. Desde luego, no engendró un síndrome como el de Viet Nam, pero sin lugar a dudas tuvo un efecto desmoralizador. En lugar de aceptarlo sagazmente, la reacción del gobierno de Estados Unidos fue como es sabido, emprender una nueva aventura, con más sabor de revancha que de prudencia estratégica. La soberbia es mala consejera. Y la soberbia imperial es totalmente sorda y ciega. Hay numerosos ejemplos en la historia. No mucho tiempo después cavilaron y emprendieron la llamada Operación Mangosta. La cual concluiría durante la llamada crisis de Octubre o Crisis de los Misiles.

Una explicación de esa terquedad y miopía política sería la de la reacción entre vastos sectores del acrecido exilio de Miami. Con mucha ligereza se habló de traición porque no se había enviado la aviación de apoyo. Cuando la realidad es que el presidente Kennedy había mantenido la línea de Eisenhower: no implicar directamente a Estados Unidos. Y no sólo por esa razón hizo bien en no complicar más la situación negativa. Diría en primer lugar porque la CIA le había mentido, pronosticando una reacción de apoyo que ni se asomó. Los grupos subversivos urbanos estaban apresados y desmantelados. Los alzados del Escambray reducidos y ocultos. El pueblo y las milicias revolucionarias cubanas habían respondido fieramente a la agresión. Por otra parte, se temió – y eso se puede observar en las actas de las reuniones que tuvo Eisenhower para tratar el asunto – la reacción mundial y específicamente latinoamericana de tomar parte directa y descubierta.

Ese mito de «traición» de Kennedy a la Brigada de la CIA, porque no olvidemos que en todo momento tuvo esa total subordinación, la ha costado una leyenda negra, reforzada por el partidarismo Republicano de los exiliados más retardatarios de Miami. Identificados mucho más con esa derecha extrema que con los Demócratas acusados de liberales, como si ese fuera un pecado que los acercara al comunismo. Disparates del reaccionarismo.

Para la Revolución Cubana la invasión tuvo otra lectura nada halagadora. Estados Unidos estaba dispuesto a las más arriesgadas aventuras militares con tal de eliminar del mapa a un cambio que amenazaba no solamente con romper con el esquema hegemónico prevaleciente en la región, sino estimular transformaciones que además de herir intereses privilegiados de consorcios estadounidenses pudiera trastornar irremediablemente las estructuras complementarias de la dependencia hemisférica que contribuía a engrasar el funcionamiento del capitalismo estadounidense. Esa lectura era la lectura de la priorización extrema de la seguridad, de la defensa, que sería la prioridad de salvaguardar la autodeterminación. La voluntad de cambio, la elección de una alternativa era nada si no se ponía salvaguarda la voluntad de realizarlo.

De manera que la tarea esencial de este pequeño país, monoproductor y monoexportador de azúcar, subdesarrollado, de pocos recursos energéticos, falto de tecnología y de capitales para la acumulación indispensable para el desarrollo, fue la estar listos para la defensa. El tiempo dio la razón a esta previsión en el corto y en largo plazo. No sólo por la contumacia demostrada una y otra vez para torcer el rumbo revolucionario. Los planes agresivos y otras manifestaciones intervencionistas en otras regiones: Nicaragua, Granada, Panamá, Kosovo, Afganistán, Irak, son pruebas palmarias que no se puede descartar peligros de esa naturaleza.

La invasión de Girón fue una ominosa advertencia a la dirigencia revolucionaria cubana. En cualquier momento se podía producir otra aventura bélica contrarrevolucionaria. Esa legítima preocupación ha impedido constituir las precondiciones indispensables para la construcción del socialismo nacional. En alianza con la pertinaz oposición que apadrinó desde 1959 el imperialismo ha sostenido la contrarrevolución permanente como la estrategia principal con el propósito de resquebrajar o entorpecer la alternativa cubana. Si hacemos el recuento de los enfrentamientos de todo tipo que se han librado durante cincuenta años, podremos apreciar que la batalla de Girón fue un episodio. Un connotado episodio de una guerra silenciosa, encubierta, a veces sutil, en el terreno de la diplomacia, a veces abierta como la guerra económica que se ha implantado para conseguir por esos medios lo que no han podido por los otros. ¿Por qué esas expresiones guerreras se han mantenido? Sencillamente, porque la política – recordemos lo dicho por Clausewitz, que la guerra es la continuación de la política por otros medios – se ha mantenido: la política de impedir la plena realización de los objetivos de la revolución cubana.

La priorización de la seguridad generó una grave deformación en las prioridades de la construcción de la alternativa económico social. La urgente acumulación socialista, la indispensable revolución tecnológica, el desarrollo económico diversificado de larga data soñado, cedió el peso principal a la inversión militar. La supervivencia ocupó y ocupa el primer requisito. Hombres y mujeres, tiempo y técnica, preparación y energías, fueron forzadas en esa dirección. Eso ha tenido alto costo.

El papel del contraproyecto política terminó de orientarse a frustrar la visión de futuro que es el elemento movilizador, el fermento que nutre las esperanzas. Las prácticas de congelamiento y erosión diseñadas y puestas en práctica hoy buscan afectar la perspectiva positiva del cambio y fincar la percepción en un empantanamiento sin salida. La revolución cubana desde Girón para acá ha debido enfrentar retos que le ha impedido llevar a conclusión las bases cualitativas de un modo socialista de vida en todas sus manifestaciones.

Frustrada no, inconclusa, la Revolución cubana es un proceso abierto…en la medida que las potencialidades endógenas sean atrabancadas por el continuo hostil que la erosiona sin vencerla. La revolución no ha podido concluir su experimento social primigenio. Los ideales fueron distorsionados parcialmente por una práctica de supervivencia que no ha dejado de estar vigente. El modelo tuvo que subordinarse bastante a una práctica posibilista. A pesar de tan adversa situación y de la desaparición de una buena parte de la generación que libró las primeras grandes batallas por defender la elección soberana de un mundo alternativo, los componentes activos de esta voluntad reivindican su inconformidad con el actual estado de cosas y se niega arriar las banderas enarboladas. Y se mantendrán mientras el ímpetu patriótico de Girón haya sobrevivido.

Salvador E. Morales Pérez – Instituto de Investigaciones Históricas Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

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