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Abu Mazen, el cocinero del gobierno de Israel

Fuentes: Rebelión

Un proverbio árabe dice que «si tienes cocinero ¿para qué te vas a manchar las manos?» En la abultada lista de acciones que Israel lleva a cabo contra el pueblo palestino, no es algo nuevo el reclutamiento de individuos para que colaboren a favor de los objetivos del sionismo y en contra los intereses de […]

Un proverbio árabe dice que «si tienes cocinero ¿para qué te vas a manchar las manos?»

En la abultada lista de acciones que Israel lleva a cabo contra el pueblo palestino, no es algo nuevo el reclutamiento de individuos para que colaboren a favor de los objetivos del sionismo y en contra los intereses de la mayoría palestina.

En 1951, durante una visita a la mezquita de al-Aqsa, en Jerusalén, el rey de Jordania Abdalá resultó muerto por los disparos de un palestino descontento con los tratos particulares que mantenía con los dirigentes del movimiento sionista en beneficio propio y a costa de los derechos de los palestinos. El nombre del comando al que pertenecía el justiciero, Mustafá Shukri Usho, al parecer un sastre de 21 años, es del todo evocador: Brigada Dinamitera Árabe.

Posteriormente, los sionistas utilizaron durante una etapa de la ocupación de Cisjordania a varios alcaldes pro jordanos de pueblos pequeños para contrarrestar la creciente fuerza de los líderes de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Esta operación realizada en 1981 se bautizó con el nombre de Plan de la Liga de los Pueblos. A cambio de favorecer a unos pocos alcaldes, éstos se ocuparían de mantener sujetos a sus vecinos.

El escaso éxito de la operación no disuadió a los sionistas, que han seguido hasta la actualidad con una política de fomento del colaboracionismo y de división de las masas, algo típicamente colonialista, además de la represión general de la población. El movimiento islamista ahora demonizado y acosado no encontró oposición en sus comienzos porque se le consideraba un buen freno a la resistencia de la OLP.

Durante la Intifada que dio comienzo en 1987 y en muchas ocasiones después hasta el día de hoy, Israel ha contado con un buen número de colaboracionistas. Esta cuestión ha dado lugar a estudios y publicaciones por parte de diversos autores y organizaciones (Andrew Rigby 1997, PHRMG 2002, etc.) y ha sido muy debatida en el seno de la sociedad palestina, así que no tiene interés dedicarle espacio aquí.

No obstante, de forma general hay que decir al menos que existen dos tipos de colaboracionistas. Por un lado están las personas que a cambio de recibir dinero u otro beneficio, realizan por encargo de los sionistas un cometido concreto o una serie de actos. Esto comprende una variedad de actividades. Una de las más conocidas es la de facilitar la localización de un líder de la resistencia a los agentes israelíes que llevan a cabo los «asesinatos selectivos». Yahya Ayyash, «el ingeniero», murió en enero de 1996 al utilizar su teléfono móvil, al cual miembros del Shin Bet (servicio de seguridad interior de Israel) le habían adherido un explosivo. Un primo suyo se lo entregó con el dispositivo instalado a cambio de una recompensa. Si los agentes israelíes consiguen con tanta frecuencia y acierto eliminar a líderes de la resistencia, lamentablemente es porque no faltan colaboracionistas que facilitan enormemente su labor.

Por otro lado están las personas que por diferentes problemas personales se ven abocados en mayor o menor medida a colaborar con la ocupación israelí. Los drogodependientes y los que tienen deudas forman parte de este grupo, pero también otros que sencillamente buscan un alivio para situaciones difíciles, por ejemplo, un hijo enfermo que precisa medicinas que están fuera de su alcance.

Salta a la vista la diferencia entre unos y otros aunque el efecto sea igual de nocivo para la causa palestina. No hay que extrañarse de que existan colaboracionistas porque los palestinos son seres humanos como los demás. De la misma manera, algunos judíos, también por dinero, venden armas a los palestinos e incluso han colaborado en el desarrollo de operaciones de martirio (mal llamadas ataques suicidas), en particular transportando a sus autores hacia el lugar de la operación en Israel. Sin embargo, llama la atención el elevado número de colaboracionistas palestinos y es quizás una de las más graves consecuencias del enorme poder destructivo de una ocupación tan longeva e inhumana como la israelí.

Hasta aquí un asunto nada nuevo, aunque se ha traído a colación para comparar el numeroso y relativamente conocido grupo de colaboracionistas «corrientes» con el pequeño y casi invisible grupo de colaboracionistas que a la vez son líderes del pueblo palestino. Son pocos los que consideran colaboracionistas a los que por su condición de altos representantes políticos del pueblo palestino se les supone automáticamente ajenos a la colaboración con el ocupante, inmunes a sus corrupciones y acaso también libres de tentaciones tan repugnantes como humanas, o sea, poder y dinero.

Además, entre los partidarios de la causa palestina se evita reflexionar sobre esta cuestión. Principalmente porque gran parte de la gente que se considera de izquierdas no se siente cómoda con el Islam político o incluso le repele, por tanto prefieren que fracase o hacerlo fracasar si es preciso.

Por supuesto, también está la izquierda de la «alianza de las civilizaciones» y otras agregadas al imperialismo con mayor o menor ímpetu (por ejemplo el laborismo británico y el socialismo español respectivamente, que comercian con armas y mantienen estrechas relaciones militares con Israel), que son en realidad aliadas del sionismo, el cual es sin paliativos de extrema derecha.

Parece que la afinidad cultural e incluso religiosa pesa más que la defensa de los derechos humanos y el apoyo a los pueblos bajo ocupación que se supone caracteriza a las formaciones políticas de izquierda. Abu Mazen y su partido Fatah -otrora considerado en Occidente una formación terrorista- son hoy los moderados y dialogantes socios en el (así llamado) proceso de paz, mientras que Ismael Haniyeh y Hamas son los terroristas y extremistas contrarios a la paz.

Esto, aunque parezca una aberración imposible a primera vista, se ve con claridad meridiana en el trato que están dando las democracias occidentales al gobierno limpia y democráticamente elegido en enero de 2006 en los Territorios Ocupados por los palestinos y en la forma en que son castigados por haber elegido al gobierno que no gusta en Occidente.

Es cierto que un palestino que por dinero informa a agentes israelíes del paradero de un resistente, a sabiendas de que su información lleva aparejada la muerte de éste, es calificado como colaboracionista y como tal es tratado por la resistencia que cuando puede ejecuta al traidor. Sin embargo, no reciben la misma calificación y mucho menos el mismo trato los líderes que colaboran con el ocupante.

No cabe duda de que éstos no son considerados colaboradores generalmente por la gente y es inútil persuadirles de que lo hagan. Por ello, es mejor observar sus actuaciones y determinar si son beneficiosas para la causa palestina o para Israel, o sea, si son propias de dirigentes de un pueblo que resiste la ocupación militar, sufre su violentísima represión y es víctima indefensa de un genocidio, o son propias de colaboracionistas que tienen otras prioridades.

En menos de un año, el tiempo que hace que Hamas se hizo cargo del gobierno por voluntad popular, los líderes de Fatah, el partido castigado en las urnas por esa misma voluntad debido a su corrupción y falta de logros en la lucha nacional, ha torpedeado la acción del gobierno legítimo en una escalada que ha ido desde la toma de decisiones políticas comprometedoras cuando ya estaban gobernando en funciones, el uso ilegítimo de los fondos nacionales antes de que el nuevo gobierno pudiese controlarlos, el acoso mediante protestas y huelgas políticamente manejadas, el planteamiento de exigencias antidemocráticas en la formación del gobierno de unidad nacional, la no colaboración con el gobierno, tanto dentro de los Territorios Ocupados como en las delegaciones internacionales y ante los organismos regionales y mundiales, la amenaza de disolución del gobierno y del parlamento y el anuncio de elecciones anticipadas, la provocación y el enfrentamiento directo y violento con el gobierno, hasta la colusión con Israel, Estados Unidos y la Unión Europea, para desalojar a Hamas del gobierno mediante diversas operaciones, en particular de dos maneras principales: por un lado la captación de dinero de esos países para el pago de los sueldos y equipamiento de los miembros del servicio de seguridad del presidente Abbas y sus colaboradores; por otro los acuerdos con aquellos países sobre espionaje político y asistencia militar, o sea la formación de las tropas presidenciales.

La situación no puede ser más grave para los palestinos. Es imposible alcanzar los fines nacionales e incluso resistir la ocupación, si a la lucha contra el enemigo sionista hay que sumar al mismo tiempo la lucha contra el enemigo interno. Este deterioro de la causa palestina ha sido progresivo y viene desde los tiempos de Arafat, ya que por un lado su estilo de gobierno favorecía las divisiones internas y por otro porque pactaba con Israel en detrimento de su pueblo.

Por aquel entonces, aún más que ahora respecto de Mahmud Abbas, que no tiene ni su autoridad ni su carisma, era casi tabú criticar a Arafat, menos aún considerarle un colaboracionista. Sin embargo, el cáncer del colaboracionismo crecía imparable entre los dirigentes palestinos y hoy no tiene marcha atrás. Su resultado es claro: palestinos que se colocan frente a su pueblo y al lado del opresor, los Mazen, Dahlan, Erekat y otros.

Los israelíes -arropados por Estados Unidos y la Unión Europea- han aprovechado muy bien su poder de coerción y corrupción para exacerbar el sufrimiento del pueblo palestino y las debilidades de sus líderes y hoy día no pueden desear nada mejor: si los palestinos se matan entre ellos ¿por qué no ayudarles? Se dota de armas a los cuerpos de seguridad del presidente, se le recibe con alfombra roja, se le fotografía con Blair, Rice y Solana, se convence a la opinión pública mundial de que todo esto es un proceso de paz y, al mismo tiempo, se aumenta el sufrimiento de los palestinos hasta el límite para que se cumplan las palabras del líder sionista, teniente general Rafael Eitan: «los palestinos son como cucarachas drogadas que se mueven como locas dentro de una botella».

Si se castiga muy duramente a la población palestina por un lado y por otro se ofrece una salida (por más que sea falsa) a unos pocos colaboracionistas, se siembra la discordia política interna y se mina la moral de la población. La maniobra de Israel y Occidente, como en el caso de Irak -en definitiva, la política colonialista- es clara.

Hamas tiene la responsabilidad de neutralizarla sin abandonar sus principios. Fatah la de renunciar -si aún puede- a convertirse en un instrumento de Israel en contra de su pueblo. Hamas está atado de manos y acosado por todas partes, Fatah está adormecido y corrompido. Como muchos líderes de la resistencia han muerto o están en la cárcel, parece que solamente quedan los palestinos de a pie para salvar la causa palestina: mujeres de Beit Hanoun como las que recientemente se ha visto en televisión dispuestas a defender a hombres palestinos, niños que siguen enfrentándose con piedras a soldados israelíes, también sastres e ingenieros dispuestos a dar la vida por la liberación…