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Aprender de Sudáfrica

Fuentes: The Electronic Intifada

Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos


El valor estratégico de la solidaridad internacional con el pueblo palestino en Gaza y Cisjordania, con los refugiados de la diáspora y con los palestinos que viven en Israel suscita algunas preguntas fundamentales. Las más inmediatas y urgentes son cuál debería ser la naturaleza de la solidaridad internacional y cómo debería ser el mejor apoyo a la lucha palestina por la autodeterminación.

La solidaridad internacional necesita ante todo afrontar las maneras cómo el colonialismo ha seguido y continúa siguiendo la política de bantustanización del apartheid de Sudáfrica. También es imperativo tratar los graves daños que los Acuerdos de Oslo han causado a la lucha palestina dado el grado de confusión que dichos acuerdos ha creado en la arena internacional.

Un análisis histórico del actual atolladero palestino no puede separar apartheid y sionismo del colonialismo. Como argumenta muy persuasivamente Samir Amin en [su libro] Unequal Development [Desarrollo desigual] , en la Sudáfrica del siglo XIX, el capitalismo y colonialismo centrales desposeyeron por la fuerza a las comunidades rurales sudafricanas para satisfacer su necesidad de gran cantidad de proletariado que explotara la enorme riqueza minera del país. La población originaria fue desplazada a zonas estériles lo que no les dejó más alternativa que convertirse en mano de obra barata de las minas y granjas europeas y, más adelante, hacer surgir la industria sudafricana. La desposesión inicial transformó lentamente a una sociedad vital y dinámica en mera mano de obra de reserva con una pérdida gradual de su independencia y, en última instancia, se transformó en la creación del apartheid y de los Bantustanes.

Sin embargo, este proceso no fue en una sola dirección: durante esta desposesión y conversión de Sudáfrica en un refugio de la supremacía racial la comunidad internacional fue movilizada por la lucha interna sudafricana y por una campaña de defensa coordinada por sudafricanos para protestar contra la flagrante creación de una mano de obra excedente y contra su inhumana y racista explotación de los negros sudafricanos. Hoy es el Estado de apartheid israelí el que es condenado por desposeer a la población originaria, aplicar contra ella una política de genocidio y, más recientemente, incluso amenazar con un «holocausto» a Gaza. A lo largo de los años sudafricanos como el arzobispo Tutu, Blade Nzimande y John Dugard han acusado a Israel de ser peor que el Estado del apartheid. Estos sudafricanos que vivieron el apartheid citan el uso de aviones F-16, helicópteros desde los que se dispara a la civiles indefensos, así como las demoliciones de casas y la detención de familias de personas sospechosas de ser «militates» como prácticas que hacen el apartheid israelí cualitativamente peor que el apartheid sudafricano.

Se pueden encontrar similitudes entre ambos Estados de apartheid en sus políticas de ciudadanía, su uso de la detención sin juicio y en leyes que limitan la libertad de movimientos y el derecho a vivir en la propia casa con la propia familia. Igual que el apartheid sudafricano otorgaba la ciudadanía a los blancos sudafricanos y relegaba a los negros a » homelands [tierras] independientes» (es decir, los Bantustanes), el sionismo concede a todos los judíos el derecho a la ciudadanía en el Estado de Israel, mientras que niega la ciudadanía a los palestinos, [que son] los habitantes originarios de la tierra. Mientras que el apartheid sudafricano utilizaba la raza para determinar la ciudadanía, el Estado de Israel utiliza para ello la identidad religiosa. Igual que el Estado del apartheid creó leyes que criminalizaban la libertad de movimientos de los negros en su tierra ancestral, Israel utiliza una infraestructura de ocupación militar compuesta de checkpoints, de asentamientos y carreteras sólo para judíos, combinada con miles de regulaciones legales que gobiernan la vida diaria palestina y que están específicamente diseñadas para restringir su forma de trabajar y de vivir.

Desde 1967 Israel ha detenido a una cuarta parte de la población masculina palestina y hoy en día tiene más de 11.000 prisioneros en sus cárceles, cientos de los cuales carecen de recurso legal. Muchas de estas personas encarceladas han pasado años en la cárcel por «crímenes» tales como entrar en Israel ilegalmente. Miles de familias palestinas viven bajo la amenaza de una separación forzosa o ya están separadas porque carecen de los permisos necesarios para vivir juntos, permisos que Israel se niega a emitir desde 2000. Estas políticas atacan al corazón de la vida familiar ya que los palestinos está obligados a solicitar a Israel permisos de reunificación familiar si quieren vivir juntos.

Durante los años del apartheid Sudáfrica estuvo sometida a la presión de la comunidad internacional y de organizaciones multilaterales como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que aprobó innumerables resoluciones contra ese país debido a su trato inhumanos hacia los negros. Esto proporcionó un muy necesitado socorro a los oprimidos, mientras que hoy en día a los palestinos se les priva incluso de este diminuto consuelo ya que Estados Unidos sigue utilizando su derecho a veto para asegurarse de que Israel escapa a la censura del organismo mundial.

Durante décadas la solidaridad internacional con el pueblo palestino ha desempeñado un papel extremadamente importante, aunque dialéctico, en aumentar esta lucha. Existe una indudable relación proporcional entre las diferentes formas de lucha en los territorios ocupados y la atención y solidaridad internacionales que es capaz de suscitar. Resulta inquietante que después de que Israel haya estado eludiendo durante quince años cada uno de los compromisos de los Acuerdos de Oslo y ocho años después del inicio de la segunda intifada palestina persista todavía firmemente arraigada en la sociedad civil internacional la creencia de que, en esencia, se ha resuelto la lucha palestina. De ahí la urgencia de una campaña de solidaridad internacional que exponga con toda claridad las similitudes entre el apartheid y el sionismo, así como las experiencias comunes de los palestinos hoy como pueblo desposeído y los negros sudafricanos bajo el apartheid.

Todos hemos sido testigos de cómo la comunidad internacional negó legitimidad a los resultados de las elecciones de 2006 en Palestina y cómo el pueblo palestino ha sido castigado colectivamente por su temeridad al elegir a sus dirigentes. Los sudafricanos tuvieron que esperar 27 años antes de que los dirigentes y el partido político que habían elegido estuviera en libertad para gobernarlos. Durante todos aquellos años rechazaron a todos los falsos dirigentes que les fueron impuestos, mientras que estos colaboracionistas eran celebrados por personas como Margaret Thatcher y Ronald Reagan. En una fecha tan reciente como el año 1987 Thatcher estaba lo suficientemente segura como para afirmar que «Nelson Mandela nunca sería presidente de Sudáfrica».

Al igual que el gobierno de Thatcher otros gobiernos del mundo fueron obligados a aislar al apartheid sudafricano. No lo habría hecho si no hubiera sido por la presión que sus propios pueblos ejercieron sobre ellos. Israel tiene que ser aislado exactamente de la misma manera que lo fue el apartheid sudafricano. Hoy existe una creciente lucha de masas dentro de Palestina, así como otras formas de lucha, exactamente igual que las había dentro del apartheid sudafricano. Un movimiento de solidaridad internacional intensificado con una agenda común puede hacer que la lucha por Palestina resuene en todos los países del mundo y cerrar así el mundo a los israelíes hasta que ellos abran el mundo a los palestinos.

Savera Kalideen es un activista sudafricano; Haidar Eid pertenece a la campaña de boicot, desinversión y sanciones (BDS, por sus siglas en inglés) y es activista en defensa de un Estado afincado en Palestina.