Recomiendo:
0

El holocausto

Celebarar qué, celebrar cómo

Fuentes:

Traducido para Rebelión por Carlos Sanchis

Fue una ceremonia impresionante: el secretario general de la ONU, presidentes, ministros, primeros ministros y notables de 40 países reunidos en Jerusalén para inaugurar el nuevo museo del holocausto de Yad Vashem, sólo unos meses después de que el planeta se congregara para conmemorar la liberación de Auschwitz.

Desde las palabras bien escogidas – como de costumbre – de Joschka Fischer, el Ministro de Exteriores alemán, a la cara torturada – como de costumbre – de Eli Wiesel, el profesional del holocausto, fue una conmemoración apropiada del crimen histórico.

Pero también fue una gran victoria para la diplomacia israelí. Los jefes de nuestra Oficina de Exteriores alardearon abiertamente de este logro político. Los invitados extranjeros se encontraron con los líderes israelíes y así le prestaron apoyo indirecto pero claro a la política de Ariel Sharon.

Juntos, subrayaron la ambigüedad de la conmemoración del holocausto en este momento.

Cuando uno de los mayores nazis encarcelados en Nuremberg supo de las primeras plenas dimensiones del holocausto, exclamó: «¡ Esto no se olvidará durante mil años!» Tenía razón. El holocausto fue ciertamente un crimen único en la historia.

Es difícil para los extranjeros entender que para nosotros en Israel la Shoah no es solo una cosa del pasado. Es una parte del presente. Un ejemplo: en el momento de abrir el museo, yo estaba volando de regreso de Europa. En el avión entré en conversación con un profesor israelí que no conocía anteriormente, y me habló sobre las diferentes fases de su vida. Advertí que pasó rápidamente sobre los años de su niñez. Cuando le pregunté, me dijo que había estado en Theresienstadt. No entró en detalles, por lo que yo no le pregunté que le pasó a su familia.

Del campo de concentración de Theresienstadt, la mayoría de los prisioneros fueron enviados a los campos de la muerte. Mi tía se suicidó allí, su marido fue enviado a Auschwitz desde allí y nunca más se supo de él. Recuerdo a este tío que se rió cuando mi padre decidió huir de Alemania en 1933. «¿Qué puede pasarnos aquí?» preguntó, » ¡ después de todo Alemania es un país civilizado!»

El impacto del holocausto no se restringe a la generación de los supervivientes. Una joven escritora me dijo una vez que sus padres habían pasado tiempo en los campos de la muerte. «no lo supe «, ella rememoraba, » nunca hablaron sobre eso. Pero cuando yo era una niña, supe que había un secreto horrible en nuestra familia, un secreto tan terrible que se prohibía preguntar por él. Eso llenó todo mi mundo de niñez de miedo. Aun ahora todavía me siento ansiosa e insegura.»

Casi cada día oímos historias que se vinculan a la Shoah. Uno no puede escapar. Uno no debe intentar escapar, tampoco. Olvidarse del holocausto es una clase de traición a las víctimas.

La pregunta es: ¿CÓMO recordar? ¿QUÉ recordar?

Después del Segunda Guerra Mundial, la Shoah se convirtió en el centro de la conciencia judía. Yeshayahu Leibovitz, el filósofo que era un respetuoso judío ortodoxo, me dijo una vez: «La religión judía murió hace 200 años. No hay nada ahora que una a los judíos de todo el mundo aparte del holocausto.» Eso es natural, porque cada judío sabe que si él hubiera caído en manos de los nazis, su vida probablemente habría acabado en una cámara de gas. Nosotros, en Palestina entonces, realmente estuvimos cerca de eso cuando el Afrika Corps alemán bajo el mando de Erwin Rommel se acercó a las puertas de nuestro país.

No hubo la necesidad de un cónclave de los Ancianos de Sión para convertir el holocausto en un instrumento central en la lucha para la creación de Israel. Era en sí evidente. Los sionistas habían mantenido desde el principio la razón que no puede haber existencia para los judíos sin un estado propio. La Shoah proporcionó una fuerza irresistible a este argumento.

Esto causó a los judíos en el Estado de Israel, el cual fue creado en guerra y se tuvo que luchar por su vida, ansiar una seguridad total, por lo que nos convertimos en un poder militar. Es imposible entender tanto lo bueno como lo malo en Israel sin tener en cuenta el impacto de la Shoah en nuestra conciencia nacional y personal. No fue ningún otro sino el fallecido intelectual palestino Edward Said, quién les dijo esto a sus compatriotas.

La centralidad del holocausto en la conciencia judía causó en los judíos la insistencia en su absoluta exclusividad. Nos conmociona y enfurece cuando alguien intenta recordarnos que los nazis exterminaron a otras comunidades, como la gitana, los homosexuales y los enfermos mentales. Nos enfadamos mucho cuando alguien viene y compara «nuestro» holocausto con otros genocidios: Armenios, camboyanos, Tutsis en Ruanda y otros. ¡Realmente! ¿Cómo pueden compararse?

El holocausto fue ciertamente único en muchos aspectos. Nada es comparable al exterminio organizado de un pueblo entero por medios industriales, con la participación de todos los órganos de un estado moderno. Puede ser que Stalin no asesinará menos, e incluso puede que más seres humanos que Hitler, pero sus víctimas eran sacadas de todos los pueblos y clases del Unión Soviética, y no se sometió a un proceso de exterminio industrializado.

Pero el concepto de la exclusividad del holocausto puede llevar a perversiones despreciables. Muchos entre nosotros defendemos que ninguna contención moral se nos aplique, porque «después de lo que nos hicieron» nadie puede enseñarnos lo que está o no permitido. «Después de la Shoah» tenemos el deber hacer todo lo que sea menester para salvar vidas judías, incluso por medios innobles. Nos permiten usar la memoria del holocausto como un instrumento de nuestra política exterior, puesto que Israel es el «el estado de los supervivientes del holocausto.» Nos permiten ahogar toda la crítica a nuestra conducta, puesto que es evidente que todas los críticas son antisemitas. Nos permiten explotar cada incidente insignificante, como la pintura de un esvástica en una lápida judía para demostrar que «el antisemitismo está en aumento» en el mundo y disparar la alarma.

Quiero persuadir que ahora, 60 años después del fin del holocausto, es tiempo para desprenderse de todo esto.

El tiempo ha venido a convertir la memoria del holocausto de una propiedad exclusivamente judía a una perternencia humana mundial.

El luto, la ira y la vergüenza deben convertirse en un mensaje universal contra todas las formas de genocidio.

La lucha contra el antisemitismo debe convertirse en una parte de la lucha contra todos los tipos de racismo, ya sean dirigidos contra los musulmanes en Europa o los negros en Norteamérica, los kurdos en Turquía, los palestinos en Israel o los obreros extranjeros en todas partes.

La larga historia de los judíos como las víctimas de la persecución asesina no debe causar que nos envolvamos en un culto a la auto-piedad, sino, al contrario, debe animarnos a tomar la primacía en la lucha mundial contra el racismo, los prejuicios y estereotipos que empiezan con la incitación vil de los demagogos y pueden acabar en genocidio.

Un pueblo semejante sería verdaderamente «una luz para las naciones.»