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Reseña de "El siglo de la gran prueba" de Jorge Riechmann, Ediciones Baile del Sol, Tenerife, 2013

Contra el desorden suicida y la pulsión de muerte de este mundo «grande y terrible»

Fuentes: El Viejo Topo

No es necesario dar cuenta detallada de las diversas, sólidas y numerosas aportaciones del autor en ámbitos como la poesía, el activismo social, la traducción, la divulgación cultural, la lucha universitaria, la crítica literaria, la política de la ciencia, el ecologismo y la filosofía moral y política. Jorge Riechmann [JR] es uno de nuestros referentes […]

No es necesario dar cuenta detallada de las diversas, sólidas y numerosas aportaciones del autor en ámbitos como la poesía, el activismo social, la traducción, la divulgación cultural, la lucha universitaria, la crítica literaria, la política de la ciencia, el ecologismo y la filosofía moral y política. Jorge Riechmann [JR] es uno de nuestros referentes más esenciales, un intelectual comprometido fuertemente, en la estela de Manuel Sacristán y Francisco Fernández Buey. Un autor (más que un autor) imprescindible. No hay exageración ni deslumbramiento acrítico en mi comentario.

El libro que ahora comentamos se abre con tres citas (¡ay, que fructíferas son las citas de JR! ¡No se pierdan la ironía del autor sobre ellas en el capítulo final del ensayo: «Epílogo: acerca de Jorge Riechmann»!). Sus autores: Imre Kertesz, Theodor Parker y Antonio Orihuela. Reproduzco la segunda de ellas: «Yo no soy un hombre que ame la violencia y respeto el carácter sagrado de la vida humana. Y sin embargo, afirmo solemnemente que haré todo lo que esté en mi poder para liberar a cualquier eslavo fugitivo de las manos de cualquier representante de las instituciones que intente volvérselo a llevar encadenado.» Estas palabras expresan bien, en mi opinión, uno de los nudos poliéticos esenciales desde los que el autor de Poemas lisiados ha escrito el conjunto de los artículos que componen este libro de hermoso y acertado título.

Componen los materiales de El siglo de la gran prueba trece trabajos, inéditos algunos de ellos, otros toman base en conferencias dictadas en diversos lugares circunstancias y, finalmente, hay también artículos ya publicados en revistas.

El primer escrito, «¿Socialismo en el siglo XXII?», recoge, recuerda y comenta una observación de 1992 de Francisco Fernández Buey: «No vale la pena abandonar las palabras, porque lo que hemos de hacer es reconstruir los conceptos (como tuvieron que hacerlo los cristianos cuando el Sermón de la Montaña se trocó en poder político despótico»). La tesis defendida por JR: la tarea de los militantes y activistas del siglo XXI es tratar de evitar lo peor. Quizá, acepta el autor, una frase análoga haya sido verdadera casi en cada situación histórica del pasado pero «ahora lo es en un sentido muy especial» (p. 13). ¿En qué sentido? En el siguiente: «Si no conseguimos dar forma a una sociedad industrial sustentable, por improbable que resulte (y es extremadamente improbable), en este planeta sobran miles de millones de seres humanos… Eso significa un genocidio inimaginable que puede iniciarse -que de hecho está prefigurado en el business as usual- en los próximos decenios». Todo nuestro esfuerzo, en su opinión más que razonable, debe encaminarse a evitar ese horror.

«Juan Gelman y el destino de nuestra esperanza» es el segundo apartado del libro. Escrito antes del fallecimiento del gran poeta, activista y periodista argentino, es un hermosísimo homenaje a su obra y a su persona. Finaliza con unos hermosos versos suyos: «La vieja llama no se apaga/ Las tormentas, las/ impiedades, todo/ lo que renuncia no/ le impiden temblar como un cuerpo deseado./ Insiste en el fracaso del mal…» (p. 23).

El tercer capítulo es una magnífica defensa de la poesía: ¿Por qué la poesía con la que está cayendo?». La respuesta más breve, muy en la línea de José María Valverde, diría: «porque somos seres de lenguaje». Los humanos somos seres «esencialmente lingüísticos, lo somos medularmente. El rasgo que más nos distingue de los demás seres vivos con los que compartimos la biosfera del lenguaje -la clase de lenguaje de doble articulación que es el nuestro, con su enorme potencia simbolizadora» (p. 25). Hay más razones: como la indagación, para desalinearnos, como crítica y utopía, para abonar nuevas propuestas para una enriquecida existencia humana, para caminar ligeramente, para compensarnos -«La creación humana puede compensar las carencias y frustraciones de otros deseos» (p. 31)-, como arte de vivir, por humanismo, para combatir senderos apocalípticos. En síntesis: «El principio del abominable mundo político-económico donde vivimos dice: todo es mercancía (y toda mercancía es por definición reemplazable). Por eso la poesía, hoy, no puede esquivar la insurrección, ni -en la preparación de ésta- la alianza con el humanismo.»

«Cansados de discursos que no conducen a nada» es una serie de anotaciones sobre el arte y la responsabilidad cívica. Una de las tesis centrales defendidas por JR: «La cultura como cortina de humo. El arte como maniobra de distracción. Intelectual, escritor, artista, poeta: tienes que decidir con quién estás» (p. 41). Sus comentarios complementarios: «A la cultura de relumbrón, con presupuesto ventripotente y glamour mediático, hemos de aprender a decir no. Un buen test es el siguiente: esa aportación cultural tuya tan abracadabrante y fundamental. ¿aporta algo a los campesinos de Guatemala? ¿Podrías defenderla ante una asamblea de esos campesinos?» (p. 43).

Componen «No ceder ante los desastres», uno de los apartados más importantes del ensayo, 35 anotaciones sobre la posmodernidad. Algunas de las tesis y reflexiones más centrales: 1. Podemos seguir siendo humanistas, ilustrados y marxistas pero con minúsculas. No escribiremos nunca más Razón, Humanismo, Proletariado. No regresaremos nunca al delirio megalómano de las mayúsculas. 2. «El 70% de la posmodernidad filosófica está en Nietzsche -que se vuelve a poner en circulación, las más de las veces en formato de cómic». 3. La posmodernidad, entre los intelectuales, «es antes que nada un fenómeno de pereza». 4. Los posmodernos se «acomodaron dentro del capitalismo financiarizado con las mismas expectativas de protección que un faraón egipcio dentro de su tumba: al menos un ratito de sosiego. Pero lo que los cobijaba no era un pétrea pirámide, sino una sombrilla de papel» (p. 82)

«Siete notas sobre Nieztsche» describe al autor del Also sprach…, desde una perspectiva de izquierda no extraviada, como un tóxico, como el gran pensador anti-igualitario del siglo XIX, «en realidad de varios siglos». A la hora de buscar «pensamiento nutritivo… no seamos nietzscheanos. Seamos epicúreos, o espinosianos, o marxistas, no nietzscheanos. «Nietzsche, mientras no apliquemos exhaustivamente nuestro detector de segundos y terceros sentidos, pertenece a Wall Street; nosotros deberíamos estar más bien con Occupy Wall Street» (p. 87).

«Sobre la moral de la trasgresión» es el siguiente apartado. La posición defendida por JR es básica y sencilla: «ningún puritanismo, ningún sadismo. Con que fuéramos capaces de atenernos a eso…»

«Los tullidos de la interrogación (Sobre filosofía y poesía: merodeos)» sirvió de base en su momento para una conferencia dictada en el museo de Arte de Durango (Vizcaya). «El filósofo piensa, pero el poeta vela, dice un verso de César Antonio Molina. La fórmula es muy buena» (p. 101). Algunos, el autor del libro entre ellos, piensan y velan. Ambos son los tullidos de la interrogación, señala JR igualmente.

«Asustarnos de nosotros mismos», un artículo dedicado a Paco Fernández Buey, «que ahora está lejos», fue publicado en 2012 en Viento Sur, una revista dirigida por Miguel Romero, alguien, otro compañero más, que también ahora está lejos. «Nos asustamos demasiado poco. Asustarse de ser marxista es un buen comienzo, pero se queda corto».

El siguiente capítulo lleva por título «Estamos todos en peligro». Es un hermoso texto de prosa poética escrito en otoño de 2011, con toda la melancolía de la estación. «Ay, qué deseo de tumbarnos a descansar en cálido lecho; y qué paz posible en una poesía o un pensamiento que no remitiesen a nada fuera de sí mismo. Pero no debemos ceder» (p. 108).

25 anotaciones componen «El coche atropelló al gatito. El autobús esquivó a la tortuga». Aforismos, hermosos aforismos de inspiración griega (ampliada y matizada). «Vivir es aprender a morir, insiste el filósofo occidental. Vivir es aprender a desprenderse del yo, matiza el pensador oriental con una leve sonrisa» (p. 115)

Son 33 las anotaciones de «Un árbol de cien años para una casa de cien años», un escrito de 2012. La décimo quinta: «El amor al trabajo y el amor a la fiesta; y no ver esos dos amores como contradictorios, sino como complementarios. Ese ha sido, a lo largo de los siglos, el secreto de la supervivencia de los pueblos campesinos» (p. 123). La trigésimo primera: «Vive oculto, aconsejaba Epicuro. No ha de entenderse como una renuncia a la vida pública, sino como la invitación a participar en la vida pública de otra forma: una que se enfrente radicalmente a la sociedad del espectáculo» (p. 130).

El epílogo, «Acerca de Jorge Riechmann», es puro Jorge Riechmann. Además de la ironía de algunos pasos a los que ya nos hemos referido, varias joyas; «¿RB (Renta básica)? Bueno, pero a cambio de un SLO (Servicio Laboral Obligatorio)». «Nihilismo: en cada manzana de cada ciudad española, hasta de cada pueblo grande, una agencia de viajes y un negocio de fotodepilación. ¿En estos nos hemos convertido?». Una de las últimas: «Ha perdido la lleva. Pero piensa que ahora, posiblemente, está más cerca de poder abrir la puerta…»

Por si faltara algo, hay que recordar la hermosa edición del libro. A la altura de su contenido.

 

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