Este domingo 31 de agosto, desde el puerto de Barcelona, zarpará la mayor misión civil organizada contra el bloqueo de Gaza desde 2007. Veinte barcos de la Global Sumud Flotilla, cargados con harina, medicinas y material sanitario, surcarán el Mediterráneo para abrir un corredor humanitario.
Esta Flotilla no surge de la nada: forma parte de una corriente más amplia de desobediencia civil internacional. Cada barco que zarpa lleva detrás la memoria de marchas bloqueadas y cuerpos detenidos, y recuerda que cuando los gobiernos fallan, son los pueblos quienes se levantan para romper el asedio.
El genocidio en Gaza, de hecho, ha abierto una fractura ética entre los gobiernos occidentales y la conciencia de sus pueblos. No es un malentendido pasajero: es un divorcio. Mientras los primeros eligen la complicidad con el genocidio en Israel, la ciudadanía organizada se convierte en su contrapeso ético. Esa fractura ya se hizo visible en junio, en Egipto, cuando miles de activistas nos reunimos en El Cairo para la Marcha Global a Gaza. Queríamos caminar hacia Rafah, abrir un corredor humanitario frente al hambre impuesta, pero nos encontramos con controles, deportaciones, detenciones. La marcha fue bloqueada antes de empezar. Y, sin embargo, lo que parecía una derrota se convirtió en una victoria moral: el mundo vio que la sociedad civil internacional no estaba dispuesta a mirar hacia otro lado.
La Flotilla es la continuación natural de aquella Marcha interrumpida: el paso de las carreteras bloqueadas del Sinaí a las aguas abiertas del Mediterráneo. Si la Marcha puso el cuerpo en el desierto, la Flotilla lo pone en el mar. La lógica es la misma: cuando los Estados abdican de su deber de prevenir y frenar el genocidio, la sociedad civil activa mecanismos de protección simbólica y material. La marcha nos enseñó algo que ahora la Flotilla confirma: incluso cuando no se alcanza la meta, la acción crea memoria, abre grietas, obliga a mirar. Donde los gobiernos levantan muros, la ciudadanía tiende puentes.
Entre quienes navegan por la vida y quienes financian la muerte se abre la grieta que define a nuestro tiempo. Se suele decir que Europa no hace nada frente a Gaza. No es cierto. Europa actúa, pero del lado equivocado. Mientras la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional acuerdan medidas para frenar el genocidio, la Unión Europea desobedece y mantiene intacto el acuerdo de asociación con Israel. Y los gobiernos europeos siguen autorizando exportaciones de armas. Los mismos gobiernos que sancionan a Putin financian a Netanyahu. Esa es la hipocresía criminal que denunciamos: no hablamos de pasividad, sino de complicidad activa. Europa financia el genocidio con dinero público, lo legitima con diplomacia y lo protege con su geopolítica subordinada a Washington. Cada bomba que cae sobre Gaza lleva también el sello de los gobiernos europeos.
Frente a esa complicidad de la Europa oficial, emerge otra Europa: la de abajo. La que se organiza en plazas, universidades y muelles. La que levanta acampadas estudiantiles, bloquea barcos de armas, convoca huelgas de consumo y de hambre, y ahora zarpa con esta Flotilla. La diferencia no es retórica: un continente arma a los verdugos; sus pueblos se organizan para desarmarlos.
Barcelona no es solo el puerto de salida de la Flotilla: es un símbolo de la Europa que resiste desde abajo. Con Ada Colau de alcaldesa, fue la primera ciudad europea en romper relaciones institucionales con el apartheid israelí, en pleno genocidio. Ese gesto abrió una grieta política que tuvo repercusión internacional.
Luego vino el retroceso: con el cambio de gobierno, el alcalde Jaume Collboni restituyó esas relaciones. El gesto fue leído por Netanyahu y sus aliados como un triunfo, como la confirmación de que la complicidad podía normalizarse. Pero la historia no terminó allí.
Fue la presión de la calle –plataformas ciudadanas, colectivos solidarios, asociaciones vecinales y culturales– la que volvió a obligar a romper. Barcelona recuperó así su lugar de puerto de dignidad por la insistencia de una ciudadanía que no acepta la barbarie como normalidad.
En los últimos meses, esa tensión se ha agudizado: Israel ha vetado la entrada al propio alcalde Collboni, en un gesto que la ciudad calificó de “acto hostil” y que los alcaldes de Belén y Ramala interpretaron como un intento de aislar a Palestina de toda solidaridad internacional. Y al mismo tiempo, Barcelona ha anunciado la creación del Distrito 11 de Gaza, evocando la memoria de Sarajevo en 1995.
Esa tensión es la que define el alma de la ciudad. Barcelona no siempre está a la altura desde arriba, pero lo está casi siempre desde abajo. Y es esa presión la que convierte a la ciudad en referente internacional. Cuando los gobiernos estatales y europeos se subordinan a los verdugos, Barcelona recuerda que otra Europa es posible: una Europa que nace en plazas, calles y puertos, no en cancillerías ni en consejos de ministros.
La Flotilla lleva harina y medicinas, pero sobre todo un mensaje: el genocidio no se detiene con discursos, sino con hechos. No basta reconocer al Estado palestino ni lamentar las muertes. Hay que suspender el comercio de armas, romper relaciones institucionales, exigir la intervención de los cascos azules de la ONU, aplicar sanciones efectivas y ejecutar las órdenes de detención de la CPI.
Cada día que Europa no lo hace, se multiplica su complicidad. Cada barco que zarpa, en cambio, recuerda que la dignidad no se resigna. “Sumud” es perseverancia. Permanecer donde todo empuja a la huida. Permanecer sembrando olivos que quizá otro arranque. Permanecer enseñando en escuelas que mañana pueden ser escombros. Permanecer navegando, aunque el mar esté minado de prohibiciones. Ese es el hilo que une la Marcha y la Flotilla, Gaza y Barcelona, el Sinaí y el Mediterráneo: la terquedad de la vida frente a la maquinaria del vacío.
Lo más probable es que esta Flotilla no llegue a su destino. Donde sí va a llegar es a otra orilla: la de la memoria y la dignidad. Si algo enseña esta travesía es que la esperanza, en tiempos de barbarie, no es ingenuidad, sino desobediencia. Y que frente a gobiernos que arman a los verdugos, hay pueblos que insisten en navegar por la vida.
El domingo, cuando las sirenas del puerto anuncien la salida, no zarparán solo medicamentos. Zarpan también las preguntas que nos constituyen como comunidad política: ¿de qué lado de la fractura elegimos estar –del de los gobiernos que arman a los verdugos o del de los pueblos que insisten en navegar por la vida–? La Flotilla no pondrá fin por sí sola al genocidio, pero hará imposible decir que no lo vimos. Y, a veces, el principio de la justicia es ese: romper el silencio, abrir un paso, sostener la dignidad.