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Reseña del libro de Paco Puche, Amianto, una epidemia oculta e impune

Contra una industria criminal que sigue asesinando

Fuentes: Papeles de relaciones ecosociales y cambio global

Recordemos una información de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 2016: en el mundo hay 125 millones de personas expuestas al amianto en su lugar de trabajo. Más de 107.000 muertes anuales son atribuibles a esta exposición laboral. De los expuestos, una gran mayoría acaba con algún tipo de enfermedad. Además, un 30% […]

Recordemos una información de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de 2016: en el mundo hay 125 millones de personas expuestas al amianto en su lugar de trabajo. Más de 107.000 muertes anuales son atribuibles a esta exposición laboral. De los expuestos, una gran mayoría acaba con algún tipo de enfermedad. Además, un 30% más de afectados sobre la cifra anterior lo son por contaminación familiar. La población de los cuarenta países que siguen consumiendo amianto en la actualidad, donde no está prohibido, está en torno al 71% del total mundial.

En nuestro país, y aunque no sean los únicos desde luego, hay dos grandes activistas y conocedores de una de las industrias más criminales de la historia de la humanidad: Paco Báez y Paco Puche. En ambos casos, su implicación en las luchas, su solidaridad con la víctimas, su conocimiento no meramente teórico de las salvajes aristas de este bloque inhumano, infame y desarrollista, hace que sus escritos, sus conferencias y sus libros, estén llenos de pensamiento crítico y de un punto de vista fuerte y consistentemente humanista.

El libro que comentamos tiene al segundo Paco, Puche, como autor. El compromiso que señalamos se observa desde la dedicatoria: «A las miles de víctimas del amianto silenciadas en el mundo» y en el texto de Remi Poppe, ex diputado holandés, elegido para abrir el ensayo: «A excepción de la pólvora, el amianto es la sustancia más inmoral con la que se haya hecho trabajar a la gente; las fuerzas siniestras que obtienen provecho del amianto […] sacrifican gustosamente la salud de los trabajadores a cambio de los beneficios de las empresas» (p. 7). No es retórica, no es exageración, no es prejuicio izquierdista. Es descripción de lo que hubo, de lo que hay y de lo que seguirá habiendo.

Soledad Díaz-Gallego es la autora del prólogo de un libro que se estructura en 13 capítulos -«El amianto, conceptos fundamentales», «El ciclo de vida», «El origen del capital», «La industria tóxica»…-, el apartado de conclusiones y la bibliografía. Conviene para futuras reediciones un glosario (que se nos da parcialmente en el primer capítulo) y un índice analítico.

Conviene destacar aquí algunas de las tesis e informaciones más centrales de un libro que tiene la virtud de no presuponer conocimientos previos del lector. Le ayuda, poco a poco, a recorrer un panorama que podrá complementar con otras lecturas dadas en una bibliografía asequible y actualizada, y que no abruma:

1. Uralita hace referencia al oligopolio industrial que manejó el amianto (un mineral que se presenta en la naturaleza en forma de silicatos de hierro y magnesio) en España. La familia March era su propietaria en la época de máximo esplendor. Por el carácter «casi eterno» del amianto (del griego, incorruptible) asbesto (del latín incombustible) las empresas europeas que lo explotaron y distribuyeron se llamaron Eternit.

2. Se calcula que han usado amianto más de tres mil productos diferentes. En unos casos de forma directa, usando el llamado amianto friable, y en otros, en combinación especialmente con cemento, usando el que se dice que no es friable. El primero, el más fácilmente desmenuzable, es el más peligroso para la salud de los expuestos al mismo. Hablamos de mayor o menor peligrosidad por este orden: amianto blanco, marrón y azul. Menor peligrosidad no significa, por supuesto, inocuidad.

3. Su uso ha sido generalizado en muchos países industriales durante unos cien años. Se calcula que en Suiza una de cada dos casas tienen instalados cuadros eléctricos de distribución que contienen amianto. En Zurich hay unas 50.000 viviendas en estas circunstancias. Lo esencial del tonelaje mundial de amianto se encuentra en forma de fibrocemento (en 2005, el senado francés calculó que el fibrocemento representa entre un 65 y un 75% del total). La metáfora que nos presenta Paco Puche: «Esta diseminación hace que el amianto siga instalado universalmente y que, como una telaraña global, nos tenga a todos bajo sus redes» (p. 21). En una vivienda puede haber presencia de este material en 25 lugares, aparte de los utensilios. En techos, suelos, conducciones, depósitos, jardineras, aislamientos, planchas, termos, filtros de cigarrillos, tostadoras, etc.

4. Según la OMS, la exposición al asbesto en todas sus variedades, además de causar cáncer de pulmón y mesotelioma, puede causar cáncer de laringe y ovario. Se conocen desde hace muchos años su peligrosidad. En 1930, el inspector médico de trabajo británico, Edward Merewether estableció la relación causal entre la exposición al amianto y la asbestosis (lo que llevó al reconocimiento de la misma como enfermedad laboral en Gran Bretaña). En 1955, los trabajos de Richard Doll establecieron la relación entre la exposición al amianto y el cáncer de pulmón. Recordemos que en países como España se prohibió a principios del siglo XXI, y que sigue siendo legal en muchos países del mundo. En Cuba, por ejemplo (¿por qué?).

5. A pesar de todo lo señalado, el carácter mortífero del amianto sigue siendo desconocido para millones de personas en el mundo. Se habla, con razón, de una verdadera conspiración de silencio. En general, la ausencia de noticias en los grandes medios es la tónica dominante desde hace décadas.

6. Existen tres intentos de aproximación global al daño causado. Uno de ellos es el del propio autor. Los otros dos son los de la revista Lancet y el de Eun-Kee Park et al. Se habla todo ello en las páginas 47-51. Uno de sus cálculos: «si multiplicamos este número de fallecidos por mesotelioma (1.311.538) por 3,8, obtenemos el total de muertes por las tres enfermedades graves del amianto. La cantidad sería de unos 5 millones de muertes» (p. 50). Un genocidio industrial capitalista.

7. La situación del amianto en España se expone en el capítulo 8. Todo el consumo en nuestro país ha procedido de la importación de otros países, de Canadá y Rusia (de los montes Urales, de ahí el nombre de Uralita). El monto total ha sido de 2,6 millones de toneladas. Los años de mayor producción y consumo de amianto se dieron entre 1950 y 1990, con un pico en 1973 de 132.000 toneladas.

La otra cara de la moneda: antes de 2030, el 87% del amianto instalado habrá terminado su vida útil. Quedará entonces otra inmensa tarea no menos peligrosa, el desamiantado, que debe, que debería realizarse en condiciones adecuadas. Existe una normatividad al respecto que en muchas ocasiones no se cumple, con el peligro subsiguiente para los trabajadores no suficientemente informados, organizados y protegidos, muchos de ellos recién llegados a nuestro país.

8. El número total de víctimas en España, calcula el autor, podría estar entre 67.000 y 106.000, por exposición laboral, familiar y ambiental. La horquilla depende de las diferentes formas de hacer los cálculos. Carecemos, no por casualidad, de estadísticas seguras y completas.

9. El dolor y la tragedia de las víctimas es el tema del capítulo 9 del libro, uno de los más conmovedores. El relato de Maria Roselli estremece. La inhumanidad de Schmidheiny, un asesino en serie lo llama el autor, horroriza. Uno de los casos que golpea más, sin olvidar niños sudafricanos o los prisioneros de la mina Xinkang que trabajan para la empresa Shimian Asbestos Mine, es el de Eduardo Miño. «Ex vecino de la población Pizarreño y miembro de la asociación de víctimas, tomó una decisión que marcaría para siempre el camino de la lucha contra el asbesto. El 30 de noviembre de 2001, como último recurso de protesta ante la injusticia de ver como los responsables de las muertes por el asbesto gozaban de total impunidad, se quema a lo bonzo frente al Palacio de la Moneda, en la plaza de la Constitución, falleciendo al otro día debido a la gravedad de sus lesiones» (p. 109). En una carta de despedida a la opinión pública decía: «Mi nombre es Eduardo Miño Pérez […]. Militante del Partido Comunista. Soy miembro de la Asociación Chilena de Víctimas del Asbesto […] Ya han muerto más de 300 personas de mesotelioma pleural […] Hago esta suprema protesta denunciando […]». «Mi alma», señala finalmente Miño, «que desborda humanidad ya no soporta», no pudo soportar, «tanta injusticia».

10. El capítulo 13, que cierra el libro con las conclusiones finales, está dedicado al filantrocapitalismo pulvígeno. Son contundentes las críticas a la Fundación Avina/Ashoka, en manos de un millonario suizo que conocemos bien: Stephan Schmidheiny. Su sombra es alargada y contamina para mal, y para cubrirse con ropajes humanistas, a muchas ONG.

En síntesis, un libro imprescindible, que tiene, además, una gran virtud conceptual y poliética: nos enseña las entrañas de esta industria criminal y sirve de argumento para conocer el lado real y oscuro del sistema civilizatorio del capitalismo realmente existente.

«De lado de las víctimas o del lado de los verdugos», no hay otra, recordó hace ya años un gran poeta ecologista, maestro de muchos de nosotros, Jorge Riechmann. Paco Puche, ingeniero, científico concernido, no tiene ninguna duda: con las víctimas, contra los verdugos.

Salvador López Arnal, miembro de CEMS (Centro de Estudios de los Movimientos Sociales) de la UPF.

Fuente: Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, verano de 2017, n.º 138, pp. 179-181