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Acerca del Líbano (o sobre los límites del Imperio)

Cuando todo parece volar en pedazos

Fuentes: Rebelión

La historia del Estado de Israel está marcada por una prolongada sucesión de atropellos contra los pueblos vecinos, incluyendo reiteradas masacres de civiles indefensos, como la de Sabra y Chatila. Esa historia está habitada por aplastantes contradicciones. La legitimación de la existencia de Israel, la fuerza del movimiento tendiente a su creación, emergió del genocidio, […]

La historia del Estado de Israel está marcada por una prolongada sucesión de atropellos contra los pueblos vecinos, incluyendo reiteradas masacres de civiles indefensos, como la de Sabra y Chatila. Esa historia está habitada por aplastantes contradicciones. La legitimación de la existencia de Israel, la fuerza del movimiento tendiente a su creación, emergió del genocidio, de los tremendos resultados de la barbarie nazi. Y la lucha por asegurar su fundación se nutrió asimismo de actos terroristas, varios de ellos particularmente cruentos, que todavía son objeto de homenajes oficiales en territorio israelí. Es esa misma entidad política la que, más de cincuenta años después, encontramos empeñada en el masacramiento sistemático de palestinos y libaneses, argumentando que es víctima de atentados terroristas que exigen venganza. La lógica subyacente es que las vidas de una determinada religión y nacionalidad valen muy distinto que las de otra; y que el territorio propio debería ser un recinto sagrado e intocable, mientras que el ajeno es un espacio a atacar y ocupar con cualquier motivo más o menos especioso. Se evidencia allí la médula misma de los razonamientos nacionalistas, militaristas y racistas de todas las épocas, puestos en boca de un poder político agresor y belicista, que hace escarnio de toda una tradición de intelectuales críticos, luchadores sociales y revolucionarios inclaudicables de origen judío en diversas latitudes del mundo. Peor aún que la tortuosa trayectoria de la dirigencia israelí es el apoyo permanente, el azuzamiento apenas solapado, que el poder imperialista norteamericano brinda incluso, a los peores actos de aquélla. El país que se pretende cuna y ejemplo mundial de la libertad y la democracia, sigue empeñado en las «guerras preventivas», en el ejercicio abierto del terror de Estado so pretexto de «antiterrorismo», en el aplastamiento de cualquier experiencia de auténtica convivencia democrática, y en este caso utiliza a Israel como punta de lanza para mantener e incrementar su poder en una región que siempre le resultó esquiva. La secretaria de Estado y el presidente Bus hablan ahora de un «nuevo Medio Oriente», fantaseando con esa zona del mundo finalmente sometida a la «pax americana», y demoran toda acción en pro de un cese del fuego, mientras la fuerza aérea y el ejército israelí amplían su obra destructiva.

Difícilmente alguien hubiera podido imaginar un símbolo más claro de la impotencia, de la patética ficción que entraña la ONU, que el puesto de observación que voló en pedazos costándole la vida a cuatro funcionarios de la organización internacional. El poder de fuego, y el respaldo norteamericano que tenga detrás es lo que manda, y toda otra norma o consideración vale, literalmente, nada. Tal el mensaje transparente que el hecho transmite a las Naciones Unidas, y por extensión, a la humanidad toda.

Desde la vereda opuesta estas ominosas realidades nos convocan a la urgencia de movilizarse contra la guerra y la barbarie, de ejercer la denuncia contra las acciones israelíes y el descarado amparo que le brindan los EEUU. Deberían también suscitar la reflexión acerca de hasta cuando es sustentable tamaña inversión de valores, la distorsión ilimitada de términos decisivos como paz, democracia o libertad. El máximo poder mundial está devaluando su propio discurso, ganándose el repudio abrumador de la opinión pública en todas partes, revelándose con evidencia creciente como portador de una gigantesca hipocresía; mientras oculta cada vez peor sus entrañas, formadas por una sed inagotable de expansión a cualquier precio y de obtención de ganancias para el gran capital, a como dé lugar. Quizás el vastísimo arco de complicidades que sigue obteniendo entre los círculos del poder mundial hace engañarse a la dirigencia norteamericana actual acerca de la posibilidad de mantener sine die una política que crece cotidianamente en ferocidad. Tal vez el creciente descontento que suscita desde el lado de abajo concluya por enfrentarlo a límites infranqueables. Ningún Imperio ha sido perpetuo, todo poder opresor terminó por suscitar resistencias lo suficientemente fuertes como para contrarrestarlo. Está no será la excepción, en la medida de que nos encarguemos de que así sea.