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Chile

Cuerpos para odiar: deseos disidentes para una trans-escena

Fuentes: El Desconcierto

No soy legal, soy paria por excelencia, no aspiro a la inclusión, no soy un igual, no quiero ser un igual, prefiero habitar la diferencia», Hija de Perra.

FLORES TRAVESTIS PARA EL ACTIVISMO

Los procesos de indisciplina requieren siempre de la construcción de nuevas metodologías de creación, estrategias encarnadas que nos impliquen, protocolos para borronear, modelos de trabajos para alterar, deseos que nos atraviesen y que atenten contra los límites disciplinarios, esos espacios donde vivimos a diario. Porque necesitamos de lugares que nos permitan vivir en un cruce, saturados de imágenes y escrituras corporizadas. Y para eso tenemos el activismo: un lugar de creación y experimentación desde el cual nos hacemos un cuerpo. Desde muchos espacios se observa al activismo como un lugar incómodo. Sin duda para quienes no gozamos de las regalías de la comodidad identitaria ni estamos conformes con el régimen heterosexual dominante, el activismo no es sino un compromiso. Un activismo que nos tiene corriendo riesgos, tomándonos espacios, calles, páginas, muros, laboratorios, escenarios y facultades hasta contagiarles los bordes.

Es con estos deseos que se articula «Cuerpos para odiar«, inspirado en la poesía travesti de la poeta y activista Claudia Rodríguez, el primer montaje trans-escénico de la compañía Furia Barroka coordinado por el actor y activista CUDS Ernesto Orellana («Los justos») que integra a activistas de diferentes militancias de la disidencia sexual y los feminismos.

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El montaje ficcionaliza la reapertura de la mítica taberna de las flores travestis donde la Marilyn (Claudia Rodríguez), una travesti caníbal, que lleva a cuestas un glorioso pasado de pobre diva under, pasa las noches junto a un monstruoso grupo de varieté integrado por la drag king Choro Capone (Daniela Cápona), Lupe Sadilla (Wincy Oyarce), Victoria Gonorrea (Cristeva Cabello) y Lucha Puñales (Lucha Venegas), estas últimas travestis asiduas a las palabrerías que nos recuerdan cuánto del silenciamiento a estas estéticas trans hemos vivido. El escandaloso lugar es interrumpido por la llegada de una excéntrica madre al borde del colapso (Irina La loca), cuya misión es hacer desaparecer a su hijo, el niño puto (Josecarlos Henríquez): el cuerpo de un oscuro niño terrible en el que la Marilyn ve la posibilidad de concretar el deseo que siempre ha llevado para sí, esto es, llegar a su abyecta santidad a través del sacrifico por donde corra la sangre contaminada del niño.

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«Cuerpos para Odiar» se esfuerza por mostrarnos unas barrocas oscuridades escénicas que acompañadas de un humor negro y con explícita crueldad, quiere incomodar decididamente a una dramaturgia de los sentidos comunes. A su vez, el montaje se muestra indisciplinado a los rituales de la teatralidad e inclusive al arte de la performance, al rechazar las políticas de la «autenticidad» como soporte de acción. Quizás establece fuertes conexiones con el cabaret, aquel género popular de las artes escénicas, vinculado al humor político, montajes escritos en una semana, ensayados en tres días y presentados en pocas funciones en una frenética espiral que incluye los deseos críticos de contingencia. Aún así, este proyecto sabe que lo importante no es lo únicamente teatral, ni lo performático sino el andamiaje social, político y cultural que esto pueda permitir. Porque para ser rebelde hay que ser organizado.

Uno de los invitados a «Cuerpos para Odiar» de la compañía Furia Barroka, en su estética política, en sus jóvenes morenos y trabajadores, es el revolucionario del deseo homoerótico Pier Paolo Pasolini quien aseguraba que había un cine de prosa y un cine de poesía. «Cuerpos para Odiar», se ubica en ese límite de aquella cinematografía que vuelta imágenes se compromete con un relato poético, con más ironía que respeto a aquellas narraciones que sustentan el ya conservador relato de una temporalidad lineal que hablan las narraciones de «prosa» que insisten en aquello de los «doce pasos del héroe».

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Hija de Perra, nuestra inspiradora diva trash, en una hermosa presentación a la librilla que da el nombre a este montaje se preguntaba insistentemente ¿Y dónde están las travestis? para explicitar la ausencia de estas memorias en nuestra cotidianeidad. Claudia Rodríguez, activista travesti de larga data, escribió el texto que inspira este montaje.

«Cuerpos para odiar, poesía travesti» (autogestionado, 2014) es uno de esos libros donde la herida palpita en cada página saturada de tipografías diversas, imágenes biográficas y versos sueltos que desordenan la lectura en una página caótica, anarquista. El libro contiene a la ciudad, la biografía, las amigas travestis, los mitos urbanos, el imaginario popular, crónicas y poemas que dan nombre a aquellos que jamás la historia ha hecho parte. «Aunque ni siquiera lo entendamos, ni lo imaginemos, el no saber leer ni escribir nos construye como cuerpos para ser odiadas» dice Claudia Rodríguez.

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NUESTRO DERECHO A LA TRANS-FICCIÓN

Si el teatro político que trabaja en representar la mecánica de la dominación capitalista («hacer visible lo invisible») ha insistido en fisurar las estrategias oficiales del teatro hegemónico, poniendo el acento en los modos de producción de los montajes, sus esfuerzos siguen aún solo de la mano de profesionales de la actuación. En otros grados de compromiso, la propuesta situada de lo «trans-escénico» de «Cuerpos para Odiar» sustenta su posición en activistas que como trabajadores del sexo y la palabra encarnan ficciones sexuales locales, produciendo un continuo entre la performatividad de sus vidas y la representación escénica. Además, lo «trans-escénico» busca recuperar aquellas imágenes, cuerpos y habitus que están «más allá de lo invisible» pues no son ni siquiera inteligibles, cognoscibles o descifrable para una cultura heterosexual como la nuestra. Son aquellas coreografías del sentido silenciado, aquellas memorias y estéticas de sujetos del borde sexual, de las cuales sabemos muy poco, un conocimiento perdido que debemos recuperar como nuestro patrimonio sexual. En un país donde el patrimonio se entiende siempre en su sentido conservador, en un sentido de reconstrucción de edificios antiguos, donde el patrimonio lo constituyen idealizadas identidades pero donde los sujetos político-sexuales como los travestis siguen siendo negados de memorias y de un «rescate» patrimonial propio.

En estos mismos deseos de trans-ficción que vinculan a las ficciones sexuales con la escena y las imágenes, en producciones que organizan activismo y vida, dramaturgia con escritura performática, donde la palabra «actuación» parece salida de un baúl de artificios anticuados se encuentran también las producciones de lxs cineastas Camila José Donoso («Naomi Campbel») y Wincy Oyarse («Empaná de pino») presentes también en este montaje como una manera de explicitar la profundidad de un trabajo fílmico de disidencia sexual que ya lleva tiempo de trabajo.

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LAS POLÍTICAS DE LAS FICCIONES SEXUALES

«Cuerpos para odiar», se tendría que definirse alguna manera sería como una ficción sexual. Las ficciones sexuales son una importante estrategia para imaginar la posibilidad de una política sexual no normativa al interrumpir el imaginario consensuado de la realidad con provocaciones irónicas que tensen el estatuto de aquello que se nos impone como «lo real». Es por esto que una ficción sexual no es un concepto que se asocie a algo falso sino más bien es la posibilidad de poner en jaque nuestra idea normativa de «realidad». Toda ficción sexual es una teoría encarnada y toda teoría actúa en la esfera pública. Es por esto que mientras algunos desde sus sitios de poder sigan diciendo que el arte no cambia el mundo, nosotrxs activistas de la disidencia sexual, insistiremos en las prácticas artísticas como una posibilidad de transformar nuestro entorno, por el derecho a la ficción y a canibalizar la heterosexualidad. Porque el activismo no se contenta solo con cambiar una ley o tal demanda, sino que el activismo es sobre todo una búsqueda inquietante, apasionada y constante por cambiar la distribución de los poderes (simbólicos y bio-políticos), los mapas de identidad conocidos y las estéticas con las que vivimos a diario.

Todo esto siempre con el riesgo del fracaso.

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Las travestis no parecen tener derecho a una historia reciente, a reconocer sus culturas en un tiempo presente.

Es por esto que «Cuerpos para Odiar» del colectivo Furia Barroka, proyecto coordinado por el activista Ernesto Orellana más que un montaje teatral o un homenaje local, busca entregarnos esas insolentes imágenes de una resistencia sexual negada, todo esto hecho por activistas que entre el arte y la parodia levantan el lugar de lo trans-escénico como una política de experimentación siempre situada.

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CUERPOS PARA ODIAR Creación colectiva inspirada en la poesía travesti de Claudia Rodríguez. Dirección: Ernesto Orellana. Elenco: Claudia Rodríguez, Irina (la loca) Gallardo, Jose Carlo Henríquez, Wincy Oyarce, Lucha Venegas, Daniela Cápona, Cristeva Cabello y Miranda Astorga. Diseño Integral: Loreto Martínez, Alejandro Rogazy, Jorge Zambrano. Diseño Vestuario: Camilo Saavedra, Ignacio Olivares. Audiovisuales: Camila José Donoso y Wincy. Gráfica: Román.

Fuente: http://eldesconcierto.cl/cuerpos-para-odiar-deseos-disidentes-para-una-trans-escena/