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En el día internacional de la enfermedad mental

Cuidar y ayudar a enfermos y cuidadores

Fuentes: Rebelión

Para I. Baeza y A. Vidal. También para sus compañeros y compañeras. Si no ando errado se celebra este próximo sábado, 10 de octubre, el día internacional contra la tortura y el día de la enfermedad mental. Hablo de esta última celebración sin olvidar que la primera sigue teniendo plena vigencia en España y que […]

Para I. Baeza y A. Vidal.

También para sus compañeros y compañeras.

Si no ando errado se celebra este próximo sábado, 10 de octubre, el día internacional contra la tortura y el día de la enfermedad mental. Hablo de esta última celebración sin olvidar que la primera sigue teniendo plena vigencia en España y que la situación actual en este tenebroso territorio no es sólo la sombra proyectada y alargada de las salvajadas e inmundicias de la Brigada Político-Social del franquismo.

No sé qué organismo ha convocado esta jornada sobre la enfermedad mental. Acaso la OMS o la UNESCO. Ignoro incluso si en España para a tener alguna repercusión o si se va a celebrar algún acto más o menos institucional. Tanto da. Admito igualmente que esto días internacionales suelen tener poco efecto en el sustrato último de la realidad, que es la que realmente importa, y que en ocasiones se convierten en un despliegue publicitario para lucimiento «humanitario», dicen, en una perversión lingüística abyecta, de dirigentes económicos de grandes corporaciones, de «líderes» de opinión, de personajes de la jet, de miembros de la realeza borbónica y de algunos políticos, no todos desde luego, con ansias de arrancar votos sea como sea y a costa de lo que sea. Admitido está, también está advertido.

Sin embargo, el recuerdo de ese tipo de enfermedades (y de otras desde luego) es pertinente. Si no ando errado, se calcula que en España, con o sin diagnóstico, hay en estos momentos unos cuatro millones de ciudadanos y ciudadanos afectados por la enfermedad de la depresión que, desde luego y por lo que sé, no es la más grave de la enfermedades mentales. Cuatro millones decía, casi el 10% de la población. Con atención psicológica, con medicación en muchos casos, combatiendo contra el «destino» y sus vientos agitadores, es posible vencerla. Los testimonios se acumulan, las curaciones son conocidas por todos.

En otros casos, cuando aparecen otro tipo de enfermedades, no es tan fácil y la situación no es tan llevadera. El sentimiento de culpa, la incomprensión por lo que está sucediendo, están en el puesto de mando, penetran en la cabeza de todos nosotros. ¿Por qué a mi? ¿Cómo ha sucedido? Los nombres quizá no señalen nada, o apenas nada, a algunos de nosotros pero bipolaridades, neurosis maniaco-depresivas, trastornos graves de personalidad, suelen ser situaciones más difíciles que exigen mayor acompañamiento, mayor dedicación, mayor paciencia, energías permanentemente renovadas y renovables.

¿Qué puede hacer el ciudadano medio ante ellas? Varias cosas. Apoyar en lo que puede, con tiempo, comprensión e información, cuando la enfermedad no le es lejana. Tomar consciencia de ella cuando le es muy próxima y no girar la cara ni el afecto. Exigir o pedir razonablemente, como se prefiera, a las Administraciones un apoyo persistente y dotado dado que estamos hablando de los sectores más frágiles de nuestra comunidad. Admirar (y decirlo con palabras afables) y cuidar a un tiempo al grupo de cuidadores -médicos y médicas, enfermeros y enfermeras, psicólogas, celadores, acompañantes, asistentes sociales, educadores sociales, trabajadores de fundaciones de enfermos mentales (mi compañera es una de estas personas) – que día tras día, no es fácil, dan lo mejor de sí, y con la máxima entereza, para mejorar la situación no sólo de los enfermos sino también de sus familiares, en ocasiones afectados por la desesperanza, por el «no puedo más y aquí me quedo», e incluso por enfermedades afines.

Ni que decir tiene que la situación en algunos países es mucho peor que en el nuestro (las luchas científico-ciudadanas de la antipsiquiatría o la psiquiatría crítica en Europa y USA tuvieron sus efectos no siempre reconocidos y a menudo olvidados). ¿Se imaginan los efectos en este ámbito que puede haber ocasionado el último ataque asesino del Estado racista de Israel a la población palestina de Gaza? ¿Nos imaginamos lo que es vivir en esas circunstancias de asedio, tortura, violencia, represión, falta de horizontes, de vida sin vida? ¿Nos llegamos a imaginar los estragos mentales que pueden haber causado las dictaduras militar-fascistas de Chile, Argentina, Brasil, Nicaragua, Bolivia o Guatemala en sus poblaciones y, especialmente, en sus sectores más desprotegidos?

Los rojos españoles, y también desde luego los demócratas con arista poliética que no tomen ese color como símbolo, tenemos un motivo más para ser sensibles ante estas situaciones: la psiquiatría oficial del régimen franquista, con palabras huecas henchidas de cientificidad y ostentosa objetividad, quiso demostrar que ser partidario del socialismo o del comunismo no era sino una forma de manifestación de la locura, de alienación mental. Ellos, precisamente ellos, que rebosaban, felices de sí mismos y de sus crueles hazañas bélicas, de «cordura» asesina.

Un profesor y poeta enorme que se llama Jorge Riechmann lo ha apuntado con acierto en repetidas ocasiones: una sociedad buena se caracteriza básicamente por la atención que presta a sus seres más desfavorecidos. ¿No decimos nosotros que apostamos y luchamos por una sociedad buena? Entonces…, ¿qué esperan?

PS: Aunque quede mal decirlo en estos tiempos de olvido de la tradición filosófica marxista, el autor de esta nota ha aprendido mucho de Louis Althusser, quien por cierto, y como es sabido, sufrió una grave enfermedad mental y acabó al final de sus días en el delirio y la irracionalidad políticas. Una de las mejores definiciones de materialismo que yo conozco a él le es debida: no contarse cuentos, no contarse historias cuando no toca contarse historias. Mirar el mundo tal como es, sin estúpidas anteojeras dulzonas, irreales y, por ende a la larga, irresponsables.

Es buena norma pero no es fácil transitar por ella. Yo soy ejemplo de ello. Un familiar cercano que ahora tiene 17 años tuvo un brote psicótico en abril de 2008. Tuvo que estar ingresado en el hospital durante un mes. Nada que ver con aquellos centros de tortura y cuidado deshumanizado que suelen mostrarse. Nada, nada de nada. Un mes más tarde le dieron el alta y pasó al Hospital del día del mismo centro donde ha sido cuidado durante un año, con competencia, paciencia y dedicación, por psiquiatras, psicólogas, enfermeras, cuidadores,… en su mayoría mujeres. El dato de género, creo, no es irrelevante en este caso. Le han dado el alta este septiembre. Sigue medicándose, tendrá que medicarse durante mucho tiempo, acaso durante toda su vida, y ha iniciado este curso estudios de jardinería (aprobó el examen de acceso a ciclos de grado medio). No sin dificultades, no sin mucho esfuerzo, es cierto. Pero en ello está.

Pues bien, incluso a mi, que me las doy, día sí, noche también, de materialista curtido y de rojo no reciclado ni reciclable me cuesta escribir y formular lingüísticamente la enfermedad que le han diagnosticado a este familiar próximo. No sólo por el estigma que puede ocasionar, no sólo porque las palabras pueden herir, no sólo porque los términos no hacen la cosa, no sólo porque las taxonomías son siempre generales y pierden la singularidad, no sólo por el derecho a la privaticidad de cada uno, no sólo por todo ello decía, sino porque no soy capaz de oír la palabra por mi mismo sin un escalofrío que hiela el alma y el cuerpo. ¿Nos imaginamos los esfuerzos, las dificultades de familiares de enfermos, de esta o de otra enfermedad, y de los mismo enfermos claro está, que acaso tienen menos recursos culturales y económicos que yo, e incluso menos contactos con gentes informadas que me explican y tranquilizan con generosidad? ¿Se lo imaginan? Háganlo y háganme caso: ayúdenles. Sabrán cómo. No hay que hacer ningún curso intensivo.

Ellos y ellas ganarán con ello, sus familiares también. Y ustedes, si me permiten el comentario, también: sacarán de ustedes, sin o con esfuerzo, no hay que negar esta última posibilidad, lo mejor de sí mismos. Que es mucho desde luego.

¡Ah! Por si no se acordaban:

El mas pródigo amor le fue otorgado

El amor que no espera ser amado.

Jorge Luis Borges, «Baruch de Spinoza».

Rebelión ha publicado este artículo a petición expresa del autor, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.