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Debates de investidura: fin del primer round y cambio de ritmo

Fuentes: Rebelión

Después de dos rondas de investidura, el Parlamento de España dijo no al acuerdo entre Pedro Sánchez y Albert Rivera, entre el PSOE y Ciudadanos. Sólo votaron a favor del acuerdo que proponía al lider socialista como presidente 131 diputados, mientras que 219 lo hicieron en contra. El acuerdo se presentó como una propuesta de […]

Después de dos rondas de investidura, el Parlamento de España dijo no al acuerdo entre Pedro Sánchez y Albert Rivera, entre el PSOE y Ciudadanos.

Sólo votaron a favor del acuerdo que proponía al lider socialista como presidente 131 diputados, mientras que 219 lo hicieron en contra. El acuerdo se presentó como una propuesta de «centro progresista» (obviamente, nadie en la política contemporánea que esté en su sano juicio va a presentarse como «retrogrado»), capaz de llegar a acuerdos tanto con la izquierda de la cámara representada por Podemos e IU como con la derecha del PP. Sin embargo, ninguna de esas dos opciones ha sido posible.

Los números demuestran que asociar «centro» con «mayoría», como han sugerido una y otra vez los impulsores del acuerdo, no es más que una trampa barata. Las únicas mayorías que parecen aritméticamente fáctibles son o bien un gobierno de coalición entre las fuerzas «constitucionalistas» (pro-régimen y pro-troika) o bien un giro del PSOE a la izquierda y una coalición amplia con Podemos, con los nacionalistas apoyando tácitamente. ¿Por qué no se ha materializado ninguna de estas dos opciones?

El PP no ha apoyado la propuesta del PSOE-Ciudadanos no porque no coincida en lo fundamental con su programa, sino porque no son ellos los que la han impulsado. El PP es un aparato monstruoso, que lleva cuatro años gobernando atrincherado en su mayoría absoluta, mientras en la sociedad se producían una serie de recomposiciones y cambios que no tenían su reflejo inmediato en el Parlamento, pero que erosionaban el status quo.

El PP, como aparato, ha tenido a una tendencia a aislarse durante estos cuatro años de lo que bullía en la sociedad civil. Cuando esa nueva realidad se ha expresado en las urnas, el PP no se ha acoplado automáticamente al nuevo contexto.

Entre sus escándalos de corrupción y la nueva realidad electoral, el PP es un partido en crisis, que necesitará recomponerse internamente, asimilar ciertas presiones externas, librarse de viejos liderazgos y aprender a priorizar los intereses de la clase social a la que representa por encima de sus intereses como aparato.

Si el PP y Mariano Rajoy asimilan esta nueva situación rápido, no habrá nuevas elecciones y habrá algún tipo de acuerdo; si esto no ocurre, en junio tendremos otros comicios.

Tengamos siempre presente que existe una tensión entre la unidad del régimen y sus contradicciones internas y externas. Las polémicas por quién encabeza el bloque del régimen y del capital pueden ser tan duras en lo inmediato porque las clases no se expresan mecánicamente de forma unificada en lo político, sino que hay intereses de poder, culturas y fracciones que pelean también por sus propios intereses.

El tono del discurso de Rajoy, duro, jocoso y despectivo, parece adelantar que el PP priorizará sus intereses de «parte» sobre los del conjunto del régimen, al menos a corto plazo.

¿Por qué el acuerdo no convenció a Podemos? Pues porque Podemos, con todos sus límites, errores y sus contradicciones entre la tendencia «al sentido de Estado» de su grupo dirigente y su sustrato social impugnador, no es una fuerza social subalterna.

Pablo Iglesias ha insistido una y otra vez en que cualquier negociación con el PSOE debe ser una negociación entre iguales. De ahí su propuesta de gobierno conjunto, en donde los puestos se repartían al 50% entre los dos partidos.

Aunque la propuesta del referéndum y ciertas propuestas económicas son una brecha difícil de salvar para un PSOE comprometido con la ortodoxia neoliberal y con el fanatismo constitucional, también imposibilita de forma decisiva un acuerdo la lucha por la hegemonía en el campo político de la izquierda.

Ni el PSOE quiere ceder terreno ante lo que percibe como un ejército de pirañas, ni Podemos está dispuesto a asumir la lógica chantajista con la que el PSOE ha tratado a su izquierda durante los últimos 40 años y que ha llevado a subordinaciones suicidas en aras de «parar a la derecha3.

Sólo así se entiende la agresividad del discurso de Pablo Iglesias y la actitud paternal de Pedro Sánchez.

El discurso de Pablo Iglesias, muy bien construido, lleno de referencias intelectuales que tratan de construir un relato propio para una nueva izquierda, ha sido un discurso de confrontación frente a los partidos de la gran coalición.

Podríamos caracterizar su discurso como «destituyente»: un discurso contra lo de siempre, una genuina política de la verdad contra el uso espureo que hacen los partidos neoliberales del término «cambio».

Y ahí está una de las paradojas del discurso de Podemos: duro y radical en su crítica destituyente, mucho más moderado y superficial en su propuesta constituyente. ¿Irá acompañado el giro a la izquierda de Pablo Iglesias por la recuperación de propuestas programáticas como la nacionalización de la banca y de las eléctricas, los procesos constituyentes o la renta básica?

PSOE y Ciudadanos ya han anunciado que seguirán negociando para alcanzar el gobierno. El PSOE tratará de presionar a Podemos, mientras que a Ciudadanos, en ese burdo reparto de papeles, le toca presionar al PP.

A Albert Rivera, un tipo que parece de todo menos tranquilo (hay algo inquietante en su expresión, como de violencia contenida), le ha tocado jugar el papel con el que siempre soñó: de estadista moderado, que trata de poner calma ante el caos, que cita a Winston Churchill mientras posa como Adolfo Suárez. No podemos descartar que el clima de ingobernabilidad favorezca soluciones centristas de tipo tecnocrático, al estilo italiano, que puedan reforzar temporalmente el rol de Albert Rivera.

El reto que tenemos por delante en el «bloque del cambio» es inmenso. Mientras mantenemos una dinámica de impugnación destituyente ante la gran coalición que planifican y a la vez se disputan los partidos del régimen, tenemos que prepararnos para estar mejor situados ante un escenario ulterior que va a estar lleno de riesgos y posibilidades.

El riesgo es que la gran coalición se sustente sobre la pasividad social y que ello suponga una dinámica política restauracionista en donde Podemos quede aislado y en una posición resistencialista. Sin embargo, la ventaja de Podemos y las confluencias es que representan al sector más dinámico, vivo y políticamente concienciado de la sociedad.

Toca cambiar de fase, dejar de interpelar a un PSOE incapaz de romper con las élites y desplegar una explicación que permita sacar lecciones de esta investidura, aumentando la base social del bloque del cambio, no sólo a nivel de cantidad, sino también avanzando a la hora de organizar a las clases populares, aunque lo cierto es que el modelo de «máquina de guerra electoral» no es el más idóneo para ello, pues concentra todos los recursos en la política parlamentaria y comunicativa, dejando el campo de la «política por abajo» muy debilitado.

Es hora también de interpelar a sectores que han sido un pilar del orden constitucional, como los sindicatos. No se trata de reunirse con Méndez o Toxo, sino de armar un programa de lucha y de gobierno con amplios sectores de las centrales sindicales objetivamente interesados en evitar que continúen las contrarreformas que debilitan al trabajo frente a los empresarios.

En este momento, hay que reabrir el bloque del cambio y armarlo con una doble perspectiva: o bien nuevas elecciones o bien algún tipo de gran coalición. Toca preparse para evitar el cierre, ampliar el campo y seguir avanzando.

No podemos dejarnos atrapar por el ruido de la política parlamentaria, aunque hay que disputarla, y desde luego, el espíritu jacobino de Pablo Iglesias estimula positivamente el panorama político.

Hay una anécdota muy famosa del enfrentamiento parlamentario entre Gramsci y Mussolini, en plena Italia fascista, en 1925. No vamos a relatar la anécdota, si no la menos conocida conclusión del genio sardo tras el debate: «Me divertía escuchar lo que decían, pero caí en la tentación de contestarles, y con ello les hice el juego, porque me fatigué y no conseguí seguir el planteamiento que le quería dar a mi intervención».

Mientras ellos construyen su gran coalición, nosotros tenemos que ir construyendo la nuestra, sin rebajar nunca el significado de la palabra «cambio», sin pausa y en todos los espacios de la vida social.

Brais Fernández, militante de Anticapitalistas, forma parte del secretariado de redacción de ‘Viento Sur’.

Fuente: http://www.diagonalperiodico.net/global/29658-debates-investidura-fin-del-primer-round-y-cambio-ritmo.html