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Deconstruyendo a Cheney

Fuentes: Commondreams

Traducido para Rebelión por Carles Pomer

La acusación contra el jefe de gabinete del vicepresidente por perjurio y obstrucción de la justicia nos brinda la ocasión de evaluar lo perjudicial que ha sido la larga carrera pública de Richard Cheney para los Estados Unidos. Con su doctorado en Ciencias Políticas, entró en la administración de la mano de Donald Rumsfeld. Rumsfeld, por aquel entonces congresista, había votado contra los programas destinados a ayudar a los pobres del país, de modo que (como recuerdo haber leído en «Rise of The Vulcans» de James Mann), Richard Nixon, con su cinismo acostumbrado, lo nombró director de la Oficina de Oportunidad Económica, la agencia antipobreza. Rumsfeld nombró a Cheney como su secretario y entre los dos se dedicaron a destripar el programa, lo cual significó el principio del rodillo que los republicanos aplicaron a la «Gran Sociedad» y cuyos resultados vimos este otoño en Nueva Orleans.

Cuando Rumsfeld se convirtió en el jefe de gabinete de Gerald Ford en la Casa Blanca, nuevo nombró de nuevo a Cheney como secretario. Entonces se propusieron destruir la distensión, la nueva y frágil relación entre EEUU y la Unión Soviética de la época. Tras considerar la distensión una forma de relativismo moral, Cheney creía tanto en la bipolaridad de la guerra fría que, cuando ésta comenzó a derretirse en la década de 1980, él intentó recongelarla. Como secretario d edefensa de Bush padre, Cheney fue un personaje clave en la negativa estadounidense a adaptarse al nuevo y esperanzado espíritu de la época. La violencia retrocedía y la paz ganaba espacio en todo el mundo, desde las Filipinas a Sudáfrica, pasando por Irlanda, Oriente Medio y América Central. En 1989, con la caída del Muro de Berlín, Cheney forjó la respuesta de Estados Unidos, que consistió, un mes más tarde, en librar una guerra ilegal contra Panamá.

Mientras Mijail Gorbachov dirigía el desmantelamiento no violento de la Unión Soviética, Cheney aconsejó a Bush que no se fiara de él y, cuando desapareció el enemigo que justificaba la inmensa máquina militar que Cheney dirigía, saltó sobre el siguiente casus belli: Saddam Hussein había invadido Kuwait. Hussein, un antiguo aliado, era ahora Hitler.

En contra de sus propios asesores militares (entre ellos Collin Powell), Cheney decidió recurrir a la violencia sin usar la diplomacia. Los estadounidenses consideran que la primera Guerra del Golfo fue justificada cuando, en realidad, fue una exhibición innecesaria de poder militar justo en el momento en que se estaba abriendo una alternativa nueva en el orden internacional. Las respuestas de EEUU durante este período (planeadas principalmente por Cheney) suponen un gran contraste con las de Gorbachov, el cual se negó a invocar al poder militar incluso para salvar la Unión Soviética y ordenó a los soldados que regresaran a sus barracones. En cambio, el implacable Cheney, prescindiendo de la retórica sobre los derechos humanos, fue muy explícito a la hora de definir el interés de EEUU en la Guerra del Golfo. Este interés era el petróleo, gracias a cuya industria se había hecho rico. Más que ninguna otra, esta iniciativa de Cheney fue el insulto al mundo árabe que dio origen a Al Qaeda.

Con todos estos hechos como preludio, es tan trágico como inevitable que Cheney fuera al volante de la nación cuando ésta se encontró ante una nueva encrucijada. Fue Cheney quien. respondió al ataque a las torres del World Trade Center de Nueva York, diciéndole a un conmocionado presidente Bush que huyera. La verdadera naturaleza de su relación (era Cheney quien había creado el equipo de seguridad nacional y se había autonombrado vicepresidente) quedó unos momentos en evidencia.

La Comisión de Investigación del 9/11 descubrió que Cheney, desde la Casa Blanca, avisó al presidente de una «amenaza específica» contra el Air Force One, lo que provocó que Bush se pasara el día escondido en un búnquer de una base de Nebraska. No había ninguna amenaza específica. En ausencia de Bush, Cheney, aduciendo una llamada del presidente en la que lo autorizaba a ello, tomó el mando de la respuesta de la nación a la crisis. Esta llamada telefónica no existió. La Comisión del 9/11 declinó profundizar en la usurpación de poderes por parte de Cheney, pero de este hecho queda constancia en las conclusiones de la comisión.

En todos los momentos cruciales de la historia del mundo durante una generación, Cheney ha reaccionado con un instintivo «¡Es la guerra!» Cheney se encargó de convertir la guerra contra la pobreza en una guerra contra los pobres y contribuyó a prolongar la situación de guerra fría más tiempo de lo que de otro modo hubiese durado y, cuando ésta terminó (por las iniciativas que se tomaron en el otro bando), Cheney se negó a creerlo. Para mantener la máquina militar estadounidense a punto y bien engrasada, encontró una nueva justificación a tiempo. Con la primera Guerra del Golfo, Cheney encendió la respuesta de Osama bin Laden y con la respuesta al 11-S hizo realidad el sueño de bin Laden sobre una guerra de civilizaciones. Irak, por lo tanto (incluidas las mentiras previas a la campaña de las que ahora se acusa a Scooter Libby) no es más que el último eslabón en la cadena de desastres que constituye la carrera pública de Richard Cheney.

La columna de James Carrol aparece regularmente en el Globe de Boston. Su libro más reciente es: Crusade: Chronicles of an Unjust War

© Copyright 2005 Boston Globe

http://www.commondreams.org/views05/1107-20.htm

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