Ninguna historia se explica solo con hechos. Necesitan de las
palabras que los preparan y justifican. Los artículos de Francisco López
Sanz escritos en «El Pensamiento Navarro», desde 1933 a 1966, confirman
dicha correspondencia. Me refiero a los contenidos bajo los epígrafes
de «Glosas» y «Relente», y que firmaba como SAB y Lopezarra.
En
abril de 1931, el periódico carlista calificaba la llegada de la II
República como «la hora más grave, como el más crítico de la historia de
España». Aceptaron el plebiscito como «expresión del anhelo del país» y
un «hecho consumado indiscutible». Además de afirmar su fe en «la
Monarquía Tradicional y la Iglesia Católica», pedían actuar «al amparo
de la ley». Pero, consolidado el triunfo militarista tras el golpe de
Estado, esa actitud se hizo añicos, atacando con saña el régimen
derrocado. Desde 1939 a 1966, SAB recordaba en «El Pensamiento» cada 14
de abril la República para maldecirla, y llevarse por delante a quienes
apostaron por ella. Comprensible en los primeros años de posguerra, ya
no tanto pasado el Rubicón de los 50.
López Sanz jamás habló de
la II República, sino del odio que le profesaba. Y, más que describir
esa «nefasta República», se retrató a sí mismo. Deshumanizó al
adversario, pues, hecha esta metamorfosis, lo que dijera contra quienes
consideraba unas «bestias epilépticas» estaba permitido. No buscó debate
político alguno, sino justificar la aniquilación moral del «otro», y
ello con carácter retroactivo. Esos «otros» estaban muertos y, en
Navarra, asesinados. Curioso que, al hablar de las víctimas, se refiera a
sus verdugos como «facinerosos con pelos en el corazón encargados de
las sacas». Lógico. Hablaba de las «sacas de las milicias rojas»; no de
las carlistas que operaron en Navarra.
Para este carlista, la
República no era un sistema, sino una patología. Sus artículos describen
el 14 de abril como «explosión de alegría de epiléptico o de
alcoholizado». En su imaginario, los republicanos no son ciudadanos,
sino «chusma», «maleantes», «felones» e incluso «leprosos».
Utiliza
términos médicos y morales para describir el entusiasmo republicano
vinculándolo con la falta de control mental o físico. Al referirse al
régimen republicano, hablará de «un periodo que dio rienda suelta a
malos humores y olores», definiendo su legado como una «una inmundicia».
Pue en su opinión, la «República era una república de gusanos, ralea de
narcisistas, régimen de malvados, gobernada por desalmados que ejercían
funciones de autoridad».
Quienes la defiendan, serán tomados
como «jauría de marxistas» formada por «borrachos», «epilépticos»,
«maleantes», «resentidos» y «traidores». Lo que llama «revolución
republicana quedará reducida a «una fiera a la que había que torear». Y
en el momento oportuno «darle la estocada de muerte».
Al
presidente Niceto Alcalá Zamora lo califica como «cacique de Priego»,
«vacuo», «ampuloso», «fantasmón» y, repetidamente, lo compara con un
«puerco» al que, «como a todo cerdo, le llegó su San Martín». A
Indalecio Prieto lo despide como un «agitador miserable» y «capitán
Araña». En general, los líderes republicanos entrarán en el listón de
«truhanes, fantoches e histriones».
La identidad republicana la
reduce a «pura grosería», cuya manifestación más sublime la de ser
«traga curas» y «enemigos civiles de todo lo cristiano». Como dice:
«republicanos que se desayunaban con carne de cura y empezaban el
almuerzo con jamón de obispo». Y todos bajo la identidad de ser
«maleantes», «felones», «estúpidos» y «leprosos».
A pesar de los
años, SAB, su tono verbal, lleno de venganza y desprecio, no decaerá lo
más mínimo. Recordará la II República para escupirle a la cara y
recordar que «la fecha el 18 de julio nació para ajustar cuentas». En su
devocionario particular no hallará eco ningún tipo de «humanitarismo
democrático», que él calificará como «blandengue», en especial, el de
aquellos que intentaron evitar el derramamiento de sangre (sic).
Lo
más revelador de esta hemeroteca no es lo que escribió, sino lo que
calló. Mientras vertía su «carlismo visceral» y maldecía la fecha de
1931, en Navarra se ejecutaban unos 3.500 republicanos en una
retaguardia sin frente de guerra y con una Junta Central Carlista de
Guerra dominando el panorama de la impunidad. En ninguno de sus textos
habrá un espacio para la reconciliación. Su lenguaje lo utilizó
únicamente para legitimar su reiterativo «ajuste de cuentas» iniciado el
18 de julio de 1936.
Tras su salida del periódico en 1966, sus
artículos desaparecieron. En 1971, tras la esporádica vuelta a la
dirección de Echave Sustaeta (1970-1971), se coló su firma para
proclamar su maldición contra la República.
Por cierto, en el
editorial del 14 de abril de 1971, titulado «El Porqué de un recuerdo»,
se decía: «Queremos que nuestros lectores mediten sobre una fecha y un
hecho, porque en el subconsciente político ya se ciernen sombríos
presagios no siempre exentos de justificación». Y ello, ¿a cuenta de
qué? Al hecho de que la Permanente del Ayuntamiento de Pamplona había
decidido no participar en cuerpo de ciudad en la procesión de Viernes
Santo.
El periódico lo contaba de así: «Hoy, al cabo de 40 años,
el Ayuntamiento de Pamplona ha querido pregonar públicamente con su
ausencia en una procesión religiosa tradicional que Pamplona ha dejado
de ser católica. Ante la blasfemia declaración de Azaña, el Carlismo
supo reaccionar, y una vez más salvó a España. Hoy, ante esta
manifestación, contra la más genuina y honda raíz de la esencia patria,
su Religión Católica, primer lema del Carlismo, ¿cómo reaccionará? Si se
pretende por algunos «volver a las andadas», conviene que sepan que el
Carlismo también volverá por sus fueros. Que no ha de permitir que ni la
izquierda ilustrada del despotismo tecnocrático, ni la izquierda
socialista totalitaria, pretendan la herencia política de un 18 de julio
en que las venció para siempre».
¿López Sanz, alias SAB, lo hubiese dicho mejor?
Fuente: https://www.naiz.eus/es/iritzia/articulos/el-14-de-abril-y-la-retorica-del-odio


