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El agua en contra del capital

Fuentes: Rebelión

Nacido en un pueblo de los Alpes franceses, desde muy pequeño veía correr el agua en abundancia, cantando alegremente en los numerosos ríos y arroyos de las laderas de estas verdes montañas.

En este pueblo, como en todos los de esta región, se encontraban muchas fuentes de piedra (bachal) con un buen caudal que no paraba nunca y donde, en verano, íbamos a beber al pasar y los rebaños de vacas se reunían para saciar su sed antes de ir al campo y a la vuelta. Era allí donde, a falta de máquina, mi madre lavaba las sábanas con esa agua clara y fría. Yo la ayudaba a enjuagar y a llevar la colada con una carretilla. Recuerdo que mi padre, oriundo de Extremadura, les decía a los aldeanos lo afortunados que eran por tener un agua tan buena y abundante. Tal vez ellos no lo entendieran bien, pero yo tenía unos doce años cuando sufrí mi primer choque emocional ecológico. Por primera vez vi una tienda que vendía agua. Me disgustó y entristeció mucho ver agua capturada en una botella de plástico para ser vendida. Agua que, para mí, pertenecía a la vida, tanto a los humanos como a los animales y las plantas. Tuve un flash: un día, el aire nos será vendido. 

Contrariamente a la opinión popular, los sentimientos y la intuición, sobre todo cuando proceden de un niño, no deben oponerse a la razón. Esto me fue confirmado recientemente:

En el mundo del libre mercado, la propiedad privada y la «democracia», todo se vende sin tener en cuenta el bien común. Sólo cuentan el beneficio, la ganancia, la utilidad, el dinero y el poder. Y como vivimos en una sociedad dominada por el capital, todo tiene un precio y todo se compra, y ahora incluso el agua, que ha empezado a negociarse en Wall Street, en futuros sobre el agua en California, Estados Unidos.

I- ¡Viva el agua, viva la vida!

    1) Nuestra madre tierra y su placenta: el agua

Nos olvidamos a menudo que el ciclo del agua y el ciclo de la vida son una misma cosa, como nos lo recordaba Cousteau. Unos siglos antes, Leonardo da Vinci también definió el agua como la fuerza motriz de toda la naturaleza. Sin embargo, nuestra modernidad acelerada no sólo niega la historia sino que, huérfana de toda cosmogonía, le da la espalda a los orígenes de la humanidad. Sin embargo, evocar nuestros orígenes es comprender la vida, comprendernos como terrícolas.  Recordar la aparición de la vida en la Tierra, la evolución de la biodiversidad marina, es celebrar su nacimiento, hace más de cuatro mil millones de años, en las cálidas profundidades marinas, cuando los océanos se extendían por todo el planeta.

    2) El alma de nuestro ser biológico

La bebida más peligrosa es el agua, te mata si no la bebes, bromeaba el escritor, dibujante y humorista catalán El Perich. Si el planeta azul es efectivamente un 72% de agua, nosotros lo somos casi tanto: un 65% en un ser humano adulto y un 75% en un bebé.

II- El agua que para todo sirve

El agua sucia no se puede lavar (proverbio africano)

1) El agua codiciada

A partir de ahora, ya no podemos negar la crisis climática que nos golpea con fuerza y de la que Murray Bookchin ya nos advertía en los años 60 y 70. Se trata de una crisis multiforme, en bucle, con efectos ambientales múltiples, imprevisibles e incalculables que se están activando retroactivamente con un efecto de bola de nieve: aumento de las temperaturas, artificialización de los suelos del orden de 50.000 hectáreas al año sólo en Francia (España le sigue de cerca), perturbación de los ciclos pluviales, sequías, incendios gigantescos, degradación de los ecosistemas, reducción de la biodiversidad… Estos fenómenos conducen a su vez a una disminución de la fotosíntesis, a una menor captación de CO2 y, contra todo pronóstico, a pesar del aumento general de la temperatura, a una menor evaporación, lo que conduce a una pluviosidad cada vez menor y, por tanto, a un aumento de la sequía y así sucesivamente. En consecuencia, la situación de nuestras sociedades, surgidas de esta primera naturaleza, se ve profundamente afectada de manera muy desigual, es cierto, incluso si, en  nuestra casa en llamas, la mayoría de los ciudadanos miran por la ventana, como se ven obligados a hacer por el bombo publicitario desde las marcas de ropa hasta el ridículo espectáculo de las pugnas electorales.

Son estos mismos medios quienes nos ofrecen la catástrofe como un reality show, una ecología del espectáculo, de la teatralidad y de la performance en la que se lucen las élites políticas, culturales y económicas desempeñando el papel de salvadores. El objetivo es aturdirnos, tranquilizarnos y sobre todo, impedir que actuemos. Así es como la inmensa mayoría se encuentra cada vez más inhibida e indefensa. A pesar de todos sus informes científicos (IPCC) y de las Cumbres de la Tierra, organizadas a bombo y platillo desde 1972, nada va en la buena dirección, sino todo lo contrario. La expansión continua de las industrias, energética, digital, agrícola y la continua expansión de las megaciudades, además de provocar la escasez de precipitaciones, necesita acelerar la producción de energía. El extractivismo resultante conduce a una demanda cada vez mayor de agua y su contaminación es prácticamente irreversible.

Así, este elemento central de la vida es cada vez más escaso y menos seguro, poniendo en peligro nuestra constitución biológica, su contenido en agua del 70%, pero también la salud y el abastecimiento de sus células a través de los alimentos. En nuestra sociedad capitalista, conflictiva por naturaleza, esta situación no puede sino agudizar la codicia y las tensiones en torno a este bien común que está en proceso de sernos robado y convertido subrepticiamente en un bien privado, y objeto de especulación del mismo modo que cualquier materia prima minera o energética.

Si el capitalismo nació efectivamente de la mayor violencia, hijo del tumultuoso matrimonio de la colonización, el cercamiento y desalojo de las comunidades campesinas en Inglaterra en el siglo XVI, al despojarnos de nuestros medios de producción, en primer lugar la tierra, todo hace pensar que después de haber subsumido a la sociedad, la despojará de su agua. Muchas de las poblaciones más pobres del mundo ya están privadas de agua hasta el punto de morir , pero esta epidemia pronto nos alcanzará en esta zona pedestre del capitalismo y nos privará de nuestro elemento vital constitutivo, incluso si eso significa morir de ella misma.

2) El negocio que riega las venas del Capital

En opinión de la mayoría de los inconformistas y anticapitalistas, son los industriales de todo tipo los que provocan y se benefician de estas catástrofes. Por supuesto que lo son como parte de la mayor complejidad del fenómeno de la valorización del valor, pero esta se nutre cada vez más de la especulación, en promesas de rentabilidad imposibles de cumplir. Asistimos a otro fenómeno de bucles de causas y efectos que se retroalimentan y precipitan al sujeto autómata del capitalismo (Marx) directamente al vacío sideral.

III- En el corazón del capital: la energía

Ya en los años 70, los directivos de las empresas petroleras y mineras (capitalismo fósil) conocían los efectos perversos de sus actividades.  Suministraban un combustible que todavía hoy es indispensable para las industrias que generan mercancías para el mercado mundial. Pero para atajar las críticas ecologistas durante esa edad de oro de la abundancia y en previsión de la disminución progresiva del volumen de sus extracciones, y por tanto de sus beneficios, muchos empresarios y accionistas dan la alerta del cambio climático. Detrás de esta aparente toma de conciencia, se trata en realidad de poner en marcha un nuevo modo de producción de energía, complementario del primero. Tanto más cuanto que, según un informe de The Shift Project, los dieciséis países productores de petróleo que abastecen a la Unión Europea experimentarán un fuerte descenso de su producción a partir de 2030. En cuanto el petróleo desaparezca de la ecuación, se paralizará el transporte internacional y, por tanto, el sistema económico mundial. Lo mismo ocurrirá con toda la ingeniería pesada indispensable para la producción industrial y la agroindustria.

Por tanto, la consigna es la energía limpia, la energía renovable, y se está poniendo en práctica a través del Green New Deal. Al igual que en el anterior New Deal, la idea debe ser respaldada por la intervención directa y el apoyo del Estado. La idea de la energía renovable gracias al viento y al sol está tomada de los ecologistas que la preconizan desde los años setenta. Salvo que, lejos de una energía concebida por las comunidades humanas para su autonomía energética que escaparía a su monopolio, se trata más bien, con esta oposición disfrazada entre energías renovables y energías fósiles, de aumentar la producción diversificando y multiplicando las fuentes de abastecimiento. Se abren así nuevos mercados fabulosos en nombre de una noble causa: luchar contra el calentamiento climático y la contaminación con energías limpias. Coches eléctricos limpios que funcionan con fuentes de energía limpias y renovables: electricidad e hidrógeno. El escenario del mercado está preparado, pero queda por ver qué ocurre entre bastidores.

       1) Agua para el lavado ecológico

                  a) Para exprimir la tierra en busca de oro verde

Para cada uno de los cuatro grandes polos del comercio mundial (Norteamérica, Europa Occidental, Rusia y Asia Oriental), la obtención de metales raros es un imperativo estratégico. Así lo ilustra el discurso del Vicepresidente de Estudios Prospectivos de la Comisión Europea, Maroš Šefčovič, pronunciado el 12 de septiembre de 2022 en la Conferencia Europea sobre la Seguridad de las Materias Primas. Tras citar a Margaret Thatcher, (No hay alternativa)… afirmó la necesidad de abrir minas en Europa con urgencia, de construir la economía descarbonizada y digital a la que todos aspiramos, y de garantizar nuestras capacidades de defensa militar.

Sin embargo, para estos predicadores del llamado desarrollo sostenible, la oda a la estabilización del calentamiento global en torno a 2°C se traduce en una multiplicación por 42 de la demanda de litio de aquí a 2040, por 25 de la demanda de grafito, por 21 de la demanda de cobalto y por 19 de la demanda de níquel, principalmente para la fabricación de baterías, sobre todo para los vehículos eléctricos. Lo mismo cabe decir del sector digital, que por sí solo consume una cantidad astronómica de energía y, en su versión renovable, requiere una gran cantidad de metales raros. Por ejemplo, la mitad de toda la producción de plata se destina a este sector y a la carrera espacial y armamentística. De ahí la inquietud de la Unión Europea y su prisa por no verse privada de ella por la competencia.   Además, Ucrania está en el punto de mira de esta encarnizada lucha por las tierras raras ya que, como señala Célia Izoard, ocupa el quinto puesto mundial por sus reservas de hierro, grafito y manganeso, dos elementos críticos para la fabricación de baterías eléctricas. También es el sexto productor mundial de titanio, metal estratégico para la producción aeronáutica, y posee grandes yacimientos de litio, cobre, cobalto y tierras raras, que se utilizan tanto en el sector energético como en la electrónica y la defensa.

             b) El secuestro y la profanación del agua

Aparte de la acentuación del colonialismo minero desenfrenado de los cuatro grandes polos del comercio mundial ya mencionados (por ejemplo, el litio en Bolivia, el hierro en la India, el petróleo en Ecuador, etc.) con sus dramáticas consecuencias como, entre otras, la devastación de los bosques tropicales, la contaminación de lagos y ríos, etc. habrá que convencer a las poblaciones europeas de que acepten este boom minero en sus propios territorios. Tanto más cuanto que las minas que antes se abandonaban por su baja concentración de metales, al generar más residuos que en el pasado, requieren ahora cantidades de agua aún mayores: una gran mina de cobre puede consumir 40 millones de m3 en un año. Dentro de diez años, ¿cómo abasteceremos a las minas de cobre del sur de España o de Portugal, cuando asistimos a un estrés hídrico sin precedentes?

Pero el Estado, como guardián del capital, está tomando precauciones tanto en Francia como en España para dar prioridad absoluta a la industria, en primer lugar a la minería y después a la agricultura. En Andalucía, por ejemplo, las actividades mineras están declaradas inequívocamente de Interés Público Superior. En Francia, incluso cuando se trata de la minería del uranio, el gobierno quiere tranquilizar a la población adoptando las llamadas medidas estrictas relativas a la  pos-minería. Pero en ambos casos, ¿cual es el impacto para las poblaciones locales?

Como lo explica Célia Isoard, es toda Europa la que está afectada, pero Andalucía más todavía: En Río Tinto, Atalaya Mining promueve su sistema de circuito cerrado destinado a ahorrar recursos. Parte del agua de tratamiento se reinyecta en el sistema, que también se alimenta de las extracciones de aguas ácidas acumuladas en el fondo de los antiguos pozos. Pero sin darle mayor importancia, la empresa también toma «agua dulce» (ése es el término técnico) de las presas a razón de 18 millones de litros diarios, lo que representa el consumo diario de 130.000 personas de la zona.

Además de la contaminación derivada del propio extractivismo, tambiém está el almacenamiento, que es ahora mucho mayor. Y lo más preocupante de todo, los residuos mineros tienen el potencial de producir jugos ácidos y tóxicos durante siglos, e incluso milenios

               c) Continuación del maratón del agua: su loca carrera por la energía verde

Más allá de esta voracidad por el agua, la extracción de metales raros (iridio, rutenio u osmio, cobalto, litio, níquel, etc.) requiere tanta energía de principio a fin que todo apunta a que esta glotonería mineral más bien aumentará la crisis climática en lugar de paliarla. Pero en este mundo de frenesí empresarial, todo se justifica. Además de la industria digital, la industria armamentística, la carrera espacial y los coches eléctricos, este extractivismo sirve también para producir células para paneles fotovoltaicos y otros componentes para turbinas eólicas. Y a pesar de todas las operaciones preliminares impresionantemente contaminantes y consumidoras de energía y agua, el objetivo, nos dicen, es obtener una energía eléctrica tan limpia e ilimitada como el sol que la mueve, y realizar una transición ecológica hacia la producción de energías renovables.

            2) El gran objetivo: el hidrógeno verde

                  a) El desbordamiento eléctrico

Más que ningún otro lobby, el de los aerogeneradores busca desarrollarse a cualquier precio.  Con la etiqueta renovable, al igual que los paneles fotovoltaicos, tienen el viento en popa y se construyen parques eólicos en tierra y mar, de forma masiva para reducir el coste de instalación, aunque esta masificación provoque una ralentización del viento y, por tanto, de la producción.  La obsesiva propaganda del Green Washing quiere convencer a las poblaciones, a través del bombo mediático, de la necesidad ecológica de instalar parques eólicos o fotovoltaicos en sus territorios, apoyándose en normativas europeas que declaran querer proteger a sus habitantes, desde la flora y la fauna hasta los seres humanos.

No es así, la vida marina se ve perturbada por las vibraciones de las aspas por lo que  las actividades de los pescadores se ven gravemente comprometidas y las empresas verdes acosan a los aldeanos para quitarles sus tierras de cultivo. En la provincia de Málaga donde vivo, como en la mayor parte de España, las empresas instaladoras de energías renovables practican una estrategia que raya la de las mafias, amparándose en una vaguedad legal que les permite esgrimir el masivo argumento de Utilidad Pública.  

Estas empresas verdes no corren peligro de ver desatada su agresividad ya que, adoptando la máxima del despotismo ilustrado Todo para el pueblo, pero sin el pueblo, el 24 de enero de 2023, en sesión extraordinaria, el Congreso de los Diputados convalidó el Real Decreto-Ley 20/2022. Los artículos 22 y 23 de este RDL permiten que los proyectos renovables MACRO de más de 50 MW queden exentos de evaluación ambiental y aprobación por silencio administrativo. Y no importa si vulnera la normativa europea.

En España, por ejemplo, las energías renovables bien pueden ocupar actualmente el equivalente al 10% de las tierras cultivadas y los pastos. Según la Delegación del Gobierno de Granada, se prevé arrancar un millón de olivos para ocupar el terreno con paneles fotovoltaicos. Extremadura cuenta ya con más de 30.000 hectáreas de plantas fotovoltaicas y 50.000 hectáreas de terreno estarán cubiertas de paneles solares en 2030. No hace falta ser profeta para adivinar el impacto medioambiental. Basta con mirar a California y los desastres que han seguido a la aplicación de esta política de energías totalmente renovables

Pero, ¿por qué cada vez más electricidad?

     a) Ante el estancamiento nuclear

Mientras algunos, en nombre de la descarbonización, siguen defendiendo el mito de la energía nuclear, Naoto Kan, primer ministro de Japón en el momento de la catástrofe, se está convirtiendo en uno de los grandes detractores de la energía nuclear en el mundo: Cierren las centrales nucleares lo antes posible porque una central nuclear segura es una central cerrada. Gregory Jaczko, experto en seguridad nuclear en Estados Unidos, opina que los reactores nucleares representan un peligro inaceptable. Además, la extracción de uranio es la mayor fuente de riesgos para la salud humana en todo el mundo a lo largo de todo el ciclo minero, relacionados tanto con la radiactividad como con la toxicidad del uranio.

En segundo lugar, por cada tonelada de uranio extraído, hay entre cuatro y cien toneladas de residuos radiactivos, por no hablar del agua utilizada para refrigerar las centrales, que calienta el agua de los ríos.

b) Por el hidrógeno verde

Las compañías eléctricas, tras haber recibido luz verde, prosiguen inexorablemente su carrera productivista por el valor, condenadas como están a una competitividad feroz, que se traduce en crecer, ganar o morir en la arena del mercado mundial. No es fácil aumentar el consumo de electricidad por encima de los niveles actuales, máxime cuando el consumo eléctrico en España y en la UE lleva cayendo desde 2008. Además, la electricidad es un vector energético muy útil, pero sólo representa el 20% del consumo final de energía en el mundo, y menos del 25% en los países más avanzados. De ahí el reto de sortear parcialmente el problema de las energías renovables transformando la electricidad en hidrógeno, una solución ruinosa en términos energéticos, pero la única salida que han encontrado las grandes petroleras para que con sólo cambiar gasolina por hidrógeno, o mejor hidrógeno por «gas natural», todo siga igual.

Las dos tecnologías por las que apuesta el Green New Deal para aumentar el consumo eléctrico plantean un dilema. Tanto el coche eléctrico como el hidrógeno verde, por hidrólisis del agua con electricidad procedente de fuentes renovables, no pueden producirse en masa por su necesidad de metales raros, su dependencia de la energía fósil y su ineficiencia, como han señalado los reiterados informes de la Agencia Internacional de la Energía, la Agencia Europea de Medio Ambiente y el IPCC. De hecho, este proceso provoca importantes pérdidas de energía: entre el 20 y el 30% de la electricidad que entra en la planta de electrólisis, y otro 20-30% en la energía utilizada para calentar el agua.

Por otra parte, a diferencia de las economías con grandes centros de producción, como es el caso de los combustibles fósiles, la producción de energías renovables es por definición muy dispersa, con baja densidad energética y considerables fluctuaciones en la producción. Una dificultad añadida es que el hidrógeno no es fácil de manipular ni de transportar. Debido a su molécula muy pequeña, tiende a derramarse con facilidad y corroe las tuberías convencionales. Por ello, hay que almacenarlo con mucho cuidado, ya que es un gas que se inflama dos veces más rápido que el propano o el metano, que explotan en contacto con el aire. Además de su falta de eficiencia, una tonelada de hidrógeno en la atmósfera equivale a liberar 13 toneladas de CO₂ equivalente.

Por eso debemos evitar caer en la trampa de las falsas promesas tecnológicas. Sin embargo, la iniciativa política de los responsables políticos estatales, obsesionados con estas dos tecnologías, condena la acción pública a la inanidad y los países más ricos siguen imponiendo la ley del Mercado.

        c) La ley del más fuerte

Según Antonio Turiel, científico e investigador del Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona (CSIC), Alemania está tomando medidas para obtener la mayor cantidad posible de hidrógeno, y un ministro alemán ya ha declarado que los países del sur de Europa deberían colaborar con Alemania en nuevos proyectos de energías renovables y de producción de hidrógeno. España recibe más fondos de resiliencia de los que le corresponderían teniendo en cuenta su población y su PIB. El 37% de estos fondos son para proyectos que conduzcan a la descarbonización, así que Alemania se está frotando las manos porque los españoles estamos montando un montón de proyectos y no estamos trabajando en hidrógeno, pero Alemania se está implicando. A corto plazo, España podría convertirse en el Congo de Alemania. En Europa tienen muy claro que no se puede mantener la industria en toda Europa, intentarán mantenerla en Alemania y en parte en Francia y el resto se irá a pique. Nosotros nos convertiremos en suministradores porque España tiene un buen potencial de energías renovables.

     d) Para el Sur, la paradoja persiste

       Si los paneles fotovoltaicos que cubren muchas hectáreas pueden efectivamente proporcionar la electricidad renovable necesaria, ¿qué pasa con el segundo elemento, el agua? Sabiendo que esta producción requiere mucha agua, no sólo para la electrólisis sino también para refrigerar los equipos. Un electrolizador de 40 gigavatios (GW) necesitaría 254 millones de m³ de agua al año. Y esto en un país semiárido, afectado más que ningún otro de Europa por el calentamiento global y los problemas de escasez de agua.

       IV- Las otras industrias del capital

       1) Agroindustria

        a) La alerta que dió el pistoletazo en Francia

Según el Monde del 27 de abril de 2022, el 40% de las tierras del planeta están hoy degradadas, por artificialización (hormigón, asfalto, etc.) y desertización, lo que afecta directamente a la mitad de la humanidad. La agricultura industrial tiene mucho que ver con ello, además de ser una gran depredadora de este precioso líquido. A primera vista pasa a ser más desapercibida en este paquete de agresiones al medioambiente, y sin embargo es la que, sin saberlo, ha disparado la alarma generalizada del problema que afecta directamente a las poblaciones.

Las megabalsas no son más que la punta del iceberg de esta agroindustria productivista cuyo único objetivo es el valor monetario, gracias a una producción agrícola convertida en pura mercancía en el mercado mundial.  Infraestructuras gigantescas, cada una del tamaño de diez a veinte campos de fútbol, estas gigantescas balsas no recogen el agua de lluvia. Se llenan bombeando agua de los acuíferos en invierno. Sin embargo son estos acuíferos quienes aseguran el ciclo del agua y se les vacían de su contenido.
Como consecuencia, el agua ya no alimenta los ríos, que se transforman en caminos pedregosos e inertes a lo largo de cientos de kilómetros, eliminando toda una biodiversidad a lo largo de su recorrido. Además, estas reservas sólo benefician a un puñado de agricultores para el cultivo intensivo -sobre todo de maíz-, que consume mucha agua y es muy contaminante.

El movimiento del Soulèvement de l’eau (Levantamiento del agua) tiene el mérito de haber alertado al mundo entero sobre el secuestro y la contaminación del agua por parte de la industria agrícola. Esto se consiguió al reunirse unos 30.000 manifestantes de todo el mundo el 25 de marzo de 2023 en el departamento francés de Deux-Sèvres para oponerse a las megabalsas, defender el agua y la tierra. La violencia policial, casi militar, reveló al mundo entero hasta qué punto el Estado está dispuesto a defender su alter-ego, el capital, a cualquier precio.

           b) España se estanca en la resignación

 Aquí las megabalsas no son una novedad, llevan ahí más de 40 años, precedidos por las presas promovidas por el franquismo, unos 17.000 de las cuales, unas 1.200, las más grandes destruyen los ríos. El trasvase Tajo-Segura es una infraestructura de 300 km de longitud que atraviesa Castilla-La Mancha hasta el embalse del Talave, desde donde se distribuye el agua a Murcia, Alicante y Almería. Gracias a esta gigantesca obra hidráulica, concebida antes de la Guerra Civil y ejecutada en 1960, el agua se conduce a través de un canal con una capacidad de 35 m3 de agua/segundo, con tramos en túneles y otros en acueductos.   

          c) El coste de la riqueza agrícola española

Esta titánica obra ha permitido la expansión de la horticultura intensiva actual en el sureste de España, convirtiéndola en una de las mayores zonas de Europa para la producción de hortalizas de contraestación al aire libre. En el ámbito político, esto ha dado lugar a lo largo de los años a una guerra del agua, un conflicto que ha estallado no sólo entre partidos políticos, sino también entre varias regiones españolas como Castilla-La Mancha, Murcia o Valencia. La situación ha empeorado con las últimas sequías.

Según Rafael Seiz, técnico de WWF España: Es una especie de suicidio del agua…. Hemos confiado en las infraestructuras para salvarnos: retener el agua en embalses y distribuirla. Esto ha creado una sensación de garantía, pero cuando la demanda de agua aumenta, gran parte del agua embalsada tiene que ser liberada, lo que reduce la garantía. España cuenta con casi 4 millones de hectáreas de regadío, frente a los 2,5 millones de hectáreas de Italia, los 1,2 millones de Grecia y los 1,4 millones de Francia. El aumento sostenido de las tierras de regadío ha provocado claramente un incremento de la demanda de agua.

 A pesar de su acusado déficit hídrico, esta huerta de Europa se está convirtiendo en el líder europeo de las exportaciones con el 60% de su producción. Esto demuestra la presión que esta agricultura intensiva ejerce sobre los recursos hídricos, sobreexplotándolos, incluso antes del auge de las energías renovables. Con sólo el 17% de la superficie cultivada, aportan el 65% de la producción final agraria del país.

En los últimos meses, los medios de comunicación han destacado la situación de los humedales de Doñana (Huelva), Parque Natural, Reserva de la Biosfera y zona de refugio de numerosas especies de aves, muchas de ellas endémicas y algunas al borde de la extinción. Además de la disminución de las precipitaciones, también se extraen aguas subterráneas para el cultivo de fresas y frutos rojos en invernaderos situados cerca del espacio natural. No sólo entra en juego la contradicción entre el valor ecológico del agua y su valor económico (minería y energías renovables), sino que también provoca conflictos entre los agricultores de la misma zona: los que se han abastecido hasta ahora con regadíos legales y los que han utilizado pozos ilegales y se beneficiarían de la medida de extinción.

En la Axarquía, comarca situada al este de la provincia de Málaga, antaño cubierta de viñedos y olivos, cultivos típicos de tierras áridas, se ha convertido en la primera productora de aguacates de Europa, con más de 10.000 hectáreas de cultivos subtropicales. Estos cultivos dependen casi exclusivamente de un embalse de agua (La Viñuela) que actualmente está seco. La visión de estos árboles secándose y siendo talados para sobrevivir a la espera de una dudosa lluvia que los salve es angustiosa. A menudo se culpa a estos agricultores por plantar aguacates, que consumen mucha agua, pero ¿podemos culpar a estos pequeños agricultores por haberlos plantado en sus parcelas, que no superan las dos hectáreas? Mientras que las naranjas ecológicas se pagan, en el mejor de los casos, a 30 céntimos el kilo, los aguacates, con el mismo trabajo, se pagan a 2,50 euros. Conozco bien a estos agricultores, ya que trabajo con ellos en relación con las AMAP en Francia. No se parecen en nada a los grandes exportadores de aguacates, que han invertido  comprando todas las tierras que podían para plantar el mayor número posible de aguacates. Además, a menudo recurren a la exportación desde Sudamérica, a bajo precio, en lugar de comprarlos localmente, haciéndolos pasar por fruta local.

            b) La fiebre tecnológica

Para hacer frente a la sequía, los grandes se adelantan y los pequeños se resignan. Además de las costosas desalinizadoras, los pozos de la costa, a los que se ha vaciado el agua dulce, precipitan en ellos el agua de mar, pero esta agua salada mata las plantas. Para suavizarla, los grandes terratenientes, ayudados por las instituciones, trabajan para traer agua dulce a través de largas tuberías procedentes de las aguas residuales de ciudades vecinas, a veces a 40 km, como Málaga.  La idea parece ingeniosa pero, según Thierry Uso, miembro de Eau secours 34 en Francia: Alrededor de dos tercios de los proyectos no son económicamente viables. A menudo requieren kilómetros de tuberías para llevar el agua desde las estaciones hasta las parcelas agrícolas, con presión y, por tanto, energía. Además, las aguas residuales suelen ser demasiado saladas para los cultivos, debido a nuestra orina, por lo que requieren un tratamiento adicional, que puede resultar costoso.

         2) Para colmo, el turismo

Para España, el sector turístico tiene una importancia cardinal, ya que representa el 13% de su PIB y, con 55,6 millones de visitantes (+6%). España fue el segundo destino turístico mundial en 2005, por detrás de Francia. Además de la enorme huella de carbono producida por el tráfico aéreo y otros medios de transporte, su contribución al estrés hídrico no es desdeñable.

              a) Su impacto sobre el agua

Santa Olalla, la mayor laguna permanente de Doñana, la última en retener agua el pasado mes de agosto, ha desaparecido definitivamente, completamente seca debido a un periodo de intensa sequía y a la sobreexplotación del acuífero por parte del complejo turístico onubense de Matalascañas.

No es de extrañar, ya que Andalucía es la comunidad autónoma con mayor superficie ocupada por campos de golf, con 4.300 ha. Esto requiere un riego intensivo y enormes cantidades de pesticidas que contaminan los acuíferos. Las necesidades de riego de un campo de golf medio de 18 hoyos (40-50 hectáreas) superan los 500.000 m3 anuales, con un consumo diario durante los meses de verano de unos 3.000 m3. (equivalente al consumo doméstico de más de 8.000 personas),

V- El agua como espejo

1) La guerra del agua

Ya mencioné al principio mi temprana ofensa al ver el agua aprisionada en una botella de plástico para ser vendida.  Poco antes de instalarme en la parcela donde vivo, un agricultor mató a otro en un desacuerdo sobre los horarios de riego de sus parcelas vecinas. Unos años más tarde, en 1995, el Banco Mundial publicó un informe en el que predecía que muchas guerras del siglo XX habían sido causadas por el acceso a los recursos petrolíferos, y que el agua sería la causa de las guerras del próximo siglo.

Esta institución, que opera en el corazón mismo del capital y que se alimenta esencialmente de su dinámica bélica dentro del mercado mundial, está bien situada para diagnosticarlo sin riesgo a equivocarse.  Desde el año 2000, se han registrado en el mundo 1057 conflictos armados por el agua, en Oriente Medio, Yemen, India, Somalia, Bolivia, etc…

Aquí en ello estamos, o casi. En Francia, y más aún en España, los agroindustriales luchan entre sí por el acceso al agua. A su vez, estas industrias compiten con otros sectores industriales como el turismo, la minería y las energías renovables. Pero además, como toda industria es prioritaria para el negocio, esta dinámica está en vías de privar a la población de sus medios de subsistencia hídricos pero también de sus necesidades alimentarias ya que la producción agrícola también depende del agua. 

         2) El indispensable levantamiento del agua

¿De qué se trata? ¿de ignorancia en materia agronómica o ecológica, de una serie de pasos en falso, de errores políticos o de una tecnología deficiente?

Pensador de la ecología social y del comunalismo, Murray Bookchin ya respondió en 1962: Acumular para debilitar, comprar, absorber o dominar de cualquier modo al competidor es una condición de supervivencia en el orden económico capitalista. Como hemos visto, actualmente la competencia es feroz y ya no se juega sólo entre empresas de la misma especialización, sino entre todos los lobbies, sean cuales sean. La mayoría de ellos están pintados de verde y se benefician de subvenciones estatales (Green New Deal), y monopolizar el agua como recurso esencial que hay que explotar se ha convertido en una cuestión de supervivencia. Esta despiadada guerra económica y tecnológica, latente o declarada, entre lobbies, con la ayuda de los Estados que dependen de ellos, continuará en detrimento de la naturaleza (los ecosistemas, la sociedad y sus poblaciones). Sus actividades, cada vez más numerosas e indiscriminadas, en esta actitud del sálvese quien pueda sin finalidad práctica determinada, a pesar de los discursos oficiales, sólo buscan el beneficio a corto plazo, apostando por promesas que no pueden cumplir. Esto no es más que especulación basada en el capital financiero (véase el hidrógeno verde, el ahorro energético y los efectos rebote, etc.) De hecho, esta guerra que se está librando no sólo está acentuando la desertización de la tierra, su contaminación y la del agua, sino que también se está apoderando del agua, que es un componente esencial de nuestras vidas y de nuestros cuerpos.

Por eso es vital que nosotras, personas hechas de agua, nos levantemos y luchemos para detener como sea esta barbarie pero sin perder de vista la necesidad vital de poner fin a este sistema económico mortífero. Para ello es imprescindible entender que el capitalismo, a través de su sistema político de Democracia representativa, nunca facilitará a sus oponentes las instituciones democráticas que necesitamos para luchar contra él. El capitalismo y la biosfera simplemente no pueden coexistir indefinidamente… Cada vez más la elección parece clara: o establecemos una sociedad ecológica, o los cimientos de la sociedad se desmoronarán. Así pues, la recuperación del campo político y de la ciudadanía, no sólo es la condición previa para una sociedad libre; es la condición para nuestra supervivencia como especie. La cuestión ecológica exige una reconstrucción fundamental de la sociedad y es lo que la ecología social y el comunalismo se proponen.

Floréal M. Romero, autor de «Actuar aquí y ahora. Pensar la ecología social de Murray Bookchin», Ediciones Kaikron.

Blog del autor: https://florealmromero.blogspot.com/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.