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El «anticolapsismo» y el debate como estrategia (populista)

Fuentes: CTXT [Imagen: Manifestación en Madrid en la huelga mundial por el clima de septiembre de 2019. NICOLAS VIGIER]

El objetivo de la polémica sobre el colapso es conseguir la hegemonía del Green New Deal en el movimiento ecologista. Para ello es necesario erosionar la legitimidad de las voces y estrategias hoy dominantes, englobadas en el marco del decrecimiento

Durante los últimos meses los mentideros (ahora sobre todo virtuales) del ecologismo social bullen con la polémica de moda: colapso, ¿sí o no? Se suceden las contribuciones sosegadas en forma de artículos más o menos extensos (en las que los púgiles estrella son Jorge Riechmann y Emilio Santiago) y, sobre todo, se agitan con fuerza los reproches cruzados en redes sociales. Todo indica que se ha abierto la veda para una guerra de descalificaciones que pugnan por establecer quién en este debate es más utópico, anticientífico, oportunista o incluso misántropo…

Si hasta este momento había optado por no introducirme en esta marabunta, en la que quizá el mayor elemento de sensatez lo introdujo la intervención de Yayo Herrero en verano, es porque no me siento identificado ni con sus ritmos, ni con sus formas, ni con sus medios. Es más, hace años decidí no participar en el juego de las redes sociales, en las que, bajo la coartada del debate, en muchas ocasiones se esconden el negocio, los egos insaciables de nuestra sociedad narcisista, la lucha desesperada por la notoriedad en la guerra comunicativa, la bulimia expresiva o simplemente bots teledirigidos. Algunas de estas características no son exclusivas, por supuesto, de estos medios; pero sin duda en ellos se han visto reforzadas hasta el infinito, al calor de una búsqueda de la maximización del tiempo de uso y de las interacciones. Todo vale (la descalificación, la mentira, el fascismo) para seguir multiplicando los tweets y followers.

Es preocupante que el debate público haya quedado parcialmente secuestrado por estas formas y cautivo de intereses que, hoy más que nunca, se hace evidente que son los de simples empresas que pueden estar en manos de multimillonarios reaccionarios. Aunque más preocupante aún es que dicho secuestro apenas se cuestione. Al fin y al cabo, los medios que se utilizan contagian, en ocasiones a pesar de los protagonistas, con su tono y algunas de sus prioridades a los debates a los que dan cobijo. El hecho de que se haya quitado hierro a la virulencia del reciente debate en torno al “colapsismo”, equiparándolo con lo que en el pasado tomaba la forma de asesinatos políticos con piolets clavados en cabezas, creo que dice bastante de su forma (y, por tanto, de la indeseabilidad de la misma).

¿Por qué, entonces, intervenir ahora? Fundamentalmente, porque tengo la sensación de que en el furor de un debate sobre todo político-conceptual (¿qué es el colapso? ¿es una buena categoría descriptiva y/o política? ¿debemos abandonarla? ¿de qué motivaciones o prejuicios es reflejo su utilización?) se está pasando mayoritariamente por alto lo que este, desde mi punto de vista, tiene de estrategia política en sí mismo.

Mi tesis es que, en lo más sustancial de la misma, la oleada “anticolapsista” (que por su virulencia y relativa uniformidad de argumentario sugiere cierta concertación) supone una ejercicio práctico de estrategia populista en el interior del movimiento ecologista. El principal objetivo de esta es conseguir la hegemonía de las voces, prácticas y estrategias del Green New Deal, que en los últimos tiempos se ha autoadjetivado como populista. Para que esta propuesta, a día de hoy constreñida al estrecho espacio de un partido político minoritario, Más País, y a opiniones individuales en redes sociales, adquiera su ansiada hegemonía es necesario comenzar erosionando la legitimidad de voces, prácticas y estrategias hoy dominantes y englobadas no tanto en el “colapsismo” que, tal y como lo describen, no existe; sino más bien en el marco amplio del decrecimiento y en organizaciones sociales como Ecologistas en Acción.

Dentro de una organización como Ecologistas en Acción se reproduce casi toda la diversidad posible de posiciones estratégicas del ecologismo social

Soy consciente de que esta tesis no agota lo que está sucediendo ni lo refleja por completo. Un gran referente hegemónico del ecologismo social como José Manuel Naredo no se siente cómodo con la noción de decrecimiento. Críticos del “colapsismo” como Martín Lallana o Jaime Vindel no defienden un Green New Deal populista, sino más bien un ecosocialismo. Dentro de una organización como Ecologistas en Acción se reproduce casi toda la diversidad posible de posiciones estratégicas del ecologismo social en ámbitos como la gravedad de la crisis presente, las estrategias políticas para hacerle frente, las prioridades más inmediatas, etc. Por último, en todas las partes del debate pueden encontrarse contribuciones que sí tienen una voluntad de construcción colectiva. No obstante, creo que la tesis que propongo captura bien una parte importante de lo que estamos viendo durante los últimos meses.

Creo que este tipo de estrategia populista resulta contraproducente y peligrosa. Y con este artículo quiero poner sobre la mesa algunas de las razones que me llevan a pensar así.

1. Pese a que artículos como el de Clemente Álvarez en El País hayan tratado de hacer ver lo contrario, en el movimiento ecologista no existen dos grandes bandos enfrentados. Como ya señalaba antes, las posiciones de las pensadoras ecologistas han venido hasta ahora más bien navegando en un ecosistema de matices diversos y trabajando en un dinámica de simbiosis constructiva en la que el objetivo principal ha sido la convivencia, no la competencia. Una convivencia que, como sabemos bien los miembros de Ecologistas en Acción, puede ser tensa. Pero que hasta el día de hoy ha sabido sobreponerse a los egos y los personalismos para priorizar la existencia de un polo ecosocial unido, diverso, activo y con capacidad de incidencia en el territorio.

En el movimiento ecologista no existen dos grandes bandos enfrentados

El nuevo clima de debate al que nos arroja la estrategia populista verde, para el cual “no tenemos derecho” a defender ciertas posturas, supone desde mi punto de vista un profundo retroceso. Primero porque está construyendo una noción, la de “colapsismo”, en la que prácticamente nadie que defienda o haya defendido la noción de colapso encaja. Por ello, aunque algunas de las consideraciones epistémicas que se presentan al hilo de la misma puedan ser de interés, o recojan lo que en mi opinión son problemas reales de algunas formas de pensar y de proponer políticamente del ecologismo social, la noción en sí funciona más como un arma arrojadiza en una nueva guerra de posiciones que como un acicate para el debate constructivo.

Y segundo, porque es precisamente el propio debate que la oleada “anticolapsista” ha puesto en marcha el que está degenerando en un bandismo que, como señalaba anteriormente, solo puede ser funcional para los populistas que entienden el debate político como una guerra de posiciones pública y no como un ejercicio de construcción colectivo, humilde y sosegado. Esta forma de enfocar el debate, por desgracia, parece estar resultando muy atractiva para personas que abrazan la épica del combate en redes sociales y la satisfacción de saberse del lado bueno de la historia en la nueva matemática del cambio social que se declina ahora en clave populista.

Esta crispación es especialmente preocupante en la situación actual, en la que todos los problemas que el ecologismo social lleva décadas tratando de evitar explotan y se convierten en la cotidianidad de millones de personas dentro y fuera de nuestro territorio. Tiempo de descuento clave en el que las acciones, y sobre todo las inacciones, son existencialmente determinantes. Cuando deberíamos estar poniendo todas nuestras fuerzas en tratar de tener una visión clara de las dinámicas en marcha y en la propuesta y construcción de alternativas concretas, dilapidamos energías en agrios debates virtuales que no parecen tener ninguna voluntad de unirnos en un objetivo compartido.

Cuando deberíamos estar poniendo todas nuestras fuerzas en la propuesta y construcción de alternativas concretas, dilapidamos energías en agrios debates virtuales

2. Esta búsqueda de hegemonía de la estrategia populista verde en el interior del espacio ecologista tiene como objetivo evidente hacer que la mayor cantidad posible de personas, especialmente de jóvenes militantes del movimiento, se alinee con su plan de “conquistar el poder” del Estado para, desde allí, poner en marcha el conjunto de transformaciones que, según ellos, necesitaríamos para hacer frente a la crisis ecosocial. Es, por supuesto, absolutamente legítimo elaborar un plan y tratar de ponerlo en marcha. Y, por tanto, es también razonable tratar de ganar la mayor cantidad posible de “adeptos” para la causa. De hecho, así deberíamos entender el debate más o menos cordial que en los últimos años ha contrapuesto y sopesado las apuestas por el decrecimiento y el Green New Deal en el seno del ecologismo del Estado español.

No obstante, la nueva oleada “anticolapsista” revela una estrategia de obtención de hegemonía que, desde mi punto de vista, es más problemática. Emulando las enseñanzas del populismo (la construcción de binomios como amigo/enemigo o nuevo/viejo, la búsqueda de significantes vacíos, la lucha de posiciones, etc.) se pone en marcha una guerra discursiva que desnaturaliza los términos del debate. El “colapsismo” (la “casta” del ecologismo) se presenta como el “viejo” ecologismo atrincherado en el “colapso”. Éste significante se llena de connotaciones negativas: pesimista, inmovilista, apolítico, tremendista científico, irresponsable, misántropo… ¿Y ante ello? El optimismo, el vitalismo, la propuesta, la responsabilidad, el sentido de época, la alegría… Toda una constelación que, vía atribución personal, queda asociada a propuestas (Green New Deal) y partidos (Más País) que vienen a ser los abanderados del “nuevo” ecologismo, del “pueblo” (verde, en este caso).

Así, el propio debate (en el que de manera quizás algo ingenua muchos se enzarzan en los medios y términos decididos de antemano por aquellos que lo abren) se convierte en una estrategia en sí mismo. Y en vez de plantear de manera diáfana, como sí se había venido haciendo hasta ahora, una divergencia estratégica legítima, se desgasta indirectamente una de las posturas, la del decrecimiento, mediante el ataque a algunas de sus figuras más carismáticas (Jorge Riechmann, Antonio Turiel, Luis González Reyes o Carlos Taibo), convertidos ahora en meros “colapsistas”.

La ofensiva en curso, de tener éxito, supondrá sin lugar a dudas una pérdida clave de personas, inteligencia y energía en los movimientos ecologistas

Desde mi punto de vista, esta estrategia está cargada de peligros. Por un lado, pese a que el Green New Deal populista dice querer trabajar en el marco de las estrategias duales en las que los movimientos sociales se sitúan en pie de igualdad con los actores institucionales, la ofensiva en curso, de tener éxito, supondrá sin lugar a dudas una pérdida clave de personas, inteligencia y energía en los movimientos ecologistas que dificultará en gran medida que puedan jugar un papel político relevante. Además, el tipo de crítica que se pone en marcha puede tener como efecto rebote una deslegitimación de dichos movimientos sociales que les inflija un daño muy profundo. En el marco de una hegemonía neoliberal que conspira en contra de la buena salud y la extensión de dichos movimientos sociales, resulta extremadamente peligroso que incluso aquellos que dicen alinearse (aun de forma indirecta) con ellos pongan en marcha acciones con un potencial de daño tal. En la pugna entre la obtención de cuadros para el asalto institucional y la buena salud de los movimientos, parece que de nuevo, como ya ocurrió en el caso de Podemos, hay una prioridad clara.

Por otro lado, resulta terriblemente engañoso tratar de plantear como novedoso o rompedor un ecologismo que trata de poner en marcha una dinámica electoralista, “tocar poder”, y cambiar el mundo subido a la máquina del Estado y agarrando con fuerza sus mandos. La idea del partido verde es al menos tan antigua como el propio movimiento ecologista, tal y como señalaba recientemente Jorge Riechmann. Y por ello, como el filósofo madrileño nos recordaba, contamos de hecho con cierta experiencia al respecto de los derroteros que puede tomar. El caso de Los Verdes alemanes, al que éste dedicó su tesis doctoral, es bastante ilustrativo. La idea de poner en marcha una transformación ecosocialista desde arriba acabó, en ese caso, con una tremenda desnaturalización que ha convertido a Los Verdes en un partido belicista y abiertamente neoliberal.

Por mucho que el populismo verde nos prometa una relación virtuosa y simbiótica con los movimientos sociales, las historias del éxito de sus predecesoras parecen contar historias bien distintas…

No obstante, cabría añadir un ejemplo más. América Latina, que ha visto el triunfo de una no desdeñable cantidad de procesos populistas de toma de poder, arroja quizá una enseñanza todavía más profunda. No solo los objetivos de transformación social profunda no se cumplen, generándose en la mayor parte de los casos elitismos de nuevo cuño y corrupción. Sino que los éxitos populistas consiguen tímidos avances en materia redistributiva únicamente a costa de profundizar en las dinámicas extractivistas y en los modos de vida imperiales que hoy son parte de nuestro problema. Además, en el proceso desactivan en gran medida la capacidad de los movimientos sociales de actuar como contrapesos y espacios de re-existencia frente a dichos modos de vida imperiales. Así, los gobiernos peronistas argentinos movilizan a sus bases para poner freno a las protestas anti-extractivistas en lugares como Mendoza o el gobierno mexicano de AMLO pone en marcha agresiones a los territorios zapatistas nunca vistas en sus casi 30 años de historia. Por mucho que el populismo verde nos prometa una relación virtuosa y simbiótica con los movimientos sociales, las historias del éxito de sus predecesoras parecen contar historias bien distintas…

Por último, la oleada “anticolapsista” tiene consecuencias difíciles de controlar más allá de los círculos del ecologismo social. Con su discurso posibilista y su crítica al ecologismo social realmente existente, favorece y da argumentos a los sectores negacionistas de los límites biofísicos que, no olvidemos, en nuestra sociedad son mayoritarios. Así, en realidad va en contra de una toma de conciencia generalizada de la gravedad de la situación presente y de la puesta en marcha acelerada de las acciones que necesitamos para hacerle frente.

3. No creo que sea casualidad que esta ofensiva “anticolapsista” coincida con la constatación de que uno de los pilares teórico-estratégicos en los que se basó la propuesta de programa populista de los defensores del Green New Deal no se sostiene. Allá por el año 2019, en ‘¿Qué hacer en caso de incendio?’, Santiago y Tejero criticaban al decrecimiento porque “se pasaba de largo” al proponer una propuesta de cambio tan lejana a la realidad que quedaría para siempre atrapada en “la burbuja del activismo molecular, las revistas esotéricas, los libros de pocas ediciones y los simposios universitarios”. De hecho esa insuficiencia era la principal justificación para prescindir del término, disputar la hegemonía del entonces novedoso Green New Deal, y lanzarse de lleno a “la política de masas”. Sólo tres años después, los cálculos estratégicos habían cambiado. Ahora ya se podía aspirar públicamente a “tanto decrecimiento como fuera posible”. Eso sí, siempre y cuando se pagara el peaje de “todo el Green New Deal que fuera necesario”.

El discurso del decrecimiento se propaga a un ritmo que nos sorprende incluso a aquellos que llevamos años defendiéndolo

La realidad es que la “ofensiva anticolapsista” que se ceba en algunas de las figuras más importantes del decrecimiento coincide en el tiempo con un salto cualitativo en la presencia y aceptación de sus propuestas. Este discurso que los defensores del Green New Deal consideraban imposible de politizar, condenado a una marginalidad permanente e impotente, crece a un ritmo que nos sorprende incluso a aquellos que llevamos años defendiéndolo. En el ámbito del debate público, uno de los hitos que lo demuestran es la centralidad que personalidades como Antonio Turiel o Yayo Herrero vienen adquiriendo en diferentes medios de comunicación. También el hecho de que recientemente el grupo de investigación del ICTA (UAB) dirigido por Giorgos Kallis haya conseguido financiación por 10 millones de euros para tratar de dar cuerpo a estas alternativas decrecentistas. En el ámbito editorial vivimos una explosión similar, sucediéndose diferentes publicaciones dedicadas al decrecimiento como proyecto general, a diferentes aspectos del mismo o a tratar de construir hojas de ruta sectoriales y políticas para alcanzarlo. Incluso un ministro en el gobierno, Alberto Garzón, defiende abiertamente una noción propia de decrecimiento que está introduciendo el debate en grandes medios de comunicación.

Este crecimiento del decrecimiento viene además de la mano de una tímida e insuficiente aún, pero germinal, toma de conciencia pública de los enormes riesgos a los que nos enfrentamos a la luz de la actual crisis ecosocial. Donde la estrategia populista verde nos vende el optimismo y la confianza, que son los atributos que el votante ilusionado más necesita, las propuestas del decrecimiento nos están señalando con toda razón que nos encontramos en una situación de excepción que requiere de acciones rápidas, contundentes y radicales. Y así están contribuyendo, creo yo, a generar una conciencia más realista en torno a riesgos como la activación de bucles de retroalimentación positiva climáticos, grandes problemas de abastecimiento de energía o una profundización en el actual holocausto de la biodiversidad. Una toma de conciencia que, como demuestran las intervenciones de Yayo Herrero, puede perfectamente conjugarse con la esperanza, que no con el optimismo ingenuo, y con la alegría. Así, aunque uno puede estar de acuerdo cuando se plantea la insuficiencia de una política de la verdad, creo que cualquier noción mínima de precaución hoy nos invita a desarrollar una política con la verdad si queremos realmente articular respuestas realistas frente a la crisis presente.

Por todo lo anterior resulta casi insultante la abierta acusación de inmadurez téorico-política del decrecimiento que se esgrime cuando se le receta la necesidad de atravesar su “momento Lenin” o su “momento Laclau”. Por mucho que el Green New Deal venga presentándose como la única hipótesis política solvente del ecologismo social, o como el peaje inevitable incluso para el decrecimiento, la realidad es que no es más que una postura teórico-política entre muchas, una hipótesis entre otras. Suponer que todos debemos bautizarnos en las mieles de las propuestas con mayúsculas del post-marxismo so pena de estar aquejados de infantilismo izquierdista es tan soberbio como erróneo. No existe una linealidad entre teoría y praxis política. William Morris hacía propuestas tan contemporáneas como las de Marx; Lenin no era en muchos asuntos claves más clarividente de lo que lo fue Gustav Landauer. Y, por supuesto, el populismo de Laclau hoy no es en absoluto imprescindible. Es más, como demuestran con solvencia autores como Amador Fernández-Savater, es quizá un tránsito que deberíamos ahorrarnos para poder abandonar la ilusión de una matemática política y conseguir superar el fetichismo que identifica de forma reduccionista el poder con las estructuras del Estado.

Hoy, quizá más que nunca, debemos ampliar nuestra noción de hegemonía y llevarla mucho más allá de la guerra comunicativa en redes sociales o de la victoria en las elecciones. Volver a las raíces del movimiento ecologista probablemente nos permitirá entender que el objetivo de un programa decrecentista no puede ser menos que cambiar nuestros modos de vida, conseguir que otra forma de estar en el mundo (entenderlo, habitarlo, sentirlo, representarlo, amarlo) se hegemonice. Y para ello es imprescindible la existencia de laboratorios de prácticas en los que lo anterior sea posible. Hasta donde yo sé, los ejemplos más acabados de estos con los que contamos siguen siendo los movimientos sociales, las acciones de protesta y las alternativas concretas de satisfacción de necesidades. Ahí, y no en el debate virtual, es donde debemos concentrar nuestras energías.

Adrián Almazán es profesor de Filosofía en la Universidad Carlos III de Madrid, licenciado en Física y miembro de Ecologistas en Acción y del colectivo La Torna.

Fuente: https://ctxt.es/es/20221201/Firmas/41667/colapsismo-debate-green-new-deal-decrecimiento-mas-pais.htm