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El imperio en los tiempos de Obama

Fuentes: La Jornada

Parte I «Nadie discute en serio que el capitalismo mundial -por muy policéntrico que esté estructurado-, prefiere ciertos lugares, países y poblaciones», escribe Peter Sloterdijk. «Es indudable que Estados Unidos de América se cuenta no sólo entre sus zonas favoritas, sino que constituye el corazón de su dominio universal. El país del mundo moderno que […]

Parte I

«Nadie discute en serio que el capitalismo mundial -por muy policéntrico que esté estructurado-, prefiere ciertos lugares, países y poblaciones», escribe Peter Sloterdijk. «Es indudable que Estados Unidos de América se cuenta no sólo entre sus zonas favoritas, sino que constituye el corazón de su dominio universal. El país del mundo moderno que ha constituido -más que ningún otro- un gran espacio de riqueza y prosperidad -el mayor representante de los progresos de la ciencia y la técnica en nuestros días. Se trata también de la nación que recibió -y sigue recibiendo- las grandes migraciones en su territorio».

El mundo del capitalismo occidental abarca, demográficamente, apenas un tercio de la humanidad actual -muy pronto llegaremos a ser 7 mil millones- y, en lo geográfico, únicamente un décimo de las superficies continentales. Estas son las verdaderas dimensiones espaciales del imperio estadunidense de nuestros días.

La mayoría de los habitantes de Estados Unidos de ascendencia europea tenía no hace mucho tiempo la convicción de sentirse no sólo los misioneros de un sistema económico, sino también los portadores de un entusiasmo cuyo nombre irresistible se conoce como el american dream, el sueño americano. La mejor interpretación de ese sueño -que también se llama American Creed– la hizo en su tiempo el escritor Israel Zangwill (1864-1926), autor de la metáfora del melting pot, como ha señalado Arthur Schlesinger Jr. en The disuniting of America. Reflections on multicultural society, New York 1998.

A diferencia de las numerosas «letargocracias» en el resto del mundo, en Estados Unidos cualquier persona que quiera hacer algo nuevo puede hacer algo nuevo, nos dice Sloterdijk. Aunque debemos decir también que la zona de novedades tiene ya sus dueños corporativos. De acuerdo con los derechos constitucionales de sus ciudadanos, desde un principio está presente la expectativa de hallar nuevos espacios que permitiesen su ocupación y transformación. «Quizá esta expectativa se llame el ‘derecho a Occidente’ en un sentido no sólo geográfico, ya que Occidente es el símbolo del derecho de pernada sobre la Tierra, de las conquistas en territorios desconocidos». Hace unos 150 años los territorios desconocidos se llamaban Texas, Oklahoma o California y, en los tiempos de Barack Obama, se llaman Irak o la investigación genética, la nanotecnología, la colonización de Marte o la vida artificial.

La historia inicial del imperio tiene en los nativos americanos sus primeras víctimas, los primeros iraquíes de su historia. La propuesta de John Cadwell Calhoun se convirtió en un dogma de la política nacional: el traslado de todos los nativos al oeste de Mississippi a los territorios convertidos en reservaciones, una suerte de campos de concentración permanentes. Los iroqueses, cheroques, wampaaoags, delawares, tuscaroras, narragansetts, yamasíes, senecas, sioux, hurones, apaches, susquehannas, todas estas etnias desaparecieron exterminadas por la furia de los pioneros o vivieron acosadas por las enfermedades en los ghettos llamados reservaciones federales.

A partir de 1840, las tierras al oeste de Mississippi fueron confiscadas por traficantes, aventureros, mineros, señores de la guerra, militares, granjeros y magnates ferroviarios, que lograron persuadir a las autoridades, o lograron asociarse con ellas, y legalizaron su empresa de despojo. Theodore Roosevelt (1858-1919) escribió: «La justicia se encontraba en el grupo de los pioneros, porque éste gran continente no habría existido sólo como un gran coto de caza de escuálidos salvajes».

Personajes de la historia estadunidense tan eminentes como John Wintroph, John Adams, Lewis Cass y John Caldwell Calhoun afirmaron que una raza primitiva y nómada debía permitir el paso a una civilización cristiana y agricultora. Sus justificaciones las encontraron en innumerables citas bíblicas que, según ellos, demostraban que el pueblo blanco tenía el derecho de pernada sobre la tierra, porque procedía «de acuerdo con las intenciones de Diostodopoderoso». El Destino Manifiesto: «Si Dios con nosotros, ¿quién contra nosotros?»

De acuerdo con las investigaciones del antropólogo Henry F. Dobyns (Estimating Aboriginal Indian Population. An Appraisal of Techniques with a New Hemisphere Estimate , Current Anthropology, 7. New York, 1966, antes de que los europeos llegaran a Norteamérica los nativos americanos sumaban más de 90 millones de habitantes. La conclusión final de Dobyns: antes de los colonos europeos, el Nuevo Mundo estaba poblado por unos 90 millones de seres humanos. Una cantidad igual o parecida a la del Viejo Mundo. Si los cálculos de Dobyns son razonables -y han sido cuidadosamente revisados por demógrafos muy calificados- hablamos de uno de los exterminios más impresionantes de la historia moderna.

Cuando los nativo-americanos tuvieron contacto con granjeros, cazadores, militares, pescadores, exploradores y colonos europeos, comenzó la oleada de virulentas epidemias en los siglos XVI, XVII y XVIII. La viruela, el tifus, la peste bubónica, la gripe, el sarampión, el paludismo, la fiebre amarilla, diezmaron a millones de seres humanos a lo largo de tres siglos como sucedió, al parecer, aunque en menores proporciones, durante la conquista de México. Por ejemplo, la viruela fue sin duda lo peor, porque en ocasiones volvía con más fuerza la segunda y aun la tercera vez. Al brotar de nuevo la epidemia de viruela desaparecieron poblaciones enteras. No fue fácil determinar las densidades de población de los nativos norteamericanos. Las controversias en tomo a las poblaciones prehistóricas significaron un dolor de cabeza para los demógrafos; pero, como dije, Dobyns demostró que la población de nativos en Estados Unidos -en los tiempos de la conquista- alcanzaba 90 millones de habitantes. Desde entonces data ese expansionismo maníaco cuyo origen no es sino la convicción de ser un pueblo elegido, que ejerce sus derechos despóticos a lo largo y ancho del mundo.

Parte II

Según Noam Chomsky, la conquista del mundo por el Occidente se prolonga sin interrupción desde el siglo XV. «La globalización de nuestros días no es sino una forma diferente de la misma conquista.» Se puede decir de igual modo que la misión imperial de Estados Unidos no es sino la persistencia de la misión imperial británica. Sus piedras angulares han sido la economía de mercado, la democracia y los derechos humanos, que van cobrando prioridad de acuerdo con los distintos desafíos regionales. El gobierno de Jimmy Carter resucitó la política de los derechos humanos, la exhumó del ataúd de las iniciativas obsoletas y la convirtió en el centro de las más importantes controversias internacionales. Ante el triunfalismo de la política de Ronald Reagan, la presencia de Carter ha sido injustamente olvidada. Sin embargo, la doctrina del destino manifiesto conocería una prolongación universal inimaginable para George Washington, John Adams y Thomas Jefferson, los padres fundadores de Estados Unidos de América.

El Manifiesto Comunista, obra maestra escrita por los señores Karl Marx y Friedrich Engels -el año de 1848- es el testimonio más conciso y escalofriante de un proceso cuyos enormes estragos padecemos en los primeros ocho años del siglo XXI en la forma de una gran recesión mundial. De los cuatro capítulos del Manifiesto es el primero -y sólo el primero- el que justifica el gran eco del conjunto de la obra, ha escrito el poeta Hans Magnus Enzensberger. Los autores no sólo prevén el futuro describiendo movimientos seculares como la urbanización y el incremento de la mano de obra femenina, sino que también analizan el mecanismo de crisis inherente a la economía capitalista con una exactitud sin comparación con los más recientes gurús de la globalización.

Dan cuenta del vertiginoso ritmo del cambio al que todas las sociedades modernas están sujetas, y otra vez prevén con precisión que roza la clarividencia más insólita las consecuencias «del infinito progreso de las comunicaciones». También anticipan la destrucción de la industria básica meridional, una catástrofe que ha sacudido a muchas regiones en el mundo y de la que aún no hemos visto el final. Por último, ponen al descubierto las implicaciones políticas de una economía totalmente globalizada: la inevitable pérdida del control por parte de los gobiernos nacionales cuyo papel se ve reducido al de «consejo de administración» de los negocios comunes de la clase social dominante: la burguesía representada hoy por las grandes multinacionales.

Un hecho notable: Estados Unidos vivió una cruenta guerra civil sin cambiar su forma de gobierno. Nunca derogaron su Constitución, no suspendieron las elecciones ni, mucho menos, dieron un golpe de Estado. A pesar del caos bélico y la descomposición social, preservaron el mismo sistema de gobierno establecido al fundar la nación, demostraron que valía la pena conservar el sistema económico y, sobre todo, que la idea de la democracia no había fracasado. Este era el significado del discurso de Gettysburg y del grito de guerra del Norte: la unión de los estados.

Desde la perspectiva de su diseño sico-político, Estados Unidos no ha sido sino el país del escapismo verdaderamente existente. «Hogar de evadidos de todo tipo -escribe Sloterdijk-, alberga ante todo seres humanos que, frente a la falta de esperanza en sus patrias anteriores, se han trasladado a un amplio espacio de segundas oportunidades.» Náufragos y fracasados que pudieron salvarse de las mareas de la historia universal. Sobra, pero no sobra mencionar a los 20 millones de mexicanos que en las últimas décadas han pasado la frontera y se han establecido en toda la nación estadunidense.

El país de inmigrantes promotor de remesas para los países de origen de sus emigrados ofrece un amplio margen de acción a los que han preferido la hegemonía del espíritu acometedor al mundo enclaustrado de las inhibiciones provincianas. Si pudiésemos articular en una sola frase todo el resplandor y la paradoja de Estados Unidos, diríamos que permitieron a las fuerzas de la «historia» retirarse de la historia, vale decir: las fuerzas evadidas de la historia que ahora se preparan y redescubren para ellas mismas la historia.

A finales del siglo XX se publicó un verdadero alud de diagnósticos sobre el fin de la época imperial. Después de la desaparición de la Unión Soviética, un sinnúmero de economistas y teóricos de la política afirmaron que estábamos al principio de una nueva época, de un nuevo orden mundial, confiaban en la capacidad transformadora de la ONU y en los designios del Banco Mundial. Michael Ignatieff, el historiador canadiense, hablaba entonces de «una nueva forma de dominio imperial para una época posimperial, que definía por la necesidad de luchar en favor de los derechos humanos y la democracia, así como también por la producción y la seguridad del mercado libre».

Por el contrario, el imperio de Estados Unidos se distingue por haber renunciado a los estados satélites en el sentido clásico y, en su lugar, ejercer una influencia global por medio de instituciones como la OTAN, las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. El rasgo distintivo del imperio estadunidense radica en la tarea de consolidar gracias al poder político el mercado mundial, cuya constante expansión le va arrebatando al resto del mundo cada vez más la poca soberanía. Estados Unidos -en la tradición del imperialismo clásico- ha dividido el planeta en cinco comandos militares regionales que protegen sus intereses.

Los comandantes regionales -que pueden compararse con los procónsules romanos- son responsables para América Latina, Europa, Medio Oriente, Océano Pacífico y Norteamérica. Tienen más de 350 mil soldados fuera de su país distribuidos en 700 bases militares en 150 países -sin contar Irak ni Afganistán-, listos para entrar en acción cada vez que sea necesario. Chalmers Johnson, el escritor estadunidense, ha descrito la historia de la América imperial como una historia de las bases militares en territorios extranjeros.

En Edad oscura americana: la fase final del imperio (Sexto Piso, 2006), Morris Berman recuerda el editorial de The Nation en la antesala de las elecciones de 2004, donde se enumera una lista de los peligros que representaba el gobierno de George W. Bush: «… la rescritura secreta de la ley, la eliminación de los controles o contrapesos aplicados a la figura del presidente, la suspensión de los derechos humanos fundamentales, la aprobación explícita de la tortura y el rechazo de cualquier rendición de cuentas. ¿No son estos los principales rasgos que esperaríamos ver magnificados si se produjera un colapso total de la Constitución de Estados Unidos?» Por ese entonces, nadie habría imaginado las dimensiones catastróficas de la crisis económica y social que los aguardaba en el año 2008.

Parte III y última

En el Diccionario de la esclavitud afroamericana (1997), Randall M. Miller y John David Smith señalan que -durante los dos siglos y medio que transcurrieron entre la primera llegada de una veintena de negros africanos a Virginia, el año de 1619, y los últimos cañonazos de la guerra de Secesión, en 1865- la esclavitud ocupó un lugar imprescindible y central en la sociedad y la economía de Estados Unidos. A finales del siglo XVII, la falta de mano de obra se volvió un problema tan grave, que los británicos, gracias a su armada, dueña del Atlántico, organizaron un comercio de negros a gran escala con la Royal African Company. Una de las consecuencias fatales de la prohibición de la trata de esclavos -en 1808- fue el desarrollo espectacular del comercio de esclavos en las regiones del sur de Estados Unidos.

Los demógrafos calculan que -entre 1790 y 1860- dos millones de esclavos negros fueron deportados del norte hacia el sudoeste de Estados Unidos: Kentucky y Tennessee, luego Georgia y Mississippi, Alabama, Lousiana y Texas. Unas veces los esclavos seguían a sus amos, otras eran trasladados de una plantación a la otra por mercaderes que los ofrecían al mejor postor. Una riquísima tradición oral ha rescatado la memoria de los esclavos negros poblada de recuerdos atroces, las largas marchas por inmensos territorios encadenados de pies y manos, rumbo a los mercados de esclavos de Nueva Orleáns o de Montgomery, en Alabama.

En la novela Beloved, Toni Morrison, premio Nobel de Literatura 1993, narra la historia de una esclava negra, Sethe, que asesinó a su hija, Beloved, para salvarla de la esclavitud. Los hechos suceden hacia el año de 1873. No fue un ataque de locura lo que volvió a Sethe homicida, sino el terror -y también el dolor- ante el hombre blanco que se acercaba cargado de cadenas para someter a su hija. Durante muchos años el fantasma de Beloved ocupaba la casa de Sethe y el dolor se convirtió en la única medida del universo. El crimen como única arma contra el dolor ajeno; el amor como única justificación ante el crimen y, por paradójico que suene, la muerte como salvación ante una vida destinada a la esclavitud. Así describió Toni Morrison la trama de su novela Beloved, uno de los testimonios más estremecedores en la historia del racismo y la esclavitud estadunidenses.

Unos 400 años después de la primera aparición de los africanos en Virginia, Estados Unidos tiene en Barack Hussein Obama al primer presidente afroestadunidense de su historia y, al mismo tiempo, se hunde en la crisis económica y social más profunda desde que inventaron la nación. Sin duda, la retórica imbatible de Obama procede de los predicadores negros, que fundaron la lengua de la libertad predicada por los esclavos negros.

Después de tantos siglos de esclavitud, de racismo implacable y discriminación de la etnia afroestadunidense, ¿qué sucedió en Estados Unidos para llevar a cabo un cambio tan radical y elegir por mayoría a Barack Obama presidente de Estados Unidos? El hijo de un negro nacido en Kenia y madre estadunidense de raza blanca, educado en Yakarta -su padrastro nació de Indonesia-, egresado de la Universidad de Columbia y, al igual que su esposa Michelle Obama, de la prestigiada Facultad de Leyes de la Universidad de Harvard, tiene ahora las riendas de la nación en sus manos.

El presidente Obama no sólo deberá hacerle frente a la mayor crisis económica en la historia de su país, como dije antes, sino también a una herencia de destrucción y muerte que le han legado los ocho años de gobierno de George W. Bush, uno de los peores mandatarios en la historia de Estados Unidos. En Edad oscura americana, Morris Berman afirma: «el daño del 11 de septiembre no es nada comparado con el daño que nosotros mismos nos infligimos y nos seguimos infligiendo como resultado de nuestra reacción ante tal acontecimiento. De una forma extraña, Donald Rumsfeld, Perle Abrams, Bush, Cheney, Wolfowitz, Rice y Feith y los de su especie son compañeros de armas de Bin Laden».

¿Será exagerado afirmar que Obama enfrenta la crisis económica más severa del capitalismo estadunidense? El economista Joseph Stiglitz comparaba este pánico financiero con la caída del Muro de Berlín. Los buques insignia de Estados Unidos como el Citigroup, la General Motors o la Ford Motor Company se encuentran al borde del naufragio. La tasa de desempleo de Estados Unidos subió a su nivel más alto desde 1964: las empresas han reducido miles de lugares de trabajo, lo que crea un preludio sombrío para la administración de Obama.

Antes de que anunciaran la intervención estatal, el valor de las acciones de Citigroup cayeron 3.77 dólares en Nueva York, dándole a la compañía un valor de mercado de 21 mil millones. El valor de mercado de las acciones de Citigroup en diciembre de 2006 había sido de 247 mil millones. Dos días antes de la intervención estatal en el Citigroup, Vikram Pandit, el nuevo presidente ejecutivo, había anunciado el despido de 72 mil trabajadores. Sin embargo, nada impidió el colapso del Citigroup. De nuevo Karl Marx: ¿Nos encontramos en el centro decisivo -Marx lo llamaba dialéctica- de la sobreproducción especulativa y el infraconsumo financiero?

¿Alguien habría imaginado hace cuatro años la quiebra del Lehman Brothers, el cuarto banco de Estados Unidos? El banco de inversión no tenía compradores y anunció su bancarrota. Sus acciones se cotizaban en mercados futuros a sólo 75 centavos. La quiebra representa el final de un consorcio cuyos 158 años de existencia lo habían convertido en un símbolo supremo del sistema económico estadunidense. Lehman Brothers sobrevivió a dos guerras mundiales, pero no pudo superar la crisis de crédito en el mundo perfecto de la globalización.

¿Insistirá Obama en trasladar la guerra de Irak a Afganistán? Sería un error fatal. Robert Fisk proponía (La Jornada, 16/11/08) «repartir un millón de ejemplares de la Convención de Ginebra en idioma pashtu a los talibanes y seguidores, así como a los combatientes de la OTAN, quienes ganarán la guerra en Afganistán, según cree absurdamente Barack Obama».

Así como Gabriel García Márquez dice que existen seres con el privilegio sobrenatural de volver a los sitios de sus afectos y repetir los mismos actos de sus mejores recuerdos en los días anteriores a su muerte, a mí me gustaría que existiera un presidente afroestadunidense de Estados Unidos con el privilegio de comenzar su política exterior como si nunca hubiese existido otra, una suerte de cancelación del pasado al inicio de su mandato -dejando a un lado los intereses del poderosísimo complejo militar industrial- y suprimiera las guerras de destrucción del imperio, que tanta desdicha, miseria y muerte han llevado a tantos pueblos.

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