Recomiendo:
0

Entrevista a Robert Dreyfuss

El juego del diablo

Fuentes: mother jones vía sinpermiso.info

 El reciente libro de Robert Dreyfuss, Devil’s Game: How the United States Helped Unleash Fundamentalist Islam (El Juego del Diablo: Cómo los EEUU contribuyeron al fundamentalismo islámico) proporciona una panorámica completa del modo en que la estrategia de los EEUU durante la Guerra Fría dio origen a los mismos grupos islamistas y terroristas a los […]

 El reciente libro de Robert Dreyfuss, Devil’s Game: How the United States Helped Unleash Fundamentalist Islam (El Juego del Diablo: Cómo los EEUU contribuyeron al fundamentalismo islámico) proporciona una panorámica completa del modo en que la estrategia de los EEUU durante la Guerra Fría dio origen a los mismos grupos islamistas y terroristas a los que recientemente a declarado una Guerra sin cuartel. Basándose en entrevistas con funcionarios del gobierno y de la CIA, el libro describe con detalle las políticas y las operaciones de inteligencia y espionaje que contribuyeron a fundar y armar a los grupos terroristas islámicos, haciendo luego la vista gorda respecto de las actividades de éstos. Durante la Guerra Fría, los EEUU frecuentemente se aliaron con déspotas teocráticos, con regímenes monárquicos y con grupos como el de la Hermandad Musulmana, una estrategia heredada de los poderes imperiales europeos y calculada para liquidar los impulsos nacionalistas y democráticos que socavaban el control extranjero del Oriente Medio.

Aunque el resto del mundo quedó sorprendido por los ataques del 11 de septiembre, Dreyfuss arguye que los servicios norteamericanos de inteligencia habían ya recibido numerosas señales de alerta, en el sentido de que la estrategia que el país estaba siguiendo en Oriente Medio estaba convirtiéndose en un «Juego del Diablo». No supieron interpretarlas. «No es nosotros creáramos este movimiento [islámico radical] -ya tenía vida por sí propio-, pero parece que lo vimos como un buen caballo cabalgable», dice Dreyfuss. «Y en eso, nos equivocamos». Dreyfuss ha concedido a Mother Jones la entrevista que a continuación se reproduce.

Mother Jones: Repetidamente, la CIA, los británicos, e incluso aliados de los EEUU en Oriente Medio como Anuar El Sadat, se han manifestado sorprendidos por el hecho de que grupos radicales islámicos a los que habían apoyado irrumpieran en la región desbaratando el control occidental de la misma, atacando violentamente por su cuenta. ¿Cómo no lo vieron venir?

Robert Dreyfuss: Las señales de alarma existían, pero no supieron interpretarlas. A veces, la gente cree que puede controlar las fuerzas que desencadena, y se lleva el chasco de que se le escapan. Es el viejo problema del aprendiz de brujo.

En el caso de Sadat, cuando llegó a Presidente de Egipto, carecía por completo de base social, y se sirvió de la Hermandad Musulmana para que le ayudaran a combatir y a liquidar a los nasseristas y a la izquierda egipcia. Les animó a combatir a los estudiantes de izquierda en los campus de las universidades egipcias en los años setenta, y estoy seguro de que, como patrocinador suyo, pensaba que nada malo habría de surgir de eso. De hecho, su mujer, Jihan, le previno de que las cosas podrían ir por mal camino. Como así ocurrió: lo vio todo el mundo, en directo, por television, cuando esos islamistas fanáticos, provistos con jeeps, camiones y armamento pesado, lo acribillaron ante las cámaras de la televisión islámica.

MJ: Había signos de que ese fundamentalismo islámico estaba empezando a quedar fuera de control. ¿Ocurrió simplemente que los EEUU y Gran Bretaña no supieron interpretarlos, o pensaron que podrían, si necesario, refrenar y encauzar a los radicales?

RD: El problema básico es que los estrategas norteamericanos y las gentes de los servicios secretos no se tomaron la molestia de hacer una pausa y tratar de ver el bosque entero. Lo vieron árbol a árbol, es decir, país por país. Realmente, nunca se pararon a pensar: «¿Habla este tipo con este otro? Está este movimiento conectado con este otro?»

El caso más claro y llamativo es el de Afganistán. Aquí estuvimos dando apoyo a una Jihad y reclutando islamistas de todo el mundo para luchar contra los comunistas, y en el preciso momento, esos mismos islamistas asesinaron al Presidente de Egipto, que era nuestro principal aliado en el mundo árabe. Nadie se paró a reflexionar. ¿Qué me dice de los islamistas que derrocaron a nuestro principal aliado en Oriente Medio, el Sha de Irán? A nuestros estrategas ni siquiera les pasó por la cabeza que, tal vez, eso podría estar conectado con alguna otra cosa a algún nivel.

Ignorar el hecho de que todos esos acontecimientos estaban múltiplemente conectados y que los islamistas estaban en contacto unos con otros, basándose unos en los éxitos de los otros, y aprendiendo de los reveses ajenos, es sencillamente absurdo. En mi investigación preparatoria del libro, me encontré con gentes que escribían informes para algún departamento de inteligencia y que decían: «Debería empezar a preocuparnos este fenómeno islamista». Pero nunca dejaron de ser una pequeña minoría ignorada.

MJ: ¿Puede decirse que, en parte al menos, el fracaso de los servicios secretos de los EEUU a la hora de predecir la aparición del islamismo radical, se debió a la escasez de especialistas en el estudio de los países islámicos? ¿Todavía se da ese problema?

RD: Ser un arabista nunca ha sido cosa popular entre la burocracia norteamericana. En los últimos veinte años, casi ha sido un anatema. Se ha levantado toda una industria destinada atacar a los arabistas y a cargarles con todo tipo de reproches, como el de estar a sueldo de los jeques sauditas y cosas por el estilo.

En el ultimo año y medio, desde que Porter Goss se hizo cargo de la dirección de la CIA, ha habido otra purga en la CIA, que ha afectado sobre todo a su División del Oriente Próximo y a los arabistas de la CIA, muchos de los cuales se fueron disgustados. Es claro que, desde la elección del Presidente Bush, nadie en la Casa Blanca estaba interesado en las conclusiones que sacaron esos profesionales arabistas. Los servicios secretos de inteligencia en Irak fueron sesgados, dejados de banda, distorsionados, y en algunos casos, falsificados. Las cosas fueron a peor bajo Porter Goss, al que se envió a la CIA para sellar una reconocida fuente de rebelión contra la Casa Blanca en la agencia. De manera que en el preciso momento en que necesitábamos que la CIA tuviera una clara inteligencia de lo que está ocurriendo en el Oriente Medio con el Islam politico, y de la naturaleza de la amenaza terrorista que tenemos enfrente, se priva a la agencia de sus mejores y más brillantes cerebros en esa materia.

MJ: ¿Qué lecciones se han sacado de la complicidad occidental en el desencadenamiento de lo que en el mundo de hoy se percibe como la amenaza más grave para la seguridad global?

RD: Henry Ford dijo una vez: «Nada de lamentos; nada de explicaciones». A lo que yo añadiría: «Nada de disculpas». No, yo no espero consciencia alguna de culpa por parte de los viejos poderes imperiales europeos ni de los EEUU respecto de su papel de partera en el nacimiento de los movimientos políticos radicales islámicos.

La lección más clara que se ha sacado es ésta: «Mira la historia, y no hagas eso». Pero alguien mucho más listo que yo dijo: «La historia se repite». A mí me produce un asombro que no puede expresarse con palabras el hecho de que una Administración que declara como su principal misión la de exterminar el terrorismo islamista, esté hoy apoyando hoy en Bagdad con 150.000 soldados islamistas a un gobierno, uno de cuyos partidos, al-Da´wa, es un partido terrorista. En mi libro escribo sobre la historia del al-Da´wa. Se trata de una organización que en 1992 trató de volar la Embajada Americana en Kuwait. Eso, para mí, es una acción terrorista. Y ahora, de repente, estamos apoyándolos, al partido y a su dirigente, [Ibrahim] Jaafari, Presidente de Irak. No encuentro palabras para expresar mi estupefacción ante el hecho de que no haya nadie de la Administración Bush que venga y diga: «¡Ojo! Cometimos un error. No nos percatamos de que contribuimos a que estas gentes acabaran dominando el país. ¡Cuanto lo lamentamos!.»

MJ: El ascenso de los militantes islamistas egipcios ante las mismísimas narices de Sadat resultó asombroso, y hay incontables ejemplos de este tipo de ceguera de los s ervicios secretos estadounidenses. ¿Hay actualmente proyectos y programas religiosos similares que pudieran llegar a tener en el futuro consecuencias no pretendidas e igualmente negativas en el futuro?

RD: Estamos creando un Frankenstein en Irak, obviamente. Puesto que estamos construyendo el monstruo, hay islamistas por toda la región que están mirando eso y diciéndose: «Vaya, vaya; también nosotros podríamos hacer algo así». Por ejemplo, en Siria, la Hermandad Musulmana, que representa allí a la mayoría de los sunitas, mira a Irak y dice: «El tío Sam invadió Irak, derrocó a Sadam, y la mayoría chiíta se impuso y está ahora a punto de lograr el poder. Puede que si el Tío Sam sigue ese mismo camino en Siria, y nos libra del Presidente [Bashar] Assad, la mayoría sunita acabe logrando el poder en Siria.» La Hermandad Musulmana está mirando al Irak como un modelo esperanzador de lo que podría acabar ocurriendo en Siria.

MJ: ¿Ha desarrollado la actual Administración una inteligencia suficiente de los grupos islamistas radicals, y qué papel juega esa inteligencia en las actuales políticas hacia los mundos islámico y árabe?

RD: ¿Es una broma eso de la inteligencia suficiente del Islam? Yo diría que, en una escala de uno a diez, la comprensión que la Administración Bush tiene del Islam político se sitúa entre cero y uno. Creo, sencillamente, que carecen por completo de concepto, tanto en lo que hace a la magnitud de las fuerzas en presencia -es decir, cómo opera el Islam como fuerza política en el mundo moderno-, cuanto en lo tocante a la específica naturaleza de lo que Bush llama ahora el «islamofascismo.»

Por una parte, creo que el Presidente exagera bestialmente la amenaza del terrorismo islámico cuando lo compara con amenazas institucionales globales, como el fascismo o el comunismo. Por otra parte, creo que subestima la importancia del Islam político como institución en el Oriente Medio, porque con lo que ahora nos encontramos, desde la invasión de Irak, es con una teocracia islámica apoyada por nosotros mismos en Bagdad. Al mismo tiempo, el Presidente está desarrollando una política tendente a reemplazar por democracias los regímenes actualmente existentes en Oriente Medio, lo cual no puede sino robustecer el poder de grupos como la Hermandad Musulmana, que constituyen los grupos de oposición más fuertes en países como Egipto, Siria y otros.

MJ: ¿Está la política exterior norteamericana operando todavía en Oriente Medio con esquemas heredados de la Guerra Fría?

RD: La estrategia de la Guerra Fría en Oriente Medio se fundaba en la premisa de que teníamos que apoderarnos de la región, o en caso contrario, lo harían los soviéticos. Bueno, pues la Unión Soviética ha dejado de existir. Pero ahora se tiene una idea similar: Tenemos que apoderarnos de la región o, en caso contrario, los chinos pondrán sus sucias manos sobre ella, y tal vez otros tipos, también. La lucha por el control de los recursos petrolíferos del Golfo Pérsico no tiene un punto final. Durante la Guerra Fría, simplemente, teníamos un conjunto distinto de tipos malos por los que preocuparnos.

MJ: ¿Cree Usted que tomar consciencia de esa historia podría traer consigo un cambio en nuestra política exterior?

RD: Soy totalmente escéptico ante la idea que un libro pueda llegar a tener un gran impacto en material de política. Y le voy a decir por qué. Porque hay mucha, muchísima gente hoy en los EEUU que comprende perfectamente cómo se imbrican política y religión en Oriente Medio. Pero hay un hiato enorme entre los conocimientos de esas gentes y la información con la que trabajan los políticos.

En los meses y años previos a la invasión de Irak, prácticamente todos los que sabían algo sobre Irak se opusieron a la Guerra. Lo hicieron en parte porque se percataban de que era manifiestamente estúpido y temerario invadir un país sin tener una idea clara de las consecuencias de hacerlo. Porque se opusieron a la guerra, fueron excluidos de la planificación de la Guerra. Y esto es un catch-22: cualquiera que supiera algo sobre Irak, puesto que se oponía a la aventura, fue excluido de la planificación de la guerra. Lo que significa que la única gente que se incorporó a la planificación de la invasión fueron los que no sabían nada, los que no tenían ni idea. Y así, quienes no tenían ni idea fueron quienes acabaron planificando la Guerra, y esa es la causa que nos ha llevado a la actual catástrofe en Irak.

Puede Usted ver en mi libro un montón de ejemplos de gentes que entendían el problema y que fueron excluidas -por razones políticas- de la toma de decisiones. Es imposible desafiar las políticas norteamericanas de apoyo a Israel. Es imposible manifestarse a favor de la retirada de Irak, porque te darán con un gran bastón en la cabeza cuando te presentes a la reelección. Si mi libro acaba contribuyendo a que más gentes cobren consciencia de los disparates de nuestros políticos, tal vez tenga algún impacto, pero solo si los votantes votan de acuerdo con la nueva comprensión adquirida del problema.

MJ: Usted menciona en su libro que Irán, Siria, Arabia Saudita y los Estados del Golfo son todos objetivos de primera magnitud en una especie de proyecto neoconservador de construcción imperial. ¿Pueden llegar muy lejos esas ambiciones, bajo la actual Administración?

RD: Al comienzo del proyecto de Irak, yo creo que el punto de vista mayoritario en la Administración era «Primero Irak, luego Siria, luego Irán, y luego el resto de la región. Y enseguida, todo será nuestro». Cuando se hizo claro que la americanización de Irak no iba por muy buen camino, se dio un proceso de reflexión entre algunas de las gentes más sensibles de la Administración, pero otros empujan hacia delante. Nos hallamos ahora en una situación en la que los países que más necesarios nos resultan para ayudarnos a estabilizar Irak -Siria e Irán- son precisamente los dos países a los que la Administración Bush trata con mayor empeño de afrontar y afrentar.

Si yo fuera el Presidente, me dirigiría a Siria y a Irán para decirles confidencialmente: «De acuerdo, metimos la pata en Irak. ¿Quieren ayudarnos a sacarla?» Pero en vez de eso, están organizando una chillería con que no vamos a tolerar a Siria y a Irán, que vamos a presionar a éste, a acosar a este, a amenazar a este y a bombardear a este. Eso no es precisamente preparar una perspectiva para un mejor Irak. Al contrario: es aumentar las probabilidades de que las cosas vayan todavía peor en Irak.

MJ: ¿Pero no representa Siria una amenaza para los EEUU, tanto porque suministra a Irak nuevos insurgentes, como por su papel en el asesinato del anterior primer ministro libanés, Rafiq Hariri?

RD: Siria es un país pequeño y con poco peso. Es verdad que es capaz de volar gente en el Líbano. Pero todo tipo de países han estado volando políticos en el Líbano, incluyendo Israel y los propios EEUU. No me parece que tengamos las manos limpias en esta partida. Cualquiera que piense que Siria constituye una amenaza global ignora de qué está hablando realmente. Siria, créame, está más temerosa de nosotros de lo que nosotros deberíamos estarlo respecto de ella.

MJ: Mencionó Usted que los EEUU están actualmente sosteniendo una teocracia en Bagdad: ¿cómo resulta ésta por comparación con la de Irán?

RD: Yo diría que la teocracia islámica instalada en Bagdad es una hermana menor de la iraní. Está menos desarrollada y se ve forzada a compartir su poder con los kurdos, que son laicos, lo que pone un obstáculo en el camino que tiene por delante los partidos religiosos en Irak. Pero, dejados a sus propios impulsos, los grupos iraquíes como Consejo Supremo para la Revolución Islámica (CSRI), crearían un estado que asemejaría mucho al de Irán, y de hecho, formaría probablemente algún tipo de alianza de colaboración permanente con el régimen de Irán.

MJ: Ni el apoyo norteamericano a los grupos radicales islámicos en el pasado, ni la actual agresión -incluida la Guerra de Irak- han tenido efectos deseables, ni desde la perspectiva de la política exterior estadounidense, ni desde la de los musulmanes moderados que tienen que arrostrar las consecuencias. ¿Tiene solución el complejo problema del terrorismo islámico fundamentalista?

RD: Sí, eso tiene respuesta. La manera mas sencilla de responder a eso es decir que necesitamos rebajar la temperatura. En alguna parte de mi libro hablo de un punto de ebullición del agua. Si Usted tiene la llama bajo el caldero y el agua hierve, las moléculas más calientes se evaporan en el aire. Y eso es lo que ha ocurrido.

[Rebajar la temperatura] significa, lo primero y más importante, reducir nuestra presencia militar en la región -salir de Irak y de Afganistán, cerrando algunas de las bases que hemos construido en el área que va del Mediterráneo oriental hasta el Asia central y el Océano índico-, dejando claro que no tenemos intención ni de mantener bases permanentes en esa parte del mundo, ni de hacernos con su petróleo. Y emprender luego pasos en serios en la vía de internacionalizar y resolver algunos de los más enquistados problemas que inflaman los ánimos musulmanes desde Palestina hasta Chechenia y Cachemira.

Si lográramos hacer eso, creo que habríamos recorrido un largo trecho en el camino que lleva a rebajar la temperatura, y entonces, solo necesitaríamos quitarnos de en medio y dejar que las gentes que viven en el Oriente Medio se comprometan y participen en el proceso que yo llamo de «construcción de la religión», un término que tome prestado de Cheryl Bernard del [instituto de investigación] RAND, y que refiere a la idea de que necesitamos crear una nueva filosofía de la religión en Oriente Medio. Pero eso es algo que no deben hacer los EEUU; es algo que los musulmanes necesitan hacer. Lo que sé de la región me permite decir que allí hay un sinnúmero de miles, millones de gentes completamente libres de la fe obscurantista de esos islamistas y que no desean otra cosa, sino liberarse por sí mismos de las sombras del Islam político, construyendo autónomamente su sociedad.

MJ: ¿Y qué perspectivas le augura Usted a eso?

RD: Malas. ¿Tengo que explicárselo? Quiero decir, malas. Probablemente, estamos en vías de invadir otro país. Eso es malo. Es horrible, y va a peor.

Traducción para www.sinpermiso.info : Amaranta Süss.

Mother Jones, 10 noviembre 2005

0