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El otro lado de la playa

Fuentes: Rebelión [Imagen: Monumento en el quilombo da Rasa, en Búzios, como ruta del esclavismo en Brasil. Créditos: Associação dos Quilombolas de Búzios]

Río de Janeiro, 31°C. Es otoño en el trópico. Viajo en ómnibus hacia al este, unos doscientos kilómetros. Llego a Búzios. Calma chicha, el sitio justo. «Un pueblo con mar», como le gusta a Joaquín Sabina. Al amanecer el cielo está despejado, azul intenso. Tomo una taza de café debajo de la sombrilla de color blanco en el patio de la hostería. ¿Qué lugar cercano valdrá la pena conocer? «Pai Vitório», me apunta la mujer que atiende. No se diga más. Me subo a una combi.

Se llama Brasil y está en el mapa como la nación mestiza más grande del mundo. Su marca de fábrica es la mixtura racial. En el principio la colonización portuguesa mezcló europeos, africanos e indígenas. Para el sociólogo Gilberto Freyre la construcción (relativamente) armoniosa del mestizaje fue la herencia positiva que dejó el imperio lusitano. ¿Ficción o realidad? Necesito saber más.

Al cabo de una hora estoy en Praia Rasa. Con mi portugués turístico no entiendo ni una palabra de las indicaciones del chofer. Bajo de la van. ¿Dónde está Pai Vitório? No veo un alma a la redonda. No hay carteles de señales. Elijo ir por una calle de tierra, sin salida. «Es del otro lado», me dice alguien. No, tampoco. Ni rastros de Pai Vitório. Toco una puerta. «¿Dónde está Pai Vitório?», susurro. ¿Cuántas veces preguntaré lo mismo? ¿Será que no llegaré nunca?

Hubo una época que a estas comarcas próximas al mar los barcos traían esclavos. Sobre todo, desde Angola y Congo cruzando el Atlántico. Es cierto, la esclavitud en África fue anterior a la llegada de los países coloniales, pero acto seguido éstos la exacerbaron hasta lo inimaginable. Antes o después, la esclavitud es un hecho antinatural (con tu permiso, Aristóteles). Lo advertían los iluminados revolucionarios franceses y los abolicionistas británicos del siglo XVIII.

Camino por ahí y por allá. Busco amparo en una esquina arbolada. No hay conexión de internet. Me orientan unos trabajadores que pasan recogiendo la basura. Todos son afrobrasileños. «Mesmo depois de abolida a escravidão / Negra é a mão de quem faz a limpeza», escribió Gilberto Gil. Según las clases altas brasileñas, el mestizaje fue un freno al desarrollo del país. Intentaron el blanqueamiento de la población impulsando la inmigración. Una élite racista, como tantas otras.

En aquellos tiempos de sufrimiento, los esclavos desarrollaron algunas estrategias de adaptación. Por un lado, la religión africana perduró acomodándose en el catolicismo. De ahí, claro, el candomblé. Por otro lado, algunos amos no eran hombres ricos sino de clase baja. ¿Cómo reaccionaron los cautivos? Se integraron como parte de la unidad familiar en una economía de subsistencia. Imagino una escena posible: amos y esclavos trabajando en una atmósfera menos tensa.   

Siento el viento del mar. Ahí está Ponta do Pai Vitório, mirando el horizonte. Su nombre es la historia de un naufragio. Año 1850. Una noche de invierno, una tormenta horrible y un barco negrero que se hunde. Los africanos sobrevivientes escapan de los traficantes. Saltan entre las rocas de la costa. Vagan por los arenales. Finalmente, exhaustos, encuentran un refugio. Nace el Quilombo da Rasa, en pie de lucha. Hago una foto al monumento que lo celebra.  

Proyecto de la UNESCO reconoce el quilombo da Rasa, en Búzios, como ruta del esclavismo en Brasil. Créditos: Associação dos Quilombolas de Búzios

Sigo el sendero y bamboleando subo al morro. Observo los condominios exclusivos en la playa. La gentrificación avanza. Los emprendedores inmobiliarios, ¿los nuevos señores? La comunidad del quilombo se organiza. Reclama los títulos de propiedad de la tierra. Brasil abolió formalmente la esclavitud, pero la desigualdad social se perpetuó y sigue a la vista. La deuda moral y material es inmensa. En ninguna parte del planeta hubo tantos esclavos como aquí.

Al atardecer vuelvo a la hostería. Recupero Google. Hace un mes el presidente Lula pidió perdón al continente africano por más de tres siglos de esclavitud. La justicia investiga al Banco de Brasil, segunda entidad financiera latinoamericana, por sus nexos con la trata de esclavos. Los descendientes de éstos demandan una reparación histórica. Pienso en el legado doloroso del sistema esclavista. Me alcanza la voz de Gal Costa que canta: «Brasil, meu Brasil brasileiro».

Carlos Moreira es sociólogo y fotógrafo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.