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Sobre el debate Petras, Fidel y Casanova

Humor y revolución

Fuentes: Rebelión

«El humor es la sonrisa de la revolución», dijo poco antes de morir el joven poeta francés Marco Ménégoz, asesinado por los nazis en 1944. Y Freud ya lo había sugerido al señalar, en El chiste y su relación con el inconsciente, que el humor es intrínsecamente subversivo. En febrero de 2004 y en el […]

«El humor es la sonrisa de la revolución», dijo poco antes de morir el joven poeta francés Marco Ménégoz, asesinado por los nazis en 1944. Y Freud ya lo había sugerido al señalar, en El chiste y su relación con el inconsciente, que el humor es intrínsecamente subversivo.

En febrero de 2004 y en el marco de la Feria Internacional del Libro de La Habana, participé en una larga mesa redonda (ocupó dos mañanas enteras) sobre el mercado de las ideas y el papel de los intelectuales. Pocas veces he tenido unos compañeros de mesa tan competentes (Atilio Borón, Luis Britto, Heinz Dieterich, James Petras) y un auditorio tan selecto (en primera fila, Irene Amador, Eva Forest, Abel Prieto, Iroel Sánchez, Eva Sastre…). Fue interesante, sin duda, pero podría haberlo sido mucho más si hubiera habido un auténtico debate, en vez de una mera sucesión de clases magistrales un tanto solemnes. Como me comentó luego Eva Forest con su habitual ironía, todos los ponentes éramos «hombres, blancos y viejos», y parecíamos más interesados en quedar bien, en demostrar lo brillantes que éramos («como gallos levantando la cresta»), que en entablar un diálogo del que todos pudiéramos aprender algo. Me he acordado muchas veces de aquella conversación con Eva, que, con su vida y su obra ejemplares, con su infatigable sonrisa entre cordial y burlona, era la prueba viviente de que el humor y la lucha pueden -deben– ir juntos.

Y he vuelto a acordarme de ella a raíz de la reciente polémica suscitada por el artículo Cuba: revolución permanente y contradicciones contemporáneas (Rebelión, 24-8-07), de James Petras y Robin Eastman-Abaya, no tanto por el tema como por el tono de la controversia, pues la enconada actitud de algunos de los polemistas, más interesados en descalificar al contrario que en buscar la verdad, ha convertido la supuesta discusión política en una pelea de gallos, un lamentable incidente sobre el que creo que convendría reflexionar.

Al susodicho artículo siguió una breve nota de Fidel Castro titulada Los superrevolucionarios (Cubadebate, 5-9-07), en la que arremete contra quienes se atreven a darle a la Revolución «consejos» que, en última instancia, remiten a las consabidas fórmulas del neoliberalismo. Creo que la nota de Fidel sería excesivamente dura si mencionara de forma expresa a Petras y a Eastman-Abaya; pero no lo hace: evitando toda referencia personal, su crítica se centra en una determinada actitud (por desgracia muy difundida), y aunque la coincidencia temporal resulta inequívoca, queda en manos del lector calibrar en qué medida los contundentes argumentos de Fidel son aplicables a los autores mencionados (mejor dicho, no mencionados).

En el extremo opuesto, Pablo González Casanova, sustituyendo la reflexión política por sesgados argumentos ad hominem, en su artículo Cuba y un hombre perverso (La Jornada, 12 y 13-9-07) habla directamente de Petras y solo de él; y en más de un sentido, pues, para empezar, ni siquiera menciona a la coautora de Cuba: revolución permanente…, una torpeza que bastaría para descalificarlo, al igual que el propio título del artículo o su primera frase: «Vamos a suponer que Petras es un hombre perverso». Por la misma regla de tres, y con más argumentos, yo podría «suponer» que González Casanova es el típico mediocre encumbrado, el típico académico oportunista y envidioso que aprovecha con saña la ocasión de arremeter contra un rival más brillante que ha sido desautorizado por el jefe; pero no lo haré: me limitaré a recomendarle –y de paso al propio Petras, que tampoco ahorra improperios en su réplica: Defendiendo la revolución cubana: ¿con amor o con veneno? (Rebelión, 17-9-07)– que no confunda al amigo que se equivoca con el enemigo «perverso», y que cuando polemice con alguien que ha dado sobradas muestras de apoyo a la revolución, lo haga desde el respeto y desde el deseo de avanzar juntos (aunque sea a partir de los errores, especialmente a partir de los errores). Y, ante todo, sin efusión de bilis; que si el humor es la sonrisa de la revolución, la acritud es la mueca de la reacción, el gruñido del feroz egoísta que todos llevamos dentro.