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Guerra imperialista de Estados Unidos e Israel

Irán resiste y contraataca

Fuentes: La Jornada - Imagen: Fuerzas de seguridad israelíes en el sitio de impacto de un misil balístico israelí, Beit Shemesh, centro de Israel, 1 de marzo, 2026. (Yonatan Sindel/Flash90)

Más allá de la niebla de guerra, la batalla de las narrativas y la propaganda de uno y otro bando, parece razonable concluir que al entrar en su tercera semana, la guerra imperialista de Estados Unidos e Israel contra Irán, prevista por los agresores como una «excursión» de fin de semana, se ha ido convirtiendo en un conflicto prolongado de desgaste de signo incierto. En ese lapso, las bases militares de Estados Unidos en el golfo Pérsico pasaron de ser activos estratégicos a blancos pasivos y fáciles de los misiles iraníes, y acicateados por la escalada bélica y el bloqueo del golfo de Ormuz, el alza de los precios del petróleo, el gas licuado y los fertilizantes nitrogenados ha repercutido en cadena en toda la economía global.

Con el paso de los días, Estados Unidos e Israel, dos potencias nucleares, han ido cambiando sus pretendidos objetivos: responder a una supuesta amenaza inminente de Irán, cambio de régimen o la destrucción de los programas nuclear y de misiles. Aunque en el fondo se trata de fragmentar al país y controlar su petróleo, el cerco a China, el fortalecimiento de los Acuerdos Abraham y la reconfiguración geopolítica de la región e impedir la creación de un Estado palestino.

Instigados y manipulados por el asesino de niñas y criminal de guerra Benjamin Netanyahu, Donald Trump y los «evangelistas sionistas»de la Casa Blanca apostaron que, con un ataque furtivo de decapitación (asesinatos selectivos cupulares), combinado con una política de conmoción y pavor (shock and awe) bajo la cobertura de negociaciones falsas (perfidia y traición) durante el Ramadán, mes sagrado musulmán, desencadenarían una insurrección interna para derrocar al gobierno iraní. De esa manera, lograrían una victoria en cuatro o cinco días y evitarían una represalia significativa. Pese a las graves pérdidas en vidas e infraestructura crítica, Irán no capituló. Contraatacó y ahora parece llevar la iniciativa. No se ha fragmentado ni se han levantado masas contra el régimen; el pueblo se ha unido en torno a la bandera y salió masivamente a las calles en defensa de la soberanía nacional.

Irán ganará siempre que sobreviva y desafíe el objetivo bélico de sus agresores. En otras palabras, no tiene que ganar, sólo no perder. A medida que la guerra se amplía para involucrar a todas las petromonarquías del golfo se está convirtiendo en un conflicto prolongado. En una guerra asimétrica, ganar no sólo depende de quién tiene la capacidad de infligir más daño, sino de quién tiene la resistencia para absorberlo. Irán está demostrando su capacidad para absorber los ataques mientras inflige su propia destrucción a sus enemigos. Irán está preparado para una guerra de desgaste. Estados Unidos e Israel, no. Trump vendió a su electorado la fantasía de los ataques quirúrgicos, las operaciones relámpago, las victorias fáciles y baratas; pero la realidad de las guerras asimétricas modernas es menos cinematográfica y mucho más costosa. Ahora el magnate empieza a descubrir que bombardear es fácil, pero mantener una guerra, no tanto. Máxime, si suben los precios del gas licuado, el petróleo y los fertilizantes, y se va al bolsillo de los consumidores estadunidenses de a pie en una año electoral.

Desde el Pacto del Quincy de 1945, las monarquías del golfo (Bahréin, Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí) financiaron la proyección de poder militar de Estados Unidos en la región. A cambio de inversiones en infraestructura militar y hospitalidad territorial, los anfitriones obtuvieron promesas de protección. Ese reciclaje de petrodólares ha sido base de la financiación y la militarización del comercio mundial de petróleo por parte de Estados Unidos, y de su estrategia imperial de aislar a los países que resisten adherirse al eufemístico «orden basado en reglas». Según Michael Hudson, lo que está en juego no es sólo la presencia militar de Estados Unidos en Medio Oriente, junto con sus dos ejércitos proxy, Israel y los yihadistas del ISIS/Al Qaeda, sino también las alianzas económicas de Washington con esos protectorados y si sus ingresos por exportación de petróleo seguirán acumulándose en dólares como soporte de la balanza de pagos estadunidense para ayudar a costear sus bases militares en el orbe.

Irán anunció que luchará hasta conseguir tres objetivos para evitar futuras guerras: I) Estados Unidos debe retirarse de todas sus bases militares en Medio Oriente. Con sus misiles, sus drones y el apoyo de la avanzada tecnología de interferencia, defensa aérea y vigilancia satelital (inteligencia de señales) en tiempo real de Rusia y China, Irán logró «cegar» la arquitectura de sensores del Comando Central (CentCom) del Pentágono. Ha destruido la columna vertebral de los sistemas de alerta por radar e instalaciones antiaéreas y de defensa antimisiles en Jordania, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, asiento de la Quinta Flota. Advirtió que las bases e instalaciones de Estados Unidos en esos países son «objetivos legítimos» y serán bombardeadas si no las abandonan. 2) Los países árabes de la OPEP deben poner fin a sus estrechos vínculos económicos con Estados Unidos, empezando por los centros de datos gestionados por Amazon, Microsoft y Google, vinculados con el Pentágono y la inteligencia militar de Israel. 3) No sólo deben dejar de fijar los precios de petróleo y gas en dólares estadunidenses, sino también desinvertir en sus actuales tenencias de petrodólares de las inversiones estadunidenses que han estado subvencionando la balanza de pagos de Estados Unidos desde los acuerdos de 1974.

Las exigencias iraníes resultan impensables para el Occidente colectivo. Pero ya hay tensiones y fisuras y todo puede suceder. Incluido el ataque nuclear (solución Sansón) de Israel a Irán.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.