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La burguesía catalana y las hazañas del yernísimo

Fuentes: Rebelión

Un derivada parcial de un asunto que cada día toma tintes más oscuros para la Casa Real borbónica e incluso -con algún empujoncito popular- para el futuro monárquico de la Jefatura del Estado español ¡Una pequeña-gran alegría en el casa de los Comunes! ¡Al fin! Cayo Lara estará feliz estos días. Cito algunos de los […]

Un derivada parcial de un asunto que cada día toma tintes más oscuros para la Casa Real borbónica e incluso -con algún empujoncito popular- para el futuro monárquico de la Jefatura del Estado español ¡Una pequeña-gran alegría en el casa de los Comunes! ¡Al fin! Cayo Lara estará feliz estos días.

Cito algunos de los nuevos datos del desaguisado, puntas visibles de un iceberg de dimensiones todavía desconocidas: se habla de ahora de 6 millones de euros de comisiones, de nuevas razones de fondo para la ubicación de la familia Borbón-Urdangarin en Washington, de los favores y llamadas a César Alierta, de las reuniones en despachos del palacio de Marivent -residencia oficial de verano de los Borbones en Palma- para negociar contratos con políticos del PP [1], de los costes globales y reales del «palacete» de Pedralbes -dejando aparte su mantenimiento- que superan los 11 millones de euros, de los procedimientos seguidos en la obtención de las hipotecas, del entorno ESADE, y de algunas «minucias» más. Vayan sumando y no olviden las antiguas entradas.

No es éste el momento de hablar con detalle de las reales cuentas de la Realeza Española -Pere Rusiñol ha escrito recientemente una excelente aproximación al tema [2]-, de un hacer sin normas que parece presuponer que pueden moverse como les venga en gana sin que nadie les tosa ni nada les ponga límites, sino de recordar el deslumbramiento, real, o aparente algunos casos, que la pareja Urdangarin-Borbón causaron (y acaso sigan causando) entre amplísimos sectores de la burguesía (nacionalista) catalana, o españolista of course, y de las clases medias del país.

La boda, cómo se recordará, se celebró en Barcelona. Lean o relean si tienen tiempo los titulares. Los de La Vanguardia por ejemplo. Cristina de Borbón era una «empleada», sin duda muy singular, de «La Caixa», la principal entidad financiera de Catalunya. Una antología de titulares y comentarios sobre esta «etapa profesional» de la princesa nos dejaría con la boca tan abierta como si estuviéramos oyendo la obertura del Tannhaüser. En su etapa de jugador de balonmano, los elogios sobre el yernísimo eran casi sonrojantes. El joven perfecto: deportista, guapo, alto-altísimo, culto, amable y, además, estudiante de Empresariales. Los adjetivos se fueron acumulando; ni un solo comentario crítico. Incluso los encuentros amorosos de la pareja fueron objeto de alabanzas, comentarios cariñosos y de comprensiones sin fin. Lo nunca visto, la Monarquía por fin estaba a la altura de la modernidad e incluso de la postmodernidad. Eran, se dijo una y mil veces, una pareja normal, como todas las demás. Se querían, querían ser felices y trabajaban para ello como buenos profesionales.

En síntesis: se casaron (en la catedral de Barcelona, ni más ni menos, misa en directo filmada por Pilar Miró), con la ciudad de los prodigios paralizada, y la burguesía y las clases medias se casaron con ellos… y con los Borbones en su conjunto que ya hablaban catalán en la intimidad e incluso en ocasiones en público.

Luego ha venido lo que ha venido y que ya entonces no se ubicaba en Úbeda: palacetes de lujo, estudios en ESADE, fichajes por multinacionales, inversiones en muebles e inmuebles, profesores que se convirtieron en amigos, confidentes y en socios, negocios oscuros, muy oscuros, huidas usamericanas, miradas que no miraron donde parecía obvio mirar.

El resto seguía siendo silencio y admiración. ¡La pareja desprendía un maravilloso glamour! ¡La princesa parecía de cuento (y no de Shrek precisamente)! ¡El ejecutivo esadista seguía siendo una perla envidiada, muy envidiada!

Pero ha pasado el tiempo, y la dura (y sucia) realidad se ha impuesto: también ellos querían llevarse la vida y los negocios por delante, seguramente con más de una ayuda familiar y acompañados de sus importantes e interesadas redes sociales. Sin límites, sin normas, sin consideraciones entorpecedoras. Henning Mankell lo expresó así hace casi dos décadas: «[…] Nadie remendaba ya los viejos calcetines. Toda la sociedad se transformó. Gastar y tirar fue la única regla que abarcaba de verdad a todo el mundo» [3].

El autor de La quina mujer añadió: «Seguro que había quienes se empecinaban en remendar sus calcetines. Pero a ésos ni se les veía ni se les oía».

Notas:

[1] En Marivent se cerró, según la prensa, un acuerdo para que el Gobierno balear patrocinase un equipo ciclista. El duque de Palma, que sigue siendo Duque de Palma y ejecutivo de Telefónica, se llevó unos 300.000 euros de comisión por la «operación».

[2] Pere Rusiñol, «Las incógnitas sin despejar de las cuentas del Rey». Público, 2 de enero de 2012, pp. 2-4.

[3] Henning Mankell, La quinta mujer, Tusquets, Barcelona, 2009 (colección Maxi) p. 335.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR