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La columna vertebral del Estados Unidos de en medio

Fuentes: La Jornada

Siempre que llego a Estados Unidos me pregunto qué sorpresa me tienen preparada los muchachos de Seguridad Nacinoal. Pero la semana pasada fue una verdadera pera en dulce. Llegué de Líbano y le dije al joven de control de aeropuertos, sentado en su escritorio, que venía a dar una conferencia ante musulmanes. «Huy, usted sí […]

Siempre que llego a Estados Unidos me pregunto qué sorpresa me tienen preparada los muchachos de Seguridad Nacinoal. Pero la semana pasada fue una verdadera pera en dulce. Llegué de Líbano y le dije al joven de control de aeropuertos, sentado en su escritorio, que venía a dar una conferencia ante musulmanes. «Huy, usted sí que debe pasarla mal allá en Líbano», me dijo con conmiseración al tiempo que me selló el pasaporte y en menos de 30 segundos me lo devolvía con una dedicatoria escrita a mano: «Que le vaya bien, compañero». Y así atravesé la barrera, ensillé un caballo palomino en el estacionamiento y me dirigí hacia la luna creciente islámica que colgaba sobre el horizonte de Chicago. ¡Hi Ho, Fisk, cabalga!

Ya había olvidado que muchos musulmanes estadunidenses son originarios del sureste asiático, más que de Medio Oriente, sus familias son con más frecuencia indias o paquistaníes, que sirias, egipcias, libanesas o saudíes. Pero la asistencia mayoritariamente sunita de las 32 mil personas reunidas en el encuentro anual de la Sociedad Islámica de Norte América no estaba conformada por los vendedores de hot dogs, botones y taxistas de Nueva York. Son lo que se está convirtiendo en la columna vertebral del Estados Unidos central, o de en medio, que es como llaman a la zona del país comprendida entre las costas este y oeste. Eran abogados corporativos, desarrolladores de bienes raíces, ingenieros de la construcción y propietarios de franquicias.

Tampoco se trataba de esos dóciles musulmanes que dan la mano cuando uno se los pide, de los que nos hemos acostumbrado a escribir después de los crímenes internacionales contra la humanidad del 11 de septiembre de 2001. Ante cerca de 12 mil musulmanes reunidos en un auditorio, dije que el Medio Oriente nunca había sido tan peligroso. Critiqué al líder de Hezbollah, Sayed Hassan Nasrallah, por decir que él no tenía idea de que los israelíes iban a reaccionar de manera tan salvaje por la captura de dos de sus soldados y el asesinato de otros tres el pasado 12 de julio. Más tarde, un imán muy apreciado me dijo: «Creo que lo que usted dijo del jeque Hassan fue casi un insulto». Pero era claro que esa no era la opinión de mi público.

Cuando les dije que como estadunidenses musulmanes, pueden exigir el derecho a responderle a los cabildos que maliciosamente aseguraron que dentro de su comunidad, perfectamente respetuosa de la ley, había una red de atacantes suicidas, rugieron entusiasmados.

Les advertí que escucharía con mucho cuidado su respuesta a mi siguiente propuesta, y entonces dije que deben sentirse libres de condenar, y que deberían condenar, a los regímenes musulmanes que usan la tortura y la opresión, aun si sus dictadores viven en la tierra de la que vinieron sus familias.

Miles de musulmanes se pusieron de pie para manifestar su aceptación con aplausos y gritos; con mucha más emoción y fervor que cualquier alarmista no musulmán gritando «terrorismo árabe». Esto no fue lo que yo esperaba.

Horas más tarde, cuando firmaba ejemplares de la edición estadunidense de mi libro sobre Medio Oriente, y que era la verdadera razón para ir a Chicago, estas mismas personas se me acercaron para explicarme que no son estadunidenses musulmanes, sino musulmanes estadunidenses; y que el Islam no es incompatible con la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

Algunos tenían historias trágicas. Un joven quiso que firmara su ejemplar de mi libro con una inscripción que él llevaba escrita en un papelito rosa: «A mis padres y hermanos, que perecieron a manos del Jmer Rojo de Pol Pot en Camboya. Yousos Adam».

Miré la cara del joven y me di cuenta que lloraba. «Estoy en contra de la guerra ¿sabe?», me dijo antes de desaparecer entre la multitud. Había otros personajes más zalameros. Por ejemplo, el presentador paquistaní de noticias que quería que yo hablara de los principios pacíficos de su país. Empecé a describir la continua y sercreta relación entre los servicios de inteligencia de Pakistán y el talibán, lo cual hizo que la entrevista terminara rápidamente.

También estaba el joven de rasgos asiáticos quien me dijo en voz baja que él era «el señor Yee, el imán de Guantánamo». Resultó ser el mismo señor Yee al que las autoridades estadunidenses acusaron de manera vil y falsa de pasar mensajes de Al Qaeda a los prisioneros cuando él desempeñaba sus labores clericales en el más lujoso campo penitenciario de Estados Unidos.

Pero no había amargura en estas personas. Sólo esa especie de dolor creciente por la forma en que la televisión y la prensa de este país continuamente los representa a ellos, y a los otros musulmanes del mundo, como una raza extraña, cruel y sádica.

Una mujer me mostró un artículo publicado en junio de este año por el diario Toronto Star sobre el poblado israelí de Sderot, el blanco de cientos de misiles palestinos disparados desde Gaza. «Bajo fuego, en la Zona Cero de Israel», era el encabezado. «¿Puede usted creer que exista este tipo de periodismo, señor Fisk?». Exigía saber mi opinión. Ya iba yo a darle la vieja cantaleta de que hay dos lados en cada historia cuando noté que, según el artículo, sólo cinco israelíes habían muerto por los cohetes en Sderot durante cinco años. Sí, cada vida vale lo mismo. ¿Pero quién en el Star decidió que un muerto al año en un poblado israelí equivale a la Zona Cero de Manhattan, con sus 3 mil muertos en dos horas? Todos los muertos son iguales en la prensa, pero al parecer algunos son más iguales que otros.

Y no pude evitar notar hasta qué grado le gusta atizar este fuego a Thomas Friedman, del New York Times. Este es el mismo hombre, un viejo amigo, que hace unos años escribió que los palestinos creen en » el sacrificio de niños» porque permitían que sus hijos arrojaran piedras contra los soldados israelíes.

Pero lo más ofensivo para los musulmanes con quienes hablé, es que Friedman ahora está «animalizando», como lo calificó muy propiamente una muchacha, a los iraquíes. Fue esa chica la que me dio el recorte de un artículo de Friedman que concluía con estas palabras: «Será una tragedia global si ellos (los enemigos, es decir, los insurgentes iraquíes) triunfan, pero el gobierno estadunidense no puede seguir pidiéndole a sus ciudadanos que sacrifiquen a sus hijos por personas que se odian más entre ellas de lo que aman a sus propios hijos».

Aquí vamos de nuevo, pensé. Los musulmanes sacrifican a sus hijos. Los musulmanes odian más de lo que aman a sus hijos. No me extraña, supongo, que sus niños sigan recibiendo balas israelíes en el corazón en Gaza, y balas estadunidenses en Irak y que las bombas israelíes los destrocen en Líbano. Pero todo es culpa de los árabes.

Y sin embargo aquí en Chicago había 32 mil musulmanes denunciando todas las calumnias, los sofismas y mentiras; y diciendo que están orgullosos de ser estadunidenses.

Creo que, para un hombre que se despierta cada mañana en su departamento en Beirut preguntándose dónde caerá la siguiente bomba, eso hace que uno se sienta un poquito más seguro en el mundo.

© The Independent

Traducción: Gabriela Fonseca