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Bombas para hacer retroceder Gaza en varias décadas

La doctrina israelí de la destrucción

Fuentes: CounterPunch

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

En los últimos días de la ofensiva, antes de decidir un alto el fuego unilateral en Gaza con objeto de evitarle problemas a la entrante administración Obama, Israel se dedicó a intensificar sus ataques, adentrándose con sus tropas más aún en la ciudad de Gaza, redoblando sus bombardeos con fuego de artillería y creando miles de nuevos desplazados.

La estrategia del ejército de Israel en Gaza, incluso en lo que sus oficiales denominaban el «acto final», siguió el plan de acción aplicado en la guerra del Líbano de hace más de dos años.

En aquel entonces, Israel destruyó gran parte de la infraestructura del Líbano en un mes de ataques aéreos intensivos. Incluso en las últimas pocas horas de la guerra, cuando se estaba alcanzando ya el alto el fuego, Israel lanzó más de un millón de bombas de racimo sobre el sur del Líbano, al parecer con la esperanza de que la zona fuera todo lo inhabitable posible.

De forma parecida, la destrucción de Gaza por Israel continuó con energía implacable hasta el mismo último instante aunque, según informes aparecidos en los medios israelíes, la fuerza aérea había agotado en los primeros días de combate lo que denominó su «banco de objetivos de Hamas».

El ejército eludió la cuestión ampliando su definición de edificios afiliados a Hamas. O como un alto oficial explicó: «Hamas tiene muchos variantes y estamos atacando todo el espectro porque todo está conectado y todo sirve para apoyar el terrorismo contra Israel».

Esto incluía mezquitas, universidades, la mayor parte de los edificios gubernamentales, los juzgados, 25 escuelas, 20 ambulancias y varios hospitales, así como puentes, carreteras, 10 estaciones eléctricas, alcantarillado y 1.500 fábricas, talleres y tiendas.

Los funcionarios de la Autoridad Palestina en Ramala valoran por el momento los daños en 1.900 millones de dólares, señalando que al menos 21.000 edificios de apartamentos residenciales necesitan reparaciones o reconstrucciones, convirtiendo de nuevo una vez más a 100.0000 palestinos en refugiados. Además, Israel ha destruido el 80% de las cosechas y de toda la infraestructura agrícola. La AP ha declarado que ha elaborado sus cálculos «a la baja».

Israel no va a lamentar ninguna de sus acciones. En realidad, la devastación general, lejos de ser un desgraciado daño colateral, ha sido el objetivo no manifestado de toda la ofensiva. Israel ha perseguido la emasculación política y militar de Hamas mediante la extendida destrucción de la infraestructura y economía de Gaza.

Esto es lo que se conoce como «Doctrina Dahiya», llamada así tras lo ocurrido en el suburbio de Beirut de ese nombre que fue casi totalmente arrasado durante el ataque israelí contra el Líbano del verano de 2006. Tal doctrina se resumió en una frase utilizada por Dan Halutz, el jefe del estado mayor de Israel en aquel momento. Dijo que los bombardeos del Líbano «atrasarían los relojes veinte años».

El oficial al mando en el sur de Israel, Yoav Galant, se hizo eco de esos sentimientos el primer día de la ofensiva contra Gaza: El objetivo, declaró, era «devolver Gaza al pasado en varias décadas».

Más allá de estas citas jugosas, Gadi Eisenkot, jefe del mando del norte de Israel, calificó en octubre los aspectos prácticos de la estrategia: «Lo que sucedió en el barrio de Dahiya de Beirut en 2006 le sucederá a cada pueblo desde el que se dispare contra Israel. Le aplicaremos una fuerza desproporcionada y causaremos allí gran daño y destrucción. Desde nuestro punto de vista, esos no son pueblos civiles, son bases militares. Esto no es una recomendación. Esto es un plan».

En la entrevista, el general Eisenkot discutía sobre la próxima serie de hostilidades con Hizbollah. Sin embargo, la doctrina estaba también especialmente formulada para utilizarla en Gaza.

Gabriel Siboni, coronel de la reserva, expuso el nuevo «concepto de seguridad» en un artículo publicado por el Instituto de Seguridad Nacional de la Universidad de Tel Aviv dos meses antes del ataque contra Gaza. Las estrategias militares convencionales a la hora de emprender la guerra contra estados y ejércitos, escribió, no van a poder derrotar a movimientos de resistencia subnacionales como Hizbollah y Hamas, que están profundamente arraigados en la población local.

El objetivo por tanto era utilizar una «fuerza desproporcionada», que de ese modo «infligiera daños y castigos en extensión tal que requirieran de largos y caros procesos de reconstrucción».

El coronel Siboni identificó que en los objetivos principales de la furia destructiva de Israel: «la elite en el poder y quienes toman las decisiones» se incluían «los intereses económicos y los centros de poder civil que apoyen la organización [del enemigo]».

Lo mejor que Israel podría esperar contra Hamas y Hizbollah, concedió el coronel Siboni, es un alto el fuego con condiciones mejoradas para Israel y retrasar la siguiente confrontación dejando que «el enemigo tratara de mantenerse a flote asfixiado por caros y largos procesos de reconstrucción».

Sin embargo, en el caso de la larga reconstrucción de Gaza, Israel dice que espera que no se repitan los errores del Líbano. Entonces, Hizbollah, ayudado por la financiación iraní, consiguió que la población local le apoyara aún más cuando a toda velocidad se puso a sufragar los gastos de reconstrucción de las casas libanesas destruidas por Israel.

Según los medios israelíes, el ministro de exteriores ha reunido ya un grupo especial de trabajo para «el día después» con objeto de asegurar que ni Hamas ni Irán se lleven el reconocimiento de la reconstrucción de Gaza.

Israel quiere que toda la ayuda se canalice a través de la Autoridad Palestina o de los organismos internacionales. Cerrar totalmente Gaza, impidiendo el contrabando a través de los túneles bajo la frontera con Egipto, es parte integral de esa estrategia.

Pero, para satisfacción de Israel, es probable que la reconstrucción de Gaza vaya incluso más lenta de lo que cabía esperar.

Fuentes diplomáticas están indicando que, aunque occidente haga llegar los flujos de ayuda a la AP, servirá de poco si Israel sigue manteniendo el bloqueo e impide las importaciones de acero, cemento y dinero.

Asimismo, se ha comentado que los donantes internacionales están ya cansados de financiar proyectos de construcción en Gaza para ver cómo Israel los destruye poco después.

Con mucho más que una muestra de exasperación, el ministro de exteriores noruego, Jonas Gahr Stoere, resumió la pasada semana el punto de vista general de los donantes: «¿Es que vamos a tener que dar otra vez más dinero para que se construya algo que a continuación se destruye, se reconstruye y se vuelve a destruir?».

Jonathan Cook es escritor y periodista. Vive en Nazaret, Israel. Su libro más reciente es «Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair» (Zed Books). Su página en Internet es: www.jkcook.net. La primera versión de este artículo apareció en The National (www.thenational.ae), publicada en Abu Dhabi.

Enlace con texto original:

http://www.counterpunch.org/cook01202009.html

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