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La lenta muerte del poblado de Al Walajeh

Fuentes: IPS

Mientras los líderes de Israel y Palestina se preparan para negociar la semana próxima en Annapolis, Estados Unidos, el poblado cisjordano de Al Walajeh continúa sufriendo una lenta y dolorosa agonía por la demolición de viviendas a manos de fuerzas israelíes. Al Walajeh fue otrora un lugar tranquilo pero lleno de actividad. A cuatro kilómetros […]

Mientras los líderes de Israel y Palestina se preparan para negociar la semana próxima en Annapolis, Estados Unidos, el poblado cisjordano de Al Walajeh continúa sufriendo una lenta y dolorosa agonía por la demolición de viviendas a manos de fuerzas israelíes.
Al Walajeh fue otrora un lugar tranquilo pero lleno de actividad. A cuatro kilómetros de Belén y 8,5 de Jerusalén, sus colinas repletas de árboles frutales y bosques naturales ornados con una enorme vegetación lo hacían un poblado agrícola por excelencia.

El fácil acceso a grandes mercados permitía a su población disfrutar de una relativa prosperidad. La vida era buena.

Hoy, todo eso cambió.

«La demolición de viviendas es algo que sucede casi semanalmente en Al Walajeh», dijo a IPS la integrante del concejo local Sheerin Alaraj.

«La gente no tiene a dónde ir. Hay al menos tres familias viviendo en cada casa, y a veces más. Algunas familias se han visto obligadas a habitar cuevas», afirmó.

Desde el inicio de la ocupación militar a gran escala de Cisjordania, las fuerzas israelíes demolieron más de 12.000 viviendas palestinas.

El poblado de Alaraj, donde viven unos 1.700 palestinos, está bajo asedio. Pero ella se niegaa abandonarlo, al igual que el resto de su comunidad.

La construcción por parte de Israel de un muro alrededor de Cisjordania, además de la toma de tierras a manos de colonos judíos, diezmó los predios de los pobladores locales, así como los ingresos que les permitían ganarse la vida.

Hoy, Al Walajeh consta de apenas 4,5 kilómetros cuadrados de tierras. Es decir, 22 por ciento de su tamaño original.

En junio de 2004, la Corte Internacional de Justicia, rama judicial de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y con sede en La Haya, dictaminó que la construcción de la valla en Cisjordania era «contraria al derecho internacional».

«Israel está obligado a poner fin a la construcción y a desmantelar el muro», agregó. «Israel debe compensar a los propietarios de tierras confiscadas para construir la barrera y a aquellos perjudicados por ella. Todos los estados están obligados a desconocer la situación creada y a asegurarse de que Israel cumpla con el derecho internacional.»

Israel no aceptó el fallo, que carece de carácter obligatorio, y continuó construyendo la valla que, finalmente, recorrerá 703 kilómetros alrededor de Cisjordania, con frecuencia atravesando áreas de la «línea verde», frontera internacionalmente reconocida, demarcada con Jordania en 1949.

El gobierno israelí aseguró que su intención es impedir atentados suicidas, pero observadores afirman que pretende anexar tanta tierra de Cisjordania como pueda para los asentamientos judíos en expansión.

La tierra en otros tiempos fértil alrededor de Al Walajeh desapareció en medio del cemento de tres grandes asentamientos judíos: Gilo, Har-Gilo y Giv’at Yael.

Los escasos árboles que quedan son objeto de ataque: el ejército israelí los derriba para construir una nueva porción del muro cisjordano. Cuando las obras concluyan, la población de Al Walajeh perderá acceso a 90 por ciento de sus tierras agrícolas.

El casco urbano, reducido a un área de apenas 2,2 kilómetros cuadrados, quedará completamente rodeado por el muro. Sus residentes se verán obligados a pedir permiso en un puesto de control israelí para entrar y salir de su propio poblado.
Pero la población se niega a irse de ahí.

«Los residentes de Al Walajeh son manipulados e intimidados por el estado judío, que les propone abandonar el lugar voluntariamente», indica un estudio conjunto del Instituto de Investigaciones Aplicadas y el Centro de Investigaciones sobre la Tierra, ambos con sede en Jerusalén.

Pero esa política ha sido un fracaso por ahora.

Para aquellos pobladores desafortunados que viven en el sitio proyectado del muro o del otro lado, la demolición es inminente.

La casa de Munthar Hamad fue destruida dos veces, primero en enero de 2006 y luego en diciembre. Hoy no tiene techo.

«Hamad invirtió 50.000 shekels (equivalente a unos 12.000 dólares) para reconstruir su casa de 120 metros cuadrados por segunda vez. Israel no sólo lo dejó en la bancarrota sino que lo convirtió a él y a los otros cinco miembros de su familia en personas sin techo», indica el informe.

La Cuarta Convención de Ginebra prohíbe la destrucción de propiedad privada a manos de una potencia ocupante, a menos que esa destrucción esté legalmente justificada por un imperativo de seguridad.

Para los 12.000 palestinos que perdieron sus hogares en demoliciones israelíes, es difícil de entender que la seguridad de Israel depende de que ellos queden sin techo.

Los residentes de Al Walajeh se convertirán pronto en prisioneros dentro de su propio poblado, rodeados por asentamientos judíos al norte, sur y oeste y atrapados por el muro cisjordano.

«Es como una condena a cadena perpetua para todos aquí, incluso para aquellos que aún no han nacido», dijo Alaraj.