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La palabra de Bush y su contexto

La palabra de Bush y su contexto

Fuentes: Rebelión

Que el presidente George Bush, además de ser el principal peligro público, se gane los honores como idiota no es verdad que nadie ignore. Durante dos mandatos casi no ha dado tregua a la razón y, solo o acompañado, ha expuesto al mundo sus carencias éticas, morales y cívicas, junto a su conocida estupidez. Por […]

Que el presidente George Bush, además de ser el principal peligro público, se gane los honores como idiota no es verdad que nadie ignore. Durante dos mandatos casi no ha dado tregua a la razón y, solo o acompañado, ha expuesto al mundo sus carencias éticas, morales y cívicas, junto a su conocida estupidez.

Por ello no era necesario que un reportero estadounidense, Robert Draper, lo entrevistara para concluir fragmentos tan sublimes como el que sigue: «lo que más miedo le da es tener que avergonzarse de sus decisiones algún día». Y que conste que no lo destaco, únicamente, porque el reportero le suponga la vergüenza o la capacidad de tomar decisiones. Más adelante, recoge textualmente el delirante desahogo de un atribulado presidente capaz de predecir hasta sus futuros llantos: «Los iraquíes me observan. Las tropas me observan. La gente me observa. Aun así, lloro. Tengo el hombro de Dios para llorar. Y lloro mucho. Lloro mucho en mi trabajo. Apuesto a que he derramado más lágrimas de las que usted puede contar. Derramaré unas cuantas mañana».

De la capacidad del presidente estadounidense para exponerse al ridículo y sucumbir a la tentación, no bastarían para su relato las ocho horas que invirtió el reportero y, sin embargo, no sé si por jugar a ser idiota o pretender ser abogado del diablo, se me ocurrió pensar que, tal vez, los idiotas tengan cura, y hasta remedio el mundo; tal vez, después de llorar tanto y antes de volver a llorar, cierren la industria de las armas y monten una empresa de pañuelos; tal vez Bush encuentre en su camino algo más infalible que el hombro de Dios para llorar; tal vez, sólo estaba tratando de defenderse, de parecer humano, de resultar creíble; tal vez, esté llorando ahora en que le estamos negando el beneficio de la duda en atención, simplemente, a que siempre nos engañara antes. Estuve cerca, incluso, de sacar yo el pañuelo.

Lástima que, a veces, nos pierdan las formas. Y a George Bush, lo han perdido todas. Por eso es que no tiene abogados, porque hasta en la entrevista se revela, no sé si con la complicidad del reportero, esas maneras, esas formas que envolvieron los llantos y temores confesados, y que dejan sin opciones la defensa de su autor: «A Bush le gustaba poner los pies sobre la mesa, una práctica que también inmortalizó el ex presidente José María Aznar. Mientras conversaba relajadamente, Bush comía perritos calientes bajos en calorías».

¿Qué amante declararía su amor mientras alivia sus encías a golpes de mondadiente?

¿Alguien puede imaginarse a Hamlet dando vida a su célebre monólogo mientras se hurga los dedos de los pies? No voy a entrar en la discusión de si la calavera está de más o es imprescindible, pero alguna consonancia debe haber entre el gesto y la palabra, porque uno y otra tienen el mismo orgánico origen, y las dos nos expresan.

Y basta para entenderlo, simplemente, el común sentido, un par de neuronas, poco más. Demasiado para el presidente que, con los pies encima de la mesa y mientras se comía un «hot dog», lloraba amargamente, sabiéndose blanco de la mirada del mundo y era capaz de anticipar hasta sus próximas lágrimas, de apostar sus futuros llantos. Si el reportero hubiera sido algo más fidedigno y textual en su crónica, ese filosófico espanto al juicio de la historia, confesado por el presidente mientras se comía un «hot dog», siendo el mismo, habría sido otro, y no voy a recurrir a las onomatopeyas para demostrarlo. Nadie se confiesa con los pies encima de la mesa, y menos sin zapatos. Nadie abre al mismo tiempo su corazón y sus mandíbulas. Además, George Bush necesitaba un marco natural, más entrañable y adecuado a su renovada inquietud por la ecología, lejos de la oficina. Quizás una cumbre alpina, en la que, por ejemplo, hasta fuera prudente poner los pies encima del barranco y…asomarse. O una tarde de pesca en un profundo lago donde poder colgar los pies de los remos y… quedarse dormido.

El problema es que a Bush le pierden las maneras, lo han perdido siempre. De hecho, si no fuera por ello, sólo sería un idiota.