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La segunda transición

Fuentes: Rebelión

Durante el franquismo, los progresistas sufrían en sus propias carnes los rigores de la represión, y no tenían más opciones que la resignación o la clandestinidad. Pero, en un país desarrollado, al poder le sale más a cuenta comprar a los progresistas que reprimirlos, y así, con la autodenominada «transición democrática», la mayoría de los […]

Durante el franquismo, los progresistas sufrían en sus propias carnes los rigores de la represión, y no tenían más opciones que la resignación o la clandestinidad. Pero, en un país desarrollado, al poder le sale más a cuenta comprar a los progresistas que reprimirlos, y así, con la autodenominada «transición democrática», la mayoría de los intelectuales y de los militantes de izquierdas se dejaron estabular dócilmente a cambio de pasto abundante y un pequeño reducto de permisividad en el que retozar. El progresista se cortó la coleta subversiva y se convirtió en progre. Y se creó un partido político a la medida de este progresista apocopado, un partido de aluvión apresuradamente articulado alrededor de un núcleo pequeño pero prestigioso, combativo pero dentro de un orden. Y en poco, poquísimo tiempo el PSOE se convirtió en la primera fuerza parlamentaria del Estado español, en el principal dique de contención de la verdadera izquierda, en el mayor fraude político de nuestra historia reciente. Y en la coartada perfecta para millones de progres.

Es lo mismo que sucedió -y sigue sucediendo- con el cristianismo: en su nombre y para la supuesta defensa de sus ideales de igualdad y fraternidad, surgió la más perversa institución de todos los tiempos, la Iglesia Católica, la gran gestora del miedo y la ignorancia, impulsora o cómplice de los mayores atropellos de la historia, el soporte moral de la burguesía depredadora. No es casual que la Iglesia, la mejor aliada del capitalismo, haya servido de inspiración y modelo a mafias, partidos políticos y multinacionales, sobre todo en la católica España.

Pero la plena aceptación de la moral cristiano-burguesa requiere un grado de ofuscación o de hipocresía excesivo, inasumible para los sectores más ilustrados de una sociedad desarrollada. Solo un necio o un canalla puede defender, a estas alturas, la barbarie neoliberal o la represión sexual, por lo que era necesario articular un discurso alternativo (pero no radicalmente distinto) al del nacionalcatolicismo tradicional: había que crear una seudoizquierda que sirviera de refugio y coartada a los progres. Y hay que reconocer que el PSOE, con la interesada colaboración de la más poderosa mafia mediáticocultural del país y de un importante sector de los sindicatos y de otros partidos supuestamente de izquierdas, ha hecho un buen trabajo. Hay muy pocos intelectuales que no hayan vendido su voz o su silencio, y solo uno, entre los grandes, que se atreva a denunciar el criptofascismo reinante (me refiero, obviamente, a Alfonso Sastre). Y los jóvenes revolucionarios de los setenta se han convertido, en su mayoría, en ejecutivos agresivos o funcionarios obedientes.

La represión y la caspa del franquismo no han dado paso a la libertad y la dignidad, sino a la seudolibertad del consumismo y la suprema indignidad de la impostura. Los progres de la «España democrática» (las comillas indican el uso irónico de ambos términos) son gourmets y llevan trajes de Armani, ven el cine de Almodóvar y de Amenábar, admiran a Woody Allen y a Paul Auster, escuchan a Serrat y a Sabina, leen a Muñoz Molina y a Javier Marías, sus «filósofos» son Fernando Savater y José Antonio Marina… La elegancia superficial y la superficialidad elegante son sus emblemas, sus señas de identidad. Han sustituido el mito del héroe por el del antihéroe, a John Wayne por Humphrey Bogart, a Hércules Poirot por Philip Marlowe; han sustituido el compromiso y la lucha por el glamour y el talante. Creen que estar informado consiste en leer El País y ver la Cuatro, y ni siquiera tienen la decencia de callarse.

Pero su impostura es cada vez más difícil de mantener, no solo ante los demás sino también ante sí mismos. Tras la infamia de los GAL y otras manifestaciones flagrantes de fascismo explícito, ya no basta con ser moderadamente tonto para creer que el PSOE es un partido de izquierdas: hay que ser tonto de remate. Ante las pruebas irrefutables, cada vez más difíciles de ocultar, de que la tortura es una práctica sistemática e impune en el Estado español, hay que estar muy desinformado o ser muy obtuso para seguir pensando que esto es una democracia. Y si para algo está sirviendo la actual crisis económica, es para que cada vez más personas se den cuenta de que el país sigue estando en manos de una oligarquía criminal que, una vez más, pretende que sean los trabajadores -y los inmigrantes, sobre todo los inmigrantes de usar y tirar- quienes paguen los platos rotos de un mercado que solo es libre para los ricos.

Se impone, pues, una segunda transición, un nuevo «cambio» (recordemos que esta fue la palabra fetiche del PSOE de Felipe González) hacia un capitalismo supuestamente nuevo, un nuevo traje nuevo para el emperador de siempre. Pronto asistiremos -estamos asistiendo ya- a un nuevo Pacto de la Moncloa, a un nuevo acuerdo entre ladrones de guante blanco y bota de hierro. Pero esta vez lo tendrán mucho más difícil. Solo podrán engañar a los que quieren ser engañados, a quienes dicen que votan con la nariz tapada, pero sin aclarar que tienen que taparse la nariz para no percibir su propio olor.

Si un fascista es un burgués asustado y un progre es un burgués con mala conciencia, ¿en qué se convertirán los asustados progres de la segunda transición?