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La silenciosa guerra de las demoliciones en Jerusalén Este

Fuentes: L’Humanité

Traducido para rebelión por Caty R.

Colonización. Destrucción de viviendas, nuevos asentamientos… Se estrecha el cerco en el este de la ciudad, habitado por los palestinos.

Grandes trozos de la estructura metálica penden sobre sus cabezas. Los restos del tejado reventado amenazan con caer en cualquier momento. A sus pies, los cascotes de las fachadas. Ese esqueleto de casa, acurrucado en un hueco de las colinas del Monte de los Olivos, en Jerusalén, pertenece a la familia palestina Al Sayad. Igual que otras 87 viviendas del barrio de Selwan, esta casa recibió una orden de demolición en 2005. Para justificar esas operaciones, el Ayuntamiento se basa en el proyecto de un espacio verde que se añadiría al parque arqueológico. Hace tres mil años, este lugar era la ciudad de David, el rey que habría fundado una dinastía en Israel y convertido Jerusalén en su capital. Ahora, todos los derechos sobre la tierra están congelados. Así, si la familia crece, no es posible plantearse una ampliación. En cuanto a los edificios, están limitados a dos alturas. Y nuevas carreteras rodean los barrios palestinos con el fin de impedir su expansión.

Las banderas israelíes, plantadas de forma dispersa, marcan por todas partes el establecimiento progresivo de colonos israelíes en Jerusalén Este. Los residentes palestinos, que libran una batalla cotidiana contra el desahucio, acusan al Ayuntamiento de la voluntad de revertir el balance demográfico. «Obviamente, existe una estrategia dirigida a vaciar de palestinos el este de la ciudad y ocupar progresivamente toda la tierra. Sin embargo, las leyes internacionales estipulan que no se pueden modificar los estatutos de la ciudad. Si nuestras construcciones son ilegales, como afirma Israel, las de los colonos también», clama Adnan Husseini, gobernador palestino de Jerusalén, antes de afirmar: «Permaneceremos aquí sean cuales sean los sacrificios». Más allá de las 88 casas de Selwan, 300 viviendas están amenazadas en una zona de 9 kilómetros cuadrados que engloba cinco barrios. Para Abel Shaloudi, que dirige un comité de habitantes de Selwan, está claro que esas intervenciones no son un simple «plan de urbanismo, sino una operación de limpieza étnica», y pregunta, «¿cómo voy a criar a mis hijos en este ambiente?».

Salim Hannoun ya ha alejado a su hijo de este ambiente de miedo perpetuo. La casa donde vive, en la cual nació en 1954, también está amenazada. Electricista en el consulado francés, va de juicio en juicio desde hace treinta y siete años y gasta sumas enormes en su defensa, para poder conservar su casa. «Ese dinero habría podido servir para construir otra casa. Pero aquí hemos edificado toda nuestra vida y no la abandonaremos»; respira antes de continuar: «No puedo fabricar la escritura de propiedad que me exigen los israelíes. Desde el Mandato Británico estamos instalados aquí y la propiedad es nuestra de hecho». Desde hace algunos meses, los observadores internacionales hacen turnos por la noche para proteger su casa todo lo posible.

Tras la destrucción de cada casa, los habitantes intentan reconstruirlas rápidamente para seguir ocupando el terreno. «Es una forma de lucha; peleamos por cada metro cuadrado», explica Abel Shaloudi. En Selwan, un habitante no pudo reconstruir su casa inmediatamente después de la demolición. «Así que sustituyó la casa por una caravana y los israelíes le enviaron una notificación indicándole que también demolerán la caravana». Betselem, el centro israelí de información de los derechos humanos en los Territorios Ocupados, estima que desde 2004 más de 3.400 casas se han reducido a escombros.

Hind Khoury, delegada de Palestina en Francia, recuerda las consecuencias humanas de las diversas restricciones que afectan a los palestinos de Jerusalén. «Esta ciudad ha cambiado. Existe una desintegración de las relaciones y se ha vuelto muy difícil vivir aquí. Al mismo tiempo, los valores que unen a las personas se rompen contra las prohibiciones de circular. Los habitantes de Belén no pueden reunirse con sus familias en Jerusalén. Actualmente, todo el mundo vive aislado: algo totalmente ajeno a la sociedad palestina».

En 2004, el Ayuntamiento aprobó un nuevo plan maestro que sustituye al de 1959. Encargado de establecer las proyecciones demográficas, sociales y económicas, ese documento es el reflejo urbano de una voluntad política. Asume la función de consolidar la soberanía israelí sobre la Ciudad Santa. A este respecto, la introducción no es más que una ilustración, puesto que confirma el establecimiento de Jerusalén como capital de Israel. Para reafirmar ese papel, los políticos urbanos deben, por lo tanto, cumplir meticulosamente la distribución étnica de la población y sobre todo los deseos del gobierno: 70% de israelíes, 30% de palestinos. En 1967, la ciudad contaba con un 74% de habitantes israelíes frente a un 26% de palestinos. En 2002, el balance ha oscilado un poco a favor del crecimiento natural palestino, con un 67% de israelíes y el 33% de palestinos. Israel trabaja con la perspectiva de un saldo migratorio positivo de residentes judíos hacia Jerusalén. Sin embargo, la ciudad sufre una falta de atractivo por la situación de la seguridad, el auge de los ortodoxos y un mercado laboral débil. No se puede contar con los laicos para poblar la ciudad, aunque el Ayuntamiento puede acudir a las familias judías nacionalistas, partidarias de la colonización, apoyadas por la extrema derecha. A esos proyectos hay que añadir el de la construcción de un tranvía en el este de la ciudad por el consorcio francés City Pass, que agrupa a las sociedades Alstom y Connex. Dicho tranvía conectará las colonias de Pisgat, Zeev, Maale, y Adumim con el oeste de Jerusalén. Es decir, una anexión de hecho de la parte este a Israel y, en cosecuencia, más confiscaciones de tierra.

«Las demoliciones de casas y el tranvía son una manera, tras la de 1948 y la de 1967, de seguir, una vez más, borrando del mapa a los palestinos», explica Fadwa Khader, miembro de la dirección del Partido del Pueblo Palestino «En Gaza existe una guerra declarada, pero lo que se lleva a cabo en Jerusalén Este también es un nuevo tipo de guerra». Más silenciosa que la de las bombas y por lo tanto también más insidiosa. De la conservación del estatuto de la ciudad y del este de la misma como la capital de un futuro Estado palestino depende, pues, otro combate: el de la salvaguardia de la identidad palestina. Hind Khouri analiza: «Jerusalén es un microcosmos. Lo que ocurre a escala de los Territorios se condensa aquí. La cuestión palestina es la historia de una expulsión, pero esta capacidad de rebelión y resistencia nos proporciona, a todos nosotros, la dimensión humana». Por su parte, Daniel Seidemann, director de la ONG Ir Amim, el pasado mes de abril advertía de que: «Si prosigue la colonización, pronto será demasiado tarde para una solución del conflicto basada en dos Estados. Será el atolladero definitivo». Actualmente, 190.000 israelíes viven en una docena de barrios en Jerusalén Este frente a 270.000 palestinos.

Texto original en francés: http://www.humanite.fr/A-Jerusalem-Est-la-silencieuse-guerre-des-gravats