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Entrevista a Alberto Garzón Espinosa, coordinador General de IU y diputado en el Congreso por Unidos Podemos (I)

«La unidad sólo tiene sentido si se cumplen unas ciertas condiciones políticas y estratégicas, y la fraternidad es una de ellas»

Fuentes: El Viejo Topo

Estamos conversando a finales de septiembre. Me alegra mucho que estés recuperado. Déjame preguntarte, antes de entrar en temas de mayor actualidad, por las elecciones del 26J. Sé que te han preguntado ya muchas veces sobre ello. Discúlpame. ¿Estuvo bien, regular o fue un error la coalición Unidos Podemos? ¿No había otra? En primer lugar, […]

Estamos conversando a finales de septiembre. Me alegra mucho que estés recuperado. Déjame preguntarte, antes de entrar en temas de mayor actualidad, por las elecciones del 26J. Sé que te han preguntado ya muchas veces sobre ello. Discúlpame. ¿Estuvo bien, regular o fue un error la coalición Unidos Podemos? ¿No había otra?

En primer lugar, gracias. Sobre la coalición de Unidos Podemos, tengo que decir que a mi juicio fue un acierto, incluso aunque no hayamos alcanzado los resultados que esperábamos todos -incluyendo, por cierto, el adversario y el enemigo. Ahora bien, la unidad es un acierto o un error en función de si cumple lo que esperamos de ella. Desde luego la unidad no debería ser un fetiche, es decir, algo sobrenatural que es bueno por sí mismo, sino una estrategia política que ha de desplegarse en torno a un proyecto político y que, por lo tanto, puede ser evaluada.

Esta unidad ha sido, para nosotros, una firme apuesta no sólo para el 26J sino mucho antes. Pero, ¿por qué?

Eso, por qué.

Pues porque, más allá de resultados electorales, la unidad tiene sentido desde el punto de vista estratégico; tiene sentido porque es útil y necesaria para contribuir a construir un bloque histórico -en términos gramscianos- que permita desplegar un proyecto rupturista y/o socialista. Esto es lo que yo defiendo. Sin desmerecerlas, pero no me interesan las defensas de la unidad que son «pragmáticas» (para vadear la ley electoral) o que se basan en posiciones tacticistas (sea cual sea la razón esgrimida).

Ahora bien, comprendo que surjan dos interrogantes elementales. El primero, qué significa «ruptura» en el momento político actual. El segundo, quiénes son los aliados con los que construir la unidad y por qué.

Te has adelantado. Adelante con los interrogantes.

Creo que conviene explicar estos dos puntos de forma nítida. En primer lugar, la ruptura democrática es una estrategia encaminada a construir unas instituciones político-jurídicas distintas a las actuales, que provienen de 1978. Es la estrategia que conduce a un proceso constituyente dirigido desde abajo, es decir, democrático y participativo. Se asume que el marco institucional del 78, unido al marco institucional europeo, opera como camisa de fuerza que facilita la puesta en marcha de políticas neoliberales. Como recordaremos, «ruptura» fue la consigna del PCE según la cual al franquismo habría de seguirle una transición democrática pilotada por las fuerzas de la oposición. Eso fue así hasta 1976, cuando la dirección carrillista del PCE renunció a la «ruptura» a favor de la negociación con las élites franquistas, todo lo cual condujo a nuestro marco institucional actual (que, sobra decir, contiene elementos de progreso aunque subalternos a la lógica liberal que vertebra la Constitución). En un momento como el actual, de crisis de régimen y con la legitimidad del régimen por los suelos, la hoja de ruta de la «restauración» también pasa por modificar las instituciones del 78 pero con objeto de mejorar su legitimidad sin que se modifique el componente económico de la sociedad. Es decir, «restauración» quiere decir reformas y cambios sin tocar el corazón del régimen, es decir, la estructura productiva y la estructura de poder. Hoy, como ayer, el debate de este período de transición también es el de «restauración o ruptura».

En segundo lugar, la ruptura democrática pasa inexorablemente por la unidad. Esto se ha comprendido muy bien en Cataluña y en Galicia, donde los componentes más rupturistas (especialmente aquellos que ponen el foco en superar el 78 en su aspecto territorial) han asumido como necesaria esa unidad (sea por la izquierda, caso de En Comú Podem o En Marea; sea por la derecha, caso de Junts pel sí). Pero también lo comprendió el PCE en la transición, cuando fundó en 1974 la Junta Democrática de España. La pregunta realmente polémica es con quién ha de articularse la unidad.

De nuevo me lo pones fácil: ¿con quién?

Lo que nosotros planteamos es que los sujetos políticos con los que hemos ido a las elecciones, más allá de sus singularidades, son también el reflejo electoral de la indignación del pueblo con el sistema económico y político en crisis -y en particular con los efectos materiales de la crisis (desempleo, precariedad, desahucios, etc.). Naturalmente en ese concepto de pueblo caben desde la clase trabajadora hasta la auto percibida clase media que echa de menos su estatus pre-crisis. Pero en cualquier caso, y esto para mí tiene una importancia crucial, parece evidente que hay una gran parte de la población que está indignada, aunque de forma no plenamente consciente, con el sistema. ¡Esto es el producto de la crisis y lo que abre el potencial transformador! Rabia, frustración e indignación aunque no conciencia ideológica de las causas del sufrimiento y dolor. Un ejemplo de esto mismo se da cuando alguien culpa a los banqueros de su situación aunque no sea consciente del rol que juega el sistema bancario en la reproducción del capitalismo. Otro ejemplo: según una encuesta del BBVA más del 77% de los españoles creen que el Estado debe controlar los beneficios de los bancos. Es obvio que detrás de todas esas opiniones no hay una conciencia socialista, pero sí hay algo que antes de la crisis no había: la conciencia de que existe alguna relación entre el sufrimiento propio y las instituciones bancarias. Esa es la verdadera ventana de oportunidad que abre la crisis.

La cuestión es que los nuevos votantes de Unidos Podemos, En Comú Podem, En Marea y la confluencia valenciana provienen de esos sectores sociales que, digámoslo así, tienen sensaciones sobre los culpables de su sufrimiento y acumulan ganas de cambiar el sistema -aunque sistema signifique, en ese nivel de conciencia, algo primario y difuso. Pero, ¡es que esa es la base social del proyecto socialista! ¿O es que esperamos que el pueblo sea formado en los textos de Marx y Engels, Althusser, Poulantzas o Harvey antes de poder votar?

No, imposible, seguro que nadie espera una cosa así, por muchas pulsión teórica que se tenga.

Por eso, a nuestro juicio, aglutinar las referencias electorales de estos sectores del pueblo era y es una buena idea, aunque aún sea insuficiente. Es la mejor forma de hacer frente a la «restauración», es decir, al proceso constituyente dirigido desde arriba y que cristaliza en reformas laborales regresivas y en neoliberales planes de austeridad. Ahora bien, se me podría objetar, no obstante, que también puede existir gente de la clase trabajadora que vote al PSOE como resultado de la indignación con el sistema. Yo no creo que eso sea muy plausible, pero en todo caso conviene recordar que la diferencia radica en la propuesta política que cada organización defiende. Es decir, podemos encontrar numerosos elementos rupturistas en la propuesta de Unidos Podemos pero somos incapaces de encontrar uno sólo en la propuesta del PSOE.

Por lo tanto, los fundamentos de la unidad tienen que ver con la construcción política de un instrumento rupturista que sepa encauzar la rabia e indignación de las clases populares que sufren la crisis. Y he ahí lo fundamental, lo que articula la unidad, lo que la dota de sentido: el proyecto político de ruptura democrática.

Y entiendo, por lo que has explicado, que tú crees que la actual correlación de fuerzas, si me permites expresarme así, es tan o más favorable que en los años setenta a favor de una ruptura democrática que, además, has vinculado al socialismo. Me veo en la obligación de preguntarte cernudianamente: ¿no estás equiparando-confundiendo realidad y deseo? ¿Estamos en condiciones de generar o abonar una ruptura de régimen, un nuevo proceso constituyente democrático y por abajo? ¿La legitimidad del régimen está realmente por los suelos si pensamos en términos amplios, que no se reduzcan a una vanguardia amplia?

Evidentemente la clase trabajadora no está manifestando, en este momento, un ferviente deseo de una ruptura democrática. Entre otras cosas porque la mayoría no sabe lo que es. La mayoría de la clase trabajadora no opera en ese nivel de abstracción teórica, naturalmente. Lo que sí sucede es que hay una suerte de incipiente conciencia, o conciencia primaria, de que esto, el sistema, ha de cambiarse. Eso abre el juego, cosa que era imposible en la época de la burbuja inmobiliaria y de los espejismos económicos. Eso, y no otra cosa, era el 15M y que con tanto acierto supo identificar inmediatamente, sobre el curso de los acontecimientos, un filósofo marxista tan excepcional como Paco Fernández Buey, apenas un año antes de fallecer. Un momento político de frustración generalizada, de saber únicamente lo que no se quiere. Para ir un paso más allá, para saber qué es lo que sí se quiere, hace falta organización e ideología, esto es, un proyecto de país/sociedad. Pero la herida en el régimen, su crisis, sigue abierta. Es más, los problemas de ingobernabilidad son una expresión más de esa crisis. Pero los indicadores demoscópicos (percepción sobre la situación económica y política, creencia en las instituciones (partidos, sindicatos, bancos, etc.) están en niveles históricamente bajos. Eso sin contar, claro está, con la posibilidad, muy notable, de que más temprano que tarde entremos en una nueva crisis producto de las contradicciones internacionales generadas por las inyecciones multimillonarias de liquidez del banco central europeo. Como sabemos, la historia no sólo es coyuntura sino también trayectorias y dinámicas de medio y largo plazo.

Una duda más sobre la reflexión anterior: hablabas de la unión por la derecha de Junts pel Sí. Tal vez sí, pero esa unión engloba a ERC, un partido que se dice de izquierdas, y busca apoyos en fuerzas que se dicen de izquierda comunista y revolucionaria como la CUP. El objetivo anunciado, aunque no siempre, es la escisión, la destrucción del demos común y la formación de un Estado propio, proyecto al que algunas otras fuerzas de izquierda o algunos de sus componentes (estoy pensando en gentes de En comú podem, miran con ojos bastante o muy afables. ¿Puede salir algo bueno de todo esto?

Cuando un partido que se dice de izquierdas prefiere la alianza con los representantes de la burguesía antes que con la clase trabajadora de otra nación, tenemos un problema y una contradicción sencillamente brutal. Sin duda, no creo que pueda salir algo bueno de ello.

Me imagino la respuesta pero tengo que hacértela. ¿Encajaba la coalición, de forma natural, en la política que defendía Izquierda Unida?

Por supuesto. Si hemos entendido que la coalición tiene que ver con la construcción de un sujeto político más amplio que pueda transformar la sociedad, en clave socialista, no quedará ninguna duda. El propio documento fundacional de IU apuntaba claramente hacia la convergencia, la radicalidad democrática y la participación en el conflicto social. Es más, IU es de nacimiento un nuevo sujeto político nacido de la convergencia/unidad y a partir de una propuesta política concreta. Por otra parte, en el año 2010, en lo que en IU se llamó proceso de refundación, se volvió a insistir en la necesidad de crear un nuevo instrumento para aglutinar a las clases sociales que sufrían la crisis. Desgraciadamente aquellos documentos, aprobados democráticamente y con solemnidad, pasaron a los cajones de la indiferencia.

Es verdad, sin embargo, que ha habido voces que antes y después de la firma de la coalición de Unidos Podemos se mostraron hostiles con el proceso de unidad. Quienes mantuvieron esta posición, incluso después de la doble consulta a la militancia que se saldó con abrumadora mayoría a favor del proceso, lo hicieron por motivos ideológicos. Nunca compartieron, y aún hoy no lo hacen, el marco teórico que vincula crisis de régimen con proceso constituyente y ruptura democrática. Por lo tanto nunca compartieron, ni comparten, que haya que construir un instrumento para alcanzar esos objetivos. Y mucho menos comparten, claro está, que para ello haya que acumular fuerzas más allá de las paredes de la propia organización. Entre otras corrientes, es fácil ver en esa actitud la sombra del carrillismo aunque en nuevos y paradójicos moldes, el de la sobreactuación y la mera liturgia comunista, que lleva al absurdo de ver a gente que no cree en la ruptura democrática levantar la bandera roja y desempolvar el lenguaje marxista que durante décadas ellos mismos habían ayudado a esconder.

Una curiosa paradoja que, por cierto, yo no había visto aunque, según dices, era fácil darse cuenta. Me voy un poco del tema pero creo que tiene interés. ¿Y por que crees que esos documentos, los que señalas pero hay muchos otros ejemplos, pasaron a los cajones de indiferencia? ¿No nos creemos ni nosotros mismos lo que escribimos y acordamos?

Felipe Alcaraz dijo una vez con acierto, y con la sorna que caracteriza sus siempre interesantes proclamas, que las asambleas las ganaban los románticos y la dirigían los burócratas. El papel lo aguanta todo. Julio Anguita cuenta con frustración cómo, hace tan sólo unos pocos años, entregó un documento-plan para IU que proponía una extensa renovación en los dirigentes de todos los niveles. Dicho documento fue aprobado y, el mismo día, entró en un cajón. No se cumplió nada de lo que allí decía, claro. En las asambleas federales pasaba un poco igual, los románticos ganaban la línea política y los dirigentes, que habían aprobado esos documentos también, hacían caso omiso. Además de con posiciones políticas cínicas, tiene que ver con elementos organizativos, pues sin rendición de cuentas de los dirigentes éstos pueden repetir lo peor del parlamentarismo. Por eso en la nueva dirección de IU hemos aprobado estatutariamente los revocatorios, la rendición de cuentas y otros procedimientos, como la fiscalización permanente mediante evaluación de planes de trabajo, para asegurar el cumplimiento de lo aprobado.

Los resultados no acompañaron las expectativas de algunos o de casi todos. Se ha afirmado que muchos o bastantes antiguos votantes de IU, los del 20D y acaso más electores, no repitieron en esta ocasión. ¿Fue así en tu opinión? ¿Ese fue el punto central del decremento de votos? ¿Les pareció demasiado descafeinado el programa de Unidos Podemos? ¿Hablamos de manera demasiado suave? ¿Fuimos demasiado moderados?

Como todas las encuestas fallaron, es difícil hacer una valoración fundada en datos. Al menos hasta que conozcamos la encuesta poselectoral del CIS, que es la que más información rigurosa aporta, todo son hipótesis. Es evidente que el 26-J no votó a Unidos Podemos un millón de personas que el 20-D había votado a Podemos o a IU-UP. A partir de ahí construimos hipótesis. La que me parece más razonable es la de que el hastío de la izquierda con la situación política en general, y la penalización concreta que se hizo a Podemos por las gestiones poselectorales, explique la mayor parte de ese millón de personas. A eso podemos sumar, claro está, cierto descontento con la coalición. Pero no olvidemos, no obstante, que el PSOE también perdió votos y que las transferencias no explican por sí mismas que el conjunto de partidos que no son el PP perdieran todos votos sin excepción.

En términos de discurso, creo que hubo un cierto retroceso frente a las fórmulas del 20-D. Quizás pecamos, en conjunto, de creernos las encuestas que nos situaban en segunda posición y con la posibilidad de constituir un gobierno. Eso generó una dinámica de responsabilidad -mal entendida, a mi juicio- que llevó a dejar de lado el lenguaje fresco y rupturista y preferenciar posiciones moderadas. Creo que fue un error. También hay que sumar que llegamos a la unidad demasiado deprisa, y con demasiados obstáculos (en ambas organizaciones hubo zancadillas públicas que no ayudaron en absoluto) y sin poner en común la propuesta rupturista. Todo ello llevó a una campaña muy caótica y con muchos fallos, además de giros inesperados en el discurso oficial. Muchos errores que probablemente podrían haberse resuelto con más tiempo y más diálogo.

«Campaña muy caótica y con muchos fallos, además de giros inesperados en el discurso oficial». ¿Puedes concretar? ¿Algún ejemplo?

Pienso en el absurdo debate terminológico en el que nos vimos envueltos los primeros días de campaña acerca de si éramos socialdemócratas o comunistas. Como si a la clase trabajadora realmente existente le importaran estos debates escolásticos. Quizás más que alzar a los cuatro viento lo que somos, banderas y teorías mediante, tendríamos que demostrar que lo somos.

Sin entrar en detalles y sin abrir o causar herida alguna, ¿fueron generosos y correctos los compañeros de Podemos? Ubicarte en el cuarto o quinto lugar de la lista de Madrid (es un ejemplo, hay más), no parece una despliegue de cariño aléfico y de espíritu muy unitario. Lo contrario, según algunos, parece y es más cierto.

Nadie puede negar, a estas alturas, que en Podemos hay una acentuada división en torno al proyecto estratégico y al modelo de partido. Ello implica distintas posiciones sobre la unidad y su validez. Eso es sin duda un inconveniente general, y si bien nosotros no nos pronunciamos sobre lo que sucede en casas ajenas, tampoco estamos ciegos y somos conscientes de que la unidad depende también de esa disputa. Pero esto no es nuevo, quiero decir, de hace unas semanas, sino que ya estuvo presente en la anterior campaña y en la configuración de las listas.

A mí me consta que el esfuerzo de Pablo Iglesias fue ingente, pues él es un firme defensor de la unidad, pero el resultado de algunas cosas fue absurdo. No tanto por el peso específico de IU, que es un debate muy interno, sino por el uso de los recursos y el diseño de campaña. Quiero decir, si tienes al supuestamente político mejor valorado, no lo escondes en una quinta posición. Nosotros aceptamos esa posición por nuestra firme creencia en la unidad y porque compensábamos con otras posiciones territoriales, pero es evidente que aquello suponía un inentendible para la gente. Era la demostración de que algunos daban más importancia a los asuntos internos que a la estrategia global de país. En cualquier caso, esto acaba de empezar y hay mucho tiempo para corregir estos problemas y consolidar el espacio político, si bien naturalmente tenemos que tener presente que la unidad sólo tiene sentido si se cumplen unas ciertas condiciones políticas y estratégicas, y la fraternidad es una de ellas.

Creo que todo el mundo entiende los referentes concretos de ese «algunos» que has usado. Me incomoda la pregunta pero te le hago: ¿no estás un poco olvidado, perdido, marginado, en el Congreso de Diputados? ¿No está un poco oculta -o no muy visible- tu presencia y, con tu ausencia, la de IU?

Bueno, comienzo diciendo que a mí me gustaría tener grupo propio con 176 diputados (risas).

A mí también y que tú lo dirigieras por supuesto.

Lo cierto es que en este caso teníamos dos alternativas, ir al grupo mixto o co-participar en el grupo de Unidos Podemos y las confluencias. Por lo expuesto más arriba era evidente nuestra apuesta por consolidar el espacio, y a partir de ahí había que repartirse los tiempos y los roles. Hemos acordado plena autonomía para IU, lo que significa que los diputados de IU hacemos y deshacemos iniciativas a nuestro libre albedrío. La posición física tiene que ver con situar a los portavoces en espacios mediáticamente visibles. Y la portavocía de Hacienda la tuvimos que pelear mucho, pero también es para IU. En general, estamos satisfechos porque sabemos en qué consiste la unidad. El abismo del grupo mixto ya lo pasamos en la corta legislatura anterior: intervenciones de un minuto y escondidos y divididos (y eso que éramos dos) tras una columna.

Te pregunto ahora por un tema delicado: sobre .Cat

Cuando quieras.

Fuente: http://www.elviejotopo.com/articulo/organizacion-unidad-y-lucha-una-conversacion-con-alberto-garzon/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.