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Las aguas que nos faltan

Fuentes: Progreso Semanal

«El valle que riegan las aguas del río Cauto y sus afluentes es el más extenso de Cuba. Es fama que en esta región había un promedio de 650 árboles de casi metro y medio de diámetro, por caballería. Y árboles de calidad. Se dice que constituía el más rico bosque natural de ébanos, caobas, […]

«El valle que riegan las aguas del río Cauto y sus afluentes es el más extenso de Cuba. Es fama que en esta región había un promedio de 650 árboles de casi metro y medio de diámetro, por caballería. Y árboles de calidad. Se dice que constituía el más rico bosque natural de ébanos, caobas, cedros, yayas y guayacanes del mundo. ¿Que se han hecho estos montes?».

Así se preguntaba el periodista Oscar Pino Santos en uno de sus reportajes para la revista Carteles. Corría el año 1954 y una serie investigativa daba publicidad a la crisis medioambiental que se extendía por buena parte de la Isla, al impulso de la deforestación, las malas prácticas agropecuarias y la complicidad del gobierno. «Los ríos, al desembocar en el mar, ‘endulzan’ el agua salada de la costa. Pues bien, con el Cauto ha sucedido lo contrario. Ya tiene tan poco ímpetu, que no es él quien se mete en el mar, sino que es el mar quien lo ‘sala’ a él», le contaba a Pino Santos un anciano de la zona. Desde hacía siete años el río no se desbordaba.

Seis décadas más tarde la principal corriente fluvial de Cuba muestra un panorama de tonos extremos. Por un lado, ya no constituye un peligro acechante para el más de un millón cubanos que viven en su cuenca. Decenas de presas y otras obras hidráulicas la regulan y permiten aprovecharla en diversas actividades socioeconómicas; además, impiden que se repita la tragedia ocurrida al paso del ciclón Flora en octubre de 1963. Sin embargo, el Cauto es también un río «enfermo», que a pesar de los múltiples planes de reforestación y mejoramiento ambiental, enfrenta el futuro en circunstancias dramáticas.

La propia evaluación del Instituto Nacional de Recursos (INRH) lo reconoce de manera implícita. A su paso por los territorios de cuatro provincias orientales, el Cauto y sus afluentes atraviesan «19 embalses con una capacidad total de 1 329 millones de metros cúbicos de agua y nueve estaciones de bombeo controladas por el INRH, con un caudal total de extracción de 58 m/s», reza en la evaluación correspondiente. El quid de la cuestión radica en que la misma fuente cifra el gasto medio del río en solo 83 m/s. En otras palabras, cerca del 70% de sus aguas no llega al mar.

Unida a la contaminación, la creciente salinidad -consecuencia directa de la disminución del caudal- motivó que hace años desapareciera la ancestral práctica de surtirse directamente del río para el consumo humano. Tampoco en muchas comunidades de la zona es posible aprovechar el agua subterránea. La instalación de una planta desalinizadora en el poblado granmense de El Salvial, con el objetivo de procesar el líquido que se extrae del subsuelo, constituye el primer paso de un proceso que deberá extenderse hacia otros puntos de esa provincia y la vecina Holguín. En algunos años la misma «solución» podría ser la única alternativa para núcleos poblaciones mayores, a causa del desbalance creciente entre los índices de precipitaciones y evaporación (el déficit, que rondó los 400 milímetros anuales como promedio entre 1961 y 1993, en la actualidad triplica prácticamente esa cifra).

Como en el Cauto, los segmentos finales de los ríos San Pedro (Camagüey) y Zaza (Sancti Spíritus) sirven de asiento a grandes plantaciones arroceras. Son los «dominios» de dos de las mayores «empresas agroindustriales de granos» del país: la Sur del Jíbaro espirituana y la Ruta Invasora camagüeyana. Junto a la Fernando Echenique, de Granma, aportan dos terceras partes del arroz que se produce en Cuba (150 mil de las 263 mil toneladas completadas en 2016).

Aunque lejos de la demanda nacional -que se cifra en torno a las 700 mil toneladas por calendario- no deja de ser una cosecha notable, que ahorra al presupuesto del Estado millones de dólares y representa una fuente de ingresos esencial para las comunidades que la asumen.

Tanto, que numerosos agricultores han «migrado» desde otros cultivos para beneficiarse de las inversiones que forman parte del Programa Nacional Arrocero. El único problema está en la disponibilidad de agua. El cultivo de cada hectárea requiere al menos 15 mil metros cúbicos de agua y da por resultado unas 4.2 toneladas de «arroz húmedo». Si se tiene en cuenta que cada tonelada del grano listo para consumir equivale a alrededor de dos del recién cosechado, entonces, para haber alcanzado los registros del año anterior debieron sembrarse unas 130 mil hectáreas (entre ambas campañas), cuyo riego demandó más de 2 mil millones de metros cúbicos.

A todas luces es mucho; tanto como el 30% de toda el agua entregada por el INRH para el consumo socioeconómico del país durante 2016. A los efectos comparativos, la producción del cereal preferido por los cubanos consumió el 60% del agua utilizada por la agricultura, la cual es, a su vez, la mayor destinataria del líquido en la Isla.

Hasta ahora, en Camagüey el tope para la expansión dependió de la disponibilidad hídrica que brindan los ríos de su franja sur, entre los cuales el San Pedro ocupa el lugar de preeminencia. Pero esa corriente fluvial, la sexta más larga del archipiélago y la octava por su caudal, posee un gasto medio de solo 9,65 metros cúbicos por segundo. Es decir, que a lo largo de un año «normal» transporta poco más de 304 millones de metros cúbicos. De ellos, 262 millones son represados en alguno de los seis embalses que se suceden a su paso; al delta del San Pedro, en el Golfo de Ana María, arriba -cuando más- el 15% del agua que conduce el río.

En tales circunstancias, decir que se explota hasta la última gota disponible resulta casi redundancia. Pero haría falta mucha más.

Toda la que sea capaz de aportar el trasvase que desde Sancti Spíritus deberá llegar en algún momento de 2022, y el centenar de pozos de gran profundidad que se electrifica en la zona de San Antonio, al extremo suroccidental de la provincia. Allí, las plantaciones quintuplicarán su extensión en los próximos quince años, hasta ocupar un área equivalente a los territorios de La Habana Vieja, Centro Habana, Plaza de la Revolución y Playa, sumados. Un «mar» de siembras de tal magnitud demandará un «mar» de aguas para el riego. La gran pregunta que a nadie parece poder responder es si la naturaleza estará en condiciones de hacer su parte.

La necesidad de divisas ha impulsado la expansión arrocera, y el rescate de otros cultivos como la caña, el café y el cacao, mas en el proceso no siempre se ha dejado de lado el voluntarismo. «Los indicadores de clima (descenso de precipitaciones), vegetación (presencia de plantas espinosas y deforestación), calidad del agua de riego y rendimientos productivos (con disminuciones del 10, 20 y 50%) son pistas de un problema que Cuba debe atajar a tiempo si pretende recuperar su capacidad de producir alimentos», anticipaba en 2015 un estudio del Instituto de Suelos difundido por el diario Adelante, de la provincia de Camagüey.

A la vuelta de dos años poco ha cambiado, y la necesidad de más agua no ha hecho sino incrementar las presiones sobre un manto freático y unas corrientes superficiales ya fuertemente explotadas. De acuerdo con su intención manifiesta, la nueva Ley de Aguas Terrestres, aprobada por el Parlamento en julio pasado, deberá variar ese estado de cosas, pero llama la intención que en su «orden de prioridades en el uso» el caudal ecológico ocupe el penúltimo puesto, solo por delante de los fines recreativos.

Acostumbrados a creernos habitantes de un país con grandes reservas hídricas, a los cubanos nos cuesta asumir la realidad: somos uno de los más «pobres» en ese sentido, al menos para los estándares de América Latina. Basta llegarse hasta cualquiera de los ríos de la Isla para comprobarlo.

Fuente: http://progresosemanal.us/20170823/las-aguas-nos-faltan/