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Las anomalías congénitas y el legado tóxico de la guerra en Irak

Fuentes: Viento Sur/merip.org

En Irak las anomalías congénitas son una encarnación visible del legado tóxico perdurable de la guerra para las generaciones futuras y el medio ambiente. La página de Facebook de anomalías congénitas del Hospital de Faluya, donde el personal médico cataloga los casos, revela la sorprendente diversidad y cantidad de anomalías congénitas[1]. Las y los bebés en Faluya nacen con hidrocefalia, paladar hendido, tumores, cabezas alargadas, miembros demasiado grandes, miembros cortos y orejas, narices y espinas malformadas.

Los informes de casos son breves y, a menudo, incorporan pronósticos como “incompatible con la vida” o “nacido muerto”. A veces también se incluye la historia reproductiva de la madre. Si bien la mayoría de estos niñas y niños no sobreviven, algunos viven semanas, meses o años, a menudo con dolor y con graves discapacidades.

Samira Alaani, pediatra del Hospital General de Faluya, está entre las y los médicos que comenzaron a notar una amplia gama de defectos congénitos poco comunes entre las y los bebés que nacieron tras el inicio de la ocupación estadounidense en 2003. No solo eran muchas las anomalías congénitas, también eran nuevas e inusuales en su tipo. Alaani y sus colegas fueron de los primeros en hacer sonar la alarma internacional al publicar informes que documentan la alta tasa de anomalías congénitas observadas en los hospitales de Faluya y Basora. En 2013, Alaani declaró en una entrevista con la BBC:

“Comenzamos a registrar estos casos en octubre de 2009 y hemos determinado que por cada 1000 bebés nacidos vivos, 144 nacen con una deformidad. Creemos que tiene que estar relacionado con la contaminación provocada por los combates en nuestra ciudad, incluso ahora, casi diez años después. No es exclusivo de Faluya; los hospitales de la Gobernación de Anbar y muchas otras regiones de Irak están registrando incrementos vertiginosos”[2].

La página de Facebook sobre las malformaciones de nacimiento del Hospital de Faluya, iniciada en 2011, publica estos casos por una razón. Como archivo, los cuerpos de los niños se convierten en evidencia de una historia mucho más amplia sobre el legado tóxico de la guerra en Irak. El país ha sufrido décadas consecutivas de guerra, campañas de bombardeo, pozos de quemado de residuos o desechos, sanciones y otras intervenciones militares que no solo destrozan las infraestructuras públicas necesarias para la salud y el bienestar, sino que también desencadenan cascadas de degradación ambiental.

Ecologías de guerra

Los ambientes que llevan las cicatrices de la violencia política, y cuya preservación bajo una forma u otra sirve como testimonio de esa violación, se denominan ecologías probatorias[3]. Las anomalías congénitas en Irak son parte de una ecología probatoria de la guerra que se lleva a la atención política y moral mediante prácticas de archivo y documentación.

Cuando las y los universitarios y médicos iraquíes catalogan las incidencias de anomalías congénitas y notan que sus tasas superan a las de Hiroshima, o cuando las y los epidemiólogos realizan estudios para marcar dónde, cuándo y cómo una población experimenta anomalías congénitas, resaltan las conexiones entre el militarismo y la salud pública, las desigualdades globales y el racismo ambiental[4]. Majid, un médico que trata a niños con defectos cardíacos en Faluya, dijo en una entrevista: “Cuando la gente ve defectos de nacimiento, no hay forma de evitar el problema. Las malformaciones de nacimiento señalan que  algo anda mal aquí, lo que no ocurre con otros problemas médicos”[5].

Aplicado al Medio Oriente, el término ecología de guerra a menudo se refiere a entornos transformados por décadas de militarismo intensivo. En Líbano, Irak, Afganistán, Palestina y Siria, estas ecologías no siempre son efectos secundarios accidentales de las operaciones militares, sino que son componentes centrales de la estrategia militar[6]. Por ejemplo, el presidente iraquí Saddam Hussein drenó las marismas del sur de Irak como una táctica de contrainsurgencia directa para reprimir a las y los árabes de las marismas, a quienes acusó de deslealtad durante la guerra Irán-Irak (1980-1988)[7]. Cuando las marismas iraquíes se volvieron a inundar en nombre de la restauración ecológica después de 2003, fue parte de una reestructuración más amplia del medio ambiente y de la economía de Irak, junto con otros mecanismos de control espacial como el uso de paredes T-walls (muros portátiles de hormigón)[8].

Más allá de las transformaciones sociales y espaciales deliberadas, la contaminación química también da forma a las ecologías de guerra de Irak. Mientras vivía y trabajaba con familias de agricultores desplazados internamente de la provincia de Anbar en 2014 y 2015, fui testigo de cultivos de plantas y ganado con partes deformadas o crecimiento tumoral. Muchos agricultores conservaron fotografías y contaron historias de sistemas de riego destruidos, agua contaminada y suelo hipersalinizado. La infertilidad, los cánceres y las anomalías congénitas les impidieron tener y criar hijas e hijos sanos. Describieron las anomalías congénitas como una de las consecuencias de los daños ambientales que presenciaron en todos los aspectos de sus vidas.

Muchas personas iraquíes con las que hablé describieron estas enfermedades ambientales duraderas como intencionadas. Ahmed, padre de un niño que murió pocas horas después de su nacimiento por múltiples anomalías congénitas, dijo: “Estados Unidos quería esto. Si no fuera así, habrían limpiado sus guerras. Nos mataron de hambre durante las sanciones [de 1991 a 2003]; ahora nos están envenenando”[9]. Cuando Ahmed habla de haber sido envenenado, se refiere tanto a la duración de la vida de los materiales de guerra tóxicos incrustados y abandonados en el paisaje de Irak como a la destrucción de los recursos humanos necesarios para hacer frente a las crisis de salud pública.

La intervención militar estadounidense dañó gravemente la infraestructura y los ecosistemas iraquíes que sustentan la supervivencia de la humanidad, especialmente durante la invasión inicial en 2003, pero también más tarde durante la ocupación (2004-2011). Siguiendo una estrategia de “conmoción y pavor”, Estados Unidos lanzó 800 misiles de crucero dentro de las primeras 48 horas de la invasión en marzo de 2003, más del doble de la cantidad de misiles lanzados en toda la Guerra del Golfo[10]. Sólo entre 2002 y 2005, las fuerzas armadas estadounidenses gastaron 6.000 millones de balas, aproximadamente 200.000-300.000 balas por cada individuo muerto en Irak[11]. Esta cantidad de proyectiles, llenos de plomo y mercurio, no incluye municiones mayores u otros restos metálicos posteriores a 2005 o de guerras anteriores: la guerra Irán-Irak (1980-1988), la Primera Guerra del Golfo (1990-1991), la era de las sanciones (1991-2003) y la ocupación de 2003 que provocó más de una década de guerra de milicias.

La intervención militar más reciente en Irak estuvo acompañada de un abandono y quema de desechos sin precedentes: vehículos desechados, armas que sobraban, ropa desechada y muchos más quedaron en la tierra, el agua o el aire de Irak.

Dada la avalancha de vertidos militares tóxicos en Irak, desde bombas y balas gastadas hasta la construcción de bases, pozos de quemado de residuos y depósitos de chatarra, no sorprende que abunden los cánceres generalizados y las anomalías congénitas, junto con otros problemas de salud importantes en la población civil.

Sin embargo, los recursos médicos para hacer frente a los cánceres y defectos de nacimiento también se ven afectados por los efectos duraderos de la guerra total: la que tiene por objetivo a toda una población y su entorno, en lugar de solo las instalaciones militares. Los hospitales de Faluya, por ejemplo, han sido blanco repetido de múltiples entidades, entre ellas Estados Unidos en 2008 y el gobierno iraquí en 2014 y 2015[12]. Además, las y los médicos siguen siendo escasos, ya que muchos fueron asesinados por las milicias o desplazados por amenazas de las milicias a sus familias: en 2008, solo 9.000 médicos vivían en Irak[13].

Legados tóxicos

A pesar de los intentos epidemiológicos específicos para precisar las causas de las malformaciones de nacimiento en Irak, no hay solo una. Los estudios realizados en Faluya, que sufrió grandes daños durante los ataques estadounidenses entre 2004 y 2008, muestran una alta tasa de anomalías congénitas (15 por ciento de todos los nacimientos), tasas más altas de lo esperado de cáncer y muerte infantil y una proporción anómala de hombres y mujeres en niños menores de cinco años. En 2010, Chris Busby, un científico británico que estudia los efectos de la radiación en la salud, publicó un estudio que mostró que el número de cánceres infantiles se había multiplicado por 12 en Faluya desde los ataques de 2004[14].

Otro estudio encontró que las y los recién nacidos con anomalías congénitas tenían un nivel de plomo tres veces más alto y un nivel de mercurio seis veces más alto que el promedio de los niños en Irán, que tienen trazas de plomo y mercurio apenas un poco más altas que en los países europeos[15]. En la aldea iraquí de Hawija, los niveles de magnesio y titanio en niños con malformaciones de nacimiento eran casi el doble del promedio de sus contrapartes en Irán, mientras que se encontraron niveles alarmantemente altos de cadmio y arsénico en muestras tomadas de niños con síntomas parecidos a enfermedades motrices cerebrales. Estos metales pueden explicar una gran cantidad de problemas neurológicos y subdesarrollo en los fetos al causar la depleción (disminución o desaparición) del folato y el subsecuente subdesarrollo de los tejidos vitales[16].

El uranio empobrecido es uno de los contaminantes más discutidos en relación con las anomalías congénitas. La Organización Mundial de la Salud publicó un informe en 2003 titulado “Impacto potencial del conflicto en la salud en Irak”, que sugería que el uranio empobrecido podría estar relacionado con informes de aumento de cánceres, malformaciones de nacimiento, problemas de salud reproductiva y enfermedades renales en la población iraquí desde 2003.

Activistas internacionales han acusado al ministerio estadounidense de Defensa de negligencia por haber utilizado en Irak un arma que dispersa residuos tóxicos en lugares en los que vive personal civil, donde se cultivan alimentos o se extrae agua para beber. Estudios en las y los veteranos americanos afectados por fuego amigo con estallidos de uranio empobrecido han demostrado también la relación entre el uranio y las perturbaciones de las hormonas de la reproducción, en particular la esterilidad [17] .

Además, las bases estadounidenses en Irak utilizaron pozos de combustión para incinerar todo, desde ordenadores hasta neumáticos, en grandes pozos al aire libre que ardieron día y noche durante años. Liberaron altos niveles de dioxinas e innumerables otras toxinas que se sabe que causan problemas de salud, desde anomalías congénitas hasta problemas neurológicos.

Estas quemas también están relacionados con las enfermedades de las y los veteranos de EE UU y son la base de las campañas para su atención médica[18]. La gente iraquí que vive cerca de los de los lugares en que se producían estas quemas continúa teniendo graves consecuencias para su salud a largo plazo e intergeneracional. Por ejemplo, se descubrió que algunos bebés iraquíes nacidos cerca de la base aérea de Tallil tenían problemas neurológicos, cardiopatías congénitas, miembros paralizados o faltantes y torio elevado en el cuerpo. Cuanto más cerca de la base, más altos son sus niveles[19].

Las ecologías de la guerra y sus implicaciones no son todas iguales. Las condiciones ambientales específicas determinan la exposición a las toxinas de la guerra. Por ejemplo, las tormentas de polvo en Irak son comunes, al igual que las altas temperaturas extremas, lo que aumenta la distribución de toxinas. Una historia de sanciones y guerras de larga duración da forma a la manera en que la comunidad médica de Irak está equipada para documentar y responder a una crisis de salud pública[20]. El medio ambiente de Irak se ha transformado a causa de muchas décadas de intervención militar occidental, desde el colonialismo británico hasta los bombardeos estadounidenses; desde las sanciones hasta la contrainsurgencia y la guerra de milicias.

El recuento de cuerpos

Con el tiempo, los daños corporales se vuelven más difíciles de atribuir directamente a la guerra, incluso cuando el daño real puede aumentar. Las anomalías congénitas son indicadores fuertes y visibles de a lo que mucha gente iraquí tiene que enfrentarse en condiciones de supervivencia diaria enormemente tóxicas. Casi todas las personas que conocí en Irak identificaron la alta prevalencia de anomalías congénitas como un fenómeno posterior a 2003 directamente relacionado con la guerra. Muchas mujeres describieron tener hijos sanos antes de 2003 y muchos abortos espontáneos o hijos con anomalías congénitas graves más adelante. No fue raro que una familia alineara a sus hijos por edad para que yo pudiera presenciar la línea visible del antes y después de la invasión estadounidense.

En mi entrevista con Majid, supe que ahora muchos médicos están aconsejando a las mujeres con antecedentes de nacimientos con anomalías congénitas múltiples que simplemente dejen de concebir hijos. En un país donde la interrupción de embarazos sigue siendo ilegal, y donde los recursos para la investigación, las pruebas y el tratamiento son limitados, las mujeres pueden enfrentar una vida de perpetua confusión física y emocional, ya que en repetidas ocasiones tienen hijos e hijas que no pueden sobrevivir. Algunas de las mujeres con las que viví y trabajé en la provincia de Anbar sentían firmemente que excluir la posibilidad de reproducción era una evidencia de intenciones genocidas por parte de Estados Unidos. Dina, que experimentó varios abortos espontáneos, expresó el deseo de que sus hijas e hijos abortados fueran contados entre quienes murieron en la guerra. “Pero, por supuesto”, señaló, imitando sarcásticamente la voz de un hombre estadounidense, “¡Estados Unidos no lleva un recuento de muertes!”[21].

Como escribe Omar Dewachi, los legados tóxicos del militarismo nos demandan “ampliar nuestras perspectivas analíticas para repensar lo que incluiría un archivo de la historia de la guerra”[22].   Ciertamente, en Irak, un archivo de guerra incluye los cuerpos de niños cuyas formas y futuros están irremediablemente moldeados por la ecología de la guerra en Irak.

Kali Rubaii es profesor asistente de antropología en la Universidad de Purdue.

https://merip.org/2020/09/birth-defects-and-the-toxic-legacy-of-war-in-iraq/

Traducción: Faustino Eguberri para viento sur

Notas:

[1]    Fallujah Hospital birth defects Facebook page: https://www.facebook.com/fallujahhospital2012/

[2]    BBC, “Doctors in Basra Report Rise in Birth Defects,” March 21, 2013.

[3]    Kristina Lyons, “Chemical Warfare in Colombia, Evidentiary Ecologies and Senti-Actuando Practices of Justice,” Social Studies of Science, 48/3 (2018).

[4]    Patrick Cockburn, “Toxic Legacy of US Assault on Falluja ‘Worse than Hiroshima,’” The Independent, July 24, 2010.

[5]    Majd es un seudónimo. La entrevista se realizó en Iraq en la primavera de 2015.

[6]    Vasiliki Touhouliotis, “Weak Seed and a Poisoned Land: Slow Violence and the Toxic Infrastructures of War in South Lebanon,” Environmental Humanities 10/1 (May 1, 2018). Drake Logan, “Toxic Violence: The Politics of Militarized Toxicity in Iraq and Afghanistan,” Annals of the Association of American Geographers 101/3 (2011). Andre Vltchek, “The Ecology of War: Imperial Power, Permanent Conflict and Disposable Humans,” Ecologist, April 28, 2017.

[7]    Ariel Ahram, “Development, Counterinsurgency, and the Destruction of the Iraqi Marshes,” International Journal of Middle East Studies 47/3 (August 2015).

[8]    Kali Rubaii, “Tripartheid: How Sectarianism Became Internal to Being in Anbar, Iraq,” Political and Legal Anthropology Review, 42/1 (April 11, 2019).

[9]    Ahmed es un seudónimo. Observación del autor en la primavera de 2015.

[10]  Catherine Lutz and Andrea Mazzarino, eds. War and Health: The Medical Consequences of the Wars in Iraq and Afghanistan (New York: NYU Press, 2019).

[11]  Andrew Buncombe, “US Forced to Import Bullets from Israel as Troops Use 250,000 for Every Rebel Killed,” Independent, January 10, 2011.

[12]  Ross Caputi, Richard Hill, Donna Mulhearn, The Sacking of Fallujah: A People’s History (Amhearst: University of Massachusetts Press, 2019). Human Rights Watch, “Iraq: Government Attacking Fallujah Hospital,” May 27, 2014.

[13]  Merrill Singer and Derrick Hodge, The War Machine and Global Health: A Critical Medical Anthropological Examination of the Human Costs of Armed Conflict and the International Violence Industry (Rowman and Littlefield, 2010) p. 138. Sadeer Al-Kindi, “Violence Against Doctors in Iraq,” The Lancet, Sept 13, 2014.

[14]  Chris Busby, et al. “Cancer, Infant Mortality and Birth Sex-Ratio in Falluja, Iraq 2005–2009,” International Journal of Environmental Research: Public Health 7 (2010).

[15]  Al-Sabbak, M. et al. “Metal Contamination and the Epidemic of Congenital Birth Defects in Iraqi Cities,” Bulletin of Environmental Contamination and Toxicology 89 (2012).

[16]  Mozghan Savabieasfahani, “Environmental Poisoning of Iraq: Why Academics Must Speak Out,” Turner Auditorium, University of Washington, October 24, 2014.

[17]  Patricia Doyle, et al. “Reproductive Health of Gulf War Veterans,” Philosophical Transactions of the Royal Society of London, Series B, Biological Sciences 361(1468) March 24, 2006.

[18]  Kenneth LacLeish and Zoe Wool, “US Military Burn Pits and the Politics of Health,” Medical Anthropology Quarterly (August 1, 2018).

[19]  Mozghan Savabieasfahani, et al. “Living Near an Active US Military Base in Iraq is Associated with Significantly Higher Hair Thorium and Increased Likelihood of Congenital Anomalies in Infants and Children,” Environmental Pollution 256 (January 2020).

[20]  Joy Gordon, “The Enduring Lessons of the Iraq Sanctions,” Middle East Report 294 (Spring 2020).

[21]  Dina es un seudónimo. La entrevista se ralizó en Iraq en 2014.

[22]  Omar Dewachi, “Iraqibacter and the Pathologies of Intervention,” Middle East Report 290 (Spring 2019).

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