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Las mentiras verdaderas de la ingeniería genética agroindustrial

Fuentes: Rebelión

Nunca pudo decirse que las empresas se hayan caracterizado por una identificación con lo bueno o con lo verdadero, por la sencilla razón de que no son ni estructuras morales ni científicas sino estructuras de funcionamiento volcadas en otra u otras vertientes existenciales, por lo visto tan humanas como la ética, el conocimiento o la […]

Nunca pudo decirse que las empresas se hayan caracterizado por una identificación con lo bueno o con lo verdadero, por la sencilla razón de que no son ni estructuras morales ni científicas sino estructuras de funcionamiento volcadas en otra u otras vertientes existenciales, por lo visto tan humanas como la ética, el conocimiento o la sabiduría. En todo caso, la del emprendimiento (la aventura económica) y la de la rentabilidad.

Por eso, a menudo el mundo empresario postula consignas o metas que no son sino las que con el transcurso de los acontecimientos se abandonan. A menudo se consolida lo opuesto de lo inicialmente proclamado. Al mundo empresario eso no lo cuestiona un ápice, sobre todo si el camino emprendido es rentable.

El automovilismo se desarrolló para poner al alcance de los ricos primero, del «pueblo» después, todas las bondades del aire puro, de la montaña, de la costa. Décadas más adelante, no más de dos o tres generaciones, la mitad del aire planetario estaba contaminado por los gases producidos por el transporte terrestre y aéreo. Es decir, que cada vez más gente puede llegar a más lugares con aire contaminado con el agravante que ya en la década del veinte la médica estadounidense Alice Hamilton observara las secuelas devastadoras del plomo en la nafta. Pero durante décadas se negó «científicamente» ese daño (Hamilton acertó con los mismos reparos que se reconocieron medio siglo después… en el Primer Mundo, porque por nuestras latitudes llevó todavía algunas décadas más…). Lo mismo pasó con la industria del tabaco en general y del cigarrillo en particular: sus empresarios llegaron a incorporar adictivos que reforzaban ese mismo rasgo de la propia nicotina para mejor «abrochar» a los consumidores; al mercado cautivo.

Por eso sería bueno que el resto de los llamados ahora «actores sociales» pudieran tener una opinión al respecto. Porque seguramente no va a coincidir con quienes tienen el control económico, que suelen ser los protagonistas de los resortes de poder de nuestras sociedades presentes.

La irrupción de los alimentos transgénicos en la vida cotidiana de muchas sociedades, inicialmente, desde mediados de los noventa, en EE.UU. y Argentina, se hizo bajo consignas de estremecedor altruismo. Erradicar el hambre del mundo era una de ellas. Impedir el avance de la frontera agropecuaria e, incluso, gracias a la mayor productividad proclamada para los cultivos transgénicos, hacerla retroceder y preservar así bosques, selvas, fauna y flora silvestres…

La FAO, por ejemplo, salió a responder a la crítica recibida de cientos de agrupamientos de agricultores orgánicos y de ecologistas por su desembozado apoyo al intento de copamiento de la vida rural del planeta por parte de los laboratorios transgénicos contrarreplicando que ante el aumento poblacional y la dificultad creciente de ampliar «la tierra de labranza«, habrá que hacer uso de «cultivo intensificado, producciones más altas y mayor productividad. Por eso tendremos que utilizar las herramientas científicas de la biología molecular, la identificación de marcadores moleculares y de la transferencia del gene para un realce más eficaz de las plantas.» [1]

Dennis Avery, personaje de la plana mayor del USDA (Ministerio de Agricultura de EE.UU. por su sigla en inglés) sostiene, como si se tratara de veredictos científicos inapelables que: «es mucho más importante minimizar la cantidad de tierra necesaria [para agricultura] que eliminar los agroquímicos«. [2]

Como se ve con los pasajes señalados (entre cientos, todos dispuestos con la misma argumentación), la apuesta que proclamaron y siguen proclamando los promotores de los cultivos transgénicos es aumentar la productividad, reducir el área de siembra. Con lo cual le otorgan a la ingeniería genética el papel de recuperador de espacios «naturales». Y justamente, le objetan a la agricultura orgánica el no poder realizar ese ahorro territorial; «La agricultura orgánica necesita mejorar sus rendimientos sustancialmente» nos recuerda didácticamente Avery (ibídem). Porque, insiste nuestro autor: «nuestra preocupación no se debe a los ingresos de los agricultores orgánicos sino a la manera de asegurar rendimientos altos y eficientes para satisfacer las necesidades del mañana sin afectar la vida silvestre del presente» (ibídem).

Y bien, pasemos de los postulados y las proclamas (o sea la exhibición de aquellos postulados como dados por hecho) a la más prosaica realidad.

A la realidad la podemos tratar a) científica, analíticamente y b) fácticamente.

a) Mohamed Habib, primera espada de la agricultura brasileña nos recuerda que: «Según diferentes investigaciones los transgénicos […] tienen una productivdad promedio de 5% a 10% menor que las semillas convencionales. Y eso se debe a que todo ser vivo tiene su cuota de energía vital. Cuando a este ser se le agrega una función biológica más -como la inoculación de un ADN- la cuota energética se utiliza en parte para esta nueva característica. Es una cuestión lógica y de simple cálculo. O sea la función de resistencia [tanto sea RR como Bt] acaba robándose una parte de la energía empleada en la producción de granos.» («El gobierno cayó en la celada de los transgénicos», Futuros, Buenos Aires/Montevideo, no 6, verano/otoño 2004). Es un hecho que podemos observar fácticamente en cualquier vivero, hablando con jardineros atentos: cuando se obtiene (mediante cruzamientos, mutaciones, mutagénesis por radiaciones, ingeniería genética u otros métodos para jugar con fuego) doble cantidad de pétalos, por ejemplo, su tamaño se reduce; cuando se obtiene un follaje dorado o veteado que no es el suyo primigenio, por ejemplo, la flor de la especie se achica, se enaniza, como si la nueva función asignada a la planta restara energía a las funciones no modificadas.

Si tomamos en cuenta este principio de «conservación de la energía», las invocaciones a aumentos de productividad (por unidad de superficie) caen por su peso.

El ingeniero agrónomo Walter Pengue, analista argentino de la producción transgénica, registra en casos particulares lo mismo que en general afirmara Habib. Calificando los cultivos por calidad de semilla, en algunos casos los OGMs figuran entre los más rendidores de la cepa (el mejor cultivo llega a 130 kg de rendimiento diferencial por ha., el peor a 83 y los GMs alcanzan a 122. Como se puede apreciar, cerca de los mejores. Pero en otros cultivares, donde el rendimiento diferencial máximo registra 108 kg por ha. y el mínimo 85, los GMs se ubican entre los de menor rendimiento (con 96). [3] En ningún caso, las variedades transgénicas superan a las tradicionales; en todos los casos están por debajo de los mejores rendimientos convencionales (Cultivos transgénicos, Lugar Editorial UNESCO, Buenos Aires, 2000, cuadros 4 y 5 de la Zona Núcleo, pp. 57 y 58).

b) Vayamos ahora a los crudos hechos, que suelen ser, ellos también, más contundentes que las proclamas. El clan sojero y sus aliados (semillerías dependientes de los grandes laboratorios transnacionales dedicados a la ingeniería genética), reguladores estatales y algunas organizaciones conservacionistas han lanzado un plan o programa llamado de «Soja Sustentable», al parecer íntimamente relacionado con un «Foro por la cosecha sustentable de los cien millones de toneladas de granos» que implica una mayor comoditización (si cabe) de la Argentina. Es decir, una acentuación de la condición neocolonial del país.

Para esa ampliación (los casi setenta millones actuales de toneladas de monocultivo industrial provienen de unas treinta millones de ha.), sus titulares estiman necesario ampliar la superficie explotable en una dimensión que varía entre «5 y 12 millones de hectáreas nuevas zonas agrícolas proyectadas en el plan para alcanzar los cien millones de toneladas de granos y oleaginosas.» (Fundación Vida Silvestre, FVS, la organización anfitriona de la nueva alianza entre el ambientalismo autocalificado de responsable o realista y el mundo empresario de siempre, con sus apoyos públicos, también habituales; el estado argentino tal-cual.es). Con lo cual, la pretensión de ampliar cultivos usando banquinas y otros terrenos secundarios para satisfacer esos avances de la soja sin «invadir» nuevos suelos para la expansión agroindustrial parece más bien una disculpa o una racionalización (el uso de banquinas es uno de los «recursos» esgrimidos para semejante ampliación).

Con franqueza o desfachatez, según se mire, el órgano por excelencia del clan sojero, Clarín Rural, declara a todo lo ancho de su primera página: «En una audiencia pública la empresa DesdelSur sometió a debate su proyecto de desmonte de 7.400 ha, logrando una fuerte adhesión de la comunidad de Gral. Mosconi, Salta.» (9/10/2004). Y la bajada del título «Mosconi se anotó un poroto» reza: Ampliación de la frontera agropecuaria.

Ay, ay, ay. Q.E.L.Q.Q.D. Hemos demostrado lo que queríamos demostrar casi sin querer, apenas citando promesas y concreciones… de los mismos personeros.

Y ésa es la verdad de la milanesa. Ampliación de la frontera agropecuaria vendida como modernización y desarrollo. Como si la modernización fuera buena-en-sí y como si el desarrollo de los grandes conglomerados agroindustriales no fueran a la vez el destrozo y la calamidad para los campesinos pequeños, las economías locales, la soberanía alimentaria y la nutrición de la gente de a pie. Como si el desarrollo pregonado no fuera, en rigor, concentración de los bienes económicos y de los poderes consiguientes. Y como si ello no significara marginación para muchos. Pero el asunto es otro: esos muchos no cuentan. Son los pobres del campo, que tienen tanta importancia para el FMI, Monsanto, AAPRESID, el BM como los marginados de las villasmiseria.

Presenciamos la comoditización del país como si fuera un adelanto-en-sí cuando es únicamente un adelanto de las posiciones metropolitanas e imperialistas y un avance de la condición colonial en este caso de la Argentina (que a su vez está arrastrando en condiciones coloniales o sub-coloniales a Uruguay, Paraguay, Bolivia y buena parte de Brasil). Por eso mismo, lo denunciamos.

Y nos preguntamos: entre aquella primera prédica de ganar tierras para los bosques, la flora y la fauna aborigen, que era casi una proclama poética; volver a escuchar el trino de los pájaros que los agroquímicos habían arrasado en la era anterior, la de la revolución verde y química y que ingeniería genética mediante nos prometían sus personeros (E. Kiekebusch, de Novartis, en la Bolsa de Cereales, Buenos Aires, 1999) y este última realidad de arrasar bosques, montes (nativos o frutales), y de avance irrestricto de la homogeneización rural y el monocultivo (por más que se trate de más de uno; la rotación soja-maíz no rompe el esquema monocultor salvo marginalmente), cuál es la correspondencia?

Va a ser difícil de encontrar, porque la verdad empresaria no sigue la verdad que busca el filósofo o el científico; la verdad empresaria es de circunstancias, pragmática y convierte en oro todo lo que toca.

Ayer por un instante, tocó el alma; ahora está toqueteando lo permanente: el bolsillo.

Luis E. Sabini Fernández
Coordinador del seminario de Ecología de la cátedra de DD.HH. de la Fac. de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.
Editor de la revista Futuros.


[1] Jacques Diouf, cit. p. F.K. en Brecha, Montevideo, 24/6/2004.

[2] Salvando el planeta con plaguicidas y plásticos [sic], Hudson Institute, Indianápolis, 1995 [trad. 1998], p. 131.

[3] En todos ellos, el rendimiento promedio ronda las dos toneladas y media por ha. Como se desprende de dichas cifras, estamos hablando en todos los casos, tanto cultivos transgénicos como convencionales, de diferencias muy exiguas.