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Las múltiples caras de Chernobyl

Fuentes: Página/12

Las abuelas empapadas en saber popular y las conspicuas Leyes de Murphy nos recuerdan que si algo puede salir mal, saldrá mal. Pero parece que algunos dirigentes soviéticos no escuchaban a sus abuelas ni leían grotescos compilados de máximas capitalistas, por lo que desconocían estas reglas vigentes para casi todo tipo de asuntos, desde los […]

Las abuelas empapadas en saber popular y las conspicuas Leyes de Murphy nos recuerdan que si algo puede salir mal, saldrá mal. Pero parece que algunos dirigentes soviéticos no escuchaban a sus abuelas ni leían grotescos compilados de máximas capitalistas, por lo que desconocían estas reglas vigentes para casi todo tipo de asuntos, desde los más pueriles hasta los más complejos, y en materia nuclear jugaron con fuego para mantener el abastecimiento energético de la inmensa Unión Soviética. En abril de 1986, la central nuclear de Chernobyl, en territorio de la por entonces República Socialista Soviética de Ucrania, fue escenario de un accidente originado en una desafortunada combinación de ingredientes que incluían a un reactor emplazado en una central nuclear de muy dudosa calidad y casi nula seguridad, la impericia o negligencia de sus operadores, y, luego de detectado el siniestro, la falta de un plan de contingencia adecuado.

Demasiados desatinos para un país que había sido pionero en el desarrollo tecnológico. Así como son recordados sus éxitos espaciales, la URSS también vivió tiempos de gloria en cuestiones nucleoeléctricas. En 1954 había puesto en marcha el primer reactor destinado a la producción de energía de origen nuclear en la ciudad de Obninsk, concebida además como la primera ciudad científica del mundo. Como casi todo hito de la Guerra Fría que se precie, el acontecimiento fue objeto de profusa difusión por parte de los soviéticos, aunque ha sido discutido por Occidente. Para el bloque capitalista, el reactor inglés de Calder Hall, puesto en funcionamiento en 1956, se llevaba los laureles por ser el primer reactor hecho y derecho, capaz de producir energía eléctrica en una escala mucho mayor al de Obninsk.

EL REACTOR DE TIPO SOVIETICO

La Unión Soviética era un conglomerado de repúblicas de asombrosa extensión territorial, que atravesaba dos continentes. Mientras sus ciudades más pobladas y la mayor parte de su producción industrial se ubicaban en el sector europeo, sus reservas de gas, petróleo y carbón se encontraban en las regiones más alejadas de Europa o en Asia. Su abastecimiento energético resultaba muy problemático y costoso. Era necesario construir gasoductos de miles de kilómetros atravesando regiones climática y geográficamente poco amigables y sobrecargar la infraestructura de transporte para utilizar las generosas pero alejadas reservas de combustibles fósiles. La posibilidad de echar mano al recurso nuclear -que requiere poco volumen de combustible para generar grandes cantidades de energía- se convertía, por ello, en una opción muy considerable.

En el sitio web de la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA) es posible encontrar documentos escritos en los años previos al accidente de Chernobyl. Allí los especialistas soviéticos defendían a capa y espada su programa de producción de energía nuclear. El producto estrella del programa era el reactor de tipo canal refrigerado por agua ligera y moderado por grafito (RBMK), orgullosamente bautizado como el Reactor de Tipo Soviético y heredero del mismo principio tecnológico de aquella central pionera de Obninsk. Los documentos resaltaban las ventajas de estos generadores, en cuanto a requerimientos de fabricación, sencillez, operabilidad y facilidad de montaje. La sugerencia de los especialistas era inundar la URSS de estos reactores baratos y de construcción rápida, que proporcionaban energía a un costo más que tentador y que eran capaces de trabajar siempre a destajo, aun durante el proceso de carga de combustible.

LA OTRA CARA DEL RBMK

Pero algunas de las supuestas ventajas del RBMK escondían increíbles fallas de seguridad que quedaron al desnudo en el accidente de la central de Chernobyl, ocurrido en la madrugada del 26 de abril de 1986. Según transcendió, todo comenzó cuando se intentaba realizar un experimento muy riesgoso: bajar drásticamente la potencia del reactor, diseñado para trabajar siempre al ciento por ciento y así aportar su grano de arena a la energéticamente voraz industria soviética. Esto ocasionó la descompensación del reactor a los pocos segundos, generándose una burbuja de hidrógeno que se combinó con el oxígeno para formar agua en una reacción explosiva (no fue una explosión nuclear sino de vapor que arrastró elementos radioactivos). En el RBMK, la sencillez de su construcción ocultaba la falta de un sistema de protección lo suficientemente robusto para soportar presiones elevadas, por lo que el techo del reactor voló por los aires desparramando una galería de partículas radiactivas. Como si fuera poco, el grafito usado como moderador -elemento que absorbe los neutrones para controlar la reacción en el núcleo- es también altamente inflamable y rápidamente se prendió fuego. El humo del incendio propagó los radionucleidos expulsados por la explosión de la planta a una vasta región de la URSS y de Europa. Los primeros indicios del accidente llegaron al mundo occidental tres días después, cuando se detectaron partículas radiactivas en la región escandinava. Eran tiempos en que el temor nuclear estaba muy presente, pero no tanto por las centrales nucleoeléctricas sino más bien por la amenaza que representaban los portentosos misiles de gran alcance que apuntaban a las ciudades más importantes de Europa y Norteamérica. La Unión Soviética debió admitir lo ocurrido cuando los reportes de radiación y las elocuentes imágenes satelitales daban la vuelta al mundo. Los habitantes de Prypyat, ciudad vecina a la zona de la explosión, fueron reubicados en sitios considerados seguros. La evacuación se extendió luego a un radio de casi 40 kilómetros e incluyó al ganado.

CIFRAS DE TODO TIPO

Inicialmente se reportaron 31 muertes por enfermedad de radiación aguda, en especial entre los bomberos que acudieron en los primeros momentos a combatir el siniestro sin saber exactamente a qué se enfrentaban. Una gran cantidad de trabajadores se expusieron a niveles muy elevados de radiación en la construcción del famoso sarcófago, erigido en forma urgente tras la tragedia. El sarcófago es un cajón de concreto y acero que hace de escudo contra la radiación y fue pensado para durar 25 años, por lo que actualmente está siendo reforzado por la construcción de una nueva estructura.

Estimar el número de víctimas en un asunto tan sensible no es tarea simple. Las cifras siempre aparecen teñidas de controversias de tinte político, social y económico. ¿Cómo determinar fehacientemente las causas de muerte directa o indirectamente relacionadas con el accidente nuclear? La falta de un consenso hace que se arrojen todo tipo de cifras. Algunos miden las muertes por decenas. Otros, basándose en datos epidemiológicos indican que hasta 2006 hubo aproximadamente 1800 casos bien documentados de cáncer tiroideo por absorción de yodo radiactivo en altas dosis, y finalmente hay quienes las estiman en millones.

Algunos medios, por sensacionalismo o ingenuidad, colaboraron para que la confusión sobre los efectos de Chernobyl sea mayor. Basta bucear por internet para toparse con historias de mutantes de toda laya: desde perros ciegos que olfatean la radiación hasta gallinas de dos metros de altura tan evolutivamente veloces que se denunciaron como aparecidas dos días después de la explosión. En medios pretendidamente más serios, cada tanto se repiten documentales mostrando casos puntuales de niños con leucemia o malformaciones nacidos en las regiones afectadas, que luego son extrapolados ligeramente hasta alcanzar cifras del orden de los millones. O sobrevivientes que requieren tratamientos médicos que pueden obedecer a una multitud de causas, pero que sistemáticamente se atribuyen a la radiación, un fantasma silencioso, invisible y muy taquillero.

La comunidad internacional, y especialmente los países europeos han brindado ayuda económica para solventar los costos de descontaminación, gastos médicos y pago de indemnizaciones a la población en la región afectada. Y en la zona de Prypiat, una ciudad hasta hoy desierta, comienza a promocionarse una especie de «turismo radiactivo» sólo apto para espíritus aventureros.

DE FUKUSHIMA EN ADELANTE

Veniticinco años después, los grupos antinucleares y la prensa catastrofista se encontraron con el accidente de la planta nuclear de Fukushima en Japón, una remake del accidente de Chernobyl. El árbol nuclear tapó al bosque, en este caso un colosal terremoto seguido de un gigantesco tsunami que dejaron un tendal de muertos y daños materiales. La discusión se centró en la totalidad de la energía nuclear y no en un modelo de central como la de Fukushima, que estaba en revisión desde hacía varios años. Y que resistió bastante bien el fortísimo terremoto, pero sucumbió cuando el sistema de enfriamiento se quedó sin fuente energética alternativa -barrida por el violento maremoto- abandonando a su suerte no sólo a los reactores, sino a barras de combustible nuclear en desuso, depositadas en la central.

Fukushima no es Chernobyl. En este caso, el retaceo informativo provino de la empresa operadora de la planta, pero el gobierno japonés actuó rápidamente ante la contingencia. Sea como fuere, Fukushima renueva la polémica por el uso de esta fuente de energía, criticada por algunos ecologistas y defendida por otros. Tal es el caso de James Lovelock -un gurú de la guerra contra el cambio climático- que en un artículo publicado en 2004 señaló que la utilización de los combustibles nucleares es menos contaminante en términos planetarios que otras formas de energía convencionales. Según expresaba Loverlock, la generación nucleoeléctrica constituye la única manera de detener en el corto plazo el cambio climático, ya no hay tiempo para desarrollar otras fuentes renovables a gran escala.

Como la vida misma, ninguna fuente de energía está exenta de riesgos. Chernobyl y Fukushima nos enseñan que la falta de información -provenga de un Estado socialista o de una empresa capitalista- o la información falsa, conspiran contra la participación ciudadana y la posibilidad de tomar decisiones adecuadas para minimizarlos.