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Sacando el carnet de conducir en Rafah

Lo que ha cambiado Israel en 15 años

Fuentes: Counterpunch

Traducido para Rebelión por LB

Solo necesité un instante para comprender por qué mi relato acerca de unos cuantos incidentes relativamente anodinos que se habían producido hacía años en mi instituto produjeron semejante efecto en los universitarios a los que impartí clases durante el semestre del otoño del 2006.

En una de mis anécdotas hacía alusión a algunos compañeros míos de clase que vivían en los asentamientos judíos del extremo norte de la Península del Sinaí. Era 1981 y al año siguiente se verían forzados a abandonar sus hogares como parte del acuerdo de paz entre Israel y Egipto; ahora bien, en ese momento, le dije a mis alumnos, la evacuación no parecía algo inminente, por lo menos para muchos adolescentes para los cuales cada año se prolonga indefinidamente. Una cuestión que sí nos preocupaba, continué, era aprender a conducir. Conté a mis alumnos cómo mis amigos de las comunidades agrícolas ubicadas en el Sinaí y en la pequeña ciudad de Yamit tomaban sus lecciones en la ciudad palestina de Rafah y fueron los primeros en obtener el carnet de conducir.

A mis alumnos de la facultad de políticas y administración de la Universidad Ben-Gurion esta historia les pareció incomprensible. Simplemente, no podía imaginar a israelíes adolescentes tomando clases de conducción en el centro de Rafah, una población que en sus mentes no es más que un nido de terroristas plagado de túneles utilizados para el contrabando de armas procedentes de Egipto, armas que posteriormente serán utilizadas contra objetivos israelíes.

Aunque la diferencia de edad media entre yo y mis alumnos es tan sólo de 15 años, nuestras perspectivas son radicalmente diferentes. Cuando yo era estudiante en la escuela agrícola Eshel Hanasi, a menudo hacía auto stop para regresar de la escuela a mi casa en Beer Sheva en los taxis palestinos de la Franja de Gaza. En el contexto actual del conflicto palestino-israelí algo así es simplemente inconcebible. Los taxis de los territorios ocupados no pueden entrar en Israel, e incluso si pudieran obtener un permiso de entrada los judíos de Israel tendrían miedo de usarlos.

Hace dos décadas los palestinos eran parte integrante del paisaje de Israel, principalmente como obreros ínfimamente remunerados que construían casas, limpiaban calles y realizaban tareas agrícolas. Sin embargo, en los últimos años han desaparecido, literalmente. En la década de 1980 la mayoría de los israelíes y de los palestinos podían viajar libremente entre los territorios ocupados e Israel y, en muchos aspectos, se sentían seguros al hacerlo. En estos momentos los palestinos están encerrados en la Franja de Gaza y los israelíes no están autorizados a entrar en la zona. Los palestinos de Cisjordania están encerrados detrás de una barrera de separación y sólo los colonos judíos que viven se desplazan libremente entre Cisjordania e Israel.

En consecuencia, la mayoría de mis estudiantes nunca han hablado con palestinos de los territorios ocupados, excepto quizás como soldados durante su servicio militar. Su conocimiento de los palestinos se limita, por lo tanto, a pequeñas briznas de noticias de tres minutos de duración referidas casi siempre a ataques palestinos contra objetivos israelíes o a ataques militares israelíes contra ciudades palestinas.

La reacción de los estudiantes frente a mis experiencias adolescentes es, por lo tanto, comprensible, aunque pone de manifiesto una cuestión fundamental que a menudo se pasa por alto: a saber, que la ocupación israelí ha cambiado drásticamente en los últimos cuatro decenios, y en particular desde el estallido de la segunda Intifada en el año 2000. Algunos de los cambios -los más perniciosos son la actual expansión de los asentamientos y el cierre hermético de la Franja de Gaza y de Cisjordania, que en muchos sentidos han sido factores determinantes del ascenso de Hamas- se examinan con frecuencia en los medios de comunicación y son correctamente interpretados como obstáculos para la posibilidad de que los israelíes y los palestinos lleguen a un acuerdo de paz basado en la solución de dos Estados. El cambio que casi nunca se menciona es la actual falta de contacto entre los israelíes de a pie (en contraposición a los soldados y los colonos) y los palestinos.

El muro de separación construido en el interior de los territorios palestinos es lo que mejor simboliza este cambio. Uno de sus muchos efectos devastadores es la ruptura de prácticamente todo contacto cotidiano entre los dos pueblos. La generación más joven a ambos lados de la Línea Verde ya no ve a los «otros» como seres vivos de carne y hueso, sino como estereotipos a menudo empapados en prejuicios y suposiciones racistas.

La alienación entre los judíos de Israel y los palestinos sirve por tanto a los intereses de todos los que le gustaría presentar a la otra parte como un perpetuo y mortal enemigo.

Los efectos de este cambio no deberían subestimarse. Por decirlo rápidamente, parece que la generación (judía) más joven dentro de Israel es menos proclive que nunca a apoyar a un líder que tenga el coraje de iniciar un acuerdo de paz justo basado en la plena retirada a las fronteras de 1967, en la devolución de Jerusalén Oriental y en algún tipo de solución creativa para los refugiados palestinos.

Trágicamente, después de 41 años de ocupación la solución de dos Estados parece más lejana que nunca. La paz en el presente contexto, como ha argumentado convincentemente el activista pro paz israelí y ex miembro del Knesset Uri Avnery, es como franquear un abismo. No se puede hacer a pasitos cortos sino solamente dando un gran salto. Las reacciones de mis estudiantes sugieren que la distancia entre los dos pueblos está haciéndose cada día mayor.

Fuente: http://www.counterpunch.org/gordon06192008.html