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Lo que queda de Damasco

Fuentes: The New York Review of Books

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

En una reciente visita a Damasco, la primera después de un año, me acerqué una mañana a la Mezquita de los Omeyas. El espectacular monumento, una de las mezquitas más antiguas que existen, fue primeramente un templo romano y después una primitiva basílica cristiana antes de convertirse en lo que muchos musulmanes consideran que es el cuarto lugar más sagrado del culto del Islam. Como es habitual, estaba llena de familias. Los niños patinaban por el patio de mármol, las mujeres y los hombres rezaban o descansaban, a menudo hablando por sus teléfonos móviles. Pero la escena tomó un cariz distinto cuando me senté a hablar con dos mujeres de los barrios periféricos de Damasco.

Fatia era de Yubar, un suburbio del noreste situado estratégicamente junto a la carretera que circunvala Damasco, donde cada día se producen enfrentamientos entre el régimen y las fuerzas rebeldes. Su casa había sido recientemente destruida por los bombardeos del régimen y nos contó que ahora estaba viviendo con otras veinte personas en el centro de Damasco, que se vino aquí porque era el único lugar seguro adonde ir. La otra mujer, Manar, dijo que su marido había estado trabajando en Daraya, un suburbio que había sido tomado por los rebeldes el otoño pasado y que a partir del invierno ha estado casi bajo continuo ataque del ejército sirio. Su marido había perdido su trabajo porque la fábrica donde trabajaba había acabado pulverizada por las bombas. «Ahora hay personas que duermen en las mezquitas porque no tienen dónde ir», me dijeron. (Está prohibido dormir en la Mezquita de los Omeyas, pero las mezquitas más pequeñas están actualmente llenas de sirios desplazados.) De repente, el seco estruendo del disparo de un cohete interrumpió su relato. «Quizá cayó en Yubar», dijo Fatia.

Aunque la brutal devastación causada por el conflicto sirio está entrando ya en su tercer año y ha afectado a muchas zonas del país, el gobierno sirio intenta siempre que la capital parezca un oasis de calma. A diferencia de Alepo, con muchos de sus barrios destruidos tras un año de batalla, el centro de Damasco muestra pocas cicatrices físicas de la guerra, aparte de los muchos controles y bloqueos de carretera y de los restos calcinados de un edificio bombardeado al noreste de la ciudad. A diferencia de Raqqa, una ciudad del este de Siria que está en manos de rebeldes extremistas, Damasco semeja una especie de bastión dinámico y tolerante. En este sentido, el funcionamiento de la ciudad demuestra tanto la persistente fortaleza del régimen como los riesgos que enfrenta la cada vez más fracturada oposición. Pero como reveló mi visita a la Mezquita de los Omeyas, nada es ya lo mismo en la capital siria por debajo de esa superficie.

Ese mismo día cené con un empresario muy bien relacionado; fue al colegio con Bashar al-Asad y con el hermano mayor de Bashar, Basel, y ha prosperado bajo el régimen, incluso más aún desde que empezó la crisis. El restaurante servía comida continental y cualquier clase de alcohol que pudiera antojársete. Una joven muy repeinada con una foto de Bashar en la pantalla de su iPhone cantaba canciones mientras sus sonrientes compañeros tomaban bebidas a un precio que hubiera servido para pagar un mes del alquiler de cualquier familia desplazada. En un determinado momento, el empresario se levantó para ir al baño y algo repiqueteó contra el suelo. Era una pistola. «Oh, eso», dijo. «Tengo miedo de que me secuestren. Prefiero matarme en caso de que suceda».

Durante mi estancia, las visitas a media docena de diferentes barriadas del centro me dejaron claro que el régimen no está aún precisamente en las últimas, al menos aquí. La economía sigue adelante, en gran medida impulsada por los fondos aportados desde el gobierno iraní, que ha inyectado al menos 4.000 millones de dólares en Siria desde que empezó el conflicto. Las mujeres bullen por los zocos, que permanecen abiertos aunque algunas tiendas estén cerradas. Los hoteles, que hace un año creían que iban a tener que cerrar sus puertas, están yendo mejor ahora gracias a los sirios ricos que han huido a la capital. Los restaurantes vacíos de las callejuelas y casas con patio de la ciudad vieja se compensan con los cada vez más numerosos vendedores ambulantes que ofrecen de todo, desde pañuelos a cigarrillos, a la población desplazada.

Pero la guerra está cerca. En casi todos los suburbios de Damasco que rodean la ciudad se han librado batallas importantes entre las fuerzas del régimen y la oposición, desde Duma y Harasta hasta zonas más cercanas como Barseh y Yubar. Después de que los rebeldes lograran algunos avances cerca de la capital durante el verano y el otoño de 2012 -que se vendieron como las batallas «finales»- para ser repelidos después, muchas barriadas de los alrededores de la ciudad, incluidas Yubar y Daraya, fueron machacadas por los bombardeos del régimen. (En estos momentos, parte de Ghuta, un área al este de Damasco está bajo control rebelde, aunque recientes avances del régimen están sometiéndola a cada vez mayores presiones.)

Un día me acerqué hasta Harasta, un suburbio situado en la zona noroeste, a un tiro de piedra del centro de la ciudad. La carretera estaba llena de metales retorcidos y coches carbonizados. «Conduzca rápidamente durante el tramo de doscientos metros que tiene por delante porque hay francotiradores», advirtió un soldado a mi conductor. Seguimos avanzando pero nos volvimos porque el bombardeo era demasiado intenso y de la zona adyacente a la carretera se elevaba un humo negro. En otra ocasión, estaba cogiendo un taxi en Mezze, una zona justo al oeste del centro, cuando la carretera se bloqueó de repente. Unos pocos metros más allá había un coche echando humo. Algunos decían que había explotado -uno más de los frecuentes coches bomba-, otros decían que un mortero le había alcanzado.

Sin embargo, el cambio más notorio en la ciudad desde que yo viví aquí antes de la guerra es la propia población urbana. Damasco, que tenía una población estimada en cinco o seis millones de habitantes antes de que empezara el conflicto, nunca llegó a rivalizar con El Cairo en vida intelectual, o con Beirut en sofisticación. Sin embargo, tenía bastantes aspirantes a cineastas y disidentes canosos, jóvenes mundanos y muchos abogados, doctores y académicos con un nivel muy alto de educación. Ahora un gran número de profesionales, los jóvenes e incluso trabajadores normales, con ahorros suficientes para poder marcharse, se han ido al Líbano, Egipto, el Golfo o más lejos. En su lugar, la ciudad ha registrado una inmensa afluencia de personas pobres e indigentes de las zonas periféricas, que se han trasladado a zonas como la ciudad vieja, a menudo para vivir con familiares o amigos, o a distritos como el de Midan, una barriada que está justo al sur del centro y que es en sí una zona conflictiva. Ahora viven junto a los ricos y los apáticos de la ciudad que se han quedado y que por lo general apoyan al régimen. (Un grupo que, contrariamente a algunas de las caracterizaciones habituales de la guerra, incluye no sólo a alauíes sino a miembros privilegiados de otras sectas, como sunníes y cristianos.)

Esto hizo que la ciudad me pareciera vacía. Fui a dar un paseo por mis viejos lugares favoritos durante los tres años que pasé viviendo en Damasco. Y me puse a atisbar por las desvencijadas ventanas de Etana, una librería que en otro tiempo estaba siempre llena de intelectuales, y solo vi cajas y estanterías vacías. Mazen, el proveedor de mis camisones, se había marchado. El vendedor de alfombras, desaparecido. Mi joyero favorito, lo mismo. En lugar de las tiendas que en otro tiempo vendían recuerdos a los turistas, había tiendas baratas con laca de uñas y artículos de imitación, como los bolsos «Luis Vutton». Los pocos disidentes e intelectuales que encontré que no se habían ido de la ciudad pasaban las horas hablando de los amigos que se habían marchado y de tiempos pasados, temiendo todo el rato que les arrestaran. El 18 de julio, a uno de ellos, Yusef Abdelke, pintor, se lo llevaron detenido las fuerzas de seguridad. Un disidente desde hace mucho tiempo, que solo volvió a Siria en 2005 tras haber pasado antes varios años en la cárcel en la época del padre de Bashar, Hafez, fue detenido junto con otros dos miembros de un grupo interno crítico del régimen (los tres pertenecen a diferentes minorías sirias: cristiana, alauí y drusa) durante otra oleada de arrestos políticos.

Otro disidente, que ha empezado a repartir ropa y medicinas por los asediados suburbios por iniciativa propia, despotricaba contra los jóvenes que se marcharon tan pronto como las cosas se pusieron difíciles, las mismas personas que eran necesarias para poder levantarse contra el régimen. Su amigo le reprendió: «Todos tenemos que tomar nuestras propias decisiones. Las armas fueron más fuertes que ellos».

Mucha de la gente que se ha quedado está sobreviviendo gracias a las redes informales de apoyo y a la ayuda de voluntarios como él. Pero siguen luchando. Las casas tienen ahora una familia en cada habitación. Las sanciones han hecho mucho más daño a la gente normal que al régimen. Un bocadillo de falafel, que solía costar 25 libras sirias, cuesta ahora 65. (Se debe al colapso de la moneda siria, que no es sino una pizca en el precio equivalente en dólares, pero pocos ganan algo en nada que no sean libras sirias.) «La comida cuesta como estuvieras viviendo en un hotel de cinco estrellas», señaló Fatia. La depresión se extiende. «Todo lo que los sirios queríamos realmente era una casa y ganar lo suficiente para que nuestros hijos pudieran casarse, y todo eso ha desaparecido ahora», añadió Fatia.

El gobierno dice que está proporcionando ayuda a los muchos desplazados que han acabado en la ciudad. Pero en el Ministerio para la Reconciliación Nacional, una entidad del gobierno de sonido orwelliano establecida en junio de 2012, supuestamente para ayudar a los sirios afectados por la guerra, contemplé cómo la gente que hacía cola para pedir ayuda para alojar a sus seres queridos, solo recibía el rechazo de indiferentes burócratas. Una mujer sabía la rama de los servicios de seguridad que tenía detenido a su hijo desde hacía cinco meses, probablemente porque es un hombre joven y pensaban que podía unirse a la oposición; su marido había desaparecido sin rastro hacía varios meses. Me pregunté cómo iba ella a poder sobrevivir.

A las autoridades del gobierno de Asad parece preocuparles poco que la ciudad histórica que dominan sea una sombra de lo que fue. Con los avances conseguidos contra la oposición esta primavera, que culminaron en junio con la captura de Qusair, una ciudad situada en la frontera con el Líbano, junto con el renovado apoyo de sus aliados Hizbollah, Irán y Rusia, el régimen siente una nueva confianza que se extiende a muchas de las personas que le apoyan y que conocí en Damasco.

Para esos leales al régimen, el curso último de la guerra -incluyendo los crecientes informes de que los grupos más radicales aventajan en algunas regiones a la oposición- ha probado su argumento de que el gobierno es el último bastión laico en la región y que está siendo atacado por una serie de extremistas financiados por los Estados del Golfo. Los combatientes de la oposición no se han hecho ningún favor a sí mismos según la lucha se ha ido haciendo más sucia. «Yo quería una revolución pero el régimen ha actuado con más inteligencia y está ganando», me dijo un joven, refiriéndose a cómo el gobierno ha hecho cuanto ha podido por impulsar la violencia sectaria, incluyendo, según múltiples informes de 2011, la liberación de criminales, especialmente islamistas, de la prisión de Seydnaya para que pudieran unirse a la oposición.

Pero hay otros en la capital -al igual que la mayoría de sus compatriotas que viven en territorio en poder de los rebeldes- que manifiestan vehementemente su desacuerdo. Dicen que prefieren morir antes que vivir bajo el régimen; que hay que derribarlo sin que importe el precio. Un puñado de destacados damascenos, como Yasin Hajj-Saleh, famoso escritor, y Rasan Seituneh, un abogado que está escondido desde el comienzo de la sublevación, se ha trasladado a los suburbios en poder rebelde. (A mediados de julio, Hajj-Saleh, que está ahora en el este de Ghuta sin electricidad ni teléfono y muy poca comida, le dijo a The Guardian: «En Damasco nos enfrentamos con la constante posibilidad de que nos arresten y nos sometan a duras torturas. Aquí estamos a salvo de eso, pero no del misil que podría aterrizar sobre nuestras cabezas en cualquier momento».) Nadia, una amiga siria que trabaja para una agencia internacional de ayuda, me dijo que le gusta cruzar esas líneas y llegar a lugares como Homs porque la gente y la revolución parecen mucho más vivas que en Damasco.

En efecto, según iba transcurriendo mi semana, la ciudad parecía hacerse más opresiva cada vez y me acordaba de la Siria de años anteriores; la gente con la que me reuní lo comparaba a la época anterior a Bashar al-Asad. Y me ponía enferma cada vez que oía el sonido de un misil impactando en los suburbios. En una mañana especialmente ruidosa, me extrañó que la gente no se inmutara: un hombre sentado en los escalones de una estructura de hormigón gris sorbía una taza de te, un guardia se reía a carcajadas frente a un edificio del gobierno y la cola de gente en una oficina de la Western Union -esperando todos los envíos de familiares en el extranjero- iba creciendo cada vez más. Una y otra vez, la persona con la que hablaba puntualizaba sus frases con mafi hal -«no hay solución»-. «Obama y todos nos han traicionado. Tenemos un problema con nuestra oposición. Y tenemos un problema con el Islam», me dijo un vendedor de alfombras. Describió las negociaciones de paz de Ginebra como un «juego» y una «táctica dilatoria» de la comunidad internacional, ya que el régimen no quería entregar el poder. Un empresario cercano al régimen las describió con mayor crudeza como «masturbación».

Gran parte de la gente intenta evitar las divisiones de secta, clase y opinión que han aparecido por todas partes en el país, aunque esas divisiones están también arrastrándose hasta la capital. Antes de la guerra, algunas de las barriadas se dividían por sectas: Bab Tuma era un barrio de mayoría cristiana de la ciudad vieja, Mezze 86 un baluarte alauí. Pero muchas de las zonas eran mixtas. Los sirios se enorgullecían de no saber necesariamente cuál era la religión de cada quien. Hoy eso está cambiando. En las zonas alauíes, que los combatientes rebeldes han atacado con morteros, se tiene el sentimiento de estar bajo ataque pero no de la represión del régimen. En las zonas sunníes, como Midan, las fuerzas de seguridad no han vacilado en disparar contra la gente. En otras partes de la ciudad, los secuestros de los ricos leales al régimen y de sus hijos -por bandas criminales y algunos grupos de la oposición que tratan de conseguir un rescate- son cada vez más habituales.

Shalha y Nagham al-Shamali, dos hermanas cristianas de Alepo que viven ahora en un hotel boutique en la ciudad vieja, me explicaron que el Islam estaba en la raíz de los problemas de Siria mientras se sentaban alrededor riendo con unos huéspedes sunníes igualmente exiliados de sus ciudades de origen. En la barriada de mayoría alauí de Mezze 86, los vecinos despotricaban de los sunníes de la capital mientras continuaban viviendo entre ellos; en parte influidos por las imágenes ofrecidas por los medios estatales, algunos decían que los sunníes querían eliminar a los alauíes.

Como no les queda otra opción, muchos con los que hablé han encontrado la forma de adaptarse a la nueva situación. Con frecuencia escuché la expresión siria por excelencia, shoo bidna namel?, «¿qué podemos hacer». Otros decían, tamsajna, que significa «nos hemos convertido en un cocodrilo», que tienen ahora la piel lo suficientemente dura como para hacer frente a todo. Las largas colas de tráfico en los controles son una oportunidad para echar un cigarrillo, según manifestó un taxista (bromeé con que la guerra estaba reduciendo a eso su vida). Las normas tradicionales de hospitalidad son rígidamente observadas para que no desaparezca un concepto básico de la identidad nacional. Cada casa que visité me ofreció té, dulces y la mayoría de las veces un pequeño regalo. Me subí a un autobús y un hombre que estaba ya aplastado en dos asientos con sus tres niños, los amontonó de inmediato en su regazo para que pudiera sentarme, espoleando a uno de ellos: «¡Dile hola!».

Sin embargo, apenas oculto bajo estas familiares actitudes sirias, está el penoso reconocimiento de que la ciudad ha sido ya irreversiblemente alterada. El vendedor de alfombras con el que hablé me habló de un amigo, un antiguo policía, con quien solía jugar a las cartas. El policía empezó a venir cada vez con menor frecuencia hasta que un día no vino más. El policía se había unido a Yabhat al-Nusra, el grupo rebelde de línea dura vinculado con al-Qaida que ahora se enfrenta a sus antiguos colegas. Nadia, la trabajadora de la ayuda, ha perdido a dos amigos muy cercanos, uno en el ejército y otro luchando por la oposición. Otra amiga me habló de una pareja que conocía que se había instalado en Beirut y tenía un bebé. Habían vuelto recientemente para llevar a su niño ante la Mezquita de los Omeyas por si no pudieran regresar…

Sarah Birke es corresponsal para Oriente Medio del The Economist.

Fuente: http://www.nybooks.com/contributors/sarah-birke/#tab-blog