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Los días del agua

Fuentes: Rebelión

Quizás Bruno Tinazzo sea feliz a tiempo completo luego de una hazaña que, en su opinión, pudiera competir con las doce realizadas por Hércules. Si bien este hombre de poco más de 60 años, nacido en Mantua, Italia, no se ha visto tentado a imposibles como dirigir, con sólo su fuerza, el torrente de un […]

Quizás Bruno Tinazzo sea feliz a tiempo completo luego de una hazaña que, en su opinión, pudiera competir con las doce realizadas por Hércules. Si bien este hombre de poco más de 60 años, nacido en Mantua, Italia, no se ha visto tentado a imposibles como dirigir, con sólo su fuerza, el torrente de un río contra la mugre proverbial de unos también proverbiales establos, a la manera del héroe mitológico, en cambio ha protagonizado un récord aparecido en numerosas publicaciones de su país y del orbe: «Atravesó a pie los 652 kilómetros que serpentean el caudal del Po.»

Cuánta gloria futura habrá paladeado este esforzado andarín mientras bajaba del monte Viso, recorría el Piamonte y Lombardía, pasaba por Turín, Pavía, Piacenza y Guastalla, y «desembarcaba» en el delta del mar Adriático (si no escogió el camino contrario, por supuesto). Nada menos que 675 kilómetros de curso, si nos atenemos a una fuente enciclopédica que refuta a la periodística en este punto.

Pero no nos atrevemos a asegurar que la felicidad sea permanente, porque un comentario patético amenazaba con sepultar la fama de Tino. «No es cuestión de quitarle méritos a la empresa -decía un diario español de gran tirada-, pero es verdad que el río italiano, principal arteria hídrica del país, padece una de las peores sequías de los últimos cien años y puede recorrerse sin mojarse la cintura.»

Y no es espejismo. «La crisis es tan evidente que algunas zonas que atraviesa el Po recuerdan las dunas de un desierto, mientras que otras, convertidas en charcas repletas de ranas, han hecho olvidar la crecida histórica del año 2000, cuando el río de los ríos italianos, en torno al cual viven nada menos que 17 millones de personas, superó el nivel de casi todos los puentes…»

Aunque, pensándolo bien, tal vez la felicidad del recordista resulte, no tanto de la larga caminata estival, como de la renovada atención popular que sus trancos incansables han concitado alrededor de un problema que viene dejando insomne a más de un especialista. No solamente en la legendaria Italia. Las campanas doblan en los cuatro confines del planeta, pues, como describe la BBC, en forma escueta y electrizante de agencia noticiosa, «la provisión de agua dulce está disminuyendo a nivel mundial. Una persona de cada cinco ya no tiene acceso al agua potable. Casi una de cada tres no dispone de medios de saneamiento adecuados…»

Datos para preocuparse

Sí, a menudo los árboles no permiten ver el bosque. La guerra de Iraq, por ejemplo, con ser digna de la mayor asiduidad informativa, en su momento desplazó de los noticiarios de todo el planeta un evento tan significativo como el Foro Mundial del Agua celebrado en Kyoto, Japón, en marzo de 2003. Y aludimos a ese encuentro precisamente porque puso los puntos sobre varias íes. Cosas como el hecho de que la falta de suficiente agua dulce de calidad compite como problema global, en posibilidad de efecto devastador, con el socorrido y espeluznante cambio climático. (Si el 71 por ciento de la superficie terrestre está configurado por agua, sólo el 2,5 de esta es apta para el consumo humano. Y la cifra tiende a decrecer.)

Comentando en Internet sobre el alcance del Foro, el colega Feliciano Robles Blanco insistía en verdades que, siendo de Perogrullo, no desmerecen el recordatorio, máxime si tomamos en cuenta el desconocimiento del tema lo mismo entre multitudes de seres que disfrutan el líquido bienhechor que entre aquellas cuya sed apenas les permite pensar… Es un decir.

«El ciclo hidrológico es clave para la vida humana y para el equilibrio ecológico del planeta. Sin embargo, en la actualidad, el consumo excesivo humano de agua dulce para uso agrícola, industrial y doméstico, junto con la gestión descuidada de las aguas residuales, amenaza la viabilidad del ciclo hidrológico. El resultado afecta negativamente a todos los organismos vivos del planeta, algunos de ellos hasta el punto de la extinción. Al mismo tiempo hace más difícil para los más empobrecidos, cuyo sustento depende del ciclo del agua, el obtener y cultivar lo suficiente para vivir con salud y dignidad.»

Y estamos tocando aquí el meollo. Veamos. Las causas del problema asoman por su fuero. Entre otras, la explosión demográfica, la contaminación, la magra conciencia de la magnitud de la tragedia, los cambios climáticos… Pero, más allá de éstas, se erige en la más importante la carencia de voluntad política de algunos (numerosos) gobiernos para, como proclama airada una colega, «resolver una crisis que amenaza la supervivencia de millones de personas en todo el mundo, lo que ha impedido alcanzar los objetivos planteados como prioridades en las conferencias internacionales sobre recursos hidráulicos».

Sapientes funcionarios de las Naciones Unidas coinciden en el clamor, vertido en informes que se acumulan al parecer vírgenes de lectura en los escritorios de mandatarios desaprensivos, a pesar de que -y reproducimos fragmentos de un documento de la organización internacional-, «si persiste la inercia de los dirigentes, la crisis mundial del agua cobrará en los próximos años proporciones sin precedentes y aumentará la creciente penuria de agua por habitante en muchos países en desarrollo».

Tras dejar sentado que «muchos países y territorios se encuentran ya en una situación crítica», el texto señala que los más pobres en ese sentido son Kuwait (10 metros cúbicos anuales por habitante), la Franja de Gaza (52 m3), los Emiratos Árabes Unidos (58m3), las Bahamas (66 m3) y Qatar (no obra la cuantía en la versión ofrecida por la Agencia Francesa de Prensa).

Pero la falta no hace todo el problema. La contaminación se yergue como otro jinete de un Apocalipsis que sólo la voluntad política podría conjurar. «Hoy día hay 12 mil kilómetros cúbicos de agua contaminada en el mundo. Si la contaminación sigue al mismo ritmo de crecimiento que la población, en el año 2050 el mundo habrá perdido efectivamente 18 mil km3 de agua dulce…» Desastre mayúsculo.

El reseñado informe de la ONU asegura, asimismo, que «los más afectados siguen siendo los pobres, ya que el 50 por ciento de la población de los países en desarrollo está expuesta al peligro que representan las fuentes de agua contaminada. Por otra parte, las disparidades entre Norte y Sur son alarmantes. Por ejemplo, los niños nacidos en países desarrollados consumen entre 30 y 50 veces más agua que los nacidos en países en desarrollo.» Y para mayor INRI de un mundo que se dice civilizado -citamos ahora datos escogidos, un tanto aleatoriamente, entre los que se arraciman sobre nuestra mesa de trabajo-, cada 15 minutos 19 niños mueren en el globo terráqueo de una enfermedad derivada de la falta de acceso al agua potable, lo cual supone una cifra diaria de mil 824 menores», según Indicadores de Desarrollo elaborados por el Banco Mundial.

El lado oscuro de la política

Una vez más, la sarmentosa mano. No sólo porque, a juicio de la ONU, «respecto a la privatización del agua, las personas más pobres que tienen menos acceso al abastecimiento son las que tienen que pagar proporcionalmente más», sino porque caemos aquí, querámoslo o no, en el sempiterno tema de la guerra, una de las hipóstasis de la política.

El esclarecimiento de las Naciones Unidas en cuanto a que, «aunque la escasez de agua agudice las tensiones entre los Estados, hay pocos indicios de que lleguen a estallar (conflictos) y se conviertan en auténticas guerras del agua», semeja una especie de velo protector del sueño de los humanos, más que una afirmación sustentada sobre bases inamovibles. La realidad suele ser más rica que su reflejo en estudios. Y en el plano subterráneo se incuban demonios que luego se ciernen, en la superficie, sobre gente tal vez menos apercibida de lo que sería menester. O sea: suficientes barruntos hay de que, a la vuelta de unas pocas décadas, el petróleo podría perder su posición de privilegiado concitador de conflagraciones, para ceder el «privilegio» al agua. A los cruentos días del agua.

No en vano el Banco Mundial ha anunciado que el transparente líquido constituirá motivo de muchas contiendas en un mundo que se disputará su control como hoy se disputa el denso líquido oscuro. El carburante de las máquinas podría dar paso al de la vida, si ya no lo está dando, tal presume el intelectual germano-mexicano Heinz Dieterich Steffan, para quien «la invasión de los Estados Unidos y sus aliados a territorio iraquí representa la culminación de 80 años de codiciar el petróleo y los recursos hídricos (el subrayado es nuestro) del Medio Oriente y Asia Central».

Conforme a las estadísticas empuñadas por los organismos internacionales -en 2050 el 70 por ciento de la población planetaria no tendrá suficiente acceso al consumo-, habremos de coincidir con periodistas, politólogos, científicos, en que USA ha incluido el agua en una estrategia de dominación enrumbada hacia los cuatro puntos cardinales.

Anais Nodarse, de Prensa Latina, nos recuerda en este contexto que «Estados Unidos tiene el mayor número de empresas transnacionales que buscan privatizar y controlar los recursos hídricos de las naciones subdesarrolladas para su explotación. La voracidad de consorcios estadounidenses como Bechtel Group Co. y Monsanto cae sobre los países de mayores reservas acuíferas en América Latina. Son significativas las maniobras desestabilizadoras contra Venezuela y Brasil, con alto potencial hidrológico. De igual modo, la política de presiones que ejerce el gigante norteño sobre México y Bolivia para socavar sus recursos acuíferos…»

Más aún teniendo en cuenta que únicamente en EEUU, y de acuerdo con una investigación plausible, el 40 por ciento de las fuentes hidráulicas analizadas se consideraron inadecuadas para el consumo humano, por contaminadas con residuos alimentarios, metales y plaguicidas.

Evidencias sobran

Para la académica cubana Idalmis Brooks no ofrece duda ninguna el «recurso acuífero como fuente de conflicto en lugares donde escasea, tal es el caso del Medio Oriente, donde siempre hubo sed. En esta región el 90 por ciento de los ríos son compartidos por dos o más países, lo que conlleva a un motivo permanente de conflicto. Además, las naciones árabes de la zona tienen casi siempre el nacimiento de las fuentes hidrográficas que las alimentan en países limítrofes o en zonas que están ocupadas por Israel».

Y he aquí una muestra ostensible de que las quietas o arremolinadas linfas ya se han posado, como origen, en el turbión de las guerras que arremeten cíclicamente contra el género. «El dominio de abundantes áreas hidrológicas que posee Israel ha conducido a que este país contemple como uno de los puntos esenciales de su agenda gubernamental el agua, incluso desde antes de 1948…»

Porque, si la ocupación del Líbano permitió a Tel Aviv controlar el curso de los ríos Litani, Hasbani y Wazzan, desde antes de la fundación del Estado hebreo, esas corrientes «refrescaban» anhelos que se extendían al Jordán y al Yasmuk, pretendidos dentro de las fronteras sionistas.

Hoy día, refiere la Brooks, Israel controla 929 millones de metros cúbicos de agua en los territorios árabes ocupados, de donde la mayor parte, 670 millones, se encuentran en el Golán arrebatado a Siria. Algo que impele a creer que la Hoja de Ruta -¿se acuerda alguien de ella?- planteada con vistas al fin del encontronazo con los palestinos, y los árabes en general, podría quedar en eso precisamente: papel mojado, por tanta agua robada.

En busca de la acequia perdida

Ante la escasez -y la imposibilidad de controlar las paradójicas inundaciones que se alternan con la sequía-, el hombre lleva tiempo intentando fabricar lluvia. De entre los métodos que relaciona la colega Vives Romero, de Prensa Latina, sobresale el de un científico de Edimburgo, Escocia. Éste ha ideado una turbina de unos 60 metros de altura que provoca nubes que se desploman sobre la superficie en forma de bienhechora agua…

Mas el esfuerzo se ve empañado con las dudas sobre el precio y, por ende, la accesibilidad para los marginados.

Por tanto, la política reasume su posición de puntera en un entuerto que habrá que deshacer en aras de la propia vida humana. ¿Los gobiernos? En el puente de mano, apelando a un enfoque integrado, pues los ecosistemas son interdependientes. Se trata de una acción concertada que incorpore a usuarios, planificadores y administradores en todos los niveles y fases, según sugiere un entendido. Las medidas serán variadas y escapan de la enunciación prolija en este trabajo. Como exige la FAO, las naciones subdesarrolladas tendrán que conservar los recursos hídricos y promover el acceso equitativo entre ellas, para su seguridad alimentaria.

Las desarrolladas… Ah, ellas deberán entender de una vez por todas que el aletear de una mariposa en la antípoda puede columpiar las ramas de los árboles del Central Park de Nueva York. Y no es simple metáfora. Un universo tan interrelacionado deberá mover al llanto en Bangladesh cuando allí se lea de la «infausta» fama del andarín Bruno Tinazzo, por obra y gracia de la sequía en el Po. Ello, si se forja la conciencia de que la Tierra es patrimonio común, y si se quiere evitar la llegada de aun más cruentos días del agua.